A cada paso, todo se destruía a su alrededor y se reconstruía al instante. En realidad, ni siquiera existía. Pero él estaba seguro de que su acción era real: la acción de escribir.
–Dime tú– pedía Alberto.
–Ya estoy muy concreto– le respondía Gilberto, rápidamente–. ¿Qué te puedo decir?
–Lo concreto es espeso y excesivamente peligroso.
–¿Qué es lo concreto excesivamente peligroso si no la historia de la literatura?– condenó Gilberto.
–Nunca voy a hacer filosofía, es muy abstracta.
–Nunca voy a hacer literatura, es muy concreta.
La escritura es un acto de imposición. Pero hasta en las imposiciones hay grados: cuando es buena escritura debería ser mala política, por ejemplo.
La idea que se escribe puede surgir en muchos lugares. Surge en cada lector pero también en una noche –en la velada–, o de una plática soterrada entre dos campesinos que se extinguen, tras dos o tres palabras o movimientos milimétricos e imperceptibles, transgiversados. Quizá no es más que la armonía de los ademanes del pueblo moldeando mis ideas. En todo caso, lo que no se puede concluir es que no existe lo que no se puede escribir –aunque a veces se señale.
Tiene que detenerse, por momentos, la debacle del orden natural: desde una venganza tramoyera hasta el necrocapitalismo pastillero, muchas cosas se detienen y se escriben.
Y cuando las escribes se detienen. Pero en cuanto avanzas y das un paso práctico, el texto queda atrapado como en un pasado destruido.
Por eso escribo filosofía o literatura.


Mario E. Chávez tortolero
Amanece los viernes por la noche. Anochece pronto y hace filosofía. Respetuoso amante de su señora interior.

