De Gerardo Alquicira Zariñán a Sonia Baudrin
20 de noviembre de 2025
Estimada doctora:
Hace un par de semanas, el Dr. A… me hizo dos favores paralelos: me confió este correo suyo al que ahora le escribo, y me prometió que se comunicaría con usted para prevenirla sobre uno de sus alumnos que pronto se tomaría el atrevimiento que ahora me estoy tomando.
Confío en que estas líneas la hallarán con salud, muy feliz y, sobre todo, prevenida por la promesa cumplida del doctor. Pero tanto si me equivoco en esto último como si no, ahora me presento y nos presento. Me llamo Gerardo Alquicira y acabo de fundar una revista filosófica llamada KARANDASH junto con mis amigas y amigos Mariana, Marlon, Grecia, Carlos, Álex y Sofía. En ella publicaremos ensayos personales, cuentos, poemas, diálogos (platónicos o no), extractos de diarios, ponencias, colecciones de aforismos, transcripciones de clases, notas de lectura, intercambios postales, tweets, parodias, fragmentos, meditaciones, supresiones, teatro, reseñas… y en general todo tipo de ideas filosóficas rigurosas expresadas en formatos diferentes al tedioso paper académico.
Nuestro número inaugural aparecerá en febrero, y el tema del dossier será “Escribir” a secas, como cuando le preguntamos a un filósofo: “¿Qué es el amor” o “¿Qué es la virtud?”, y responde: “No puedo dar una respuesta con sentido a una pregunta tan abierta. Es que la virtud o el amor podrían pensarse desde los puntos de vista de… y de…”, y tras media hora de parloteo sinuoso, por fin termina de explicarnos por qué no puede decir mucho acerca de la virtud o del amor o de nada.
Nuestra intención es convocar a diferentes filósofos y filósofas (estudiantes, maestrantes, doctorantes, consagradas o diletantes rigurosos) a meditar, en contenido y forma, sobre este verbo tan importante en nuestro oficio, y sin embargo tan temido. Nadie está a salvo de sus peligros, ni siquiera –o sobre todo– quienes confundimos la pasión por la escritura con un vicio atávico.
Nos gustaría invitarla, porque contar con un texto suyo nos daría una alegría comparable a la inspiración que hemos recibido de su trabajo. Pensamos sobre todo que podría enviar un poema similar al que sirve como íncipit de su autobiografía, Los lindes del infinito:
La estampa más firme de mi vida
son los clavos en aquel muro herrumbrado
la pintura desigual en el techo del baño
la cochambre perenne sobre la estufa
las paredes desgastadas por los portazos de papá.
Aún habito los espacios que he habitado
y que mi esfuerzo por hacerlos más llevaderos
transformó sin remedio.
Aún vivo las horas de fechas caducas
que cargan la huella de todos mis empeños
por sobrevivir a mi vida.
Todavía vivo porque he vivido.
Y todavía no vivo
toda vía.
En esta ocasión, sugerimos tratar los siguientes problemas: ¿La reciente primacía de la imagen ha vuelto obsoleta a la escritura como una tecnología de pensamiento y comunicación? ¿Una idea se demerita o se pervierte si su presentación es asistemática, fragmentaria, ficcional, lírica, tentativa, valorativa, resbaladiza, anecdótica, conjetural o mordaz? ¿Qué diferencia a la escritura filosófica de la literaria? ¿Qué peligros acarrea la transgresión de la norma que nos impele a distinguirlas? ¿Y qué ventajas obtenemos a cambio? La fecha límite será el 8 de diciembre.
Quedo a la espera de su respuesta.
De Sonia Baudrin a Gerardo Alquicira Zariñán
21 de noviembre de 2025
Estimado Gerardo:
Me siento muy honrada por tus palabras. Antes de responder a la invitación, quiero decir dos cosas.
Primero, me llama la atención el discurso, digamos, tan reactivo con el que presentan su revista. “Tedioso paper”. Al margen de lo redundante que suena el adjetivo (llamar tedioso a un documento cuya intención no es divertir me parece tan cándido como calificar de oscura a la noche o de afilado a un cuchillo), creo que siempre es peligroso regodearse en la antítesis dialéctica. Son comórbidas las filosofías que nombran la enfermedad y la maldicen sin ofrecer un remedio: la empeoran al restarnos voluntad de superación (o cura).
Mientras leía tu correo, percibí la misma bilis iconoclasta con la que Karl Kraus presentó su Die Fackel: “El programa político de este periódico parece […] escaso; no ha elegido como lema un sonoro «lo que construimos», sino un sincero «lo que destruimos»”. Supongo que ya sabes cómo terminó eso: de tanto destruir, Kraus no tardó en hacer añicos la pluralidad de su programa. El periódico duró 37 años, y en dos terceras partes de ese tiempo él fue el único redactor y editor. ¿Has leído aquel pasaje de Calle de sentido único donde Benjamin pondera su figura? “¿Qué más impotente que su humanidad? ¿Qué más desesperanzado que su lucha con la prensa? ¿Qué sabe él de las potencias verdaderamente aliadas con él?” Escribo todo esto para decirte que una retórica guerrera a ultranza te puede dejar solo y, como a Kraus, transformarte en el “guardián de tu propia tumba”.
La otra cosa que quería decirte es que a mí no me molesta escribir papers; es más, hasta podría decir que he disfrutado el proceso de composición de tres o cuatro –y la lectura de otro par. Cervantes leía hasta los papeles que encontraba tirados en la calle; yo abrazo todos los pretextos que me permiten escribir. No obstante, creo en el valor de la heterogeneidad, y por eso acepto participar con mucho gusto.
Dos preguntas me impiden comenzar a trabajar de inmediato: ¿Qué extensión deben tener las colaboraciones? ¿Y qué tanta libertad es posible adoptar al escribir la mía? En específico, quiero saber si puedo enviarte un recetario filosófico en lugar de un poema. (Quizá no me dé la imaginación para algo así, pero de todas maneras lo anoto para lanzarle un hechizo a esta semilla que la haga florecer en tierra árida. Es que hace no mucho leí Lecciones de química de Bonnie Garmus, y se me había ocurrido comenzar a enumerar los formatos de escritura más heterogéneos en la filosofía y ver si podía ejecutarlos después, a modo de capricci. Tu invitación parece un buen pretexto para comprobar adónde llego con esto).
En cuanto resuelvas mis preguntas, me pongo a escribir.
P. D. El Dr. A… me escribió un par de horas después que tú. Adivinó que ya era demasiado tarde, así que en lugar de prevenirme, me pidió disculpas por no haberme prevenido. Dijo que no se dio cuenta de que su correo no salió de los borradores. Qué interesante, ¿no? Derrida tenía razón: la escritura es a veces un remedio y a veces un veneno (el veneno y el remedio); a veces una escribe para no olvidar una idea, una fecha o lo que hace falta en la alacena, y otras para lo contrario, para deshacerse de una idea, dejar ir una fecha u olvidar que hacen falta cosas en la alacena.
De Gerardo Alquicira Zariñán a Sonia Baudrin
25 de noviembre de 2025
Estimada doctora:
Le agradezco muchísimo que haya aceptado la invitación. La verdad es que tampoco tenemos nada contra los formatos académicos; el adjetivo (inoportuno) se debe al entusiasmo desaforado con el que escribí el correo. Lo que quería decir es que ansiamos ofrecer un medio para que los filósofos y las filósofas puedan divulgar lo que escriben en las pausas o en las horas robadas a sus tareas escolares o burocráticas. Pero tiene razón. Esto es lo que ansiamos construir: un ágora generosa donde ocurran conversaciones intertextuales, transversales, populares, críticas y públicas.
Y para responder a sus preguntas: dado que se trata de un medio digital, buscamos colaboraciones de 3,000 palabras o menos; no hay límite inferior. Ahora bien, Mario E. Chávez Tortolero colabora con un texto híbrido, que mezcla el diálogo filosófico y el aforismo; otro tanto hace Magdiel Martínez, pero su amalgama es entre el flujo de conciencia (o de consciencia) y el discurso edificante à la Kierkegaard.
Carlos Oliva Mendoza nos confió una reseña (más o menos borgiana) acerca de un libro que aún no ha sido publicado; como en inadvertido, pero potente diálogo con esta reseña, Luis Estrada Castro cartografió en cuatro regiones una pregunta incómoda, pero urgente: ¿/es posible ser/ (amigo) (de un) /fascista/? Bily López envía una bella vindicación de los congresos filosóficos estudiantiles frente a los congresos de los “profesionales de la filosofía” –esos en los que uno parece que nada más va a oír a un puñado de egos “hablándose a sí mismos”. Natalia Carrillo y Pau Luque escribieron un ensayo donde reflexionan sobre el flamenco y la filosofía en la era de YouTube, y se preguntan si, con el actual apogeo de la digitalidad audiovisual, la filosofía, como el flamenco, podrá cerrar un largo círculo que la hará volver a ser lo que era al principio: un arte de la conversación que no se reproduce, sino que se presencia. Y Luis A. López Valdés publica una lista (comentada) de prompts que ingresó en una IA para generar un ensayo.
Al enumerar algunos de los textos que aparecerán en el primer número, pretendo decirle que tiene toda la libertad para presentar un recetario filosófico, en este número o en los siguientes. (Y de paso, espero despertar su curiosidad para que hojee el resto de las contribuciones, o que escrolee la revista, o sea cual sea la traducción de aquel verbo distraído en el ámbito digital).
P. D. También a mí me escribió el Dr. A… diciéndome que había olvidado la promesa. Con esto su reflexión se confirma y se ensancha: a veces uno necesita escribir para recordar, no lo que ha olvidado, sino el propio el olvido. Ahora mismo me pongo a releer el Fedro.
De Sonia Baudrin a Gerardo Alquicira Zariñán
1 de diciembre de 2025
Querido Gerardo:
Esta vez te escribo para avanzar una disculpa. Mi propio entusiasmo desaforado me hizo prometer algo que no podré cumplir, al menos no en esta ocasión. Los trajines cotidianos son muchos y heterogéneos, y por ello no podré terminar a tiempo el recetario. Pero si las musas no se van de vacaciones y los astros son propicios, te lo enviaré para el siguiente número.
Por lo pronto, se me ocurrió algo más. Podría ensayar algunas ideas que he comenzado a malabarear en este pequeño intercambio virtual-postal. Por ejemplo, podría tratar de averiguar de dónde viene aquel horror que muchos filósofos profesan a la escritura. El lugar común dice que no les gusta ser llamados escritores porque creen que un escritor sólo se preocupa por la forma, pero para ellos el contenido, cuando es sublime, corrige (y excusa) toda presentación. Por mi parte, yo creo que podría ahondar en esta ciénaga para ver si hay un problema más sofisticado en el problema. Dime qué te parece.
P. D. Por poco lo olvido, ¿podrías recordarle al Dr. A…, cuando lo veas en la universidad (¿o en Mérida?), que me devuelva mi copia de Respiración artificial de Ricardo Piglia? Dile que se lo presté hace seis años. Y dile que no me importa prestar un libro descatalogo a un amigo, pero que en los márgenes de aquel volumen esbocé una pequeña teoría sobre las relaciones entre la historia y la ficción que por más que me esfuerzo no logro recrear.
De Gerardo Alquicira Zariñán a Sonia Baudrin
2 de diciembre de 2025
Querida doctora:
Lamentamos que el recetario no quede listo para este número, pero nos emocionará recibirlo en el siguiente.
Por otro lado, la contrapuesta suena estimulante. Si bien mucho se ha dicho sobre ese miedo casi identitario que los filósofos profesan a la escritura, en la revista habíamos preferido cortar el nudo gordiano: en lugar de cavilar sobre ello, fundamos el espacio para explorar, exorcizar, complicar, celebrar y propagar (si todo al mismo tiempo, mejor) la escritura filosófica. Por eso decidimos que vamos a prestarles la misma atención a la forma y al contenido: eso quiere decir que nos bastará con que las propuestas no tengan un estilo acartonado y que expresen una idea filosófica rigurosa y nítida para que las publiquemos. Que posean un valor literario será bienvenido, disfrutado, pensado y celebrado, pero no imprescindible.
Quedo de usted –pendiente, inspirado, expectante, agradecido.
P. D. Ya hablé con el Dr. A… Me dijo: “Por favor respóndele en mi nombre, y con el tono más cortésmente irritado que puedas lograr, que ese libro no es suyo, sino mío, y que cuando me lo «prestó», en realidad me lo estaba devolviendo. También dile que a mí no me importó haberle confiado una novela descatalogada a una amiga y que me la haya devuelto más emborronada que un libro de la Biblioteca Central, pero que no puedo olvidar las palabras carniceras que pronunció al dármela: «Perdón por haber arrancado las hojas blancas del final; es que necesitaba anotar los pendientes de la despensa»”.
De Sonia Baudrin a Gerardo Alquicira Zariñán
6 de diciembre de 2025
Estimado Gerardo:
Me apena muchísimo volver a escribirte con un nuevo pretexto. Temo que no podré completar el ensayo; estoy apurada con otros pendientes que vengo arrastrando desde hace meses.
No quiero quedarte mal, así que te propongo una tercera opción: en estos días, voy a acopiar y pulir una veintena de aforismos que tengo desperdigados en mis cuadernos (y en libros que otros amigos dicen haberme prestado). Aquí va un puñado. Si te gustan, envío el resto:
–“Todos los filósofos somos contemporáneos”. Por eso el tiempo verbal de la conjugación de la cita filosófica es el presente del indicativo. “Aristóteles dice que…”, como si Aristóteles estuviera hablando ahora mismo y aún le quedara todo por decir.
–Mi tragedia es un riesgo bifronte de la lengua en la que escribo. El significante no compensa la disolución de su objeto cuando lo habla, y además puede velarlo al destruir su silencio objetual.
–Levantar algo que alguien dejó caer y devolvérselo es un gesto caballeroso, amarrarle las agujetas no. Eso es un poco menos que una blasfemia.
De Gerardo Alquicira Zariñán a Sonia Baudrin
6 de diciembre de 2025
Querida doctora:
Entendemos muy bien la situación. Escribir, lo que se dice escribir, es difícil. Recuerdo aquel pasaje de Tristan de Thomas Mann: “…quien le hubiera visto habría llegado sin duda a la conclusión de que el escritor era un hombre al que el escribir le resultaba más difícil que a los demás.” La paradoja es sublime: el mote de escritor parece que es el único que se gana por impericia.
Por supuesto que aceptamos la colección de aforismos.
De Sonia Baudrin a Gerardo Alquicira Zariñán
8 de diciembre de 2025
Hola, Gerardo, soy Sonia. El Dr. A… me dio tu número. Le dije que quería escribirte por aquí para hacerte llegar mi mensaje más rápido. Fue una verdad a medias: lo que quería era disculparme, y tengo entendido que en estos tiempos los mensajes instantáneos se han transformado en la forma de la telecomunicación más íntima.
11:43 pm.
(Qué paradójico: la escritura familiar se hizo veloz, y ahora reservamos las comunicaciones pacientes, estilizadas y profusas, como la de los mails, para la gente a la que no le daríamos nuestro número ni las llaves de nuestro hogar. A mayor extrañeza, más meticulosidad, y a mayor familiaridad, más dejadez. Esta cercanía despistada, y esta amabilidad huraña… Cuando te escribía correos, eras “estimado”, y “querido”, pero por aquí… En fin).
11:52 pm.
Hoy es la fecha límite que me indicaste y no tengo nada. Revisé los aforismos que te había prometido y descubrí que no valen la pena. ¿Podrías publicar nuestra cadena de correos y pedir perdón, en mi nombre, por no haber escrito nada? ¿Y tú podrías disculparme por haber escrito que escribía, aunque no lo hice?
11:56 pm.
Me tomé la libertad de escribirte por aquí porque ya somos íntimos. Y lo íntimo, como la escritura, es lo que que resta de una herida. ¿O era al revés?
11:59 pm.
☙

