I

En la organización del 1er Encuentro Iberoamericano de Estudiantes de Filosofía se me encomendó la insigne y zozobrante tarea de estar al frente de la comisión etílica –que todo congreso con un grado mínimo de decencia debería tener. Fue una empresa, sin duda, honorable, mas no exenta de peligros ni exigencias mayúsculas. Porque, claro, una cosa es guardar la compostura frente a las autoridades y así hacer las gestiones necesarias para conseguir permisos, espacios, presupuesto y todas esas cosas atroces que están detrás de la organización de un evento académico, y otra cosa es intentar que prevalezca el decoro frente a una rapaz jauría de estudiantes hambrientos de filosofía y sedientos de cuanta bebida espirituosa se les ponga en el camino. La dificultad estriba, a todas luces, en tratar de mantener la compostura cuando lo único que gobierna en esos ambientes es la franca impostura.

La misión de mis colegas estudiantes al ponerme al frente de esa comisión, bien visto, era contener a las pingües hordas de salvajes estudiantes que sin techo ni piso intentaban pensar y beber a toda costa; o, en último término, acaso la misión fuera encontrar la manera de que esas hordas pudieran contenerme a mí. Al final, ambas tareas concurrieron felizmente a lo largo de cinco días enteros de embriaguez: de vino, de poesía y de virtud, a nuestro antojo.

Entre las ponencias y la impostura —con frecuencia indistinguibles en los congresos estudiantiles— se juega siempre algo más que una mera posición teórica, pues la teoricidad en estos casos, por lo general, procede de ciertas potencias e inquietudes vitales difícilmente domeñables. Y no es para menos si tomamos en cuenta la implacable ebullición en la que uno se encuentra en esos momentos, pues, aunque siempre hay quienes juegan al filósofo profesional —con su arrogancia, petulancia y su implacable sed de reconocimiento—, hay también quienes se lo toman más en serio, quienes sinceramente creen que su ponencia contribuye al desarrollo de la filosofía, que abre caminos, que piensa cosas que necesitan ser pensadas, que en ella hay algo que necesita ser dicho; y, desde esa ingenua seriedad, estos estudiantes ponen en juego algo que rebasa, por mucho, una mera posición teórica. Se trata de la vida en expansión. Entre estos polos, por supuesto, hay miles de matices, pero en sus entrecruces es bastante común, y comprensible, que las disputas y las afinidades teóricas terminen dirimiéndose o puliéndose en territorios de las más diversas índoles, en los inefables laberintos de la noche multicolor.

Mi encuentro con La Male se dio en este contexto, entre las hordas salvajes de latinoamericanos estudiantes de filosofía, los incontables cadáveres de paupérrimas bebidas espirituosas esparcidos por entre el piso y los catres del albergue de la Villa Olímpica, y entre los fervores del temerario pensamiento juvenil que no sabe de mesuras. Misma edad, mismos gustos, mismas inclinaciones. Dos vidas en plena erección cruzándose no por necesidad ni por costumbre, ni siquiera por convicción, sino por el espontáneo despertar del deseo en un azaroso encuentro posibilitado por su propia finitud. No había mañanas ni ayeres ni —ahora que lo pienso— presente alguno.  Nunca hubo nada más que la inmanencia de los instantes que por frágiles y advenedizos poseían una tremenda potencia indescriptible: extranjerías geográficas territorializando devenires de fuerza cuyo único y posible destino era su propia desterritorialización.

El encuentro, por supuesto, me rebasó. Nunca entendí nada, sólo me dejé llevar. Y hasta la fecha, creo, sigo sin entender. En alguno de aquellos momentos, ante la maravilla —y con La valse d’Amélie de fondo— recuerdo haber evocado a Hegel: el ave de Minerva emprende su vuelo al atardecer —a veces, las posiciones teóricas más inconvenientes se entremezclan siempre con cualquier tipo de postura, por hermosa que sea.

Copa para beber (kylix), en la que es representado un muchacho jugando un juego etílico (kottabos). Atribuida a «El pintor de la Villa Giulia». (Vía MFA Boston)

Sin entender nada, pero sintiéndome como en casa —una casa remodelada, agrandada y optimizada—, la recuerdo siempre sonriendo, con su alegría, con su irónico y permanente buen humor —y es que nunca hemos tenido tiempo para otra cosa. Recuerdo nuestras charlas, nuestras revelaciones, nuestra comunión. Nos recuerdo completando el uno la oración del otro. Nos recuerdo compartiendo entusiasmos, temores, inquietudes, convicciones, autores, sospechas, desencuentros. Nos recuerdo hablando de nuestras parejas, sin temores, sin cuidados, con total franqueza y sin que eso pusiera ninguna otra cosa en cuestión. No recuerdo fechas ni trayectos precisos, ni siquiera un orden concatenado de acontecimientos, pero sí que recuerdo lugares, espacios, olores, texturas, sensaciones: mi memoria de nosotros es enteramente corporal, con toda la desconfianza que esto pueda despertar; aunque, a final de cuentas, esa desconfianza carece de importancia, pues esa memoria es mucho más confiable que muchas otras, porque —como a ella le gustaba decir— el cuerpo es tan cuerpo que se siente en el alma.

De vez en cuando la imagino paseándose desnuda por las azoteas de una ciudad imaginaria cualquiera, bailando en círculos en pequeños e insignificantes rincones iluminados por la luz de la luna. De vez en cuando me imagino cantando y bailando desnudo en cualquier paraíso heterotópico, con una bebida en la mano y el azar en mi costado izquierdo. De vez en cuando, al imaginarlo, recuerdo el imposible futuro que ninguna vez tuvimos en medio de nuestra delirante embriaguez. Y sin embargo siempre, al hacerlo, se aviva en mi ser esa forma salvaje en que la filosofía se vivió durante aquel 1er Encuentro Iberoamericano de Estudiantes de Filosofía, durante aquellos años estudiantiles de coloquios, comités y comisiones etílicas; y se aviva entonces mi rabia, mi entusiasmo y mi alegría, mis ganas de seguir haciendo ponencias y seguir formando comisiones para explicitar posturas. Entonces me río y le digo salud a la extranjera y, cuando así lo hago, brindo con el extranjero que siempre he sido conmigo mismo.

II

El Segundo Encuentro Iberoamericano de Estudiantes de Filosofía tuvo lugar en la ciudad de Maracaibo, Venezuela. Ahí no tuve comisiones, ni encargos especiales, ni encuentros intensivos; en ese momento me había convertido en un feliz y un tanto charlatán becario estudiante de maestría que, no obstante, seguía con un hambre endemoniada de entender cosas, muchas cosas. En esa ocasión, por esos golpes de justicia que suelen asestar las Moiras, formaba parte de las hordas de estudiantes salvajes que sin techo ni piso intentaban pensar y beber a toda costa, y no había nada ni nadie que contener, ni siquiera a mí mismo, mucho menos a mí mismo.

Desde que Rivaldo Zamaniegos tuvo a bien invitarme a este tipo de convites —me refiero, por supuesto, a los congresos estudiantiles—, encontré en ellos un oasis para desplegar mis más bajas pasiones etílico-filosóficas. Siempre había algo que discutir, algo con lo que no se estaba de acuerdo, que se podía explotar, que era peligroso, poderoso, algo a lo que no se estaba dispuesto a renunciar, o algo capaz de fascinar, pero siempre había algo potencializante; un argumento, un autor, una palabra mal pronunciada, una mirada provocativa o un descarado coqueteo, siempre los había. Todo ello ocurría en las mesas, en los pasillos de las universidades, en sus respectivas cafeterías y jardines, en las habitaciones de los hoteles (que invariablemente se convertían en zonas de guerra) y, por supuesto, en las tabernas o lupanares que gustábamos de atestar, en donde, claro, nunca faltaba algo de beber. No había tregua, el pensamiento en sus más salvajes formas se hacía presente y nos recubría con el delirio de la esperanza, del ímpetu, de la furia por hacer de la vida algo más llevadero. El coloquio, se entiende, era permanente. Nunca una borrachera terminaba con la discusión, más bien la azuzaba, la prolongaba, la volvía más intensa. Fue así como un buen día decidimos expropiar los espacios no oficiales de congresos y coloquios para instituir —de iure, pues de facto ya lo estaba— nuestro Seminario Nocturno Permanente, que se instalaba en todos los congresos al finalizar las mesas, y que se tomaba un breve receso para volver a asistir a ellas con la finalidad de, al final de las mismas, reiniciar actividades.

Con este talante, y con maletas llenas de libros, tequilas y ponencias, temerarios, los integrantes de la delegación mexicana nos enfilamos hacia Venezuela. Partimos en grupos separados, de modo que llegamos a Caracas —esa ciudad devastada, con mujeres cuya belleza es proporcional a su altanería— con un ligero desfase. De ahí debíamos tomar un autobús que tardaría algo así como diez horas para llevarnos a la ciudad de Maracaibo. Una vez en Caracas, como debíamos aguardar un par de horas la salida del autobús, Martín Cinzano y yo decidimos visitar una cantina, a unos pasos de la terminal. Ahí comenzó mi romance —corto pero intenso— con el ron. Tras unos cuantos tragos directos, suficientes como para iniciar los prolegómenos de una discusión que aún no terminamos, pero no lo suficientes como para embrutecernos, nos dimos cuenta que se hacía tarde. Alcanzamos el autobús como de milagro. Al abordar, apenas me dio tiempo de pensar que la resaca nos pegaría en pleno viaje, cuando, del fondo del autobús, se escuchó una ovación junto con gritos que vitoreaban nuestros nombres. El señor Chamán, ministro del exterior, don Desodorante, canciller diplomático y coordinador de la misión, junto con otros insignes miembros de lo que entonces era el Grupo Doxonema, coincidieron felizmente en aquel autobús. Por supuesto, las botellas no tardaron en aparecer. Se instaló en ese momento, por primera vez en el extranjero, el Seminario Nocturno Permanente.

Tras algunos exabruptos, y después de estar a punto de provocar un incidente internacional y ser deportados —ya se sabe, las imposturas—, el Seminario llegó a la ciudad de Maracaibo. Nos instalamos en los vestidores de un estadio de beis y, casi sin ponernos de acuerdo, la habitación número tres se oficializó como la sede principal del Seminario, que operó noche tras noche, imbatible, sus maratónicas sesiones. Entre el calor infernal de la ciudad, la belleza inexorable de sus mujeres, y el inaudible español de los lugareños, las actividades del Seminario comenzaron a extenderse por cada rincón de la modesta ciudad. Así invadimos tiendas, patios, bares y cantinas con las que arrasábamos, sedientos como estábamos, invariablemente. 

Por supuesto, cada dos pasos aparecía alguien hablando de Girondo, de Nietzsche, de Borges, Kant o Hegel, Cortázar, de Deleuze o de Kropotkin; o de Marx, sobre todo cuando Reinozo –un estudiante de la Universidad Católica de Maracaibo– andaba cerca, pues en incontables ocasiones intentó convencernos de que la Revolución Bolivariana debería extenderse por toda América Latina, aunque al final, después de varias sesiones de Seminario, y tras cariñosas aporreadas intelectuales, haya terminado confesándonos amistosamente que era un espía del gobierno que debía informar qué se hacía en aquel congreso. Por supuesto, nos movió a risa, pero lo decía en serio; y sólo pudimos darle crédito un día que, en plena redada policial al estadio de beis —ya se sabe, la impostura—, dio el charolazo a los oficiales y nos dejaron beber en paz.

Pese a que el Seminario parecía fuera de control, y lo que gobernaba, como de costumbre, fuera la impostura, nadie faltó a su ponencia. Y todos, unos menos sobrios que otros, claro, asistimos puntuales a nuestras presentaciones. Se tejieron relaciones académicas, se mantuvo una postura firme frente a distintas presiones institucionales que buscaron apropiarse del Encuentro, e incluso se solventaron algunas fricciones internas de no poca monta al interior del grupo Doxonema y del Seminario mismo. Hubo reclamos, insultos, reproches, destrozos y hasta lágrimas. Nos movimos por las calles, por las aulas, por las playas y entre la sensualidad delirante de los cuerpos que se desparraman de belleza. Levantamos pasiones, iras, amores. Nos asombramos del alto grado de politización de la gente, así como de su lamentable maniqueísmo ideológico.

Un día en la Plaza Bolívar, tras media jornada de ponencias y con un discurso de Hugo Chávez de fondo que se repetía en altavoces hasta la náusea, tomé asiento, le di un sorbo a la pachita de ron que traía en mi mochila, y suspiré. Reflexioné en ese momento sobre las distintas formas posibles de perder el tiempo. Saqué mi libreta y apresuré algunas notas. Perder el tiempo —escribí— es ganarse la vida. Y entonces vinieron a mi cabeza imágenes similares de mí mismo —ahí, en un parque y frente a una escultura de un lugar cualquiera— posibilitadas por los encuentros de estudiantes de filosofía, imágenes que desde el año 2000 no cesaban de producirse y que no dejaban de implicar distintas formas de perder mi tiempo. Claro, se había tratado siempre de perder el tiempo leyendo, pensando, discutiendo, organizando y asistiendo a encuentros estudiantiles que a nadie —o a casi nadie— interesan; perder el tiempo bebiendo, amando, deambulando por ciudades desconocidas, mirando gente, aprendiendo costumbres, palabras y manías; perder el tiempo en la universidad juntándome con una bola de mafiosos terroristas ñoños intelectuales en horas interminables de discusiones escolásticas sobre qué podríamos hacer para que la filosofía fuera diferente y estuviera más allá del academicismo rancio que nos resultaba intolerable. Tras algunos trazos más, tomé mi mochila y me devolví a las mesas, para después reintegrarme al Seminario.

Al terminar el Encuentro, nos disgregamos. Algunos se quedaron en Venezuela y otros nos enfilamos hacia Bogotá, y otros, como el ministro Chamán y Ernesto Bravo se perdieron varios meses en los vericuetos filosóficos de varias regiones de Colombia. De vuelta en el aeropuerto de Bogotá, un par de perros nos señalaron a mí y al joven Cinzano como sospechosos de algo, quién sabe de qué, pero gracias a esa sospecha nos hicimos acreedores a un leve interrogatorio por parte de los oficiales. Más allá del olor inculpante que desprendíamos tras dos semanas enteras de bacanal, no había nada que perseguir.

El seminario, desde mucho antes de ese Segundo Encuentro Iberoamericano de Estudiantes de Filosofía, y hasta mucho después, se me ha constituido siempre como un lugar de enfrentamiento, de cuestionamiento sobre lo que soy y lo que hago, es decir, como un lugar de completa dicha, de amistad; ha sido un espacio en el que siempre se me ha puesto en juego, con una risa, un mezcal o un argumento por momentos imbatible. Esto, se me podrá objetar, es una fuga. Y en algún sentido lo es, pero, ante todo, es un territorio, es un territorio movedizo en el que me codifico y me descodifico en cada ocasión. Y me fugo, claro, pero al emprender la fuga me encuentro siempre y de vuelta ahí, en ese territorio, en esa pérdida de tiempo, con mis amigos, con eso que de alguna manera no soy y que siempre he querido llegar a ser.

III

Cuando decidí asistir como ponente al 23th World Congress of Philosophy, a celebrarse en la ciudad de Atenas, Grecia, mi experiencia con los congresos se había transformado profundamente con respecto a la pletórica vivencia en los congresos estudiantiles. Llevaba ya un tiempo asistiendo como «profesional» a los congresos «profesionales» de filosofía, y en su mayoría habían sido decepcionantes. No tengo claro si es porque en la «profesionalización» se pierde la vitalidad, el hambre, el deseo, el ímpetu de enfrentarse a la existencia desde la filosofía, o si porque especializarse en el punto del punto del punto de una filosofía cualquiera siempre me ha parecido un poco ocioso, o si porque las vanidades que se respiran y las arrogancias que afloran me resultan asfixiantes, o si porque, llegado el tiempo, se pierde la capacidad para escuchar, o bien podría ser que en algún punto los «profesionales de la filosofía» son avasallados por los estímulos institucionales y simplemente llega el día en que presentan cualquier cosa con tal de sumar puntos que se vean reflejados en el informe anual —y en los estímulos—; también podría deberse, claro está, a mi propia falta de vitalidad, o a mi encarrilarme en la burocracia institucional que todo lo devora, o al ostracismo latente que me habita y que a veces me gobierna. No lo sé, no lo tengo claro, el asunto es que, para esos momentos, lo que sí me quedaba perfectamente claro era que la mayor parte de los congresos «profesionales» de filosofía están plagados de gente a la que no le interesa discutir, que no quiere pensar, y que está poco interesada en intercambiar posturas ni posiciones. Hay, claro, notables excepciones —y son hermosas—, pero la regla, sobre todo en los congresos multitudinarios, es que la «profesionalidad» tiene una interpretación anodina que se pierde entre las burocracias, las institucionalidades y las pretensiones glamorosas.

Los congresos, sin embargo, no dejan de tener sus lados brillantes, como cuando vas en coloquio con algún grupo de colegas con intereses comunes y la discusión se torna vivificante, la vivencia se estrecha y los lazos vinculantes fortalecen una amistad, o como cuando te pierdes en alguna ciudad perdida y luego te reencuentras en alguna cantina con algún otro grupo de perdidos queriendo perderse más aún, o como cuando de entre toda la multitud te topas con un trabajo serio, cuidadoso, furioso, furibundo, que intenta pensar fenómenos problemáticos y acuciantes. Acaso el mero hecho de preparar una ponencia justifica, en ocasiones, la asistencia a un evento de estos, pues su mera preparación —al menos en mi caso— implica pensamiento, problematización, voluntad de exposición, escritura, tiempo y disciplina, aunque el trabajo no se someta a la discusión a la que se sometería en un congreso estudiantil de la primera década de este siglo, y aunque lo más provechoso de los congresos no ocurra ya en las mesas de trabajo, y ni siquiera en las borracheras con los colegas, sino acaso en otros lugares por inventar o descubrir.

En el caso del Mundial de Filosofía en Atenas, en 2013, asistí muy puntual con una cuidadosa ponencia que intentaba aportar pautas para la elaboración de una posible genealogía de la libertad, en la cual intentaba discutir con la tesis de licenciatura de mi amigo el Chamán, así como con diversos planteamientos moderno-ilustrados sobre la libertad; aunque —a decir verdad— desde el principio lo hice un poco pensando en que sería un trabajo que no recibiría ningún tipo de retroalimentación, pues esa era la videncia que la experiencia de los últimos años me ofrecía.

Al llegar al congreso, mis sospechas comenzaron a cristalizarse. No había comisión etílica. Primer vaticinio de la desgracia, o primera advertencia de que los acontecimientos relevantes del congreso tendrían que buscarse fuera de él.

Lo primero que se veía al llegar al lobby de la Universidad de Atenas era la publicidad de una agencia de viajes. Segundo vaticinio de que las prioridades del congreso no estaban en las discusiones.

Bien pronto los presagios se materializaron. El congreso, por supuesto, fue un fiasco —como casi todos los congresos masivos—: horarios cambiados, mesas canceladas, ponentes ausentes, grandes egos hablándose a sí mismos y a sus seguidores (quienes no son sino una versión pauperizada y mistificada de los egos ilocutivos), en fin, todos los inconvenientes de los congresos nacionales, pero duplicados, quintuplicados, centuplicados. Algo así como tres mil filósofos jugando a ser «profesionales», y un Jürgen Habermas afirmando en su conferencia magistral que Grecia debía ceder autonomía si quería seguir siendo rescatada económicamente. La escuela de Frankfurt murió en ese instante. Fue muy triste de ver.

La Ale(gría) y yo íbamos como parte del coloquio de una Honorable Asociación de Filosofía Latinoamericanista. El responsable de la organización de ese coloquio era uno de los decanos superiores del latinoamericanismo antieurocentrista, poscolonial, antiimperialista y libertador más popular de nuestros tiempos, pero, como ya es una persona mayor, pronto delegó sus responsabilidades a un tal Lootzer Schnaüzerkeiser, uno de los tipos más fanfarrones, pretensiosos e insufribles que he conocido en toda mi vida; no abundaré en sus cualidades —que merecerían un relato aparte—, sólo diré que gracias a sus buenos oficios no pude presentar mi ponencia —lo cual, por supuesto, no le importó a nadie, mucho menos a mí, que venía en un creciente estado extático después de encontrarme con los vestigios griegos que resguardan el British Museum, el Louvre y el Museo Vaticano, y que por ello venía instalado en una experiencia de la filosofía cuyos linderos no atravesaban por las ponencias ni por las asociaciones «profesionales».

Por fortuna para todos, el lugar nos exculpaba de todo tipo de improperios e ineptitudes. Entre los olivos, el ponto, la inmanencia de las divinidades y la belleza inenarrable de cuerpos y templos, cualquier impertinencia de los «profesionales» de la filosofía pasaba inadvertida —de hecho, su importancia era nula. La Ale(gría) y yo nos sumergimos de inmediato en el éxtasis.

No pasaron más de dos horas apenas pisamos suelo ático para que nos rindiéramos ante la posesión de las fuerzas que habitan y recorren calles, plazas y templos; pronto aprendimos a advertir los susurros con los que el viento nos arrastraba por las calles de la ciudad, y a completar los symbola que nos asaltaban a cada paso. Los dioses olímpicos siguen habitando en los cuerpos de los griegos, en sus ojos, en sus risas, en su hospitalidad, en su aire, en su tierra y en su praxis. Nosotros, aficionados a su lectura, a su estudio y a su vivencia —y además convencidos de que esa forma de la divinidad parte de un reconocimiento de lo sagrado que exige un temerario vitalismo poco frecuente en nuestros días— pudimos experimentar de primera mano, en esas tierras, las potencias que guardan los vestigios de esos dioses, de esa forma de experiencia.

Cada «decisión» que tomamos en esos días estuvo a todas luces atravesada por fuerzas con las que, si bien estamos familiarizados, ahí experimentamos diáfanas, prístinas, con una potencia inusitada. Nos dejamos guiar por los olores para encontrar una buena comida, y así experimentamos la sacralidad del olivo en todo su esplendor; nos entregamos al mar y Poseidón nos abrazó de diversas formas, con un estremecimiento, con el viento a favor, con puertos inmejorables y el pulpo más exquisito que se pueda imaginar; el ave de Atenea nos recibió en Egina, nos dio paz, calma, serenidad y fuerza, lucidez; Zeus nos regaló, en altamar, uno de los cielos más imponentes que hayamos presenciado jamás, y él ahí, augusto y resplandeciente justo en el cenit, complacido; agradecimos a Asclepio la buena salud, a Hermes, el camino venturoso; fuimos bendecidos largas y lúbricas noches por Pan, cuyo santuario encontramos «accidentalmente»; Hypnos trajo el dulce sueño, así como el oportuno despertar; Afrodita y Apolo fueron omnipresentes, estaban ahí, en cada rincón, en cada idea, en cada línea de luz que nos atravesó; los Dióscuros nos acompañaron por callejones de calidez inenarrable. En cada gota de vino que bebimos encontramos la totalidad. Un pequeño pajarillo salió a nuestro encuentro en el altar de Diónysos —mientras hacíamos una pequeña libación— y nos acompañó el resto del viaje; siempre estuvo ahí, expectante, curioso, incitante, generoso; cuando las cosas se pusieron difíciles en el congreso y todo parecía indicar que no podría exponer mi trabajo, apareció ahí, alegre, invitando a la fuga; lo seguimos con alegría. Las avispas escoltaron nuestros pasos. Gatos y tortugas fueron compañeros permanentes. Por la calle encontramos Heracles, Laocontes, Ariadnas, Sócrates y Helenas; convivimos con sátiros danzarines. El mundo era un holon y estaba vivo; hablaba, palpitaba, podía sentirse con nitidez.

En la experiencia de ese mar, de esas islas, de esos templos, de esa gente, de ese aire, esa comida y esa tierra, he advertido una vez más que la filosofía no sólo es un saber —el saber no importa nada—, sino una experiencia, una experiencia con múltiples variaciones e infinitas aristas, pero en todo caso vinculada siempre a una forma de la sacralidad; es más una revelación que una conclusión, epifanía, teofanía y apophansis antes que rationem; quizá por ello la filosofía tiene más que ver con la experiencia de compartir que con la de discutir, con la de crear que con la de obstaculizar. No se trata de carencia, sino de sobreabundancia; no es buscar lo que no se tiene, sino ofrecer lo que se ha encontrado. Se trata de hacer regalos. No se trata de discutir para ver quién esgrime el mejor argumento, sino de compartir para ver a quién le puede servir lo que ha sido revelado. Hemos malentendido la agonística. El intercambio de argumentos no es competencia, es un regalo, una fiesta de la generosidad. La filosofía no es amor por la sabiduría inspirado por la falta, sino amistad impulsada por el deseo de compartir.

La entrega irrestricta a las divinidades olímpicas en tierra ática me permitió experimentar otra forma de la profesionalización filosófica y entenderla —una vez más— fuera de las formas tradicionales del academicismo más recalcitrante, es decir, como una forma que no necesariamente está en los libros, ni en las discusiones, ni en la erudición ni en los congresos, sino que está en las orillas de todo eso, en sus grietas, sus fisuras, en sus márgenes que imperceptiblemente se convierten en centro palpitante, es decir, en la experiencia, en eso que llamamos vivencia, una vivencia plena, generosa y abundante, en la eudaimonía, pues. La filosofía es una forma de la felicidad, y por ello no se le puede imponer a nadie, sólo se puede convidar de sus deleites —que son múltiples— a quienes así lo deseen.


Estos textos forman parte del libro Experiencia y deseo (UACM, 2018), del mismo autor.


bily lópez

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