1
Mi bisabuelo, Rodrigo, el Duque de Aguirre, murió de fiebre reumática cuando su hija, Yolanda, la Princesa de León, tenía siete años. Empeñada en repetir la historia, caminaba descalza, contra la prohibición de su madre, para enfermar como él. La fiebre no la mató, pero le dejó un corazón enfermo. Tuvo seis hijos, contra la prohibición de los médicos, y antes de morir había perdido la memoria, el lenguaje y el control de su cuerpo. A escondidas, balbuceando, me pedía un vaso de agua –otra de las prohibiciones de los médicos–, y yo, que tenía tres años, se lo pedía a mi madre y se lo daba. La demanda se repetía con la misma compulsión con que, años atrás, la princesa fumaba, y mamá, que, cuando era niña, le compraba cigarros a escondidas de mi abuelo, empezó a sospechar. Cuando se dieron cuenta no me regañaron: a esas alturas, ya daba un poco lo mismo.
2
No dejes que el corazón le gane a la cabeza. Me pregunto si mi abuelo, Ramón, el Duque de García, pensaba en su esposa cuando decía estas palabras. Educó a sus hijos –que vieron a su madre recibir una válvula de cerdo y luego una artificial y morirse y despertar dos veces en el quirófano antes de la definitiva–, para evitar que heredaran su corazón enfermo. ¿Habría reconocido sus paseos descalza para encarnar a su padre muerto en la ocurrencia de su nieta de inventarle un título nobiliario y declararse su heredero? Princesa de León, heredé de mi abuela el lenguaje –que adquirí mientras ella lo perdía–, el amor por los libros, el histrionismo y los símbolos que definen mi biografía amorosa: el agua, el corazón y el cigarro.
3
ET cuenta la historia de un niño, Eliot, que encuentra un extraterrestre, lo oculta y se vuelve su amigo. ET no habla su idioma, balbucea apenas un par de palabras, pero, de algún modo, se entienden. El dedo brillante de ET, su piel parecida a la mierda y la voz ronca con la que dice ET llama a casa –más tarde supe que quien hacía su voz era una fumadora empedernida–, poblaron por años mis pesadillas. Lo recuerdo tirado en el bosque, pálido y sediento, enfermo,como mi abuela, a la que no recuerdo, que se murió cuando yo tenía tres años y me pedía, sin palabras, un vaso de agua.
Cuando ET volvía a su planeta, tenía el pecho abierto y su corazón brillaba. Eliot y sus hermanos miran a ET sin miedo y lo abrazan, aunque esté desnudo y con el corazón abierto.
4
En el centro de mi laberinto, ET: una bola de mierda con el corazón abierto que quiere volver a su casa. El cuerpo marchito que nos espera al final de la vida. ¿Podría abrazar a mi madre si, como en mis pesadillas, se convirtiera en ET? Gertie, la hermana de Elliot, viste a ET y lo maquilla, pero su fealdad es resistente a los disfraces.
Visité a mi abuelo en el hospital a unas semanas de su muerte. Apenas podía moverse, como su esposa, como ET tirado en el bosque. Sus cuerpos marchitos tenían la belleza de un corazón palpitante, como un pez fuera del agua. La imagen, descompuesta por la agonía o el orgasmo, deja de ser imagen y vuelve a ser cuerpo, órganos dispersos y con vida propia, que revelan su belleza en el divino resplandor de la fealdad.
Aunque ET poblaba mis pesadillas, durante años no pude recordar su imagen: me perseguían su voz y su textura: ¿Qué se sentirá tocarlo? ¿Cómo serán su aliento y su corazón caliente?
5
¿No había un presagio de mi vocación teatral en el gesto de mi abuela de escenificar, con sus pies descalzos, la muerte de su padre? Los actores de la escuela vivencial recreamos episodios de la historia personal para transferir nuestra emoción al personaje. ¿No será, también, para transferir la elocuencia del dramaturgo, la contundencia del gesto actoral y la magia de la iluminación, a un momento, más bien mediocre, de nuestra vida? En la vida no hay tiempo de ensayar, ni de repetir, ni de elegir las palabras justas.
Fantaseo con la escena perfecta, con repetirla por siempre. Pero un buen actor sabe que las funciones –y los ensayos– se marchitan, como ET, en la obsesión porque las cosas se repitan siempre igual.
6
Hans Christian Andersen escribió un cuento sobre una sirena que, para convertirse en humana, tiene que enamorar a un príncipe. Como él se casa con otra, la sirenita se convierte en espuma. Años después, Walt Disney Company hizo una película sobre el cuento, donde la sirenita y el príncipe se enamoran y viven felices por siempre. What would I give to live where you are? / What would I give to stay here beside you? / What would I pay to see you smiling at me?, le canta la sirenita al príncipe en la arena, luego de rescatarlo de la tormenta.Mi definición personal del amor: ¿Qué pagaría por verte sonriéndome a mí? La sirenita repite, sin saberlo, los versos más tristes de la Commedia, cuando Dante contempla, a lo lejos, la última sonrisa de Beatriz: Così orai; e quella, sì lontana / come parea, sorrise e riguardommi; / poi si tornò all’etterna fontana (Así rezaba, y ella, tan lejana / siendo, me miró con su sonrisa; / luego volvióse a la eterna fontana). ET y Beatriz y la Sirenita y mis abuelos se despiden desde su nave espacial, y yo me quedo sola, con el corazón abierto.
ET llama a casa.
7
La casa está en los lugares de los que no nos queremos ir. Cuando la perdemos, partimos en busca de otra, como Odiseo, que llega a una isla y la vuelve su hogar, hasta que se acuerda de Ítaca y la extraña. Cuando vuelve, por fin, extraña algo más: la isla de Calipso o la Ítaca de hace diez años. Penélope y él ya están viejos. Su madre y su perro murieron. Quiere volver a casa.
8
A mi abuela no le fue tan bien con eso de que le ganara el corazón: lloraba en la azotea, con sus cigarros, esperando a Odiseo, que andaba con sus amigos borrachos. Entonces se convirtió en espuma, y se invirtieron los papeles: zarpó rumbo al Hades y mi abuelo se convirtió en Penélope, esperando hasta el fin de sus días que Odiseo volviera del reino de los muertos. Amaban en tiempo pasado, los ojos puestos en el Hades, el hogar al que ansiamos volver cuando ya no hay adónde volver.
9
Me hubiera gustado ensayar mis monólogos con mi abuela: creo que ella me hubiera entendido. ¿Qué habría pensado de los versos de Calderón, ella que le hizo tan poco caso a las prohibiciones de los médicos?: Ojos hidrópicos creo / que mis ojos deben ser / pues cuando es muerte el beber / beben más, y de esta suerte / viendo que el ver me da muerte / estoy muriendo por ver. El amor como una repetición infinita, una muerte que se posterga en el ensayo interminable de las mismas escenas fallidas, hasta encontrar una estrella que, al fin, se ajuste a nuestro libreto. Regreso a la misma escena: acostado en el pasto de la Facultad mirando a los ojos al primer hombre del que me enamoré, a punto de darnos un beso; lo mismo, cinco años antes, en el pasto, afuera de la prepa, con la primera mujer de la que me enamoré; mi corazón envenenado por las palabras de la bruja: Antes de que se ponga el sol del tercer día, tú tendrás que haber logrado que el príncipe se enamore de ti, es decir, que te dé un beso… no uno cualquiera, sino un beso de amor verdadero. Si te besa antes del anochecer del tercer día, seguirás siendo humana para siempre… pero si no lo hace, volverás a convertirte en sirena, y pertenecerás a mí.
El beso jamás llegó.
10
Mi abuela fumó en la azotea hasta arruinar la válvula de cerdo que tenía en el corazón. Prefería el goce a la renuncia: el cigarro, el agua, el amor. Mejor convertirse en espuma que quedarse aburrida en el fondo del mar. Pero el príncipe sí se quedó a su lado, le hizo seis hijos –mortales para su cuerpo enfermo–, y la princesa se subía a llorar a la azotea. Según sus hijos y sus hermanos, era el amor de su vida.
¿Sería más feliz la sirenita de Andersen o la de Disney? A pesar de lo que dijera la bruja, los besos son besos, y nada más.
11
Mi abuela no murió de fiebre reumática, como su padre, sino de cirrosis, por todos los medicamentos que le daban. Me la imagino enojarse, tanto como yo, cuando mi abuelo le decía: No te tomes la vida tan en serio, porque al final se va a reír de ti. Entre la actuación que una hace y la obra que quiere representar, hay siempre un abismo de errores. Por mucho que una se esfuerce, está condenada a sacrificar el libreto, pero esto solamente es trágico cuando tenemos el corazón enfermo: cuando la traición al papel asignado por la Moira es un tropiezo tal que preferimos sacrificarnos nosotras.

Deleuze, en su Abecedario, condenó la imagen psicoanalítica del inconsciente como teatro, donde Hamlet y Edipo repiten interminablemente las mismas escenas. El teatro, del mundo o del inconsciente, es una de las imágenes más atroces de la repetición. La tragedia, dice Eduardo Rinesi, ocurre cuando los muertos se imponen sobre los vivos, cuando el Teatro del Mundo de la imaginación barroca deja de ser juego para volverse moralidad cristiana: cuerpos que se torturan para amoldarse a la imagen que pasa todas las audiciones, que arrancan de su carne todo lo feo, lo monstruoso, lo inconveniente, o lo que es peor, degradan la fealdad, la monstruosidad y el escándalo al adoptarlos cuando sirven para arrancarle un aplauso al Dios-director de escena. Pero los griegos, dice Rinesi, inventaron también la comedia, donde los vivos se imponen sobre los muertos y los mortales sobre los dioses. Porque también, “a veces logramos, nosotros, imponernos sobre la fortuna, hacerles pito catalán a los dioses, salirnos con la nuestra”.
Hay, en ese “a veces”, otra forma de repetir: en medio de nuestro insulso Teatro burgués, donde el elenco ejecuta, mediocre, mecánico, los mismos gestos, las mismas palabras, se repite, a veces, la diferencia: las luces fallan, o la memoria o el gesto.
Cuando el libreto se desmorona comienza el teatro.
12
Si mi abuela se hubiera muerto, como su padre, con la fiebre, o si le hubiera hecho caso al doctor, no hubiera tenido a mamá. Sin sus errores y su traición al libreto, yo no existiría. Esto no justifica ni su papel de esposa sumisa, ni su enfermedad, ni mi existencia: no creo que la vida sea una puesta en escena donde cada elemento tiene su razón de ser, sino más bien una serie de ensayos para una obra que nunca se va a estrenar. Y como decimos en el teatro: una trabaja con lo que hay.
☙
