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¿De qué manera la escritura alfabética occidental ha afectado la riqueza semántica y la fuerza expresiva de la lengua náhuatl?

R.- En primera instancia, me gustaría decir unas palabras en torno a la lengua náhuatl. Uno de sus rasgos fundamentales es su armonía sonora: su construcción fonética busca el sonido agradable al oído. De hecho, uno de los primeros sentidos de la palabra náhuatl se refiere a esto: “que suena bien, que produce un buen sonido”. Es decir, que la forma en que los sonidos se ordenan bajo los códigos lingüísticos tiene como principio sustancial el agrado auditivo; de ahí que las palabras, la lengua misma, se entiendan como una forma de canto. La palabra oral, la palabra dicha, es tlahtolli y el acto del habla es tlahtoa: hablar, cantar, gorjear; emitir sonidos armoniosos y agradables al oído, como el canto de los pájaros.

Ahora bien, la tlahtolli es un sonido armonioso y agradable; para que verdaderamente cumpla la función lingüística que compete al acto de habla es necesario que integre el elemento de la dicotomía de la expresión: la organización de los sonidos en códigos que permitan que su unión haga aparecer un sentido, captable en el sonido, pero aprehendido en el intelecto. En náhuatl, expresar es nezcayotia, y procede de la raíz neci, que quiere decir “aparecer”, “mostrarse”, “encontrarse”. En otras palabras, por medio de los sonidos articulados armoniosamente, el sentido y significación de lo nombrado por la palabra se muestra, aparece y se aprehende en el acto de oír y entender: caqui.

El complejo semántico que abarca la palabra se diversifica en tanto que aparece a través de estructuras fonéticas codificadas y materializadas en circunstancias y contextos diversos. El sentido depende del campo expresivo donde se hace manifiesto el proceso de habla, el cual está determinado por espacios y tiempos específicos de la expresión. Quiero decir que, dependiendo de dónde y en qué momento se diga, la palabra adquirirá sentidos muy precisos y distintos como unidades de aprehensión cognitiva.

En la lengua náhuatl se distinguen campos semánticos distintos que dependen de lo anterior: el macehualatolli, el pillahtolli y el nahuallahtolli. En cada uno de ellos el sentido es aprehendido, precisamente, por el contexto y circunstancias donde la palabra es expresada; por ejemplo, la palabra calli, en el primer nivel significaría la estructura habitable; en el segundo, el día tres del calendario; en el tercero, el útero, la matriz, la tierra en general.

De esta manera, podemos ver que la lengua náhuatl es altamente polisémica y rica en cuanto a la posibilidad de creación de campos semánticos. Una de sus características es su capacidad de utilizar metáforas complejas que refieren a ese plural campo semántico, así como difrasismos que mantienen el nivel de la interpretación en el ámbito de lo multívoco: in ixtli in yollotl, in xochitl in cuicatl, in tlillan in tlapallan.

Esta riqueza semántica es a la que la escritura alfabética no puede corresponder en su traslación. Las letras (grafemas) del alfabeto representan, en su materialidad, a fonemas; es decir, a sonidos en su mínima expresión, que requieren ser unidos bajo códigos lingüísticos en una unidad semántica (palabra) para poder contener un sentido. De esta manera, el sonido queda fijado en su expresión de una manera tal que la letra indica la forma en que debe ser emitido, haciendo que, en la oralidad, se restrinjan el poder y la fuerza expresiva de los sonidos en su entonación, modulación o variación.

La lengua náhuatl, armoniosa y contextualizada, se vacía de sus elementos metafórico-poéticos en la escritura alfabética y tiende a la univocidad, suprimiendo los componentes espaciotemporales que permiten al oyente penetrar en niveles de sentido diferentes: el, ahora, lector del náhuatl se posiciona en un único nivel, plano y que apunta a un sentido cada vez más cerrado de las palabras.

¿Cómo se define el concepto de tlacuilolli en el contexto de la escritura y pintura nahuas, y que implicaciones tiene para la comprensión de la realidad en esta cultura?

R.- Creo que sólo podemos entender la tlacuilolli como escritura en tanto que asumamos la noción de esta como proceso de codificación que permite fijar de alguna manera los contenidos de significación de estructuras de pensamiento y lenguaje. Tal como señalaba Aristóteles en el Peri Hermeneias, “lo que hay en la voz son símbolos de las afecciones que hay en el alma, y lo escrito es símbolo de lo que hay en la voz”. Entonces, si entendemos las imágenes de las pinturas nahuas como símbolos, estos pueden ser la manera en que se representen no sólo las palabras como sonidos, sino del acto mismo de hablar y del complejo semántico que dicho acto contiene.

Talcuilolli se refiere expresamente al acto de pintar, de trazar una imagen que denote un significado; las imágenes visuales representan no fonemas, sino ideas y complejos semánticos variados que se aprehenden en la materialidad del trazo y el color, elementos fundamentales para el acto expresivo que implica la pintura.

El acto de “pintar” es representar algo, hacerlo visible en la realidad, ya que a partir de la vista se constituye el sustrato fenoménico de lo real: el mundo y las cosas en él se ven porque su estructura ontológica es tal que el medio material, lo que puede verse, solo se ve en tanto que se ordena en unidades perceptibles (visibles en este caso), que presentan, hacen que se revele, un contenido que le da significado y que provoca que la unidad perceptible se muestre siempre como una imagen.

Los elementos que integran conceptualmente el acto de tlacuiloa, pintar algo, son las estructuras de materialización de los principios abstractos por medio de la tinta negra y el color: tlilli y tlapalli. La tinta negra, tlilli, delimita, constituye la forma del ente en el trazo de sus contornos: del espacio vacío que implica el lienzo (la existencia) emerge la forma particular del ente (el existente), se constituye, se configura como algo que se muestra por la oposición del trazo negro con el vacío. Pero la forma, la figura, sólo muestra su condición de existente, de un algo genérico; la fuerza de la vitalidad, de la peculiaridad del ente figurado, emerge cuando el interior de la forma es coloreado (tlapalli), es vivificado con la luz y la claridad que permite que el ente se muestre, sea, en la realidad fenoménica.

De esta manera, la pintura es el medio para desvelar los principios constitutivos de la realidad en tanto sus estructuras, sus imágenes, son las representaciones materiales de aquello trascendente: el hombre nahua ve el mundo en el trazo y el color, lo siente, sabe de él. In tlilli in tlapalli es la sabiduría, el conocimiento de la realidad desde la superficie del lienzo hasta el abismo de los principios trascendentes.

¿Qué papel juega la percepción sensible en la aprehensión del sentido en las culturas nahuas, y como se diferencia de las teorías epistemológicas occidentales?

R.- En relación con la aprehensión del sentido contenido tanto en las imágenes de la oralidad como de la pintura, considero que, efectivamente, se despliega un proceso epistemológico donde la captación sensible del hombre juega un papel preponderante junto con las facultades intelectuales. El proceso permite, entonces, no sólo recibir los elementos dados a la sensibilidad, sino, en el despliegue del intelecto, configurar un saber de la realidad, de los principios ontológicos constitutivos del mundo.

En el náhuatl, saber es mati. Este término puede tener por lo menos dos significaciones importantes. Primeramente, significa saber en tanto “pensar”; el otro sentido, de gran importancia epistemológica, es “sentir algo”. De acuerdo con esto, el término en general puede entenderse como “el que sabe, siente, algo”.

Conocer el mundo no sólo es “saber” (como acto del pensamiento), sino también “sentir” (como acto de la capacidad sensible). Las implicaciones epistemológicas de esto son notables, pues posicionan la comprensión de las formas constitutivas de la visión del mundo nahua en un espectro cognitivo más amplio e integral, que permite un acercamiento cualitativamente distinto a las formas de aprehensión con las que el indígena antiguo integraba su sistema explicativo de la realidad. El conocimiento de la realidad, entendida como su aprehensión, no es meramente abstracto e intelectual, sino que es, asimismo, sensible y emocional, es un sentipensar.

Las formas del intelecto, la sensibilidad y las emociones son necesariamente activas. Esto quiere decir que el acto de saber, tlamatiliztli, es una acción aprehensiva del ser humano que pone en movimiento sus facultades o cualidades sustanciales de una manera integral: pensar, percibir y sentir el mundo al estar en permanente relación y contacto con los elementos que lo constituyen.

La capacidad de percepción, de acción de los sentidos, es llamada nemachiliztli. El termino se construye a partir de machia, “ser conocido, descubierto”; viene del verbo ya mencionado mati, “saber, sentir”. De esta forma, se reafirma la noción de que sentir es saber, es un acto epistemológico.

Las capacidades sensibles del cuerpo incluyen los cinco sentidos ordinarios, pero en la cultura náhuatl se le da mayor relevancia a la vista, ittaliztli, y al oído, tlacaquiliztli, que son los sentidos que tienen mayor proyección y relación con los entes externos, ya que la vista es capaz de proyectarse en el espacio y el oído es capaz de recibir sonidos originados en la lejanía. A través de la vista se puede llegar a vislumbrar de manera inmediata el qué de la cosa. Cuando decimos “lo veo claramente”, nos referimos a una comprensión del ente a partir de la identificación visual de sus estructuras y cualidades; en náhuatl, el término ixacicaitta (que integra la raíz itta) significa “comprehender, saber algo entera y perfectamente”.

Por su parte, el acto de oír implica el discernimiento de los sonidos para alcanzar a aprehender una significación contenida en ellos; el mundo es sonido y todo dice algo, pero para saber qué es ese algo hay que oír bien, prestar atención, estar atentos para decodificar la estructura armónica y musical. El que sabe escuchar, el que escucha bien adquiere sabiduría, conoce el mundo.

A nivel corporal también se dan las afecciones, los sentimientos, emociones, pasiones, que se determinan como la forma en que el cuerpo muestra los efectos en su interior, producidos en las relaciones sensibles con el mundo externo. De alguna manera, el dinamismo de los sentimientos está en estrecha relación con la sensación como saber y aprehensión de la realidad: en náhuatl, sentimiento es nematihuani, que tiene la raíz mati, “saber”.

Tanto los sentidos, como la sensación y los sentimientos son formas de ser del cuerpo humano, y en la comprensión de ellos se integra la noción del saber. Desde esta perspectiva, en la cultura náhuatl el nivel de lo corpóreo implica, necesariamente, una consonancia con los procesos cognitivos de la realidad; la percepción, la sensibilidad son, de esta manera, formas correlativas y unificadas de y en el pensar.

¿Cómo se relacionan las imágenes visuales con las estructuras verbo-lingüísticas en la escritura pictográfica náhuatl, y qué procesos cognitivos se activan en esta interacción?

R.- Las estructuras semánticas de las expresiones verbales constituían una base sobre la que se configuraba el universo simbólico de las imágenes visuales náhuatl, pues estas remiten de manera inmediata a estas estructuras verbales que permiten decodificar el orden sensitivo-visual de la imagen y hacer que se revelen aquellas. En este sentido, hay una primera correspondencia entre la palabra y la pintura-escritura al descubrir la relación entre el contenido semántico del acto verbal de la palabra y la configuración de las estructuras visuales de la pintura. Cuando se “ve” una imagen en un códice, en la mente del hombre nahua se elabora un conjunto de referencias conceptuales que apuntan al ser, al sentido de lo percibido en los trazos y colores correspondientes a las estructuras conceptuales contenidas en las expresiones verbales con que se enuncia la misma imagen.

Sin embargo, dentro de este campo expresivo icónico-visual existe una amplia gama de imágenes visuales que no se corresponden de manera inmediata con formas del lenguaje verbal, y que requieren un proceso distinto para su percepción y aprehensión de sentido. Las distintas formas, organizadas visualmente, que se muestran en las imágenes de los códices, tienen un orden cualitativo que permite reconocer un sentido y un contenido en ellas, pero que no es alcanzado en una verbalización inmediata que enuncie su qué es de manera abstracta.

Tales imágenes, que en realidad son las constitutivas del universo cultural náhuatl, no se ordenan en su composición bajo las formas de una denotación inmediata dada en la correspondencia de lo perceptible visualmente con una estructura verbal, sino que su aprehensión se desplaza, en la misma percepción sensible, hacia la connotación, a un sentido que se muestra solamente con el reflejo de la emoción y la impresión que causa en el espectador y que abre la posibilidad de compenetrarse, no comprender intelectualmente de manera inmediata, con el fondo del cual emana el reflejo mismo. 

Este aspecto netamente sensitivo-emocional de la imagen visual pareciera que le resta valor epistemológico; es decir, que desde las teorías filosóficas occidentales que determinan el valor cognoscitivo de los procesos de aprehensión de la realidad, se puede asumir que el carácter de captación material que impone la imagen, provoca que la apropiación del sentido se de en la fugacidad de la percepción sensible y que esta no pueda considerarse como propia en sí misma, dada las condiciones de contingencia que impone el contexto espaciotemporal de la imagen y el grado de subjetividad del espectados que la contempla. Sin embargo, debemos reconocer que las formas y procesos epistemológicos en las culturas mesoamericanas –la náhuatl en específico– se manejan y ordenan en niveles distintos de aprehensión y de configuración de los principios cognitivos de la realidad.

La imagen visual se posiciona como la forma más importante de la percepción, ya que su necesario estatuto sensible proporciona de manera más directa e inmediata la captación de las unidades de aprehensión dadas a la sensibilidad. Su valor epistemológico es incuestionable y se ubica necesariamente en el ámbito de la estructura fenoménica, visible y luminosa de la realidad, pues es a la vista como se aparecen y presentan, se des-velan de una manera cuasi instantánea, las formas constitutivas de los principios que animan el mundo y le dan fundamento.

¿De qué manera las imágenes visuales en la cultura náhuatl reflejan los principios sagrados y la cosmovisión de esta cultura?

R.- La distinción entre las estructuras verbo-lingüísticas de la oralidad, y las icónico-visuales de la imagen, dan la posibilidad de comprender la fuerza y poder creativos y fundamentales de los diferentes grados simbólicos de las imágenes de la tlacuilolli en la conformación de las estructuras de la realidad en la cultura náhuatl.

Así como en la oralidad se muestran niveles diferentes de aprehensión semántica que se corresponden con los contextos espaciotemporales donde la palabra se enuncia, las imágenes de los amoxtli muestran grados diferentes de aprehensión que dependen del poder denotativo que el tlacuilo imprime en cada representación.

Las imágenes pintadas son representaciones de objetos fuera de lo ordinario, debajo de los trazos que aparentan una figura: algo se atisba, un mensaje oculto se vislumbra. Por eso su contemplación es causa de un sobresalto y de una incomprensión que nos indica solamente que, detrás de ellas, hay un sentido distinto. Las imágenes son Teoteixiptlatiliztli, representaciones de lo divino, manifestaciones visuales de lo sagrado que mueven al contemplador al arrobamiento propio del éxtasis, que trasladan al ámbito de los actos primordiales de las entidades divinas que fundamentan y son el origen del cosmos. Las imágenes utilizadas para representar a las fuerzas creadoras y sus acciones manifiestan una preocupación por explicar las cosas en un sentido que va más allá de lo puramente racional, de lo puramente humano; es necesario un pensamiento diferente, simbólico, para poder explicar cosas que no están a la mano, que no se pueden percibir en la cotidianeidad, que están más allá del hombre mismo y que sólo se captan en las imágenes sagradas.

La condición esencial de la realidad en la cultura náhuatl se entiende como emanación de las potencias sagradas, de las entidades divinas primordiales, que, al desplegar su sustancialidad, conforman un nivel ontológico de otredad que se manifiesta como una duplicidad del mismo principio, manteniendo en el doble la identidad sustancial, pero manifestando en el mismo diferencias cualitativas que le hacen ser, precisamente, imagen de sí.

La idea del desdoblamiento del principio trascendente constituye el núcleo central de la forma en que se concibe el mundo como una pintura: la realidad emanada es, necesariamente, un aparecer, un presentar, un representar, es decir, el mundo es fenoménico en tanto que es imagen, en tanto que es pintado con las estructuras materiales y lumínicas que conforman el sustento del mundo-amoxtli. El lienzo-espacio es constituido por la representación de lo sagrado a partir de la tinta-tiempo: in tlilli in tlapalli

¿Cómo se define el concepto de “orden fenoménico” en el pensamiento náhuatl y qué papel juega la imagen visual en esta estructura ontológica?

R.- La dimensión de lo fenoménico se corresponde, en el pensamiento náhuatl, con la realidad en tanto que captable a partir de las estructuras sensibles. Lo presente (lo que es), lo material palpable, lo que acontece como movimiento y cambio en la realidad, son elementos fundamentales al momento de configurar lo que el mundo es en cuanto su sentir. En este entendimiento, el orden de lo fenoménico se muestra, a partir de la materialidad de los entes, en el cómo es la realidad; así, lo material accidental nos conduce a las formas interpretativas en donde el cómo tiene que desvelarse a partir del acceso a los objetos en sus propias configuraciones semánticas, y a partir de la comprensión del nivel simbólico que posee esta estructura fenoménica.

En la sabiduría náhuatl, la condición fenoménica de la realidad se muestra bajo la idea, la imagen, de que in tlalticpac, la realidad, es una pintura, una configuración de entidades que son perceptibles en su ser y por los seres de acuerdo con la estructura de contrarios unificados que conforma in tlilli in tlapalli. Lo negro de la tinta es el vacío, la oscuridad que todo lo contiene en un estado de con-fusión, de indeterminación, donde todo está, pero no se muestra como particularidad. La acción poiética, creadora, de las potencias sagradas, desvela, saca a la luz y por medio de la luz a los seres; sólo en la claridad las cosas cueponi, brotan, crecen, estallan, se abren en la tierra como flores coloridas.

De esta manera, la tlamatiliztli, contenida en los amoxtli, y expresada en la oralidad y en todos los contextos culturales nahuas, se carga de sentido a partir del conocimiento de lo que está en la tierra, lo ittaloni, lo visible, que puede ser visto, lo que se muestra como pintura a partir de la forma de la tinta negra y la vitalidad del color en la claridad de la existencia. Pero también es el conocimiento de los principios constitutivos, fundantes, de los seres en cuanto que se desvelan en la visión, tlachializtli, las relaciones entre la figura de la tinta negra (el qué es) y el color (el cómo es).


Marlon Amonte Revista KARANDASH

Marlon Amonte

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