Creo que hay tesoros que, tal vez, no debas abrir. Sé que los abrirás. No lo digo porque se me haya ocurrido y entonces pienses que débilmente hago un juicio inductivo de mi historia para todos. Ese es el raciocinio malo, diría Hegel, que razona sin espíritu, de acuerdo con la mecánica lógica sin ética de sí mismo, con base en argumentos de fines individuales y para litigar con el mundo. Ese es el raciocinio que no conoce y se niega a la razón de la esencia, de la naturaleza humana.

Ya sabes que los filósofos explican así, en conceptos para la teoría, pero el cristianismo­­­­­ –que mucho antes explica las mismas cosas y mejor–, como es ético y te habla a ti, a tu espíritu, te dice duramente que esa forma de raciocinio litigante, opositor y purista, que refuta la especie, la inclinación y la naturaleza humana del pecado es simplemente fariseísmo, una razón hipócrita, descendencia malvada, raza de víboras, “sepulcros blanqueados”, según dijo mi Maestro. Hay un tesoro que no debes abrir. Sé que lo abrirás y no penséis mal en vuestros corazones. No es mi historia, es la historia de la humanidad; es mi historia y un aviso para la tuya. Así ha sido siempre. Lo que tal vez no debas abrir, porque encadenará tu libertad y te encantará—no hay mucho más que decir al respecto, sencillamente es así.

Lo abrirás. Abrirás eso que te digo que no debes abrir, porque desgraciadamente no sabrás después cómo salir ni liberarte. Lo abrirás. Así ha pasado. Revisa los mitos de nuestras religiones, que para eso están, para que conozcas la verdad humana, la verdad antropomorfizada –como refieren los raciocinantes de la mala razón–, esa verdad conocida, la verdad de todos; la verdad intuitiva que nos permite mirar y entender las profundidades. Por supuesto que no es un conocimiento científico de lenguaje desconocido, disecado e inhumano. ¡Perdón! ¡Me extralimité! “Sin miradas antropomórficas y humanas”. Cierto que ese conocimiento te hace olvidarte a ti mismo, mientras curioseas un mundo sin ti, sin lastre y sin tedio. No en vano la ciencia científica (objetiva) es un sistema y brote del sufrimiento humano, sin Dios: la ciencia, ahí donde la ves, juiciosa y distraída en objetos que no reflexiona, sino que fija para el asombro naturalista y mágico, es un escape del sufrimiento, y cómo hablan bien de esto los cohetes espaciales que salen de la tierra y las estaciones espaciales. Unos escapan, mientras otros, como las artes, las ciencias humanas y la poesía son una imitación de lo humano mismo, una consolación y expresión de los anhelos y sufrimientos del ser “sapiente” sobre la tierra.

¡Ves! Todo es un sistema coherente del sufrimiento y de la verdad humana. Por eso, al césar lo que es del césar y a Dios… ya saben. Al césar concedámosle que la ciencia científica explica, pero no habla bien; brindemos porque tiene explicaciones, o sea, ficciones teóricas de un mundo que no es el nuestro, pero aquí no busques la verdad, es decir, la sinceridad humana que brota de la tierra y no del cielo, debajo de un temor y temblor o detrás de la espalda (no el rostro) de Dios.

El mundo es luz y oscuridad, predica la legendaria verdad humana en todos los mitos y religiones; y predica de sí que es el agua de vida eterna que nos sacia y el pan que nos alimenta. Agua y pan son la verdad de los días, de los meses, de los años, de los siglos y por la eternidad, y así vino al mundo una vez, por eso fue crucificada y consumida, bebida y comida. Tanto verdadero y humano es pensar en luz y oscuridad, que la ciencia científica ¡pobre y orgullosa a la vez! abreva y mendiga estos lenguajes míticos para ponerle a sus descubrimientos algo como “agujero negro”, “antimateria”.

Nunca es tarde. Hay un sector de la astronomía y de las ciencias elementales que no quiere ficciones y más bien quiere encubrirse por la noche, como Nicodemo –el judío que visitó a Cristo por la noche–, para que nadie note su lujuria por el mito y lo maravilloso de Marvel. Ahora es una ciencia Marveliana que puede llevarse al cine y pregona la verdad humana, lo fascinante yencantador en tanto que es humano y divino. Así es, el mito más vivo que nunca con fundamento científico ostentoso, y de noche, a oscuras. Se asiste al recompuesto científico del hebraísmo religioso del plan divino, del Kairós, de la oportunidad en el tiempo que une todos los sucesos mediante universos paralelos y viajes en el tiempo; a la inevitable apocatástasis o apocalipsis ardiente de esta tierra desvencijada y cielo que pasará. En fin, ahí va la ciencia como un Nicodemo a preguntarle al Rabí de noche.

Nunca verás que el conocimiento científico objetivo sea un libro que estudie la humanidad; no lo verás, ni porque haya grandes y generosos divulgadores que te expliquen en noventa minutos la breve y científica historia del universo. A nadie le importa, esa es la otra verdad del asunto. Bueno, sí les importa, pero a quienes quieren escapar del sufrimiento de tu monstruosidad por el uso de cohetes y trajes espaciales, pese a que el reencuentro sea inevitable, recuerdo de aquella serie televisiva “Estación once”. En cambio, veras que si no es la Biblia, la Vulgata y el Corán, es la Odisea, del supuesto Homero, o el Ulises de James Joyce, los libros de estudio de la humanidad. Son mitos, son poesías lo que estudia la humanidad aun tiempo después de la Ilustración, el Marxismo, el Posmodernismo y el Posestructuralismo, legiones y cuadrillas que se enfilaron para desmitificar el mundo. No hubo cambio profundo en eso, a no ser de labios, ostentaciones y corrientazos mentales. El cristianismo, por el contrario, lo cambió profundamente todo: cambió profundamente la vida del ritual que tenías, de la magia, las leyes, los ciclos, el cosmos, por una vida en el amor, la comunión y la libertad. Llegó al pozo profundo de tu agua y calmó tu sed; ahora es la vida que hace milenios para acá se vive, en formas secularizadas como la “vida íntima”, la vida “interior”, el “individuo”, el “ser de luz” etc.

Seamos Platónicos, seamos Presocráticos otra vez. La razón de por qué seguimos estudiando los mitos y las poesías, a desobediencia y contraindicación de todas las bombillas eléctricas de la ciencia y la “prestidigitación” de la tecnología, que ilusiona con su divertido juego de manos –todo su acto es ocultar y tapar al conejo– y distrae la mirada de la inclinación de la naturaleza, es porque los mitos y las poesías no son un desparpajo, ficciones, diversión, sino portadores del agua, de la verdad humana. Lo que es como agua y pan, esa es la verdad, necesarios y sinceros. Sin agua y sin pan no se puede vivir. Cristo decía comer y alimentarse del pan de sus palabras, de cumplir su propósito y hacer para lo que fue enviado. Lo decía él, que renegaba del pan sin levadura o con, cuando estas necesidades interrumpían su propósito. Entendió que el pan es mito y poesía y el agua más. Los mitos… sí, te hablo de ellos. La verdad humana con que el Libro de Job explica el mundo, la naturaleza y a Dios es agua y pan. Bebe y come la verdad. La ciencia, como te decía, mmm, habla y explica, pero no habla bien ni explica bien. Job sabía hablar, su naturaleza humana le hizo saber hablar de las criaturas y del creador, léelo. Perfectamente puedes hablar con él, pues él sabe hablar como tú. Los mitos y la poesía hablan como tú o como tú hablas en la noche oscura del alma, mirando cabizbajo al infierno para que se abra la tierra y queriendo encerrarte en algo que sea tu prisión para no salir jamás, pues lo menos que quieres es un amanecer o atardecer, lo menos que quieres es alzar tus ojos a los montes y mirar al cielo, a la luz.

Revisa los mitos, te decía. Ahí está lo que te digo, la verdad humana que podría liberar tu alma de ver falacias induccionistas en lo que digo y en tus semejantes, que son del mismo polvo que tú y no es una falacia, es otro mito. Te pones muy serio porque hablo de tesoros que, tal vez, no debas abrir, pero sé que los abrirás. No me estoy adelantando a los hechos, tampoco tengo prejuicios sobre ti, ni te conozco, sólo sé que los abrirás. Si tan sólo conocieras los verdaderos hechos que se repiten una y otra vez, los verdaderos hechos de los mitos, escucharías la voz de la sabiduría.

La sabiduría no se lee; se lee el periódico, se leen los conocimientos y las teorías, la sabiduría no. Ella habla y luego se escucha. Es lo que hizo Nietzsche en la gaya ciencia, escuchar a la tierra viva, palpitante, retumbante de las fuerzas dionisiacas; la sabiduría infrahumana de lo ctónico que en él se hizo un sismo y temblor de ira divina contra la lógica, por haber dejado el mito, las tragedias y los dioses. La verdad humana brota de la tierra y es sismo y terremoto. La sabiduría celeste también habla y se escucha por el canto de un gallo; fue lo que sucedió cuando la tierra entera y la figura de un hombre, por todos nosotros, negó y perdió la fe en el Salvador. Escucha lo que dice en las verdades repetidas de los mitos, lo que dice sobre los tesoros que, tal vez, no debas abrir y, sí, abrirás. Escucha cómo habla desde lugares altos y por los siglos sobre el mito de la caja de Pandora; de odres o vasijas en la Odisea que atesoran los vientos de Eolo, los vientos calamitosos que no debes abrir. Pero ahí vas. Te conozco. La religión te conoce todo. La ética, una parte de ti.

¡No los abras! Ah, ya los abriste. Ahora salta del navío, arrójate a las corrientes. ¡Escucha! Cestas, odres, cofres, sarcófagos, vasijas que atesoran todo tipo de calamidades, naturales y humanas. Las películas repiten esta verdad humana. Escenas del mejor género fantástico (fascinante, encantador) donde en el Principio se desentierra algo de la tierra, donde vemos a la arqueología trabajar y actuar, pero a continuación sigue la maldición, el desastre y la esclavitud del alma por lo que allí yace. Pensemos en los egipcios y en los orientales; guardaban cobras en tinajas; atesoraban el esqueleto del Dragón y de la Serpiente Antigua en tinajas. Encantador y Fascinaste. A ver, ¿vas a mirar adentro de ese tesoro? Sé que lo abrirás; tal vez por inocencia, no sabes qué esconde, tal vez tengas una idea vaga, una intuición del terror e igual lo abras, voluntas mea. Da igual. Hagas lo que hagas te arrepentirás; le aprendí al sabio severo del cristianismo en Dinamarca (su nombre era Soren, que traduce el nombre latino Severino).

Mejor reza el Padre Nuestro, que para eso fue entregado a los seres humanos, para que aprendas a decir Vade retro Satana y líbranos del mal. Las verdades sencillas cuestan en practicar lo mismo que las difíciles en entender. Hay tesoros que el Creador sencillamente no quiere que abramos; el océano, el abismo de las aguas, es uno de ellos. La Biblia que tienes en casa, si la lees, no prohíbe los tesoros del cielo. Habla permisivamente de los carros de fuego que vuelan sobre el cielo, de los tronos, de las visiones sobre los cielos, de las escaleras que ascienden y bajan, de la exploración humana a base de la inspiración y de la agudeza de la perspicacia. Los cielos son tesoros que pueden ser abiertos, puertas abiertas. Por supuesto, ve y conquístalos. Es más, ¡debes! Ya entenderás por qué la ciencia puede avanzar en estos asuntos astronómicos tan prometedoramente y penetrar en los cielos del universo, que son oscuros porque no hay materia que reciba y escuche la luz.

Alegory of Satan (Lord of the World) (Back)
Reverso de Ludwik Stasiak, Alegoría de Satanás, 1900. Óleo sobre tela. (Vía Museo Nacional de Cracovia). Sé que lo abrirás.

Luminosos son cada que alguien recibe y escucha la Luz del Principio; si tan sólo hubiera algún ser, materia que capte y escuche la luz divina. Cuán bella es la sabiduría de la luz. El hecho de que sean puertas y portales de exploración tal vez se deba a que en los cielos no hay nada de las curiosidades alienígenas que se buscan, tal vez no haya absolutamente nada de las monstruosidades que se quieren ver; esos tesoros tan anhelados de ficciones y contra confirmaciones de la religión que se buscan. En realidad, no ha habido más que el descubrimiento de polvo, ceniza, efectos ópticos y erial, yermo por doquier, cuando se ha querido ver algo más. El delirio también pertenece a la ciencia más objetiva. Tal vez lo único que guardan los cielos en los cofres oscuros repletos de luceros áureos, entre la materia invisible y la visible, sea la Imagen vitral de Cristo, la luz del Principio, el Logos. Hasta ahora la ciencia “afirma” que no ve ni encuentra dicha Luz del Principio, aunque ve muchas luces desorbitantes. Que la astronomía siga buscando afuera, llevada por un cordel que suelta, si lo encuentra muy largo y fuera del límite, lo que ya fue revelado adentro, en la segura y eterna Palabra.

Dichosos los ojos que ven lo que has visto en los tesoros Uranos e Hiperuranos. No así con los mares y las aguas. Si lees la Biblia, que por accidente o cualquier razón profana tienes en casa, te darás cuenta de que las aguas y los mares son cerrojos, tesoros y abismos que, tal vez, no debas abrir. En ellos, no en los cielos, es probable que encuentres toda la monstruosidad extraterrestre que buscas; en ellos tal vez encuentres al Leviatán, al Kraken, a Nun, al Caos primordial, a Moby Dick, al Gran Pez que engulle hombres. Las aguas son un tesoro que queremos abrir, pero sobre ellas está la faz del abismo, el Caos primordial que impulsa cada arrastre y fragor de las olas. “Un abismo llama a otro abismo”. Los hebreos compusieron ese hermoso canto, ábrelo, está en los Salmos, en esa hojalata de Biblia que tienes. Son un tesoro que el Creador ha decidido cerrar, cercar y limitar y, tal vez, no debas abrirlo y, esta vez, seguramente no podrás. Mira qué cantidad de cosas explica aquel libro que tus padres tienen en casa. Mira qué bien hemos explorado las lejanías del universo y hemos dominado la gravedad cero, las casas en el cielo y las aeronaves espaciales, pero no la inmersión profunda, la presión quilotónica del azul marino ni las estaciones submarinas…

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Magdiel Martínez

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