Presentación

Cinco estudiantes del Programa de Maestría y Doctorado en Filosofía de la UNAM conformamos el directorio. Nuestras tareas son dictaminar las propuestas, corregir los textos aceptados, promover la revista, publicar nuestros propios textos, verificar la originalidad y el rigor de todas las ideas, y combatir la propagación de discursos de odio.

Ofrecer un medio donde los filósofos y las filósofas (estudiantes, maestrantes, doctorantes, consagradas o diletantes rigurosos) puedan divulgar lo que escriben en las horas robadas a sus tareas escolares o burocráticas. También ansiamos formar un ágora generosa donde ocurran conversaciones intertextuales, transversales, populares, críticas y públicas. En conclusión, buscamos construir un canal para explorar, exorcizar, complicar, celebrar y propagar (si todo al mismo tiempo, mejor) la escritura filosófica.

Reflexiones filosóficas expresadas en español y en formatos no académicos, como ensayos personales, cuentos, poemas, diálogos (platónicos o no), extractos de diarios, ponencias, colecciones de aforismos, transcripciones de clases, notas de lectura, intercambios postales (cartas, correos electrónicos, cadenas de mensajería instantánea), tweets, parodias, fragmentos, meditaciones, supresiones, teatro o reseñas. Nos basta con que las propuestas no tengan un estilo acartonado y que expresen una idea filosófica rigurosa y nítida para que las publiquemos. Que tengan un valor literario es bienvenido, disfrutado, pensado y celebrado, pero no imprescindible.

Significa “lápiz” en ruso. No tomamos el nombre del periódico satírico homónimo ni de Emmanuel Poiré (aunque un cierto desenfado crítico nos aproxima a ambos precursores). Lo elegimos porque el lápiz es el instrumento de la escritura marginal, germinal y archivística.

Con el lápiz aprendemos a escribir, a lápiz garabateamos matrices, tanteos y réplicas en los bordes de los libros, y los documentos antiguos escritos con grafito permanecen legibles por más tiempo que los que usan la corrosiva tinta. Piedra mansa, aliento plástico, improviso, reunión, perduración: el lápiz es el artefacto dialéctico más acabado.

No es violento como el estilete: no traza surcando. No es testarudo como el bolígrafo: se borra con facilidad, deshace sus pasos, se desdice. No impera ni decreta ni se ufana como la pluma: con un lápiz no se firma –no se afirma. Pero mancha, a diferencia del lápiz óptico –deja huella. Y más asequibles, únicamente el café, la tiza, la sangre, un trazo en la arena y el silencio.

Preferimos el nombre en ruso porque es eufónico y porque este idioma, al igual que el español, a través de sus grandes novelas ha logrado en la filosofía lo que otros hicieron con sus tratados. En otras palabras, el ruso también es una de las lenguas naturales de eso que María Zambrano llamó la razón poética.

Cartel de del documental soviético Lápiz: Película de la cultura e industria, 1928. (Tomado de Vanguardia rusa. El vértigo del futuro, INBA, 2015).

Nuestro lema, “Epistemología del no saber”, se inspira en un acápite del libro Colección permanente (2025), donde María Negroni intuyó que la escritura es el único instrumento que nos permite “pensar contra los saberes”, en lo que estos tienen de disciplinantes, y en lo que la disciplina tiene de flagelo.

No escribimos en serio, dice ella, cuando “transmitimos significados preexistentes”, autorizados, sabidos y automáticos, sino cuando “alumbramos aquello que es puro espasmo, cesura, interrupción”. Espasmo de la palabra libre, cesura de una medida asfixiante, interrupción del dogma: escribir es pelear con las palabras calcificadas que entumecen el pensamiento.

Epistemología del no saber: cuestionamiento del “acto mismo de comprender”, en el límite abusivo donde este verbo ya no es más que la interiorización de una forma de hablar y de callar.

Epistemología de los no saberes: reconocimiento impúdico de todo lo que nunca llegaremos a saber para poder decir, al fin, que sabemos.

Epistemología de lo que aún no se sabe, y de lo que no se sabe que no se sabe, y de lo que no se puede decir, aunque lo sepamos, porque no sabemos cómo hablarlo. (Al mismo tiempo, ontología del ser que es poder hablar como hablan los que dicen que ya son).

Epistemología de los no lugares y no tiempos. Ciencia del no: no sabes pensar, no sabes argumentar, no sabes escribir, esto ni siquiera es escritura. Por eso, también heterotopología piadosa de los espacios donde se desagua la filosofía contrahecha; el cementerio, el barco, la oubliette y todos los pudrideros de la escritura que desacata las órdenes discursivas de nuestro orden discursivo.

Un epicedio de los saberes transformados en mordazas, una épica de los no expertos y una ristra de epigramas. Con suerte, epidemia o epicentro en la periferia. En fin, negación práctica, incertidumbre creativa, desfase, resistencia y un poco de insensatez para dejarnos llevar por el texto al otro lado de las murallas, donde los árboles hablan, el mito se hace pasado cierto y nos volvemos forasteros de nuestras propias tierras.

María Negroni, Colección permanente, Random House, 2025.