Facebook adivinó los tenis que me quería comprar. También adivinó el siguiente libro de crítica social que quería. La vida está algoritmizada y las redes sociales muestran lo que queremos ver, lo que nos gustará. No sólo predicen las necesidades materiales, también predicen las opiniones que nos van a gustar o con las que vamos a estar de acuerdo. Es muy probable que este texto tenga también algo de eso. Notar el algoritmo no es nada nuevo ni requiere un esfuerzo tan importante. Pero vale recordar que no sólo la llamada vida virtual es así. Desde hace tiempo se nos avisó que las jardineras de las banquetas en zonas más urbanas serían de los pocos lugares donde veríamos un árbol. Se nos sugirió a algunos, “por nuestro bien”, cuál era la carrera que más convenía de acuerdo con caracteres personales; examen vocacional le llaman. Aprendimos incluso a predecir en cuál esquina habrá pronto un Oxxo, y seguro le atinamos a más de uno.
El objetivo es el mismo aquí o en el país que más se admire. Entre más homogéneo, o sea, entre más parecido todo, mejor. Lo similar es más controlable y por lo tanto más predecible. Si sigues las mismas rutas al trabajo, o a la escuela, es más fácil saber en cuál tienda es probable que te detengas. El tiempo que tardas en llegar a tu destino además inferirá, en complemento con tu navegación por internet, qué es lo más probable que compres, un coche, patín, moto o , si descubren que quieres salvar al mundo del desastre ecológico, bicicleta. Tus búsquedas en internet y, tus compras en farmacias pueden avisarte si eres merecedor o no, de algún seguro de vida.
Estoy muy convencido de que compartir experiencias puede ayudar a desalgoritmizar la vida, es decir, a salir un poco de la planeación y, por lo tanto, salir de la predicción que permite que nuestras vidas sean controladas por completo. Dado que la experiencia siempre tiene origen personal, subjetivo, sujeto a interpretación particular, puede librarse fácilmente de lo planeado. Compartir experiencias no elimina al algoritmo, seguirán prediciendo nuestras compras adivinando lo que nos gustará. Pero sí ayuda a evidenciar cómo otros ojos ven al mundo, ayuda a evidenciar que en el mismo lugar donde pasamos miles, se viven y ven cosas distintas. Que la construcción de la ciclovía en Tlalpan, por ejemplo, no es sólo una “buena intención” gubernamental que motiva, a su vez, a quienes buscan tomar o retomar la bici, sino también un dolor de cabeza (por fortuna) para los coches tiranos que reclaman devorar más espacio, o para las sexoservidoras a quienes les es más difícil conseguir clientes.
Compartir experiencias y leer las de los demás ayuda a mostrar que no todo es igual en todas partes, aunque parezca. Otro ejemplo significativo es que, por ejemplo, en algunas épocas de mi vida me ha tocado vivir tanto en zonas rurales como en zonas urbanas. La lluvia, por ejemplo, no se siente igual. En las zonas rurales donde he vivido y crecido, la lluvia seguía y sigue siendo una bendición, sólo me preocupaba porque mi ropa se mojara o por el lodo al caminar. En las zonas urbanas la lluvia parece ser maldición para quienes viajan horas y por eso apuran por llegar antes de que las inundaciones por las calles principales les deje varados, peligrando sus vidas incluso. Cuando estoy en la ciudad ya no estoy tan seguro de agradecer por la lluvia.
Compartir experiencias a través de la escritura se vuelve, por tanto, una acción política de magnitud. Sin embargo, no cabe duda de que escribir es un privilegio y por obviedad, ahora escribo para quienes saben leer y, por lo tanto, muy seguro para quienes saben escribir (dichoso seré si esto llega a alguien cuya mente no esté alfabetizada). Hay que preguntarse, por ello, qué tipo de escritura sirve para un ejercicio que busque compartir experiencias.
No funcionaría mucho o nada un tipo de escritura rígida y sometida a reglas que no de tregua. Para compartir experiencias, la escritura podría comenzar justamente por validarse a sí misma. De esta manera, no serían los nombres o teorías reconocidas mencionadas en un texto, lo que valida su contenido. Los especialistas no son indispensables para validar un texto que busca compartir una visión particular. Una escritura para compartir experiencias tendría que abandonar la idea de que quien escribe, está ofreciendo una respuesta universal, válida para todos los casos. El deseo de universalidad, de decir una única verdad, es un imperio bien difundido. Al respecto, he escuchado en más de una ocasión de aquellos intentos que, a través de teorías, autores, conceptos o libros, quieren dar sentido a ciertas cosas que pasan en el mundo. Es decir, intentos que quieren dar sentido a lo que ya tiene sentido. Intentos de explicar lo que se explica por sí mismo.
El asunto va más allá de que esos intentos quieran comprender las distintas cosas que pasan en el mundo (la comprensión es un ejercicio sano). Es común que haya, además de eso, una pretensión de otorgar validez a través de “dar sentido”. Piensan -pensamos- que determinadas iniciativas, fenómenos, o sucesos que pasan en el mundo tienen sentido únicamente si tienen aspectos teóricos que los respaldan. Así, encontrar teorías o autores que dijeron algo parecido no sólo se usa para comprender, sino para justificar su existencia que se creyó incompleta, sin teoría o conceptos. He escuchado casos, por ejemplo, de intentos por dar sentido a las comunidades zapatistas en Chiapas que, aunque tienen su propia justificación, no faltaron las propuestas que ofrecen una “teoría mejor” o complementaria, otorgadora de sentido. Ha ocurrido algo parecido en ciertas luchas o denuncias de mujeres que, como no están enmarcadas por alguna de las teorías feministas, son vistas bajo cierta sospecha.
Me parece que, por ello, es relevante recordar y reconocer que hay hechos y sucesos que no necesitan explicación o sentido de otro lugar que no sea el de sus partícipes. La experiencia es lo que da validez, lo que la gente dice que le pasó o les pasó, tiene su propia validez. Pero esa validez si quiere ser distinta a los textos rígidos o programas estrictos de escritura o difusión, tiene que funcionar de otra manera. Un problema, un peligro o una objeción que parecer emanar aquí es el hecho de que una experiencia pretenda presentarse como universal. Alguien podría decir que no comparte la experiencia compartida, pero ese es justo un punto medular: una experiencia no pretende ser universal. No, esa no es la validez que compartir experiencias buscaría, la validez que da compartir experiencias es una validez que tiene una localía y sentido local, muy personal incluso. La tentación de universalizar siempre es fuerte.
Compartir lo que nos pasa, escribiéndolo por el medio que sea, nos salva de creer que a nadie le pasa lo que nos pasó. Cuando descubrí que no fui el único que tardo mucho más de lo debido en graduarse me sentí menos tonto, como si el tiempo fuera parámetro de insensatez. Había más que estaban en conflicto por lo mismo. Contar lo que pasa o nos pasó es también una manera de encontrar quien nos acompañe en algunos caminos que cuesta andar solos, o de acompañar a alguien cuando corresponda.
Es muy probable que no sea cierto del todo que la vida está siendo algoritmizada. Se debe a que yo, por ahora, no puedo salir de la computadora desde la cual estoy escribiendo ni de otros dispositivos. Puede, por eso, que haya más ardillas corriendo por los cables de las que he visto o que alguien que se quedó varado en avenida Zaragoza siga viendo favorable la lluvia. Con todo, espero esta experiencia al menos haga eco en algún lugar, que alguien por fortuna pueda compartirla, o que por ventura se inquiete, frente a la vida que parece programada. Si no es así, me gustaría leer sus experiencias.
-Aquí van los nombres de quienes han tenido a bien platicar sobre esto conmigo.


ISMAEL ARROYO MARTÍNEZ
Es originario de Jiutepec, Morelos. Suele dividir su tiempo en la cata de café con pan, el estudio de su maestro Iván Illich, y otros ocios. Ahora trabaja como ministro de culto en Neza, Edomex, también ha estado en comunidades de Morelos como Xoxocotla y Zacatepec. Dice que estudió Filosofía y Teología. Ahora dice estudiar Filosofía de la religión, una mezcolanza de ambas. Es introvertido.

