Danger 1883/1887 Winslow Homer

Escribir no es un acto seguro y es posible que jamás lo haya sido a lo largo de la historia. Si nos hemos aferrado a una pulsión constante por crear testimonios de nuestros fracasos y victorias, es porque a este esfuerzo subyace una duda legítima sobre nuestras facultades para ser felices: cada recién nacido es una hoja en blanco que necesitará de referencias para tomar decisiones y en muchas ocasiones no será suficiente para otorgarle un destino satisfactorio. Escribir es, por más paradójico que resulte, un regalo para ciegos. El escritor hace lo que hace para aclarar lo que vive o intuye, y el lector que recibe este apuro es una mirada que construirá un concepto distinto de la vida. En todo caso, escribir y leer es como aprender a caminar, sólo que su movimiento no depende de las piernas sino del carácter. La escritura es el acto de crear mapas para la existencia; que tengan éxito o no, es otro asunto.

El escritor siempre está en un lugar cuya realidad es incierta porque está dedicado a crear sentidos, él parte de ciertos fragmentos de su experiencia para crear una posibilidad vital diferente. Quien escribe es un desahuciado del tiempo, tiene que darle vida a todo lo que no encuentra en su circunstancia, su tarea consiste en obsesionarse con lo que no puede vivir para otorgárselo a otros. La situación del escritor quizás sea más patética si somos rigurosos: es un desahuciado que posee la convicción de que siempre tiene entre manos algo que regalar. La personalidad del escritor es doble: por un lado, es un ser sediento, escéptico, ambicioso y un tanto pesimista; por otra parte, es un ser capaz de abrazar lo inefable, confía en el futuro más que los demás y es un exhibicionista consagrado. Para Lawrence Durrell la escritura es la única opción humanamente posible para expandirnos hacia otras vidas con todas sus implicaciones, es una vía frágil para ampliar lo que entendemos por amor, desgracia, sacrificio, traición, rencor y todas las grandes pasiones. De esta forma la escritura no es consuelo, ni terapia, ni denuncia, sino una exacerbación de nuestro ser moral, de esta carga llamada libertad en un mundo únicamente habitado por hombres.

Ser escritor en un mundo de hombres (obviando los matices de género), es siempre un acto doble, un acto que crea y aniquila, que expresa y calla, es la impresión del libro y la desintegración de la grafía en la mente. Es posible que todo arte se enfrente a esta dualidad; la música se confronta al silencio y la pintura a la ausencia de forma; otras disciplinas corren con mejor suerte, como el cine o el teatro, cuya producción es más cercana a las ambiciones contemporáneas: casi todos quieren ser recordados en el escenario, en la pantalla, sea grande o del tamaño de un celular. Sin embargo, muchas personas terminan atrapadas en imágenes que poco tienen que ver consigo mismas y con el libreto original. En cambio, un libro siempre dependerá de la hoja en blanco (sea digital o física), en este terreno no hay estímulos visuales ni sensitivos que le ayuden al lector a obtener una inyección de dopamina inmediata. El matrimonio entre lector y el escritor es bastante singular, su pasión no es obscena, es erótica, su dependencia es casi tan indescifrable como las manías sexuales psíquicas de Woody Allen en sus películas.

Aunque casi siempre los libros han sido clasificados como inútiles, en realidad son una de las formas más radicales de inconformismo; en primer lugar, por el placer narcisista del escritor al recrear el mundo y, en segundo lugar, porque tanto en contenido como en forma, la escritura es un silencio transgresor. El escritor no necesita de un arsenal bélico para transformar las convicciones de una persona, tampoco le son necesarios los efectos visuales para crear la ilusión de que su mensaje tiene algo de valioso; hoy los libros son una de las pocas cosas que escapan a la adicción por lo artificioso. El mercado también ha corrompido a los escritores, pero la industria y la tecnología no han modificado la base creativa: todo comienza con la letra y la página en blanco. Ser arcaico es suficiente para volverse escritor y eso es un alivio en las sociedades progresistas donde existe una paranoia revisionista por cada aspecto de la historia. No se necesita progresar para escribir.

Podría decirse que el libro electrónico o la irrupción de la inteligencia artificial son dos fenómenos que obligan al escritor a actualizarse; sin embargo, se escriba a mano o en una laptop, no se necesita más que el combustible del cerebro para componer líneas congruentes de letras. El caso de la inteligencia artificial es distinto; podrán maquilarse libelos con ella, pero no escritura. El acto de recrear la experiencia vital no puede hacerlo la inteligencia artificial porque, como tal, no es un ser que acumule experiencias, sino una programación que aloja códigos, algoritmos y relaciones cada vez más desarrollados. Reverenciar a una máquina con el nombre de escritor sería como pensar que un hombre realmente tiene sexo al acostarse con una muñeca de tamaño real. Así que la preocupación de que la inteligencia artificial suplante al escritor parece más una preocupación liberal que una crisis filosófica. En el siglo XX –el siglo corto, según Eric Hobsbawm–, en el siglo de las grandes guerras que amenazaron el ordenamiento y el mapa mundial, la crisis elemental la definió Camus: el problema filosófico realmente serio consiste en la posibilidad del suicidio. ¿En qué momento los escritores dejaron de dar respuesta a esta cuestión para obsesionarse con defenderse de las aplicaciones y las computadoras?

La inteligencia artificial no puede representar un desafío mayor que el primer lanzamiento de un arma nuclear o que la desintegración de países enteros por las secuelas económicas de un enfrentamiento bélico a escala global. El desencantamiento del mundo siempre ha estado ahí, lo mismo que padecieron los griegos o los romanos, y nosotros, ya sin dioses y paraísos auténticamente propios que defender, no tenemos derecho al mismo lamento. Hubo un momento histórico en el que el regodeo en el absurdo por parte de los escritores tuvo un sentido, una congruencia vital e histórica, pero ahora su reciclaje es una flatus vocis, tan molesta como el silbido que realiza el viento al colarse por una ventana mal cerrada.

El riesgo no es la inteligencia artificial, sino que las respuestas a ella sean igualmente vacías, aferradas al fatalismo o al absurdo para alimentar un miedo que se traduce en sensacionalismo y, por ende, en ventas. La verdadera tragedia es que la escritura se vuelva el epílogo de un ramaje de algoritmos cuyo control continúe siendo muy humano, una verdadera disputa política y económica por la mente de millones de personas. Y qué mejor defensa contra ello que exaltar la escritura como una tradición milenaria; el alimento del alma es tan arcaico como saciar el hambre con los dedos. Cualquier persona, con tener las manos en buen estado y haber obtenido una educación básica puede participar del diálogo universal, no necesita años de entrenamiento como en otras artes, sus manos no necesitan sufrir un acondicionamiento severo como los pies de un bailarín o apoyarse en artefactos cada vez más sofisticados para crear una imagen o una melodía. Por supuesto que la escritura necesita de un alto grado de abstracción, pero ello no le resta cercanía y, paradójicamente, en una sociedad del espectáculo como la nuestra, la letra es de una simplicidad que refresca, alivia la mente y permite crear horizontes para nuevos días.

Esta es una de las principales características de la escritura que debe tenerse en cuenta para los desafíos contemporáneos: su vigencia no depende de que se supere a sí misma a través de artificios tecnológicos o progresistas. Su corazón está en su simplicidad; pocas experiencias permanecen hoy intactas, y la escritura ha recibido esa gracia a pesar de los siglos, el contenido de la letra es abstracto pero su forma es una ejecución llana. Las imágenes de los niños aprendiendo a escribir son bellísimas, retratan un acto humilde y grandioso a la vez: es la expresión de los comienzos de la nutrición del espíritu y cada uno de ellos son como girasoles buscando la luz del sol, aunque en este caso estén aprendiendo a encender la luz dentro de sí mismos.

Cada letra es como el pigmento en estado puro para el pintor, sólo que las tonalidades de las letras se traducen en ideas, conceptos o metáforas. Pretender liberar a las letras de su tradición es como eliminar la materia prima de los colores, es una contradicción que no lleva hacia ningún lugar. Si en la actualidad el dogma de la innovación industrial ha secuestrado a la mayoría de las artes, parece ser que la escritura se resiste de forma más contundente, y ello no se debe tanto a la oposición de los escritores como a su esencia. La letra suplió a los dibujos rupestres por su capacidad expresiva y parece imposible que la imagen (por más celebrada y enajenante que hoy sea) absorba a la palabra. Todo filme inicia en el guion, incluso las exposiciones fotográficas acuden al recurso de la ficha para, al menos, denotar su origen y su forma específica de producción. En cambio, salvo algunos casos específicos, el libro no requiere de la imagen para proyectarse como obra, la bastedad de la escritura es suficiente para dar cuenta de sí misma, su origen, propósito y autor.

Lo anterior no es una defensa de la palabra ante los nuevos tiempos, lo cual sería caer en un debate trillado sobre lo antiguo contra lo actual; más bien es un homenaje a lo perpetuo de la letra, por más que hoy todo haya sido erosionado por una neurosis innovadora. En este homenaje está implícita una reflexión central: ¿acaso la naturaleza misma de la escritura no es un mensaje suficiente para que los escritores cambien su forma de valorar su propia disciplina? Las experimentaciones estilísticas y las inquietudes históricas claramente son intrínsecas al acto de escribir; no obstante, parece que ahora el autor se ve a sí mismo como superior a la musa que lo inspira. ¿En qué momento el escritor se encerró en la jaula de la innovación y el progreso?, ¿cuándo la letra le dictó el mandato de reducir toda escritura a un grado cero como soñó Roland Barthes? Así como los científicos emprendieron una carrera hacia resultados que no pueden controlar del todo (piénsese en las armas nucleares, los programas de espionaje y los experimentos genéticos), los escritores, torpemente, han decidido participar en esta maratón.

Se ha hecho de la letra un pretexto para distorsionar, cancelar o negar lo que las personas sufren, callan o disfrutan; la simplicidad y la cercanía que tiene la palabra se ha olvidado para darle paso a una carrera en la que el escritor ya no retrata lo que vive, sino los códigos, las tendencias y las ambiciones propias del llamado círculo literario. Mientras los niños beben del mundo a través de la palabra, los escritores se han encargado de construir un entramado de vanidades y reconocimientos que poco tiene que ver con esta fuente original con la que todos aprendimos a nombrar la sed.

Danger 1883/1887 Winslow Homer
Winslow Homer, Danger, 1883/1887. Acuarela y gouache sobre grafito. (Vía NGA)

El llamado círculo literario –con toda su pluralidad de grupos, editoriales, comercializadoras, públicos cautivos y políticas culturales– se ha encargado de crear una falsa ilusión, la de construir un piso seguro a una actividad que siempre ha sido riesgosa. La escritura es el aliento con significado de la humanidad y, por lo tanto, es imprescindible, pero al mismo tiempo, y debido a su presencia transparente, se da por obvia y ello es la antesala del olvido. Actualmente, una carrera literaria es más parecida a una iniciación ocultista que, propiamente, la oportunidad de hacerse de un carácter y sostener la propia voz ante el ruido y la furia del mundo.

Si bien, las comunidades que se originan alrededor del libro son imprescindibles para la difusión y el resguardo de aquellas obras que son valiosas, cada vez es más delgada la línea entre su vocación libresca y la dinámica empresarial. El escritor no puede derrumbar el orden comercial, pero entregar su imaginación a tendencias que poco tienen que ver con su contexto inmediato es igual de plastificado que los textos creados con inteligencia artificial. Y todo ello ha empeorado con la corrección política como tendencia editorial e, incluso, artística (por nombrarla de alguna manera); en los últimos años, no son pocos los libros que se suman a una tarea inaudita de revisar, corregir (sí, incluso corregir a un genio como el autor del Quijote como lo ha sugerido Luis García Montes, actual director del Instituto Cervantes) o censurar las obras del pasado junto con las ideologías que las impulsaron. Ahora encontramos a cientos de Virgilios dispuestos a guiarnos en los círculos de lo políticamente incorrecto; mientras que la inteligencia artificial absorbe todas las referencias posibles, los escritores de carne y hueso construyen una trituradora cultural.

Al mismo tiempo que la inteligencia artificial aumenta su acervo de información, los escritores en tendencia son una especie de tiranuelos de la vida, decidiendo qué merece ser borrado de la memoria humana y qué merece ser cancelado en el futuro. Y la única justificación que brindan es una supuesta inocencia progresista, cuyas banderas son las mujeres, el medio ambiente y las minorías de todo tipo (raciales, religiosas, etc.) para llevar a cabo dicha labor redentora, porque creen que con ello están mejorando la conciencia moral de los lectores.

Este no es el mensaje ni el propósito de todos los proyectos editoriales; sin embargo, el silencio alrededor de ello es una elección que tiene consecuencias, y una de ellas es que al pasar por el detector de lo incorrecto obras cumbre de la literatura universal, se están mutilando todos los riesgos que decidió tomar su autor en su momento vital y también se está privando al lector de volverse responsable de aquello que lee. Tanto el revisionismo como la innovación exacerbada son un atentado contra la palabra, es exigirle dejar de ser lo que ha sido desde los antiguos papiros, un legado de los grandes fracasos y triunfos de la historia de los humanos que sólo pueden existir una vez en el tiempo. Censurar por tendencia implica mutilar este riesgo por algo que no es un bien mayor, puesto que las ventas, el prestigio o la conciencia moral fácil no son ideales valiosos…

☙

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  • Frida López (México, 1995). Escritora y gestora cultural. Creyente del movimiento que genera la palabra y de la expresión a través del movimiento. Cursa estudios de doctorado en filosofía por la UNAM, autora del poemario Cualquier punto puede ser altura y varios artículos de difusión; además cuenta con una certificación en ashtanga yoga. Practicante de cuerpo y mente.

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