Kleine Dada Soirée (Small Dada Evening) 1922 Theo van Doesburg and Kurt Schwitters REVISTA KARANDASH

Esta columna tiene un padre y una madre. Ella es una influencia omnipresente —como dicta el lugar común—. Él es una sombra —como dicta…—. Ella es una pifia, a la que vuelvo constantemente, para fastidio de todos los que me conocen. Él es, desde hace algunos años, algo así como una sombra de sí mismo y, según he leído por ahí, también un fastidio para muchos que no lo conocen, pero lo leen.

En el título de la columna está la madre. Quiero decir que el título es un matronímico: lo hallé al final de la “Ejecución de tres palabras”, ese ensayo con el que el joven Borges señaló la clausura de sus frondosas Inquisiciones de 1925. “Con este brusco empellón lírico, doy fin a las apuntaciones presentes, encomendando a algún estudiantón de mal humor, buenos odios, breve inventiva y voluntad berroqueña la escritura de un libro que podría intitularse Hospicio de palabras desahuciadas”. Mi columna asumirá —o empobrecerá, si quieren, o incluso arruinará— aquel encargo.

Pero no es el anhelo de convertirme en un sayón gramatical, como aquel argentino que nació viejo, lo que me llevó a querer abrir este hospicio. Fue haberme reconocido en lo que dijo: un estudiantón treintón, fanfarrón y malhumorado, de buenos odios —los mejores, diría yo—, poca inventiva, aunque a veces tórrida hasta el delirio, y una extremada voluntad berroqueña —pero dispersa, para mi fastidio y de todos los que no me conocen, pero me leen—.

(Hospicio: lugar de acogida para los ancianos, los niños, los dementes y otros menesterosos. Menesteroso: persona necesitada de una cosa que la pone en peligro de ser encerrada en un hospicio por aquellos a los que no les falta esa misma cosa. Algunos dechados de gente menesterosa son los niños, tan faltos de madurez y esas otras cosas que a los adultos les han servido para construir la no lo suficientemente criticada tiranía etaria; los ancianos, tan faltos de actualidad y de todas esas cosas que los adultos, pero no tan adultos, prodigan para tratar de mantener de pie la ilusión de que el mundo puede ser actual o puede ser trasnochado; y los dementes, tan faltos de todo lo que ya nos dijo Foucault.)

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Estudiantón treintón, fanfarrón y malhumorado, que no soporta que las palabras sean derrochadas de manera negligente. Borges dijo que, para poblar este hospicio, a ese estudiante le bastaría con enumerar, en orden alfabético, “todas las palabras que ha escrito en el decurso de su vida Rafael Lasso de la Vega”. Naturalmente, lo dijo porque no alcanzó a leer todas las palabras que ha escrito, en su aún corta vida… (Tengo nombres, pero me los reservo, porque el hospicio de esos que hoy prodigan en sus novelas y en sus poemas palabras desahuciadas mañana estará en otro lado, en la barra de búsqueda: “¿Quién fue Rafael Lasso de la Vega?”).

En esta actitud frente a las palabras mal blandidas está la influencia del padre. Las palabras, escribió ese hombre, tienen una vida muy difícil. Porque “las traen, las llevan, las quitan, las ponen, las callan, las gritan, las pervierten […]. Algunas se defienden como pueden, escondidas donde pocos las digan o recuerden, pero otras sufren reveses tremebundos.” Ese señor, el papá, es otro viejito y también argentino, pero a diferencia de la madre tiene la voz un poco abismal y melódica, y es calvo, descreído y cínico, lleva un bigote largo y torcido a la manera francesa, se mueve en una silla de ruedas motorizada, aunque por fortuna está redivivo, y ya no es tan sobrado como al principio. Ese señor tiene libros atribuidos a Martín Caparrós.

En noviembre de 2020, un año antes de caerse de una bicicleta, en París, y comenzar así una odisea médica que desembocó en un diagnóstico de ELA, él publicó un artículo en su, también rediviva, columna “Pamplinas” —la columna vivió en El País por cuatro años, hasta que las autoridades del periódico la cerraron en 2014, sin dar razones, acaso porque nadie las ignoraba: Caparrós, como ya dije, es medio sobrado, y esa columna le permitía serlo todavía más—. El artículo del que les hablo trataba de lo mismo que yo voy a tratar de tratar aquí: de palabras y filiaciones entre las palabras; de palabras que son madres y padres; de padres y madres transformados en palabras. Y lo hacía partiendo de una palabra a la que estudió hasta la deformación semántica: la primera palabra, o malapra, que sometió a su análisis fue patria, o matria.

“Hay palabras —razonó Caparrós en aquella ocasión— que son, sin más vueltas, cachetadas: la palabra patria es una de ellas”. Yo digo que se quedó un poco corto: la palabra patria —hogar de nuestros padres, lugar de donde provienen nuestros padres, hogar donde mis padres me concibieron, origen, palabra, palabra de origen— es la cachetada de cachetadas, la más violenta, la más demoledora. Y no solo porque, cómo él mismo advirtió, esta palabra nos recuerda que casi todas las palabras fueron inventadas por los primeros hombres para estamparlas en el mundo antes de adueñárselo, como quien acaricia a un perro antes de lazarlo y llevarlo a casa; no, la palabra patria también es la cachetada primordial porque Dios la recibió.

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La historia de esta afrenta fue plasmada en el Génesis, capítulo 1, versículo 19. Es la historia del primer hombre, ese hombre solitario en medio de la compañía de Dios y de los animales, que un día fue comisionado por Él para inventar todas las palabras que nombrarían a las aves del cielo y los animales del campo. Dios ambicionaba dos cosas al comisionarle este gran bautizo al hombre genético. La primera era hacer que él, el Adán, demostrara su autoridad sobre todo lo demás que había sido creado por Dios a la par de ese hombre —y desde entonces, bautizar al hijo, a la mascota, al mundo, es decir: “Yo te tengo bajo mi custodia, y de alguna manera eso me hace tu señor”—. La segunda era buscar entre los animales a uno que pudiera hacerle compañía al mismo hombre.

Pero la compañía no llegó, ni siquiera cuando el Adán pronunció por primera vez la palabra “perro” frente a un perro —o cuando inventó la protopalabra que en español se traduce como “perro”—. Y habiendo reconocido este fracaso, Dios, que había creado el cielo y la tierra hablando, debió volver de su retiro dominical para ponerse a hablar de nuevo; tuvo que pronunciar otras palabras creadoras, palabras no dichas en el principio de principios y que lograran lo que no logró la palabra original de su creación. Aunque estaba cansado de hablar, Dios debió decir costilla y debió decir mujer, para terminar de crear la compañía de su gran creación.

La palabra patria es la mayor cachetada porque Dios la recibió: esa palabra, con sus resonancias paternales, genéticas y rapaces, le recuerda sin cesar que descansó demasiado pronto, cuando la creación aún no estaba completa, cuando no todo había sido dicho. Esa palabra le recuerda, y nos recuerda, que Dios también tiene palabras desahuciadas, palabras sin sentido, palabras estériles, palabras que dijo a la ligera y que están cargadas de consecuencias engorrosas. La palabra patria nos recuerda que un padre no engendra solo.

(Adán: en el islam, es un canto que indica el tiempo del azalá. Se trata de la palabra melodiosa que llama a los fieles a la oración. La palabra en árabe es أَذَان, cuya etimología evoca el sentido del oído.)

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Entonces, al ver que lo que había creado era bueno, Caparrós decidió prolongarlo. Una semana después de aquella consideración genética, publicó otro artículo, “La palabra aerosol”, donde se maravillaba por el hecho de que la palabra aerosol hubiera dejado de ser, sobre todas las demás acepciones, una cosa —una lata—, para transformarse en la nada, o en lo que, por ser tan ínfimo es invisible —“gotitas de aire”, escribió él, refiriéndose a las que expulsábamos en noviembre de 2020, para terror de los que nos veían estornudar—.

Luego habló de la palabra que no se cuestiona, la Navidad, y fue el mismo sobrado de siempre. Y a esta palabra la siguieron la palabra “fuerismo” y la palabra protocolo y la palabra clandestina y la palabra positivo y la palabra…

Como Borges y Caparrós, no sólo he fundado este hospicio para albergar palabras desahuciadas por el uso inconsciente —filosofía, literatura, escritor, columna, influencia, libro, animal, adultez, Dios, autobiografía, historia, pero también extralimitarse, futbol, sueños, hacer sentido, justamente, mas sin embargo, funar, papear, empero…— Yo mismo les voy a quitar lo que no tienen, y que quienes las prodigan sin cuidado creen que abunda en ellas: belleza, sentido y utilidad…

kleine_dada_soiree_small_dada_evening_2010.124.1 Revista Karandash
Theo van Doesburg & Kurt Schwitters, Kleine Dada Soirée. Cartel/programa litográfico, impreso en rojo y negro sobre papel vitela, 1922. (Vía NGA)

  • Gerardo Alquicira Zariñán KARANDASH

    Escritor y filósofo por vocación, copywriter y editor por inanición. Editor en jefe de KARANDASH. En los últimos meses se ha levantado sudando en la madrugada tras descubrir que en sueños salmodiaba algo que leyó en Drácula: “There will be pain for us all, but it will not be all pain, nor will this pain be the last”.

    Colaboraciones +

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