Estimado Leonardo:
He podido leer tu respuesta a El hijo del bosque desde que llegó a nuestro correo. Me siento muy contento y afortunado de saber que este proyecto ha podido atravesar la barrera limítrofe de la academia universitaria; que ha encontrado a una persona que tomó un poco de su tiempo para leer mis letras e ir más allá de la recepción pasiva. Permíteme citar tus palabras, las únicas que en esta ocasión quiero enfatizar: “Espero que estas palabras no vuelquen por el barranco de la discordia y el resentimiento, sino que construyan un camino en el que se vuelva transitable el pensamiento y las ideas”. Construyamos, entonces, el camino.
Cuando comencé a escribir La zorra y el ratón, nunca tuve en mente el alcance que podría tener el cuento ni a un lector en específico. Las palabras viven atiborradas en mi interior, unas encima de otras y en completo desorden. Hay ocasiones que se tropiezan solas, y otras en las que se ponen el pie entre ellas; unas tratan de tener su propio espacio, pues les cuesta trabajo interactuar, viven con miedo de salir y por eso prefieren quedarse en cama. Semejantes a ellas, existen palabras que no desean ser molestadas porque no saben qué podría pasar si se rebelaran contra todo. Pero también hay algunas que desean ser escuchadas; estas corren y chocan por todas partes (son las que habitualmente suelen caer y resbalar). Hasta este momento no ha habido un censo completo de ellas porque siempre hay nuevas, con intereses extraños e innovadores. Así también palabras de amor y despedida que nunca quisieron salir y que se han quedado en el ático.
Nunca he pretendido ser un genio, sabio o intelectual, pero me gustaría que todas estas palabras encontraran una vía de salida para que interactúen con otras letras. El problema es que el mundo puede ser un lugar de contradicciones. Muchas veces he considerado hablar antes de pensar, y no viceversa, para que las palabras salgan corriendo, saltando y dando vueltas de carro; pero la reflexión filosófica se opone inmediatamente a ello. Mi relación con la reflexión es una constante tensión entre el amor y el odio; en distintas ocasiones he querido apartarme de ella, pero cuando menos me doy cuenta estoy recostado o sentado, mirando hacia la nada y con una gran inflamación en el pecho, como si una gran ave quisiera salir de ahí.
Hace algunos años comencé la lectura de las obras de Robert Graves. Vuelvo al texto y releo ciertos capítulos e ideas y, como has hecho referencia, las deducciones de ciertos temas presentan un muy atrayente grado de extrañeza. Pero también un difícil misterio en el que me he hundido y no sé por dónde o cómo volver. No tuve la pretensión de causar el terror que se encuentra en la inspiración verdadera de la Triple Diosa. Probablemente sean las palabras que encontré vagando por el propio texto de Graves o por la absoluta obscuridad del bosque; o bien, sean las que rescaté después de la muerte de mi madre. Son interesantes las formas en las que surgen las ideas ¿no lo crees? A veces salen de los libros, otras de la propia experiencia de la vida y también existen por la síntesis.
Supongo que en el fondo de mi corazón –ahí donde nacen las palabras–, hay veces en las que me he sentido como un mentiroso y un hipócrita, tengo miedo de todo y no siempre digo la verdad. Este lugar que he construido con base en la lógica y la razón también es confuso porque no importa lo que diga, siempre podré justificar cualquier cosa que me proponga en aceptar como verdad o mentira.
De antemano, espero saber muy pronto de ti.
☙

