Valéry le recuerda al filósofo que la filosofía
se escribe, y que el filósofo es filósofo en tanto que lo olvida.
Jacques Derrida
En Del sentimiento trágico de la vida, Unamuno aseveró que los filósofos y los poetas todavía son, como Jenófanes y Parménides, como Lucrecio y Homero, como él mismo y él mismo, “hermanos gemelos, si no es que la misma cosa”. Es difícil no estar de acuerdo: parece que al poeta y al filósofo los asimila su herramienta convulsa, y sólo después, cuando ya no importa, los distinguen esas cosas que les importan a los que tienen la mente agusanada de puras y tediosas naderías (la verdad, la seriedad, la objetividad, la belleza…).
Unamuno acertó al recordarnos, más o menos como Valéry, que el filósofo y el poeta siguen siendo criaturas indistinguibles porque escriben, convencidos de que escribir es lo único que puede preservarlos de la tragedia de haberse convertido en lo que son. La filosofía, como la poesía, se escribe; y la poesía, como la filosofía, no anhela otra cosa al escribirse que remediar la polvareda que se levanta a su alrededor cada vez que se escribe.
Pero nosotros digamos que, si es cierto que todos los poetas y todas las filósofas son la misma cosa —si aceptamos retomar el juego de los juicios universales y las etiquetas falseadoras y las naderías tediosas—, lo que los hermana no es el hecho desnudo de la escritura, sino sus estragos. Más que la escena, el teatro vacío; más que la identidad de su gesto oficioso, el gaje multiplicado de sus oficios paralelos: escribir es, para nosotras y para ellos, una fuente y el efecto de la más aguerrida soledad.
Para unos y otros y otras, escribir en serio es una condena de desolación. Aun el hecho de que se haya redactado a cuatro manos algo de lo mucho que se ha escrito desde que a unos locos mediterráneos les dio por llamarse amantes del saber, no contradice esta norma ineluctable: para llegar al punto donde “ya no tiene importancia decir yo o no decirlo” —como escribieron las miles de manos que escribieron Mil mesetas—, y donde cada uno de los que escribe “se haga irreconocible”, es necesario partir de yoes unitarios, de yoes animados por sus propios desconciertos. Antes de escribir: “Ya no somos nosotros mismos”, debimos serlo, y cada uno en un estupor señero, en esa soledumbre de hirsuta mismidad anterior al “ya no”.
Maurice Blanchot elaboró una conocida teoría acerca de la soledad del escritor; lo que Marguerite Duras conjeturó acerca de lo mismo no es tan renombrado, y sin embargo es más cercano. Ella propuso que la soledad congénita de la escritura se debe a que toda escritura genuina (sangrienta, honesta, palpitante) tiene la misma motivación. Filósofas y poetas escriben para intentar responder el más aguerrido y cruel de los arcanos: ¿qué significas, silencio de mis contornos, silencio que envuelve a las cosas cuando me alejo de ellas?
Acaso Duras tenía razón: quien escribe no busca el silencio para concentrarse, sino para interrogarlo; de ahí aquella sentencia, abominablemente tópica, pero rabiosamente cierta, que define la escritura como un diálogo con el silencio.
La filósofa, el poeta, necesitan apartarse de todos antes de ponerse a escribir, y aprender a escribir supone aprender a callar. La opinión es unánime entre cientos de escritoras más —lo cual ya debería decir otra verdad igual de horrísona—. Virginia Woolf, por ejemplo, nos recordó que no fueron pocas las novelistas sin cuarto propio que constantemente eran interrumpidas mientras trabajaban en la sala común de sus hogares. María Zambrano también pregonó que “escribir es defender la soledad en que se está; es una actividad que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable”. Susan Sontag advirtió luego: “Todo escritor sabe que la práctica de la literatura exige un talento para la reclusión”. Y la divina Rosario Castellanos hizo decir a Matilde, la protagonista de “Álbum de familia”, que los poetas, como los filósofos, “estamos absortos. Y los que nos rodean no advierten más que nuestra distracción, nuestra falta de interés en los asuntos comunes y se desesperan y nos hacen reproches y acaban por abandonarnos. No es que el poeta busque la soledad, es que la encuentra”.
Decíamos, entonces, que hay que encerrarse para escribir poesía o filosofía o su maravilloso interregno. Hay que recluirse como un condenado a muerte, y hay que configurar los relojes para que sólo marquen la hora en que debemos interrumpirnos para salir a dar una caminata breve y maquinal que nos desholline el tedio. Y decíamos que el calabozo es el único vergel de la escritura, porque el eco más claro de la afonía del ser no ruge sino en la libre reclusión.
Sabemos que esta desolación de la escritura, este silencio sublime, este estruendo monótono de la demasiada verdad, necesita impregnarse como moho en las paredes de la prisión secreta, la prisión del secreter, y poco a poco entintarlos con un simulacro de la nada, hasta que su sombra deshaga los bordes del espacio escritural —las tempestades discretas de esta pluma, las heridas de la página, las nubes que despliegan su danza venial tras aquella ventana, las estrellas que cabrillean una muerte milenaria, los aparejos de mi memoria— para que el filósofa, la poeta, por fin pueda decir que escriben. También conocemos la razón de esta condena: únicamente allí, en ese laberinto (somos Minos) la escritura abre los ojos y embiste (somos el Minotauro).
Y conocemos lo que viene después. Incapaz de detener su carga furiosa, la escritura pronto se vuelve contra sí misma; esto significa que de tanto alejarse de los otros, quien escribe al final siempre termina alejándose de sí. Y entonces, en el espejo de la noche, donde todo es en la medida en que está por ser dicho, yo mira a otro al creer que se mira a sí mismo, yo deviene otro que es muchos y que no es nadie, y ese extrañamiento supremo lo obliga a volver a escribir y seguir escribiendo y no dejar de escribir hasta que las manecillas claven su cucú idiota en su garganta, mientras se pregunta, llorando, como María Zambrano: “¿qué ser incompleto es este que produce en sí esta sed que sólo escribiendo se sacia?”.

Types et physionomies, 1864. Vía NGA)
El filósofo y la poeta experimentan la misma amargura iniciática: se pierden para poder escribir, y luego siguen escribiendo para buscarse y seguir abandonándose con tal de tener cómo seguir escribiendo. Al comenzar sus afanes, la escritora, el escritor, dejan carnadas de su piel en las palabras a fin de atraer la sabiduría del silencio, aunque saben que al final esas palabras no harán otra cosa que vigorizar a la presa; que la alimentarán, volviéndola más escurridiza, y que habrá una hecatombe. Saben que sus restos mutilados yacerán en medio del texto humeante y devastado: que sólo quedará de él, de ella, un reguero de huesos roídos, cartílagos rasgados, pelo enmarañado y dientes rotos.
Pero a la vez confían en que ese diluvio de palabras devastadoras les dará un vestigio de la verdad celeste, aun si después deban buscar, horrorizados, un pecio armado de palabras astilladas que los salve de naufragar. Tras hacer llover la palabra primigenia, la escritora, el escritor, deben erigir un nuevo principio para tratar de salvar el resto de su derrota. Deben escribir yo, escribir vivo y pienso, escribir aquí, con la angustia de quien se levanta en la madrugada y se palpa con exasperación los brazos, el pecho, la boca y los ojos después de haber soñado con su propia muerte.
A las poetas y a los filósofos finalmente los distancia la forma de sus catástrofes: para estos últimos, la despersonalización tributada a su escritura es más descarnada y es irremediable. Ellos deben olvidar que han escrito —deben negarse como escritores, nos recordó Valéry—, para poder seguir creyendo que en verdad son lo que son…
Pero todo esto, decíamos, sería cierto si le creyéramos a Unamuno. Yo, por ahora, únicamente creo que escribir, a veces, es tocar, congregar, amasar; y, otras, también es hacer lo contrario que confiarle al papel una idea: es dejar que la palabra se disipe. Y también creo que Schopenhauer se equivocó cuando dijo que la soledad es la buena fortuna de los espíritus sublimes. En cambio, ignoro qué sería mejor a estas alturas: que la fortuna fuera otra o que el cuchillo empezara a hacer caricias.
☙
Este es un fragmento de la primera versión (desautorizada) del capítulo introductorio de mi tesis de maestría. Este fue el diagnóstico: “¿Sabes por qué no puedo aceptarlo? Porque disfruté leerlo”.
