Sofía Maravilla, Te Po (The Long Night), Paul Gauguin, Revista Karandash

La escritura es un proceso de vida. Este primer axioma se opone radicalmente a la posición socrático-platónica sobre el carácter cuasi mortuorio de la escritura, y acentúo esta proximidad a lo muerto, porque la escritura en sí es unidad de vida y muerte: la escritura metaforiza y encripta las relaciones dentro del mundo, se recoge sobre sí misma y no devela sus secretos a una primera mirada (aunque esta sea susceptible de devenir en una infinitud más). Pero, más importante aún, se escinde del sujeto que la escribe: la escritura es un exceso en sí, escapa a toda presencialidad, se convierte en una prófuga del régimen del escriba, a su vez intérprete y codificador de las informidades tautológicas del pensamiento.   

La escritura lleva una herencia maldita en contraposición del discurso hablado. Es la escenificación de la no-presencia y la no-verdad, —me remito a Derrida en La diseminación—, el terreno donde la sofistería amenaza a quien deja tras de sí singrammata. En el mito del Fedro, Platón hace parecer la escritura como una prótesis de la memoria en sentido despectivo: es un veneno que adormece la capacidad retentiva del sujeto y que altera caprichosamente el discurso de la verdad. No en vano, como indica Derrida, es el discurso hablado el medio de los dioses que se comunican a través de sus Sibilas. Este contacto con lo divino es lo que permite al hombre la autognosis a partir de la palabra sagrada del oráculo, mientras que la escritura se relega a una interpretación de la palabra divina, es decir, a una degradación del conocimiento verdadero llevado a términos humanos (aún estamos a casi un siglo de la radical escritura de Dios en mano de San Agustín). 

No obstante, la escritura aparece como un medio para representar la vida, es una metaforización de las relaciones que tiene el sujeto con las capas que conforman la realidad y que son observadas desde una suprarrealidad. Entonces aparece una objeción al primer párrafo, puesto que ahora la escritura nos aparece como el vínculo que hibrida la presencia-viva y la representación-muerta, como indica Derrida en La escritura y la diferencia. En un sentido platónico, el discurso del que habla el autor está respaldado por la presencialidad de quien lo está “dando a luz”, mientras que el discurso escrito, en palabras de Derrida, es un bastardo que se recoge a sí mismo en su imposibilidad de arroparse ante un logos que le respalde. La escritura es una identidad con la ficción (Derrida, otra vez, en Teoría literaria y deconstrucción), está cruzada por el deseo de exceder al pensamiento, está atravesada por una ambición erótica de rebasar los límites que impone todo aquello que es en aras de imponer su propio orden de ser.   

Nietzsche da la vuelta a este respecto: todo lo que se piensa es ya ficticio. Esta teoría propone la unidad entre el mito y el logos como un querer decir del sujeto; el primero, perdido en los resquicios de la eternidad; el segundo, racionalizado por el hombre filosófico; ambos existen como expresión de las pasiones. Esta unidad mito/logos rompe con la objetivación del cosmos, pues mientras que el mito afirma la inmersión del sujeto dentro del mundo, el logos lo hace excluirse como si se tratara de un extranjero. A partir de esta nueva vinculación, es posible que un tercer “sujeto” independiente germine: la escritura que se sirve de quien busca expresarla a partir de cierta extrañeza y separación del mundo, misma que no sería posible sin el excesivo ejercicio de racionalidad que osa depurar toda pasión del discurso. 

Más que una representación muerta, aparece como una nueva forma de vida que excede al escritor, amenaza la presencia y establece un predominio de la ausencia, indica Derrida en La escritura y la diferencia. Una vez que se grafica el querer decir, la escritura se afirma como exceso del sujeto que escribe, cobra vida propia y adopta una forma que me atrevo a llamar cataléptica, puesto que engaña al lector ingenuo y hace parecer al texto como muerto, sólo capaz de repetirse y degradarse en sí mismo en cada repetición. Pero el texto no es palabra muerta: su carácter divino es generador de posibilidades infinitas para quien se atreve a desencriptarlo.  

Escindido de su autor, el texto se extiende a través de sus argumentos. Si bien el orador puede sustentar las tesis que formula y atender el empoderamiento de la verdad supuesta, el texto ha sido cobijado por el metalenguaje del silencio, que se ha tornado indescifrable, incluso para su mismo autor, si es que aún tiene la posibilidad de enfrentarlo. En el vástago de la escritura la sustancia ha sido desprendida: ahora será la espectralidad quien seduzca y rete al lector para ser decodificada y materializada en una nueva (re)elaboración del texto (como hacemos ahora). Derrida da un giro acrobático que consagra la escritura más bien como una especie de resurrección del logos divino, compatible entonces con sus propias elucubraciones sobre Nietzsche: “Ese dios de la resurrección se interesa menos por la vida o por la muerte que por la muerte como repetición de la vida y por la vida como repetición de la muerte”, dice en La diseminación

De este modo, el supuesto discurso muerto de la escritura no es sino una nueva forma de vida adormecida, por llamarla de algún modo, y su espera es paciente y sabia, en la constante expectativa del lector indicado que la lleve al movimiento. Ciertamente, no cualquiera puede ser capaz de desencriptar reliquias para ser comunicadas. El texto, una vez más, es bastante precavido y celoso de sus enigmas, demostrando finalmente que la muerte no le sienta bien más que como carácter provisional para una nueva vida.     

Pero ¿y qué sucede con aquel que escribe? Alguna transformación ha de realizarse en él mediante la escritura. Quien escribe debe abandonar sus pretensiones de singularidad para que su fruto, la escritura, fecunde al mundo. Porque el sujeto que materializa las pulsiones de la escritura es en realidad un ventrílocuo, señala Deleuze en Crítica y clínica, es un puente del flujo afectivo-lingüístico y un alquimista en la creación de nuevas formas de comunicación, si es que esto es posible en algún momento, si no es que quien lee también queda preso en la espiral eterna de lo autorreferencial. Así que me dejaré guiar casi ciegamente por un axioma: Escritura: deconstrucción del sujeto. “Deconstruir significa (…) actuar en contextos convencionales desestabilizándolos, convirtiéndolos en algo perturbante, ‘descontextualizándolos’” (Derrida dixit, La diseminación). Ya de por sí es bastante perturbador pensar en una escritura escindida del sujeto, que nos hace antes de nosotros hacerla a ella, que excede incluso nuestro propio pensamiento cuando apenas nuestro yo consciente procesa la información que nos ha bombardeado y que ahora vomitamos como flujo incontrolable de poseído. Ese flujo es el mundo fragmentando al sujeto; la escritura es sólo su contención. Pero al igual que los amantes que se han vuelto continentes uno del otro por un instante se han de abandonar cuando el deseo mengüe, así el escritor será abandonado por el texto cuando se extinga el deseo de querer decir, cuando todo lo dicho encuentre su forma deslindada de quien pretendía decir en un inicio. Cuando ya sólo queden el silencio y lo incomunicable. La escritura enfrenta con ese otro que nos trastoca desde su logografía ominosa, que nos mira de soslayo reconociéndonos como su origen y, al mismo tiempo, entrañando en su propio sentido el secreto de que ese origen, al igual que todos los orígenes, se encuentra mucho más allá del impostor que se atreve a proclamarse como su autor. 

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