1
Hay narrativas internas tan punzantes que tienen el mismo propósito que las autolesiones: son puntos de fuga desesperados, falsa ataraxia de los demonios que sólo se sosiegan para volver a desgarrarnos en una espiral interminable. Nos revelan que el pensamiento es la dimensión más profunda de la carne.
Hay historias siniestras que el alma se repite día a día para sostenerse, que comienzan como una pequeña broma macabra que surge desde algún resquicio del inconsciente y se vuelven espectros cada vez más corporizados, cada vez más sádicos, hasta que llegan al punto paroxista en que su grito descarna, se experimenta como una mutilación…
¿Acaso no sientes cómo este se fragmenta toda vez que las palabras se convierten en saetas sedientas de sangre? Ellas encuentran el camino al corazón y lo hacen supurar, en cada exhalación sientes cómo rezuma el dolor, cómo la carne se parte, cómo la consciencia se expande hacia lugares de tu ser que antes de la destrucción eran impensables. El proceso es inverso al del rompecabezas: para hallarte, necesitas fragmentarte, cortarte.
Y luego viene la calma al deslizar la navaja.
Llega el silencio después del último escape que sofocaba los pulmones ahogados de un aire que huele a llanto.
El silencio nos hace ver todas esas historias como fantasmagorías que surgen de eventos traumáticos, de las inseguridades que encuentran su raíz en la propia finitud. Nada es real, todo es parte de un conjunto narrativo autodestructivo… Pero ¿en serio todo se limita a la fantasía masoquista que aniquila al yo? ¿O acaso son accesos que damos a un cuerpo demasiado hermético, demasiado claustrofóbico para dejarnos atravesar por la totalidad, danza oscura de la apoteosis y la miseria absoluta de nuestra naturaleza caída?
La pregunta vuelve a taladrar la sesera, la materia gris deviene larvera. El caos estalla y la vorágine del sinsentido invade nuevamente las palabras que hieren desde el núcleo de lo que somos, como si pugnaran por salir para develarnos el horror que nos conforma, el conjunto de espectros que estructuran una identidad que se niega a continuar siendo una heredera enferma del malestar humano… soy la crisálida y soy el gusano. Soy el lepidóptero que muere en el intento de volar hacia el sol.
Necesito de la escritura para hacer mi confesión. Tal vez entonces, sólo entonces, se calmen las voces que amenazan con aniquilarme, punzando en su lucha interna por ver quién logra asirse de mi voz, de mi tinta; por ver quien grita: Yo soy el sufrimiento que soy.
2
Escribimos porque sabemos del poder que tiene la palabra para imprimirse en la realidad. Sabemos que con ella creamos un mundo que se yuxtapone al ordenamiento primigenio, al que nos envuelve, y la palabra es punto de fuga (como lo es también la autolesión). Somos la deriva de una creación que se desangra, que escancia el Ser ahí donde las sombras no nos permiten develar las formas y tenemos que nombrarlas para interactuar con ellas.
Los demonios que rasgan y punzan en el pensamiento ayudan a completar aquella parte de la creación que se descubre en la fuga, la que nos resulta inescrutable cuando se filtra en el mundo conocido, pero que ya no nos contiene en lo absoluto: todo aquello que no es, lo ontológicamente deficiente por su lejanía del ser, también le pertenecen a su creador, también él se encuentra en esos resquicios. Allí también están los más sombríos de sus modos, aquellos que en la conciencia rudimentaria dentro del paraíso no podían ser comprendidos.
Rumbo a esta incertidumbre, el hombre está acompañado por los otros caídos, quienes le guían entre las sombras, como si fuera ciego del lenguaje, pues aún posee una mirada muda, incapaz de discernir las formas tenebrosas de la creación condenada; los demonios, atados al pecado y al horror, conocen esas formas y transmiten sus conocimientos a los hombres. De esta manera, la palabra toma agencia sobre el caos, forma un mundo.
3
La escritura tiene la misma fuerza significante que tiene lo que se imprime en la carne; es, de hecho, la codificación de lo que sucede en la carne, su inscripción. La narrativa de la cual es capaz un cuerpo. Y eso que nadie sabe aún de lo que es capaz… (y de lo que no, tampoco).
Lo que de la carne propia escribimos nombramos confesión (la vorágine autodestructiva es su materia prima). Lo que en ella transmitimos es el drama de la propia interioridad. La confesión es la hermenéutica del cuerpo que se habita, es el imperativo del “conócete a ti mismo” que ha hecho mella en la genealogía de nuestra especie.

La confesión es buscar la expresión de lo inconfesable; es la búsqueda del trauma, de la creación del propio mito. En un plano que pretenda no ser religioso –y digo pretenda, porque, en última instancia la confesión amerita la misma fórmula del ocultamiento del misterio que sostiene el dogma de la identidad–, es buscar ese paraíso perdido, ocultamiento del caos inicial: la carne antes de la categorización conceptual, de la mediación infinita y metafórica del lenguaje, que nos oculta al ser (porque el ser, en última instancia, es obscena desnudez). Aquí se unen los lazos de la confesión y la poesía: llegar a esos orígenes es descifrar la posible esencia de un lenguaje sagrado.
Confesarse es buscar una respuesta a la pregunta: ¿por qué se es lo que se es? Ahí surge la necesidad de narrar, de trazar un recapitulado para encontrar las raíces de lo que nombramos “Yo”. Pero estas raíces se nutren de la memoria, pantano de vivencias olvidadas que siempre reconstruye al Yo de maneras distintas: el origen se mueve en la inmanencia de aquello que nombramos interior, vida y tiempo espiritual. Cuando del pantano emerge un monstruo calamitoso e inasible que intentamos cifrar en los límites de la identidad, hay que observar tal aberración para producir autoconocimiento, aunque sólo nos sirva para mantener en sus goznes aquello que nos rebasa y hace tambalear. El yo, por tanto, depende de esa experiencia segmentada que nos proporciona el cuerpo: a partir de un fragmento que nos asalta volvemos a reconstituirnos cada cierto tiempo y reiniciamos el ciclo de nuestros eternos retornos.

Sofía Maravilla
Filósofa necRomántica y teóloga obscena. Católica divergente. Slytherin.

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