Carrefour de l'Epine

Fragmentos de esta clase son semillas literarias. Bien puede ser que encuentre entre ellas algún grano vacío, pero ¡qué importa si una nos prende!
Novalis

I

Casi todo tiene nombre, y las cosas se dicen casi siempre en nombre de alguien. En el Crátilo, de Platón, aparece la hipótesis de un legislador de los nombres —el dialéctico— para intentar subsanar la ligera grieta entre palabras y cosas. Basta con una pequeña fisura para perdernos entre tanto significado y poca referencia. Para desquiciarnos entre la exuberante vida y la insuficiencia de palabras, tan sólo se requiere de una leve hendidura. Horror vacui, ergo scribo.

La idea de un dador de nombres, sin embargo, es más vieja. Ya en el Génesis, Adán es la imagen que pretende aclarar nuestro impulso inmediato de nombrarlo todo, la absurda necesidad de expresión que somos. No obstante, ¿qué nos asegura que el nombre con el que Adán designó por vez primera a la creación es el mismo que nosotros también damos ahora a las cosas? Compartimos el afán de decir, y quizás nada más. Eso nos sugiere Walter Benjamin en un ensayo, y nos impele a recordar que la caída adánica es a la vez lingüística. El amor de nombrar copula con pecado, se hace desmesura, hybris de la lengua, soberbia de autor, gula de lector, avaricia de palabra, ira de dictador, pereza de poeta, envidia de silencio, lujuria de escribir. 

El escritor afirma su decadente ser, pervive por desmedido deseo, desea hacerse nombre, nombrar de nuevo el límite, limitarse a decir lo que hay; hay umbral de paraíso, dice, paraíso de la lengua, en la punta de la lengua, el lenguaje inexpresable, expresión sin sonido, impresión de memoria, inmemorial anhelo de sinfonía, sintonía de nombre perdido.

El escritor sueña con ya no quedarse en la punta de lengua, se arroja a volver a nombrar, aunque sabe que nunca lo va a lograr. 

La añoranza de nombrar lo innombrable será la tendencia de esta nueva columna en KARANDASH, a la que me atreví a llamar Gérmenes, y apellidé Instantes y Encuentros, por puro azar, pero no sin razón. Ahora me explico. 

II

«Todo es semilla» nos dice enigmáticamente un fragmento de Novalis. La simple enunciación de esas tres palabras juntas conforma las raíces de la escritura del poeta romántico. No raíz, sino raíces misteriosas atraviesan cada signo y silencio de su despedazada obra. El fragmento del pensamiento sobre el que tanto se ha escrito del primer romanticismo está muy lejos de la carencia de sistema, y aún más de quienes ven en ello la cepa de la vida antisistémica actual, moderna, posmoderna, hipermoderna, lo que sea. «Todo es semilla» es el fragmento del fragmento, del sistema en miniatura, de la hebra viva, de la ilimitada fibra, que hace que a las palabras les broten cosas, y a las cosas les sobresalgan botones de palabras. «Todo es semilla» significa «todo es fragmento». Fragmento es semilla. 

Novalis declara, a propósito, que todo es semilla (Samenkorn). Emplea un término en apariencia reiterativo, casi un pleonasmo, algo así como grano (Korn) de semilla (Samen). No hay redundancia ahí donde ningún vocablo es idéntico a otro. Samenkorn es la semilla de semilla. «Alles ist Samenkorn» tendría que traducirse, más bien, como «todo es semilla de semilla». No porque exista una primera semilla; en todo caso diría semilla originaria (Ur-samen). No. Todo es semilla de semilla ahí donde no hay primer inicio. Pero tampoco hay salida. No hay último fin. No. El fragmento no dice que todo es flor, todo es árbol. «Todo es simiente» —otra traducción— no enfatiza que todo es animal, ni mucho menos que todo es humano. Sólo expresa, quizás, que todo es vida. Hay vida. Pero no la vida que se esconde detrás de la potencia. No aboga por la primacía de un acto, ni por la anterioridad de la potencia, sino por el acto de ser semilla, o sea, gérmenes, microorganismos capaces de engendrar al infinito por sí mismos, pero también de no dar a luz nada, o casi nada, quizás algún nihilismo. 

Todo es gérmenes. 

O si se quiere, como también poetiza Novalis, todo es polen (Blütenstaub), grano de polen, polvo (Staub) de flor (Blüte). El universo es polvo fecundo de vida que se mueve de flor en flor, que vuela de abeja en abeja, incluso ahí donde ya no hay jardines, ni bosques, ni río, ni glaciares ni desiertos. La escritura es el fértil polvillo de carboncillo que viaja de hoja en hoja, que se traslada de mirada en mirada, incluso ahí donde ya no hay lápiz, ni goma, ni pluma, ni máquina de escribir ni computadora. 

La esencia del lenguaje es el grafito. 

La esencia de la naturaleza es el granito. 

Para mí la escritura son los gérmenes que hacemos con nuestras propias manos en cada apunte de lectura, en cada glosa al margen de nuestros libros, en nuestras notas de clases, en nuestros diarios y cartas, en nuestros mensajes de texto, en nuestras redes sociales, dentro de sueños, fuera de casa. 

Los gérmenes que hacemos de nosotros mismos con cada instante, con cada encuentro: de eso se trata escribir para mí, aquí.

III

Polen es el título del único conjunto de fragmentos de Novalis que se publicó en la revista romántica Athenaeum de 1798. El fragmento que pone de epígrafe nos advierte amablemente: «Amigos, el suelo es pobre, debemos esparcir semilla abundante para obtener sólo una cosecha moderada». Desperdigar gérmenes en exceso. Nunca se es excesivamente agricultor de la palabra, parafraseando un fragmento de F. Schlegel. Pero ¿por qué? Por desarraigo de haber, de hacienda, de casa. La sensación de empobrecimiento de tierra, de sequedad de fundamento, de deterioro de mundo, de infertilidad de expresión, se propagaba en toda la época. Goethe también remite a esta situación cuando menciona en una máxima: «Sembrar no es tan dificultoso como cosechar». Así pues, el fragmento no sólo abre el libro, también es la obertura de un desconcierto que se escucha hasta nosotros: la insuperable crisis de la lengua, la penosa cosecha de la pluma, la experiencia del lógos que ya casi no recolecta.

Hace unas semanas me encontré por casualidad con algunos conmovedores pasajes de la famosa Carta de Lord Chandos (1902) de Hugo von Hofmannsthal. En esta ficticia misiva, Lord Philip Chandos le confiesa a Francis Bacon un sentimiento de repentino enmudecimiento; un mutismo ante los grandes conceptos como alma, espíritu, cuerpo; un silenciamiento frente a los temas políticos más recalcitrantes del momento. Lord Chandos vive el lenguaje como hongos podridos que salen de su boca. Y de pronto, al leer esto, pasé mi mano por mis labios, rápidamente, para atraparla, seta maloliente, que crecía, por mi lengua. No hallé nada. A lo mejor entre nuestras dentaduras ya ni siquiera hay lama—pensé y seguí leyendo. Leí hasta dar con otra cita, en la que Lord Chandos reflexiona sobre la falta de espíritu, ausencia de pensamiento, que lo acosa, pero no sólo a él. Todo parece deplorable y, sin embargo, tal circunstancia «no está desprovista por completo de instantes gozosos y vivificantes» —concluye él con sobriedad. 

¿En qué consisten estos momentos plenos de deleitable vida? Lord Chandos no puede explicarlo, no puede ponerlo en palabras —¿quién ha podido? ¡Ni Fausto pudo detener el bello instante fugitivo! No puede, pero intenta, al menos rodea el velo de lo innominable. Cuenta que los instantes de los que habla surgen de súbito en lo cotidiano, en el encuentro con un rastrillo en el suelo olvidado, con un perro bajo el sol descansando, con un cementerio descuidado, con una pequeña casa del campesinado, ¡y hasta con un lisiado! 

No habla de epifanías ante las obras de arte monumentales, ni de iluminaciones frente a los paisajes del mundo descomunales. Los parpadeos de revelación acontecen junto con lo más inmediato y cercano, sea pequeño o mediano, lo más prosaico, lo más ordinario, que se encuentra, o nos encuentra, diario. 

Cada instante es un encuentro, y cada encuentro, un reencuentro con el instante.  

Quisiera que por mis dedos circulara ese presentimiento de Lord Chandos acerca de que la renovación de la tierra de la palabra —de la palabra tierra— despunta en la superficie de lo cotidiano. 

Quisiera hacerme amigo del nuevo silencio sagrado de lo profano, nombrarlo sin traicionarlo.

Quisiera recoger el germen del moho de la lengua, conservarlo in vitro, reproducirlo, multiplicarlo, ensayarlo, darle la vuelta, volverlo vacuna, para torcer la boca, chasquear la lengua —sacarla, si es necesario—, y hallar mi propio vocabulario. 

Quisiera que lo que escriba aquí así se entendiera. 

Quisiera entenderme aquí con lo que así escriba. 

Quisiera hacerme instante de trazo.

Quisiera volverme encuentro de rima.

Quisiera persistir en mi ser que germina. 

Quisiera, eso quisiera, nada más. 

☙

Carrefour de l'Epine
Eugène Cuvelier, Carrefour de l’Epine. Impresión en papel salado. 1860. (Vía NGA)

Citados directa e indirectamente, en orden de aparición: Novalis, Platón, Walter Benjamin, Friedrich Schlegel, Goethe, Hugo von Hofmannsthal.


  • Jali Karandash

    Filósofo de formación, literato por deformación. Filosofo a través de la literatura, y juego literariamente con la filosofía. Amigo del Círculo de Jena. Inquieto por anhelo de absoluto.

    Colaboraciones +

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