He pasado mucho tiempo, en meses recientes, pensando sobre dos grandes temas de la filosofía antigua, pero también sobre su conexión con algunos de nuestros paradigmas contemporáneos para interpretar y explicar el mundo, los límites explicativos de dichos paradigmas y lo que ellos dicen de nosotros. Los paradigmas que tengo en mente son aquellos que, como el cientificismo y el materialismo, si bien no son únicos ni omnipresentes en nuestro mundo actual, representan instancias muy influyentes tanto en círculos científicos como en la percepción popular sobre lo que constituye el conocimiento científico y la naturaleza de la realidad.

La historia es bien conocida: alrededor del siglo VI a. C., una serie de personas en las colonias griegas de Asia Menor, lo que hoy en día es Turquía, comenzaron a intentar describir el mundo en términos de sus orígenes y de sus procesos. La idea era ya no apelar más a principios explicativos localizados fuera de la naturaleza misma: la unión de Urano y Gea ya no ofrecía una explicación adecuada de los hechos; sólo las tendencias y potencialidades intrínsecas al sustrato del mundo material –sustrato que pertenece a la naturaleza misma– contaban como una explicación plausible y aceptable de los hechos. Los dioses de antaño fueron reemplazados por elementos naturales, la indeterminación, los números, el ser, que representa la victoria de la filosofía sobre la mitología, de la ciencia sobre la superstición, de la razón sobre la religión, del orden sobre el caos.

Esta historia, como todas, tiene verdades y falsedades. Es verdad que una nueva forma de querer comprender el mundo nació y esta intentó entender la naturaleza del mundo apelando a la especulación intelectual y a la observación cuidadosa. Es verdad que muchos de estos pensadores denunciaron la superstición e irracionalidad de formas de religiosidad tradicionales. Pero también es una narrativa falsa, pues en su desbocada aproximación al mundo, motivada por la intoxicante posibilidad del saber, estos individuos no se dieron cuenta de que estaban navegando aguas cuyas naves no estaban diseñadas para sobrevivir, e intentando dar una explicación racional del mundo, excedieron lo que la razón podía ofrecerles. Algunos fueron conscientes de los excesos a los que apuntaba su razón y se percataron de que el único modo de justificar el nuevo conocimiento que habían adquirido era por la presencia de una revelación divina.

Aquí se nos revelan las dos grandes preguntas que tanto me han atraído en tiempos recientes: ¿hasta qué punto una explicación última de la naturaleza puede todavía ser natural? Y, si es verdad que el logro del conocimiento es reconocer el orden en lo que, en primera instancia, se nos presenta como un caos, ¿puede este orden tener una explicación puramente natural?

Así como todos los caminos llevan a Roma, todas las preguntas nos conducen a Platón. El gran hombre ateniense, padre (si bien no acuñador) de la metafísica occidental, genio literario, peligroso teórico político, héroe de la vida contemplativa. Es posible que no exista un solo pensador más influyente en la historia de la filosofía. Igualmente, es probable que no haya un pensador más intrínsecamente rechazado por los paradigmas del pensamiento contemporáneo. Platón dedicó todo su arte y genio a intentar entender la realidad y, en más de una ocasión, parece proponer la vida contemplativa del mundo eterno de las formas ideales como la forma más alta de vida. Marx le dio vuelta a la tortilla y denunció la futilidad del quehacer filosófico tradicional: de lo que esto se trata no es de conocer al mundo, sino de transformarlo. Nietzsche, por su lado, denunció la idea platónica de que existe un mundo eterno e inmutable de las realidades últimas, de las realidades más reales y puso de relieve que lo realmente importante es el aquí, el ahora, este mundo y no otro. En política, Popper hizo de Platón el enemigo número uno de las sociedades abiertas, mientras Deleuze afirmaba que la tarea de la filosofía es superar el platonismo. Platón ha muerto; larga vida a Platón. ¿Y si esta historia de la irrelevancia platónica para nuestros paradigmas explicativos contemporáneos también tiene sus verdades y sus falsedades?

Uno de los textos más importantes, profundos y bellos del canon de la filosofía occidental es el Fedón, de Platón. Situado en prisión, durante las últimas horas de vida de Sócrates, el diálogo no sólo nos pinta la última conversación de Sócrates con sus amigos y seguidores antes de que se le administre la cicuta que lo convertiría en el nombre más conocido de la historia de la filosofía, sino que inaugura lo que para muchos es el paradigma de la metafísica occidental, al menos hasta los albores de la modernidad.

En uno de los muchos episodios del diálogo, Sócrates cuenta a sus amigos y a nosotros sus experiencias leyendo las explicaciones sobre el mundo provistas por los filósofos naturalistas. Tras estudiarlos, Sócrates dice que se encontró insatisfecho, pues sus explicaciones sobre el mundo a duras penas podían contar como explicaciones, pues reducían todo movimiento, todo proceso, toda realidad a la descripción de sus componentes naturales. Ellos querrían explicar la presencia de Sócrates en la cárcel al apelar al funcionamiento mecánico de su organismo, al decir que estaba ahí porque sus huesos, músculos, tendones y ligamentos tienen ciertas propiedades y se encuentran en cierta tensión y en cierta posición, y explicarían su hablar con sus amigos al apelar al paso de aire por sus pulmones, garganta y boca.

Sin embargo, dice Sócrates, esta descripción no explica nada; de acuerdo, no podría estar allí haciendo lo que hace sin la composición estructural de su cuerpo, pero eso no explica realmente el que Sócrates esté allí. Olvida que detrás de todo eso hubo un pensar, un deliberar, un querer, un decidir. La explicación fisiológica del mundo ha olvidado que la inteligencia, la mente de Sócrates, jugó un papel en el estado de cosas del mundo. Es imposible no pensar en algunas de nuestras explicaciones contemporáneas hípermecanicistas o hípermaterialistas que, cuando se les pregunta por qué estoy en este preciso momento escribiendo lo que estoy escribiendo, no buscarían apelar a mis intenciones, mis propósitos, mi historia de vida, sino a la composición de mi sistema nervioso, a la transferencia de información mediante señales neuroquímicas, a las sinapsis de mis neuronas. El yo que conozco, percibo, siento; el yo que me es más íntimo, se ha revelado como una ficción y lo verdaderamente real es el espectáculo tras bambalinas que permanece invisible, incomprensible e inalcanzable.

Es imposible que este movimiento del paradigma explicativo contemporáneo no nos recuerde, paradójicamente —dado que vivimos en una época de “superación” del platonismo— a la teoría de Platón más conocida: el mundo de las ideas o formas. En pocas palabras (y, por ello mismo, en equivocadísimas palabras), Platón, al observar que este mundo es puro movimiento, cambio, desorden, descubrió que el único modo en que fenómenos como el conocimiento, la ética y la verdad pueden existir es si postulamos la existencia de un mundo abstracto, inteligible, estable e inmortal, que se encuentra al margen y por encima de este mundo de cambios. El mundo de apariencias sensibles no es otra cosa que un reflejo, una mera imitación de ese mundo de formas o ideas al que sólo tenemos acceso mediante el ejercicio de nuestra inteligencia. La inteligencia, entonces, no es sólo lo que realmente permite explicar los fenómenos humanos del mundo, sino también es lo único que permite realmente explicar el mundo. El único problema es que, con la teoría de las formas trascendentes, la explicación de este mundo ha quedado fuera del mismo. Nuevamente, pareciera que lo verdaderamente real es lo invisible, lo inalcanzable, lo que nos es más ajeno. El mundo que a primera vista nos parece más real resulta ser una fachada, un espectáculo de luces carente de verdad o consistencia y el mundo de verdad se encuentra más allá de ese mundo. Nuevamente, esto nos trae de vuelta al paradigma explicativo contemporáneo, pues la ciencia actual nos dice que todo lo que nuestra realidad cotidiana nos revela es una mera ilusión; el mundo de verdad es incoloro e invisible, una faena probabilística subatómica, aunque todo puede explicarse matemáticamente, apelando a leyes naturales, a unos principios que la inteligencia cognoscente postula al observar e intentar dar sentido al mundo.

Jeff Koons, Play-Doh, 1994-2014. Aluminio policromado. La obra fue presentada en la exhibición «Plato Contemporary: Artist’s Visions» (2018), de la Getty Villa. Los curadores justificaron así su inclusión: «La escultura de Jeff Koons transforma el material usado por los niños en un eidos propio, la forma ideal de la banalidad. La contemplación platónica representada en esta obra es un proceso de abstracción logrado mediante un trabajo dedicado y preciso: la obra tardó veinte años en completarse.» Además, el nombre anglosajón de Platón, Plato, suena muy similar a la marca Play-Doh. (Foto tomada de jeffkoons.com). [N. del E.]

Este esquema podría parecernos contrario a lo que afirmé en un inicio: podríamos estar viviendo en un paradigma explicativo platónico después de todo, con la excepción de que las formas han sido reemplazadas por leyes naturales y funciones de onda cuánticas. Pero ¿no dijimos que la explicación platónica exige la inteligencia? ¿Qué no una explicación que sólo apela al choque de bolas de billar y al movimiento de resortes y mecanismos no es una explicación en lo absoluto? Si volvemos al Fedón, descubriremos que la inteligencia platónica no sólo se relaciona con una explicación para los quehaceres humanos, sino que también pretende ser una explicación del universo. Si las acciones ordenadas y coherentes de las personas sólo pueden explicarse correctamente, piensa Platón, al apelar a la intencionalidad, a la voluntad, al pensar, a una mente, ¿cómo podríamos entender el universo como un todo ordenado, un cosmos, sin evitar creer que una inteligencia lo ordena?

Esto nos lleva a la gran pregunta de la filosofía de la naturaleza platónica: ¿es posible que exista orden sin inteligencia? ¿Se puede entender que Sócrates esté en la prisión hablando con sus compañeros al apelar meramente a sus huesos, músculos y nervios y a una teleología mental? ¿Podemos entender que yo esté sentado en este instante escribiendo estas palabras al atender solo a una cadena cuasi infinita de procesos químicos? Para Platón, la respuesta es clarísima: no puede entenderse el orden sin una inteligencia, una mente, un agente que supera los procesos meramente mecanicistas de la materia. Por eso el universo platónico está lleno de dioses que lo ordenan, pero no sólo en el ámbito de la naturaleza, sino también en el moral, donde son agentes de justicia y ordenan las almas según sus méritos morales. Para el paradigma explicativo contemporáneo, la respuesta también es clara: hay orden e inteligencia en este mundo, al grado de que el concepto de ley es intrínseco al quehacer científico, pero dicho orden o ley surge de la naturaleza misma, del azar y del caos, pero no de una teleología intencional. Sócrates charla con sus amigos en la prisión, sí, pero porque es un cúmulo de huesos y tendones y músculo.

Me resulta infinitamente interesante que el mundo actual y sus paradigmas explicativos pretenden ser puramente científicos, híperracionales, basados en observaciones y experimentos y que, a pesar de ello, caigan en la misma trampa metafísica de Platón, aquella cuya caída provocó que Platón a veces se nos aparezca como una figura ingenua y cómica. Empero nosotros no somos tan distintos, pues tal vez ya no creemos en las ideas y las formas, pero nuestras explicaciones igualmente exigen la postulación de realidades que, para todo efecto práctico, se nos aparecen como trascendentales: desde la noción de materia al concepto de ley natural, nuestras explicaciones están repletas de mundos tras nuestro mundo. Esto no significa que la explicación sea falsa, pero nos ayuda a poner las cosas en perspectiva y preguntarnos continuamente hasta dónde llegan nuestras explicaciones. A veces creemos que ya lo hemos entendido todo, pero no hay nada más propiamente filosófico que continuar con el cuestionamiento de nuestro propio quehacer intelectual y reconocer, con toda humildad, que tal vez lo único que podemos saber con toda certeza es lo poco que realmente sabemos y podremos saber. Es muy humano creer que hemos superado el pasado, que somos mejores, más inteligentes, menos supersticiosos, más morales; la triste realidad es que rara vez eso es cierto. Frente a la luz de la verdad, estamos sentenciados por siempre a dar tumbos en la oscuridad


Iñaki Larrínaga

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