El flamenco, en el principio, no era sólo música. Parte de lo que explicaba su impacto era ver a los cantaores y a las cantaoras cantar. Era sobrecogedor ver cómo, al cantar, se les deformaba el rostro, cómo se les desgarraba el semblante, la extraña fuerza con la que cerraban los ojos, la virulencia con la que apretaban los puños y desencajaban las mandíbulas. Todas esas estampas en movimiento eran tan turbadoras como la peculiar manera con la que cantaban. Cuando nació el flamenco, en algún momento del siglo XIX, escucharlo consistía también en verlo. Ir a los tugurios o a las callejuelas de Cádiz, Jerez o Sevilla era una inmersión total: lo visual importaba tanto como lo sonoro.
Cuando llegó la época de los discos grabados, parte de la experiencia del cante jondo se perdió. Escucharlo en tu casa con la tornamesa y las bocinas podía ser emocionante y conmovedor, pero no era tan emocionante ni conmovedor como escucharlo y verlo en vivo. Alimentados por la fuerza más poderosa de la tierra, es decir, la hueva, los humanos preferían quedarse en casa escuchando un aparato que yendo a los tugurios.
Así las cosas, el progreso tecnológico parecía arrojar el resultado que los luditas siempre le atribuyeron: arruinar las experiencias genuinamente humanas.
¿Pero y si la inercia última del desarrollo tecnológico fuera la de acercarse a los orígenes? ¿Y si los avances tecnológicos fueran, en el fondo, un feliz retorno al principio? Esto suena un poco esotérico. Conviene explicarnos retomando, en primer lugar, el ejemplo del flamenco. Si en la primera mitad del siglo XX la mal llamada industria del entretenimiento se obsesionó con mudar y agitar las experiencias sonoras (la radio, las grabaciones, los discos), en el primer cuarto del siglo XXI parece estar obsesionada con lo visual y con el movimiento: si grabar imágenes era en el siglo XX una anomalía, ahora es casi una vulgaridad. Todo el mundo puede grabar todo lo que hace todo el rato. Hay registro videográfico de absolutamente todo. Es cierto que asoma una sombra orwelliana en esta omnipresencia de las cámaras. Pero también tiene otra consecuencia, mucho más interesante para lo que pretendemos sugerir aquí. Como consecuencia de la omnipresencia de las imágenes en movimiento, nació un repositorio semipúblico de todo lo que se está grabando: YouTube. Las imágenes en movimiento proliferan como setas. Pero no sólo las más nuevas. Viejas imágenes en movimiento que descansaban ocultas o semiocultas en archivos personales o en televisiones ya desaparecidas, han reflotado en ese repositorio semipúblico (decimos “semipúblico” porque, aunque es de acceso público, es propiedad de una empresa privada).
Han encontrado así nueva vida viejos videos de conciertos de flamenco que muy poca gente había visto. Eran inaccesibles para casi todo el mundo. Hasta que dejaron de serlo al ponerlas en circulación en esos repositorios semipúblicos. Ahora podemos ver lo que veía el público que iba a los tugurios y las callejuelas de Jerez, Cádiz o Sevilla hace cien o más años: cómo se le desgañita la boca a Anica la Piriñaca, cómo Antonio Mairena roza las estrellas cerrando los puños o cómo la Paquera de Jerez maldice con cada milímetro de su rostro unos ojos verdes. Anica la Piriñaca, Mairena o la Paquera, llevan décadas muertos. Su voz no había desaparecido, pero su rostro sí. El desarrollo ulterior de la tecnología ha vuelto a hacer popular la experiencia del flamenco como algo que no sólo se escucha, sino que se ve.
Naturalmente, uno no siente lo mismo viendo esos videos en YouTube que estando en un tugurio de Cádiz en los años veinte o treinta del siglo XX. Pero lamentarse por esto sería como lamentarse porque uno no puede viajar a través del tiempo. En una primera fase, el desarrollo de la tecnología hizo que el flamenco dejara de ser una inmersión total para pasar a ser sólo, a menudo, una experiencia sonora. En una fase ulterior, ese mismo desarrollo acercó el flamenco a la experiencia que había sido inicialmente. Voz e imágenes en movimiento.

¿Y si la filosofía fuera como el flamenco? La filosofía, al menos en Occidente, nació como una práctica conversacional. Los diálogos de Sócrates son el ejemplo más conocido de esa práctica. Poco a poco, sin embargo, la filosofía se fue transformando en otra cosa. El desarrollo sucesivo de la tecnología fue arrinconando la naturaleza esencialmente conversacional de la filosofía. La aplicación de la tinta a la escritura, la capacidad de imprimir (la revolución de Gutenberg), el desarrollo expansivo del mundo editorial, el nacimiento de la máquina de escribir, el surgimiento de los procesadores de texto, la burocratización de la universidad y –el penúltimo paso– la popularización de los modelos generativos de lenguaje, han supuesto, uno tras otro, la consolidación de la filosofía como algo que debía ser escrito. Cada vez resultaba más importante escribir filosofía, no conversarla. El prestigio epistémico, intelectual y cultural de la filosofía provenía de su escritura, no del diálogo.
Pero el desarrollo último en esta cadena ya milenaria, podría significar, irónicamente, una vuelta a los orígenes socráticos. Los modelos generativos de lenguaje posibilitan la escritura prácticamente automática de la filosofía. Basta un buen prompt filosófico para que el modelo generativo arroje un texto filosófico. O, al menos, la apariencia de un texto filosófico. Escribir filosofía ha pasado a ser algo tan fácil que ha perdido valor hacerlo. A medida que los modelos generativos de lenguaje vayan evolucionando, es probable que la escritura filosófica pierda aún más valor. ¿Qué sentido tiene escribir filosofía si hacerlo no cuesta casi nada?
¿Qué quedará, entonces, de la filosofía? Lo que fue al principio: una conversación. Si la escritura filosófica se devalúa, el diálogo filosófico se revaloriza. ¿Los oyen? Son los pasos de Sócrates regresando al ágora.
El desarrollo tecnológico es tal vez una suerte de círculo. Empieza separando a los humanos de las experiencias que habían permitido que surgieran sus prácticas: las grabaciones musicales robaron una parte elemental de la experiencia del cante jondo: la posibilidad de ver los rostros compungidos de los cantaores; la tinta, Gutenberg y la burocratización universitaria desplazaron el conocimiento filosófico de lo hablado a lo escrito. Pero, a medida que el desarrollo se prolonga, la tecnología permite acercar a los humanos a la experiencia que inicialmente forjó la práctica en cuestión: los repositorios semipúblicos y universales de imágenes en movimiento posibilitaron que el flamenco volviera a ser una experiencia visual además de sonora; la devaluación de la escritura filosófica propiciada por la popularización de los modelos generativos de lenguaje hará que el valor de la filosofía vuelva a ser, sobre todo, conversacional o dialógico. Es posible que el desarrollo tecnológico no llegue a cerrar nunca del todo el círculo. Pero sólo hay un tipo de tecnología, por el momento inexistente, que permitiría realmente cerrar el círculo: aquella que permite viajar al pasado. Sarcasmos de la vida, ésa sería la única tecnología que interesaría a los luditas. A nosotros, en cambio, no nos interesa. Una inquietud queda pendiente. ¿Desaparecerá realmente el valor de la escritura filosófica? ¿No están ustedes embarcados, se nos podría decir, en una prognosis un poco lunática, provocadora e innecesaria? A esto sólo podemos responder con la ironía de haber escrito un texto filosófico para decir que la escritura filosófica carece de valor.
Natalia carrillo
Amante de lo vivo y lo hermoso, me gusta reflexionar y discutir sobre cómo nuestro contexto dibuja lo que hacemos del mundo. A veces también doy clases y escribo.
Pau Luque
Hijo bastardo del Caribe afroandaluz, me gusta, me gusta mucho, tener ideas contradictorias, porque así, aunque meta la pata, siempre tengo razón.

