—Nosotros no hacemos esas cosas, compadre.
—No, no hacemos esas cosas.
Roberto Bolaño, “Detectives”
Lichtenberg escribió en sus cuadernos que si los países comenzaran a llamarse como la primera expresión que oye un extranjero al adentrarse en sus fronteras, el nuevo nombre de Inglaterra sería Damn-it! ¿Cuál sería el nuevo nombre de El mundo como voluntad y representación si los libros se rotularan según el tipo de edificio al que más se asemejan, y los títulos debieran prevenir al lector (ese forastero endémico) sobre el modo en que debe recorrerlos para no extraviarse —o en todo caso, para extraviarse en ellos con provecho—?
Pese a su monumentalidad frenética, no se llamaría Catedral. Tampoco se llamaría Prisión, aunque es difícil, y lo sabemos, no dejarse convencer por sus pasajes más lúgubres de que la vida es eso. Y sin importar que en sus mazmorras agonice una multitud de chillidos y voces desgarradas que no cesan de pedirle a Dios (a un dios) que les conceda la gracia del oscuro barbitúrico, su nuevo título no sería Hospital ni Universidad… No, con toda seguridad sería Laberinto de espejos.
Es que si no la más abundante, el espejo es la alegoría más decisiva en esta obra. Todo allí se convierte precisamente en eso. El mundo fenoménico, por ejemplo, es “el espejo de la voluntad”, las ideas son “el espejo del mundo” y el sujeto depurado de voluntad se vuelve “el espejo de la esencia del mundo”. Además, nuestras acciones son “el espejo de nuestra voluntad”; el poeta, “el espejo de la humanidad”; la vida, “el espejo de la voluntad de vivir”. Y casi al final del primer volumen del libro —pero esto es un decir, porque el espejismo no tiene principio ni final, como veremos en un momento— las ideas trascendentales de la razón kantiana son reducidas a meros “espejos cóncavos” donde se reflejan objetos que “son cosas sin realidad”.
Me parece evidente por qué la metáfora del espejo es tan socorrida en el libro. Ella proviene del célebre pensamiento con el que inicia su descomunal discurso: “El mundo es mi representación (Vorstellung)”, lo que quiere decir que “no conozco un sol… sino un ojo que ve un sol”.
Diseccionemos la Fata Morgana: no conozco un sol, sino un ojo que quizá es mío y que mira un sol. No conozco un sol ni me conozco: reconozco la representación que me hago de mis ojos al plantarme (mich stellen) frente (vor) a un espejo para mirar unos ojos que se miran como mirarían al sol: por reflejo, para no quedar ciegos. Esos ojos que me miran a los ojos, esos ojos que me miran mirándolos, esos ojos que miro mirándome mirándolos, esos ojos… son los míos, pero no los conozco. No los conozco porque no puedo mirarlos de frente: con aquel ojo no puedo ver de frente mis ojos, como tampoco puedo ver de frente al sol. Estos ojos que creo míos sólo pueden ver mi reflejo (su reflejo); estos ojos únicamente conocen la representación (Vorstellung) que me hago yo mismo de mí. En resumen, mis ojos me reconocen, pero no me conocen.
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Hay otros enredos especulares similares a este en los techos y en los muros y en el suelo de El mundo como voluntad y representación. Algunos de sus espejos muestran lo que es, otros prometen lo que será y el resto ama lo que ha sido. En sus páginas hay juegos miméticos, hay imágenes revertidas y hay una sensación vertiginosa e incesante de que uno mismo se hace muchos, hasta el punto en que incluso a veces termina por dudar (yo he dudado) de que uno mismo sea uno mismo, y no el reflejo de otro, muy parecido a uno, que pasaba frente al espejo en el instante en el que uno mismo también lo hacía.
Pero eso no es lo más aterrador del laberinto. Lo más aterrador, lo más espantoso, lo más temible es que todos sus espejos están enfrentados. Sus espejos reflejan otros espejos ejecutando su labor feraz; sus espejos multiplican un número infinito de abismos. Y tan complejo es este ardid del libro-laberinto, y tan pérfido, que el primer espejismo ya nos golpea incluso antes de que lo hojeemos —o de que penetremos en él—. Me refiero al espejismo que nos hace creer que El mundo como voluntad y representación se compone de dos libros.
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“Entre ambos volúmenes —nos engaña Schopenhauer— hay una relación de mutua complementariedad en el más pleno sentido de la palabra; y esto es así porque las edades del hombre también se complementan desde el punto de vista intelectual”. Repitamos y variemos esta declaración: entre ambos volúmenes de este libro doble, o este redoble de libros, o este libros, aparece la ilusión de una —imposible— complementariedad que trata de agotar todas las posibilidades de la vida humana. Cara a cara, los dos volúmenes quieren abarcar un tiempo inabarcable: el tiempo de la vida de un solo hombre. Los dos volúmenes aparecen divididos porque tratan de representar esa vida en su mínima pluralidad: la juventud y la vejez.
Al mismo tiempo, un solo hombre quiso reflejar en esta obra de obras las infinitas posibilidades de la vida de todos los hombres; un solo hombre quiso reflejarse, de vida completa, en esta obra. Y ese hombre quiso ser, a la vez, un reflejo de su propia obra: este hombre se presentó y volvió a presentarse (re-presentarse) en sus páginas como si pudiera congelar la imagen que le devolvía el espejo: la imagen de dos libros apilados que son uno mismo, y que el mismo hombre escribió a lo largo de un cuarto de siglo, entre su juventud y su madurez.
“Es muy aconsejable —dice el hombre del laberinto que pretende representar a todos los hombres, y que escribió este libros— para quienes no conozcan aún mi filosofía leer el primer volumen sin añadirle los complementos, y utilizar estos últimos sólo en una segunda lectura”; y más abajo agrega: “Quien no esté dispuesto a releer el primer volumen, haría bien en no acceder al segundo hasta haber acabado el primero”.
¿Se ve el horror especular? Para comprender el segundo volumen —los complementos— hay que recordar o releer el primero, pero esta relectura o este recuerdo del primer volumen entraña una imposibilidad que sólo podría superarse con la ayuda de los complementos. (Es que ¿qué complementan los complementos, si no es los huecos que imposibilitan la correcta lectura del primer volumen?). No obstante, esta re-relectura, o esta lectura de complementos, será estéril hasta que aquello que los complementos complementan sea comprendido tras la relectura de un recuerdo recordado antes de suceder.
¿Se ve la especulación del horror? Hay que haberlo leído todo antes de empezar a leerlo todo por primera vez; hay que recordar algo antes de poder empezar a grabárnoslo en la memoria; hay que leer y releer y rereleer este libro hasta la muerte, antes de poder decir que hemos leído incluso la primera página. Ahí está la mise en abîme inaugural del laberinto, ahí está el desconcierto primero de este libro: para poder leer con provecho El mundo como voluntad y representación, antes hay que haber vivido toda una vida en la que no se haga otra cosa que leer El mundo como voluntad y representación.

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Al preparar la segunda edición del primer volumen, Schopenhauer se jactó: “Me felicito ante todo de no haber encontrado, después de veinticinco años, nada que deba suprimir, de que mis convicciones fundamentales, por lo menos para mí mismo, se han conservado”. No encontró nada que suprimir; encontró que lo importante no era empezar de nuevo para enmendar los errores del comienzo —sabía que un nuevo comienzo entraña nuevas formas para meter la pata—, sino prolongar lo empezado, continuarlo, mejorarlo, complementarlo. Todo estaba incompleto desde el principio, todo empezó torcido, todo estaba condenado a terminar antes de completarse, y todo estaba por empezar siempre cada vez: pero todo caminaba por el sendero correcto.
Así, entonces, le preguntamos a Schopenhauer: ¿por qué aún valía la pena legar una constancia física de la doble adición, de la mejoría, de la complementariedad imposible entre la sabiduría de la senectud y el brío de la juventud? ¿Por qué complementar, y no mezclar? ¿Por qué no reeditar para agregar lo que hacía falta?
Porque —aquí especulo lo que podría haber respondido Schopenhauer— aunque la sabiduría y la templanza de la madurez son más deseables que el arrojo y la lozanía de las mocedades, no los reemplazan. Y porque aunque el segundo volumen aventaja al primero, “como un boceto al cuadro”, no lo anula.
Sí, pero, en ese caso, ¿por qué no aunarlos? ¿Por qué no conjuntar la teoría primera (el primer atisbo) y la especulación “de muchos años” que le dio al sistema “exactitud, penetración y exhaustividad”? Quiero decir: ¿por qué no publicar El mundo como voluntad y representación en un solo mamotreto de más de dos mil páginas, como un gigantesco volumen-espejo de la vida (esta vida, que es, a la vez, santiamén y propagación, años veloces y horas pesadas, larga esperas y lutos precipitados)?
Naturalmente, ello no se debió a un altruismo bibliográfico. A Schopenhauer no le hubiera importado en absoluto publicar un libraco inmanejable: confiaba en que sus lectores —confiaba en que algún día tendría lectores— ya se habrían tonificado la paciencia y los bíceps con ayuda de la Biblia…
No, Schopenhauer se convenció de dividir su gran libro por una artimaña óptica: “Esta necesidad de publicar mi obra en dos partes complementarias puede compararse al procedimiento que se sigue para obtener un objetivo de lente acromático: como no se puede construir de una sola pieza, se combina una lente convexa de Crown con otra cóncava de Flint, y las propiedades de ambas, reunidas, producen el resultado deseado.”
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Para cerrar esta pequeña nota empantanada de espejismos, quiero decir que la última sentencia sobre las lentes de Crown y Flint refracta, a su vez, la idea central o la reflexión que Schopenhauer había conquistado antes de haber escrito el libro-laberinto. Esa idea ya había empezado a fulgurar en Sobre la visión y los colores. Allí, Schopenhauer sentenció: “El color es la actividad de la retina cualitativamente dividida”. Con ello quiso decir que el color es una representación, una afectación, una intuición corporal. Teorizó, de nuevo, que no conocemos los colores: que sólo conocemos unos ojos que perciben a unos ojos en el acto de percibir unos colores…
Ahora bien, esta idea refractada sobre lo que vemos cuando vemos colores es a su vez espejo de otra idea más antigua: es una luz que viene allende el propio sistema.
Escribió Schopenhauer en el “segundo volumen” de su laberinto de espejos:
Aquel mundo absolutamente objetivo fuera de la cabeza, independiente de ella y anterior a todo conocimiento… no era otro sino el segundo, el conocido subjetivamente, el mundo de la representación, el único que, realmente, somos capaces de pensar. Según esto, la suposición de que el mundo tal y como lo conocemos existe sólo para nuestro conocimiento y, por consiguiente, únicamente en la representación y nunca fuera de ella, se impone por sí misma.
Junto a “fuera de ella” aparece una nota a pie de página, como una confesión cínica, con una sonrisa taimada, y en las manos un rosario destrenzado: “Recomiendo aquí especialmente el pasaje de los Escritos mezclados de Lichtenberg (Gotinga, 1801, vol. 2, pp. 12 ss.)”. Aquel pasaje de Lichtenberg reza:
Euler dice en sus cartas sobre diversas cuestiones acerca de la ciencia natural (Vol. II, pág. 228) que habría rayos y truenos aun cuando no existiera ningún hombre a quien el rayo pudiese carbonizar. Ésta es una expresión muy común, pero debo confesar que nunca me ha sido fácil comprenderla totalmente. Me parece como si el concepto ser fuera algo prestado de nuestro pensar, y que, si ya no existiera ninguna criatura que sintiese y pensase, tampoco existiría nada más.
A mí me parece que tal idea es extremadamente similar a la de los ojos y el sol y los colores, sobre la que se sostiene el monumental edificio schopenhaueriano. Quiero decir que la basa del laberinto —pero no sé si estoy viendo un espejismo; tú dímelo, querido lector— no está en sus cimientos. Está en otro lado, un lado distante, un lado oblicuo: el lado donde todo lo que digo termina siendo al revés. Está en la obra de Lichtenberg; la idea sobre la idea del mundo como representación viene de él.
(Oblicuo, como seguramente sabes, temido lector, es una de las acepciones de la voz griega πλάγιος, plágios…).
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No soy el primero en darme cuenta de la avasallante influencia que Lichtenberg tuvo en el laberinto. Antes ya lo había hecho Juan Villoro, en “La voz en el desierto”, el ensayo introductorio a su traducción de los Aforismos de Lichtenberg. En aquellas páginas, ese otro Villoro, nuestro Villoro multiplicado, advierte que los espejos que recubren “las recias paredes de El mundo como voluntad y representación” están rotos, y que por ello hacen brillar una luz “que viene de otro lado” (otro lado que no siempre es el otro lado de la pared, o de la barda, o de la realidad, como en el cuento de Bolaño en el epígrafe).
Lichtenberg: Debemos pensar que todo tiene una causa; es como la araña que teje la tela para apresar a la mosca: lo hace aun antes de saber que en el mundo hay moscas.
Schopenhauer: La araña no tiene la menor representación de la presa para la que teje su tela.
[…]
Lichtenberg: Realmente hay quienes leen sólo para no pensar.
Schopenhauer: El afán de lectura es una especie de fuga vacui debida a la falta de ideas propias.
Lichtenberg: Muchos hallazgos poéticos singulares, incluida la idealización de la mujer, tienen su origen en el instinto sexual.
Schopenhauer: El amor, así se presente en forma etérea e idealizada, tiene su origen en el instinto sexual.
Lichtenberg: Mientras más diversos son los acontecimientos, más rápido transcurren los días; sin embargo, el recuerdo del pasado, la suma de esos días, dura mucho más. En cambio, mientras más uniformes son las ocupaciones, más largos se vuelven los días y más breve el pasado o la suma de los días.
Schopenhauer: Cuando empleamos nuestras horas agradablemente, transcurren más de prisa; pero cuando éstas son tristes se deslizan con mayor lentitud […]; por otro lado, casi no tenemos noción del pasado cuando éste es aburrido y en cambio lo tenemos presente cuando es entretenido.—Comparación de Juan Villoro
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Lichtenberg es también el autor de aquel aforismo casi proverbial: “Un libro es como un espejo; si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol”. Invirtamos la sentencia: “Un espejo es como un libro…”; si no tenemos cuidado, podría pasarnos como a un mono que, al hallar su reflejo, se asusta y enseña los dientes:
… lo mismo que el señor Brandis, se ha conducido conmigo otro médico, no contentándose ya, como aquél, con tomarme las ideas, sino llegando a copiar mis palabras. Es este señor Anton Rosas, profesor de la Universidad de Viena, el cual, en el primer tomo de su Manual de Oftalmía, de 1830, ha transcrito al pie de la letra, de mi tratado Sobre la visión y los colores, de 1816, las páginas 14 a 16, todo el párrafo 507, sin citarme, ni aun dar a entender siquiera que es otro, y no él, quien habla.
—A. Schopenhauer, ÜWN.
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P. D. La voz griega πλάγιος no es la base etimológica de nuestra odiosa voz española plagio. Esta proviene del latín plagium, que en principio significaba lo que ya sabemos: “secuestro de personas”. No obstante, algunos filólogos conjeturan que la voz latina guarda un eco metafórico de la voz griega: lo oblicuo es lo que se desvía de la línea recta; es lo descarrilado, lo deshonesto, lo depravado.
La diferencia entre el πλάγιος (la influencia) y el plagium (el robo) no deja de ser nítida en la mayoría de los casos —pregúntale si no a Sealtiel Alatriste, querido lector—, pero en el laberinto se vuelve tan engañosa como la imagen arrojada por un espejo cóncavo. Todo allí, y aquí, es reflejo de otros reflejos; todo es imagen multiplicada. Todo es, a fin de cuentas, eco de una sola voz que desde el principio lo dijo todo, pero como no había nadie para escucharla, debió comenzar de nuevo.
☙
Para Jorge Armando Reyes Escobar.
