El sentimiento acaba por apagarse, sin embargo, el alma sensible perdura.
Jean-Jacques Rousseau
Leonarda Lettre (LL): Ya estamos aquí…, han pasado meses y no dejan de temblarme las manos como ahora, ni de latirme el corazón tan rápido… ¡Hola!, disculpa la tardanza…
Román Richter (RR): Buenas tardes, señorita Lettre. Un gusto volver a verla. Soy el editor Richter encargado de revisar, para Alfaguara, su manuscrito titulado Remedios de lo ausente. Entregó una novela que consta de tres apartados, treinta capítulos y cerca de doscientas páginas. ¿Comenzamos con los resultados del dictamen?
LL: ¡Claro que sí!, pero ¿podemos tutearnos? Puedes decirme Leonarda o Leo…, ¿te puedo decir Román? O bueno, como prefieras…
RR: Preferiría mantener la formalidad. Usted puede, sin embargo, tutearme. No hay problema. Iniciemos entonces, para no hacerle perder su tiempo.
LL: Perfecto, Román, ¿qué te pareció mi novela?, ¿te gustó? Estoy abierta a sugerencias.
RR: Me parece un rotundo fracaso en su conjunto. No obstante, hay partes rescatables, siempre y cuando atienda a los señalamientos que estoy por hacerle.
LL: ¿Fracaso?, ¿por qué?, ¿no son creíbles mis personajes? Estuve muy dudosa de sus personalidades… Perdón, perdón, te escucho con atención, déjame sacar una libreta para anotar y que no se me olvide…
RR: Vayamos por partes. En primer lugar, la estructura. Usted se comprometió con escribir una novela epistolar, es decir, una historia a través de una correspondencia, pero situada en una época en la que la escritura de cartas está muerta. Su obra es inverosímil.
LL: ¡No estoy de acuerdo!, ay, perdóname otra vez, continua, por favor.
RR: Gracias. Le decía, su obra pretende ser una novela epistolar, pero sólo en ciertos capítulos y hacia el final aparecen cartas propiamente dichas y con muchos problemas técnicos. El resto del contenido es complicado de entender, muy confuso.
LL: Tampoco estoy de acuerdo con eso. Bueno… más bien, antes, para mí la literatura no tiene como fin ser una copia exacta de la realidad del presente, como me parece que apuntas con la “verosimilitud”. ¿Qué pasa con la novela histórica o la ciencia ficción?
RR: Pero usted no escribió ninguna de las dos. Está muy claro que su novela habla de un pasado no tan lejano, de algo todavía muy presente para muchos: la pandemia del 2020. La cuestión es que ni en ese momento ni ahora el medio de comunicación más importante es el epistolar.
LL: Me parece que tienes una visión estrecha de las posibilidades literarias de la carta, que no sólo no ha muerto, sino que se ha transformado y está más que vigente. ¿O es que no conoces el correo electrónico y las novelas basadas en ese medio como La vida en las ventanas de Andrés Neuman?
RR: Por supuesto que la conozco, así como también Gut gegen Nordwind y Alle sieben Wellen de Daniel Glattauer, a quién conocí en Viena cuando hice mi doctorado en literatura germánica contemporánea. En cualquier caso, hablamos de novelas del año 2000. Han pasado casi dos décadas. Hoy hasta el correo electrónico es obsoleto como medio de comunicación personal. Se ha restringido a asuntos burocráticos, académicos o mercantiles. Ahí ya no hay literatura. Duró muy poco la fertilidad ficcional del email.
LL: ¿Gutgeg… qué?, ¿qué nunca has recibido un correo electrónico de algún ser querido? En mi novela no me refiero exclusivamente al correo físico o digital, sino a esas otras maneras de narrarnos epistolarmente que están en WhatsApp, Telegram, Instagram…
RR: Mi vida personal no viene al caso. Sin embargo, concuerdo con usted en que es evidente la comunicación por esas redes en la actualidad y en su obra, pero no son misivas. Incluso introdujo lo que parecen ser grabaciones de voz, videollamadas, chats anónimos, o simplemente llamadas telefónicas.
LL: Sí, ¿y qué tiene de malo?
RR: Pues que no es una correspondencia, ni su novela es, por ende, epistolar. No lo es por estas razones; se las enuncio para darme a entender. Uno: toda carta tiene saludo, mensaje y despedida, y la mayoría de su texto omite esa estructura. Dos: las cartas existen por la distancia espaciotemporal, y aunque la pandemia sortea la cuestión de la lejanía física, los medios de comunicación que usted incluye son inmediatos y sincrónicos. Tres: la primera parte de la novela es monológica, la segunda polilógica y la última otra vez monológica, es decir, no tiene unidad narrativa. Cuatro: aparece constantemente un narrador extradiegético que rompe con el sentido de relatar todo mediante cartas y confunde más que ayudar.
LL: ¡Vaya que sí leíste a detalle a mi pequeña creatura!
RR: Por supuesto, es mi trabajo y estoy para apoyarla. No me malentienda, creo que se puede salvar, mientras siga mis consejos. Hay que decidir: es una novela epistolar y se adecua al modelo, o no lo es, y mejor escribe otra cosa con algunas partes. Si insiste en la narrativa por misivas, le aconsejo leer Julia, o la nueva Eloísa de Jean-Jacques Rousseau o Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos. Son el verdadero modelo de la roman épistolaire.
LL: ¡Claro que los conozco, yo también estudié letras, letras francesas!, aunque mis referentes son otras… Madame de Sévigné, Ninon de Lenclos, Madame de Genlis, literatas con la sensibilidad abierta a un presente preñado de futuro, ¿las conoces…?
RR: Sí, las ubico. Sin embargo, sus correspondencias no son, en rigor, novelas ni literatura.
LL: ¿Y qué es lo literario y qué es una novela? ¿La novela no es el ímpetu de toda una época en búsqueda de las nuevas formas de la literatura? ¿No es la liberación de los modelos clásicos del arte? ¿No es la mezcla, la heterogeneidad, la fragmentación, la experimentación deliberada de los géneros literarios existentes? ¡Eso es lo que hice en mi obra!
RR: No tiene por qué exaltarse, señorita Lettre. Le concedo lo último, pero sigue siendo muy problemática su novela epistolar. En específico por lo epistolar y el lenguaje usado. La primera parte monológica, en la que su protagonista, Soledad Courrier, parece escribirse a sí misma mensajes por WhatsApp, hace que se vuelva indiscernible la carta y el monólogo, la carta y el diario. La segunda parte no se salva tampoco de confundirse con diálogos vivos por los múltiples audios y videollamadas. Y la tercera es un verdadero enigma, porque si bien parece recuperar el formato clásico de la carta postal y a mano, no está escrita en primera persona ni en tiempo pasado, presente ni futuro tal cual, sino en un misterioso “hubiera”.
LL: Ay, Román, le diste sin querer al blanco. Mi querida Soledad… es una joven que de pronto siente que lo perdió todo, su viaje al extranjero para cumplir sus sueños se redujo a mera ilusión, pero los sueños se pagan caros y más los rotos, porque se quedó sin empleo por ir a buscarlos, y ya de por sí no tenía familia por seguir sus anhelos de independencia, y aunque vive con su pareja… ¿Has vivido encerrado total y forzadamente con alguien querido para descubrir rápidamente que no es quien creías, y hasta llegas a desconocerlo, evitarlo y odiarlo? Es ahí cuando sientes que ya no te queda nada, que aparece la escritura y la carta, y una tiene al menos la posibilidad de escribirse a sí misma por la absurda pero irremediable necesidad de desdoblarse, tomar distancia de sí, purificarse y consolarse…
RR: Conozco perfecto la función catártica de la carta y su utilidad como contención emocional. No obstante, ¿por qué Soledad le escribe cartas a alguien a su lado? Es ilógico, artificioso. Luego, en la parte monológica, permanece el problema de la simultaneidad temporal de la comunicación “por cartas”, a lo cual se le suma el uso excesivo del lenguaje coloquial: demasiadas faltas de ortografía, abreviaciones, modismos, publicidad e íconos, al grado de que no se distinguen los estilos de escritura de los personajes.
LL: A mí me parece que no comprendes nada. La novela epistolar es el mundo de las corrientes intempestivas del alma, del interior, y es por esa honda intimidad que el lenguaje se suelta, se libera de la corrección de la razón para entrar en la adecuación de las pasiones. Alanna, Shanti, Fili, Damian y Soledad lo saben de algún modo, y es tanta la cercanía, la confidencialidad, que comparten poco a poco muletillas, frases, imágenes, una lengua común que sólo los corazones implicados hablan. Cercanía y lejanía espaciotemporal del sentimiento, por eso hay correspondencia, pero también hay distancia “física” en esos medios que rechazas como epistolares, porque también se va la luz, o te cortan el jodido internet por no tener cómo pagarlo, o simplemente porque ves el maldito mensaje y no te dan ganas de responderlo de inmediato, no tienes el valor de hacerlo, y quizás nunca lo hagas…
RR: ¿Y de la tercera parte qué puede decir usted?
LL: El final… Mi Soledad es nostálgica, Román, ¿qué le vamos a hacer? Escribe a mano para resistir al delirante enclaustramiento del tacto con el mundo, es el persistir de la memoria epistolar en la que también se quiebra una, en la que de igual modo el pasado se aproxima amenazante con sus reclamos y una tiene que desplazarlo, retardarlo y desahogarlo con la palabra, con la escritura de sí misma en la que ya no está una yo, ni una tú, y todo se desdibuja en la pura vida, en la cruel vida que no se dio, en el dolor de lo que pudo ser, no fue, pero que sigue ahí, en el hubiera incrustado dentro de una misma…
RR: Tendrá que agregar un texto para dar cuenta de todo lo que ha dicho. ¿Un prólogo o un prefacio?
LL: Si así me publican, ya me las arreglaré…
☙

Citados indirectamente, en orden de aparición Jean-Jacques Rousseau / Pierre Choderlos de Laclos / Madame de Sévigné / Ninon de Lenclos / Madame de Genlis / Michel Foucault / Kurt Spang / Jean-Philipe Miraux / Daniel Glattauer / Andrés Neuman
