Hay tesoros que, tal vez, no debas abrir. Te disgustará que predisponga y generalice la idea, pensando: “Sé que los abrirás”. Pero sé que los abrirás. Es cuestión se sentarse a contar y esperar. Es una contabilidad exacta de Aquel que edifica la casa. Así lo han hecho conmigo, así lo harán contigo, así lo han hecho con todos. Yo lo intuía, lo presentía, tenía una vaga idea del terror que escondía. Aun así abrí la caja, abrí un tesoro que, tal vez, no debía abrir. He abierto el tesoro de muchas miradas dulces que me miran con ilusión y pierden su mirada en mí, encadenándome a rocas que sólo la espada bendita que traspasa el alma, la espada de dos filos, con inscripción mágica y hecha para algún rey elegido ha podido quebrar y desencadenarme. Sin embargo, son tesoros encantadores. Sin embargo, tesoros calamitosos.

Lo sé también de ti, porque ya abriste un tesoro que no debías. Por eso hago las inducciones que necesito y que se me antojan. Revisa los mitos, el registro de la verdad humana que se repite y se repite in saecula saeculorum. En especial, revisa el mito judeocristiano de Adán y Eva, el llamado mito de la Caída. Dices que conoces cosas, que sabes de lo que te ha pasado, que sabes de la vida, del mal, del sufrimiento y de la injusticia. Que sabes, sea del saber mismo y de la cultura humana, sea de los pequeños asuntos de tu mundo periférico. Sabes de tus límites, oh, alma bella del escéptico; sabes que no quieres saber nada más, oh, alma bella del hombre ordinario que sabe sus cosas. Dices que usas la razón, que te guías por lo que ves, que usas el sentido común, y de hecho te veo usar la cabeza, los gestos y la seriedad en tu cara contra lo que digo. Sea que frunzas, sea una cara impasible y estoica, son los gestos del saber, por ellos sé que sabes y que tu cabeza estimas. Además, haces sutiles y astutas preguntas capciosas sin temor y resquemor de que tires la poca fe, esperanza y amor que queda en la humanidad.

De verdad que sí sabes, sabes mucho, demasiado diría yo. ¿A quién le pediste permiso? ¿Fuiste como los sabios judíos que piden la sabiduría y el conocimiento a Dios? Después te quejas de ellos sin saber nada de ellos. Te lo pregunto porque hay tesoros que, tal vez, no debas abrir. Sé que los abrirás. Lo sé, sabiendo que ya abriste uno que no debías abrir: el tesoro del conocimiento del bien y del mal. Sabemos que lo abriste, en eso estábamos hace un momento, dándonos cuenta de que conoces el bien y el mal, que sabes de tus cosas, pocas y plácidas, o de que sabes del saber y de la cultura. También lo sabemos por tus padres humanos en el Principio de todo, Adán y Eva. ¿O dudas de la paternidad de ellos? Fueron tus padres, mira no más cómo has abierto, apenas creciste y evolucionaste, el tesoro del conocimiento sin que nadie ni Serpiente antigua te tentara. Igual o peor que ellos, ahí tienes una lógica pecaminosa y terrible de la paternidad. La genética humana con ellos no fue por un acto y cruce sexual que fácilmente puedas desestimar de tu árbol genealógico, de tus cromosomas o desmentir como historietas religiosas. Va más allá. La genética con ellos fue elemental, hecha de un elemento y una unidad vital: la tierra, el polvo, el barro. Agua con tierra. En ti llevas muchas aguas y todos nacemos cerca de la tierra del estercolero, según recordaba el desquiciado erudito Erasmo de Rotterdam, que por un instante decidió embriagar su sano juicio y alabó la estupidez.

Pues qué esperar de ti y de mí, hijos de los hombres, de Adán y Eva. La sangre llama, la descendencia asciende y la herencia es una línea sobre el eje con pendiente y caída. ¡Bastardo! ¡Hijo de pecado! ¿Por qué contiendes, por qué te levantas a contender? ¿Por qué lo abriste? ¿No consideraste que para conocer y saber se tenía que pedir permiso o, al menos, andarse con el temor evidente del Creador para no encadenarse y encantarse con el conocimiento y la ciencia, con los productos creados? Ese era exactamente un tesoro que no debías abrir. Pesaba una prohibición imperativa sobre aquel árbol, sobre aquellos frutos deleitosos; era una custodia, un resguardo, una forma de proteger un tesoro áureo de manzanas doradas y adornos de plata, si así lo quieres pensar. No comerás, pero allá vas, hijo de hombre, agua y tierra de las entrañas míticas. Aunque te irrite la predisposición de la libertad y del “singular” ser que eres, desde aquí te veo, te vi, ambos abrimos el tesoro del conocimiento que, tal vez, no debas abrir.

Sé que lo abrirás y tal vez ya no sea tan irritante, pues sabes que lo abriste. A continuación, vino la historia, o sea, las calamidades, el desastre, la vorágine, los vientos tempestuosos de la historia humana. Todos a naufragar y a saltar del arca porque nos hundimos a cada instante, con las valijas del conocimiento a salvo en altamar, pero lejos de la raíz, del Principio, del Paraíso que era la cuna y los brazos del Padre y de la Madre. ¿Por qué el conocimiento es un tesoro de las calamidades –con la mala fortuna de que lo abrirás–? ¿Acaso no experimentas cómo estás encadenado y encantado con el conocimiento? ¿Cada cuánto haces un examen de consciencia? ¿O es que sólo lees, hablas e interactúas con tus neuronas? Ahora que has abierto la cesta del conocimiento y sus vientos has dejado salir, mira cómo te has encadenado a una roca y el conocimiento te devora.

¿Crees que no te devora? Intenta dejarlo; no, ¿verdad?, te da miedo. Si no actúas de acuerdo con él, entonces te hace pensar y parecer ante los demás que eres tonto y estúpido. Si no hay conocimiento, por supuesto, es porque no hay lógica y, por tanto, piensas que es absurdo, dudable o incognoscible. A ver, intenta volver al vientre de la madre; no, verdad, muy absurdo. Vuelve a ser un niño que cree en la bondad de su padre y de su Creador en los cielos, inténtalo. Ah, te escucho decir que fue una etapa que no volverá, una etapa de ingenuidad y candor, bella, pero fantasiosa e inmadura. ¿Creer en lo bueno, aunque todo fuera malo, es inmadurez?

Mira las cosas que te dice el conocimiento para que te quedes con él, cómo te habla y te convence con su fuerza de persuasión. Creer en lo bueno de sus padres no es la alabanza que los niños les hacen a ellos, es la alabanza y el elogio que los niños hacen al Creador, pues confían en que Él es bueno y que las dádivas descienden del cielo. La absoluta confianza de los niños en sus padres y el regazo que buscan en ellos no es una dulcificación o una recompensa paternal, ni una sensiblería romántica, es una alabanza y el reconocimiento de los niños hacia la bondad del Creador. De su boca, de sus dichos, de su confianza en Dios, en que todo lo creado es bueno, el Creador ha fundado con ellos su fortaleza y baluarte contra las argucias del conocimiento ilustrado de los decrépitos adultos contra Dios. El Maestro Nazareo reconoció esta sabiduría de los Salmos al hablar de los niños, cuando reprendió a sus doce discípulos por haber impedido a los niños juntarse con Él. Los niños querían juntarse con el Maestro, abrazarlo, pues reconocían lo que los viejos con conocimiento no: su Bondad, al Creador en Él. Por eso el Maestro supo que venían a alabar al Creador, pues venían a abrazarle, confiaban en la Bondad misma, que aquel Maestro era la Bondad misma y que había un Padre bueno en los cielos que crea seres Buenos.

Alegory of Satan (Lord of the World) (Back)
Reverso de Ludwik Stasiak, Alegoría de Satanás, 1900. Óleo sobre tela. (Vía Museo Nacional de Cracovia). Sé que lo abrirás.

Pero tú que conoces no puedes ¿verdad? No puedes alabar a tu Creador pensando que todo es bueno, pues eso es para los niños, y el conocimiento te dice que no te iguales a los niños, no te deja ser como ellos. Para los niños y para la fe judeocristiana, la verdad es primeramente creer (confiar, depositar); si sabes mejor que todo es bueno (eres sabio). Estas son verdades de religión o, como decían los filósofos Marxistas y Materialistas de la ciencia, verdades de la primera edad del mundo. Qué bueno escuchar la verdad religiosa en sus bocas profanas, muy bien, entendieron la relación de la religión con la infancia. El Creador usa hasta la boca de los pensadores más mundanos para predicar sus verdades, por eso todo es bueno. Pero el que conoce y ha gustado del fruto de sus bocas y del conocimiento no puede; ya sabemos que no puedes volver a ser como un niño o, mejor dicho, que los vientos calamitosos del conocimiento que liberaste te hablan y te susurran diciendo que es una completa ingenuidad creer en que todo es bueno y que la primera edad del mundo es la verdadera. Te devora ¿no lo ves? No te deja escapar de su reino, no te deja abrazar al Maestro Crucificado, no te permite refutar sus premisas de un mundo cruel o un mundo real. Te devora, te vuelve impasible, no te mueves sin sus premisas, sin sus conclusiones. ¿Te puedes rebelar al conocimiento? Su persuasión te convence al final de una vía diplomática e intermedia para que no lo dejes, ni lo abandones. Te habla y te dice que la fe y el conocimiento, la razón y la poesía se llevan y entonces ahí vas, atado, encadenado, sin poder dejar el conocimiento ni por un instante.

Ahí estas otra vez, encadenado a la roca por sus aros de hierro y el conocimiento como un cuervo devorándote los ojos, a veces aparentando ser ancilla theologiae (sierva de la teología en las discusiones medievales), cuando en realidad la teología debe soportar mirar o consiente el delito de que seas un siervo del conocimiento y que no puedas respetar a Dios ni por un segundo, pues la demostración es ver un rostro falso, un ídolo, pues Dios no ha ofrecido más que su espalda en la naturaleza y el estrado de sus pies en la tierra. Cómo sería si te abandonaras a los designios y a la bondad paradójica de Dios como lo hizo el Crucificado, cuando dudó de si su vida entera era razonable y conveniente, llegando al vértigo de la libertad y a desear que todo pasara pronto, ¡ya! La teología tiene que soportar la falacia de que vengas a terciar con ella, cuando ni puedes librarte de los lazos de este cazador incansable. ¿Te puedes rebelar? ¿En serio lo crees? Más bien, sabes que el conocimiento te susurra rebelarte a las verdades de la fe y a las estupideces de los ignorantes para que vengas a ella y le sirvas. ¿Te das cuenta de su lógica? Tú no puedes rebelarte al conocimiento, porque te hace dudar, te refuta y a lo más muestra tu ignorancia y te llena de miedo. Entre la ignorancia y el infierno es más sensato el miedo al infierno, porque la ignorancia no es un mal terrible como lo hace ver el conocimiento. La ignorancia inculta o que renuncia al conocimiento, prejuzga por el conocimiento como un temor temible, no es tal en realidad. Es la ignorancia de las personas que subsisten, juegan y confían en el Creador, es decir, es la ignorancia de los pájaros y de los lirios del campo. Ten conocimiento, sabe tus asuntos, pero renuncia al conocimiento, es la ley de la vida. Adquirir y perder.  

Ningún crimen en ello. La mayor de las veces la ignorancia se transfigura en las personas que amamos, las almas bellas de nuestros padres y progenitores, las parejas, los cónyuges y los compañeros ¿los perderemos por el conocimiento? Al menos ya sabes que el conocimiento también trabaja con terrores para encadenarte, te representa las torturas de una vida sin conocimiento antes de que lo sueltes. El conocimiento no permite que te rebeles contra él, eres su siervo insigne y admirado; entonces más siervo te vuelves. Son muchas las maneras que no permite que te rebeles, incluidas las monedas que te ofrece de admiración, los ribetes, las graduaciones y es conocido que, en última instancia, te ofrece los Reinos de este mundo si le sirves. No te deja que te rebeles por ningún lado, emplea lo más temible y lo más deslumbrante para tirarte del cuello y arrastrarte hasta su boca. En cambio, mira su lógica: promueve e incita el golpe de estado a la fe y a la ignorancia para que te rebeles contra ellas si no aceptas la pura razón o una negociación.

Es lo que te sucede desde que liberaste los vientos del tesoro del conocimiento. El conocimiento no te va a dejar, ha comprado tu alma por una medida barata de curiosidad y progreso. Detrás del conocimiento hay una voz, tal vez resuena la voz de la Serpiente antigua, la voz de un genio que te dice muchas cosas para encartarte con los frutos que te ofrece. Te persuade y te susurra con una voz sutil para que la metas en los asuntos más opuestos a la razón; con multitud de voces para que dudes; con la voz de un juez que establece límites al vuelo de tu espíritu y cínicamente saca provecho de las verdades del espíritu sin creerlas; con la voz más tormentosa e injuriosa que genera presiones y terrores al que no le queda otra sino expulsar algo irracional o sin lógica de la boca.

En cambio, te da honores y monedas si la obedeces. El conocimiento no proviene del amor, decía San Pablo. El amor puro no es la unidad contemplativa del conocimiento y la armonía, eso es beatitud y éxtasis. El amor puro es antes de la unidad, es durante el mundo y el caos. En la unidad no hay fe ni hay amor. Lo Uno es abstracto. Pero el amor es tangible y se ofrece, se da y se dona. El conocimiento es la voz que te habla, te susurra, te persuade hasta que te ensordece; no te deja de hablar, no te escucha ni te deja escuchar. Su voz es sórdida, y ya Sócrates criticaba que los sofistas decían discursos prolongados sin dejar conversar, y Kierkegaard imaginaba que Sócrates, que no soportaba escuchar a hablar a alguien más de cinco minutos, le habría señalado a Hegel el mismo defecto sofístico: no habría soportado sus XXI volúmenes. La voz de la razón es sórdida, elocuente y verbosa, habla todo el día en una conferencia, en la mente, en la academia, como es admirable y es estética, pero religiosamente quiere decir que te deja con oídos que no oyen y con ojos que no ven.

Ahora fíjate en la diferencia. El Cristo crucificado enmudeció como oveja que va al matadero. No escribió XXI volúmenes, así que no hablaba en demasía. Sabía que lo normal era que la gente abandonara sus palabras y abrió las puertas para que sus discípulos se marcharan, preguntándoles “¿También vosotros queréis marcharos?”. A lo que siguió la respuesta de uno de los doce que respondió sabiamente. Por su parte, su Padre en los cielos, el Creador, te crea de la nada, o sea, del barro y del polvo para que el viento te sople y te marches a donde quieras, no como la razón y el conocimiento que emanan de la dialéctica y la díada para que nunca te marches. Ese Padre bondadoso permite que le abandones, que le olvides, que no creas en su Bondad y tú, mientras tanto, feliz de la vida (según los que te ven), etc.

Mientras lo abandonas, puedes hacer un imperio, tener un palacio, ser un docto, te va a ir bien. No te habla sórdidamente y su voz se alterna con el silencio y la invisibilidad. Tampoco es que sólo tú le abandones, también Él se permitirá abandonarte, en medio de su silencio e invisibilidad absoluta. ¿Qué es el silencio y la invisibilidad de Dios? Nuestra libertad, nuestro libre albedrío. Lo podemos abandonar y Él nos abandonará igualmente, como abandonó a su Hijo el Crucificado, para que fuera verdaderamente Hijo del hombre, que habitaba entre nosotros, y no el unigénito de Dios. Nos abandonamos mutuamente, pero en el otro instante su amor nos reencontrará y será el drama y la pasión de este reencuentro, con mucho de humano y divino sin parangón con ninguna otra cosa conocida, los que nos atraerá a reencontrarnos con el Crucificado y su Padre en los cielos. Hay tesoros que, tal vez no debas abrir. Una mirada dulce que te ilusiona y te encadena; El conocimiento y la razón, otra dulzura como esas; frutos y progreso mientras te encadenas a su sistema absoluto y a su sórdida elocuencia. Sé que los abrirás. Escucha la verdad humana.

Da clic aquí para leer la primera parte.


Magdiel Martínez

MAGDIEL MARTÍNEZ

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