Cy Twombly, Untitled (II), 2008. Acrílico sobre tela. (Vía cytwombly.org)

Tal vez uno de los “descubrimientos” culturales del siglo XX fue respecto al valor de simbolizar. Y más que “descubrir”, fue recordar, pues en la simbolización es donde se suscita la plenitud humana al generar una obra que va más allá de su valor útil. El trabajo diario, el arte, la generación de pensamiento, e incluso la actitud religiosa están sustentadas en actos simbólicos originarios. Desde la aurora de nuestra especie, el símbolo ha acompañado a nuestra vida humana, y aunque se haya olvidado esa facultad por aspiraciones más trascendentes, desde hace poco más de un siglo se ha recordado que la capacidad de simbolizar es un valor fundamental.

Mircea Eliade apuntaba, en retrospectiva, que el auge del simbolismo se debía, en gran medida, a una afortunada confluencia entre el descubrimiento del inconsciente por parte del psicoanálisis, el surgimiento del arte abstracto, las investigaciones de los etnólogos respecto a las denominadas “sociedades primitivas” y aquello que en filosofía denominamos como “el giro lingüístico”.

Lo que es cierto es que el siglo que nos antecede fue una época donde el lenguaje alcanzó un protagónico importante en los estudios humanistas. Desde la teoría literaria, la lingüística, hasta las filosofías analíticas y la hermenéutica, los intelectuales se han hundido en esas aguas profundas del lenguaje. Pero en sentido estricto, ¿qué es lo que el lenguaje por sí mismo posee que enamora a más de un escritor, sin importar la disciplina de la cual proceda?

Más allá de los nombres, de las culturas y de las lenguas, hay un aspecto antropológico que todo humano posee; facultad creadora y productora de mundos: la capacidad de simbolizar. Sólo en esos momentos de revelación epifánica, cuando la vida se deja sentir más que nunca, es cuando le nace a cada uno la necesidad de crear símbolos. Hay quienes, recordando sus primeros trazos, van a las artes pictóricas y representan en las superficies vestigios de su revelación, de su más profundo sentir vital. Otros, con una destreza diferente, malean la materia y esculpen figuras de diversas formas. Pero hay otros a quienes se les da la cualidad de narrar. Y en el afán de preservar esa irradiación de la vida, escriben.

Cy Twombly, Untitled (II), 2008. Acrílico sobre tela. (Vía cytwombly.org)

Pero para llegar a la escritura, el humano tuvo que pasar por millones de intentos de su propia conservación. La palabra y el símbolo, en el origen de la humanidad, formaban una alianza para configurar un mensaje destinado a los visitantes de las cavernas quienes, en sus errancias, comunicaban misteriosos mitologemas. Con ello me refiero a que el homo symbolicus nació cuando el humano adquirió una conciencia que pudo expresarse estéticamente mediante imágenes sagradas. Y una vez generadas, la producción y la sofisticación no cesaron.

Esos intentos pictóricos se convertirían, con el pasar de los años, en signos económicos que sustituían la materialidad y el pensamiento. Poco a poco, aquellos signos que representaban la cabeza de un buey o de un pájaro adquirieron un valor propio, como una letra o un kanji. En esa pretensión de practicidad, lo que se revela es la capacidad de simbolización, de abstraer de la realidad un mensaje importante que procede de la naturaleza. La relación de los nombres con los dioses podría entenderse desde este punto, o dicho en una fórmula, la relación de los nomina y los numina. Es decir, hay un punto originario entre las figuras divinas fundantes de culturas y los diversos lenguajes que se configuran a su alrededor. Puesto que, en el fondo, lo que se trata de representar es una revelación extraordinaria que funda un cosmos, un centro del mundo que permite orientar al humano en una realidad que le circunda y de la cual participa.

Si la escritura tiene un valor antropológico no es solamente por la tecnología sofisticada que es,sino porque es un modo por el cual un mundo es comunicado, es creado y, sobre todo, habitado. Cada narración, cada escrito, cada mensaje emitido, también es un ejercicio de confesión, de comunicar algo de importancia que no debe quedar velado. La necesidad de quien escribe es la necesidad de quien desea compartir una verdad. Y más que eso, es la necesidad de ser parte de un mundo, donde se propicie el reconocimiento de un otro que, en atenta escucha, le complementa, creando así un círculo de comunidad. Porque la confesión, la narración y la simbolización buscan clarificar, y en la claridad, está también una aspiración de eternidad y trascendencia, de dejar un rastro de la propia existencia. Así como las cuevas pintadas del paleolítico, la escritura se vuelve un templo ancestral que ilumina a quien desea leer, siendo partícipe de esa comunicación (y también de la comunidad que suscita y que incluso trasciende los tiempos). Si el lenguaje fue un tema importante el siglo pasado, es porque se recordó que, en sus diversos modos de comunicación, revela un mundo, pero también posibilita la consciente coexistencia de quien entiende el código lingüístico. La escritura es sólo un modo de ese habitar, y quien escribe es quien se esfuerza por confesar parte de su vida con el fin de abrevar a esa confluencia vital. Si todo ello es posible, es porque poseemos la facultad de simbolizar, y con ella, adquirimos la capacidad de recordar y de identidad. Pues como pensó María Zambrano, entrar en razón es recobrarse, y en el recobrarse está su capacidad de revivir el pasado, de reconocer las confesiones, sobre todo las nuestras.


  • Juan Manuel González H

    Filósofo. Tiene interés sobre la religiosidad cotidiana, en los espacios vacíos y en las sonoridades del mundo. De credo ambiguo, busca en su producción la evocación de significados vitales.

    Colaboraciones +

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