Preámbulo
La siguiente narración está inspirada en dos obras enigmáticas. La primera es Calila y Dima: el libro del soberano y del político, adaptación de Abdalah Ibn-Almokaffa del libro Panchatantra, texto de origen indio, escrito en sánscrito, que se sitúa en el siglo VI a. C. La segunda es la misteriosa obra de Robert Graves, La diosa Blanca. Una gramática histórica del mito poético, que es una búsqueda de las mitologías del medio mundo a través de los bosques, así como una reivindicación de la triple diosa.
Primera parte
Completamente aterrorizado, un ratón subía por la orilla de un riachuelo, y la lluvia, acompañada de estruendosos golpes celestes, no le daba tregua. Derrotado y con un cuerpo inservible frente la extrema situación, decidió buscar refugio. El cobijo en el vientre de un árbol fue su auxilio.
El espacio estaba inundado con una obscuridad rígida y penetrante, y las paredes húmedas apaciguaban el golpeteo de la lluvia. En un instante, una afilada navaja de luz cortó la obscuridad y reveló dos círculos enfurecidos y un hocico ensangrentado. El roedor sintió tanto pánico que, erizado desde la punta de su cola hasta el más pequeño de sus pelos, dejó que el silencio hablará por él…
–¡Te he visto, asqueroso ratón! Aunque te has escabullido en la obscuridad, muy pronto un trueno volverá a mostrar tu posición y no tendré piedad.
Ante la amenaza mortal, el roedor declaró:
–Maldita seas, zorra astuta, por aprovecharte de la obscuridad para atrapar a tu presa. No debería sorprenderme, pues tu especie adora cazar y matar a otros de las maneras más sucias y poco honorables.
–Asqueroso ratón, escucha bien mis palabras: aunque es verdad que nuestra especie disfruta caminar bajo el cobijo de la noche y de la menguante luna, al menos para mí es desagradable esconderme en un agujero como lo hace tu estirpe, y mucho más lo es hacerlo para conseguir alimento. La razón de que yo esté aquí es distinta a la tuya.
–Zorra astuta, si no estás aquí en busca de una presa, entonces no creo que nuestras razones se distancien. Yo me encuentro en este sitio porque el cielo se rompe a pedazos, pero si hallara un poco de tregua en mi camino, regresaría junto a mi familia. He salido de mi hogar en busca de un poco de alimento y si bien el viento húmedo me dio aviso de la llegada de su consorte, ya estaba muy lejos de mi propio refugio.
–¡Roedor parlanchín, no quiero que te confundas! Aunque trates de buscar misericordia con tu historia, la infalible muerte ha pactado conmigo tu destino. La naturaleza no tiene sentido ni dirección. Ni siquiera los animales más rectos o los más sabios están libres de ser llevados por el río cuando se hincha por la lluvia, y hasta las especies más audaces o feroces pueden ser fulminados en cualquier instante por el rayo o por la pisada de otro animal con mayor tamaño. Es cierto que el manto en este árbol me da un refugio momentáneo mientras curo mis heridas, pero también me escondo de un par de sabuesos cuyos cachorros maté.
–Zorra terrible, aunque me parece que tienes razón en que la naturaleza tiene pactada nuestra muerte y habremos de reptar hacia su vientre en cualquier instante, no comparto la idea de que un animal con recta razón no pueda controlar su deseo de sangre. Los elefantes no sólo son grandes y fuertes, sino que están dotados de gran inteligencia y memoria; si ellos quisieran, podrían arrastrar hacia la tumba a cualquier tigre o jaguar. Sin embargo, deciden comportarse rectamente, siempre en busca de la seguridad para sí mismos y su manada; disfrutan de bailar cuando estamos entre sus pies y…
La luz de un nuevo rayo detuvo las palabras del roedor…

