Yo cambiaría la felicidad de Occidente entero por la forma rusa de estar triste…
Friedrich Nietzsche
Dicen los que saben que los rusos no necesitaron un Kant o un Hegel porque tenían su literatura. El Espíritu Absoluto suena coqueto siempre y cuando no huya cobardemente dejando a sus soldados congelándose en las afueras de Moscú porque unos campesinos los vencieron. O también esa idea de la Razón ilustrada tendrá a sus incrédulos fanáticos, pero cuando la existencia nos enfrenta ante la más profunda angustia, ante el dolor de lo inevitable, ya mero que saldremos de la minoría de edad. Porque cuando la vida apremia lo primero que nos salva es la Fe, es la fe inquebrantable ante el milagro: y que por grandeza de Dios “2+2 sumen 5”. Hoy quiero ensayar sobre un cuento de Chéjov.
El cuento en particular se llama “La tristeza” (Tоска). En él un hombre pobre, un cochero, pasa todo el rato queriendo compartir su profundo dolor con alguien, quien sea; quiere contar que su hijo murió. Y a nadie le importa. La gran San Petersburgo de finales del siglo XIX es el espacio que sirve para ejemplificar la profunda soledad de las ciudades modernas. El protagonista, Yona, con cada pasaje que sube se enfrenta más a esa profunda tristeza, porque las personas le son más hostiles. La muerte le ha arrebatado a su hijo y no puede decirlo a nadie.
Las reflexiones de este tipo, sin embargo, no son propiedad privada del genio de Chéjov; pertenecen a la larga tradición literaria rusa que las retoma o con las que marca distancia, según sea. Tolstói, por ejemplo, también pensó la muerte y desarrolló desde ella una crítica de la moral y la vida moderna. Algunos de sus tratamientos más representativos están en tres de sus obras más importantes: Anna Kareninna, Guerra y Paz y La muerte de Iván Ilich. En cada una de sus historias, la relación con la muerte se ve inmersa en un sentido trágico. El personaje dimensiona los diferentes niveles de crisis personales y se les encara ante la llegada del final. Así, la muerte es una especie de Otredad angustiante cuyo lugar dentro de la existencia no comprendemos; en cambio, nos prohibimos experimentar lo realmente valioso de la vida.
A diferencia de Tolstói, Chéjov aborda la cuestión desde el desencanto minuciosamente relatado. La muerte es un telón de fondo, casi como lo es en la vida misma; desde esa claridad va construyendo un puente entre las nociones de pérdida y muerte como momentos del abandono. Por ejemplo, perder la potencia y llegar a la frustración son formas de muerte.
La soledad de Yona, que no encuentra escucha hasta que por fin se desahoga con su viejo caballo, entabla un diálogo con lo que piensa Simone Weil sobre el desarraigo. Para la filósofa, construir tejidos comunitarios con otros seres humanos es fundamental para la vida, son como una especie de “raíces” necesarias para nosotros. Cuando las raíces se van secando, la planta se muere. Y el desarraigo no sólo es una afección directa al alma, sino que produce desarraigo de los demás, en particular de los más vulnerables.
Hay algunos temas que atraviesan como agujas el cuento: la ciudad como el espacio indolente que desarraiga; la necesidad del doliente Yona por compartir; y, paradójicamente, lo incomunicable que pueden ser nuestras tristezas más hondas. Chéjov no nos da la información completa de la muerte del hijo, y no hace falta para que empaticemos con Yona. Basta el trasfondo que construye: una ciudad bulliciosa que no escucha, sus habitantes demasiado ocupados en sus vidas como para fingir interés en problemas ajenos. Y un hombre forzado a dejar su aldea y a su nieta huérfana para conseguir el pan.
Es un problema muy poco desarrollado, pero universal: ¿cómo habitar el dolor en una ciudad que nunca escucha? Cuando uno termina de leer “La tristeza”, la vida sabe un poco diferente… sobre todo cuando va en el transporte público y ve los rostros de quienes comparten el mismo espacio.
En fin, Nabokov, que también sabía cosas, escribió que las letras rusas han sido las que han dado más obras maestras en menos tiempo.
P.D.:
El acusado en cuestión:
y en audio:
https://descargacultura.unam.mx/la-tristeza-222
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