Xuan Hergon Revista Karandash

Y cuando todo es tan plateado
hay colores que no pueden entrar.

Charly García, “Adela en el carrusel”

Recuerdo la primera sensación corporal al llegar a Egipto. Mi piel empezó a sentir, en el trayecto del aeropuerto a mi hotel en Guiza, la densidad de la arena. La sensación era extraña, el aire se sentía espeso; el estereotipo de comercial, disfrutar de la llegada a un nuevo destino con la ventana abierta y sacar la cabeza, se veía aquí puesto en crisis. “Estoy de nuevo en Egipto”, me repetía. No eran ni los gigantes espectaculares en árabe sobre museos, ni la publicidad de New Giza vendiendo el país como un próximo Dubái lo que me hacía sentir lejos de casa; era la arena en mi piel haciéndome sentir incómodo, como si fuera el mensaje de “tú no perteneces aquí”, porque esta lógica te desestabiliza.

Desde mi perspectiva mexicana, creía conocer el caos. Estoy acostumbrado a un México donde la carencia se resuelve con el grito, la festividad, el color o el ruido de quien busca desesperadamente “ser alguien” ante un sistema que lo diluye sin justicia o lo desaparece. Desde mi postura, sentía haber visto ya todas las formas posibles del desorden. No es que el caos de Egipto no sea similar al de México; lo es, pero es en las diferencias donde me encuentro cautivado, seducido y aterrado, porque mi flujo de conciencia a veces no encuentra referentes de dónde agarrarse.

Recuerdo las primeras semanas, buscando una jerga para “trapear” en un mercado local: nadie entendía mi manera de resolver la limpieza con mis gestos y mi árabe fragmentado. A pesar de haber sido advertido por la conciencia de los locales, me aventuré a limpiar mi balcón de la manera en la que limpio en México: agua y limpiador con un buen olor. Era una tarea completamente inútil, como descubrí con los días. Así como a mi piel, la arena lo cubre todo; ella es la dueña de este espacio. No se tendría que luchar contra ella, sino asumirla y darle la bienvenida.

Esa renuncia, comencé a observar con el pasar de los meses, me enfrentaba, de una manera poética, a una realidad distinta del desear. Si en México se nos educa a desear a partir del alcoholismo como forma de la pulsión de muerte, dicha pulsión, acá, es la shisha. A diferencia del alcohol, que se retiene y se espera para que tenga un efecto, el tabaco de la shisha provoca la expulsión de un humo inmediato y constante. Sentado en el mismo ahwa (قهوة) de mi barrio, café turco a las 6 p.m, observaba el ritual de la shisha, y este me revelaba una relación con el deseo distinta: la del gasto puro. Aquí el placer no reside en quedarse con el humo, sino en la potencia de soltarlo. Era “la parte maldita” de Bataille: un gasto soberano de tiempo y materia que escapa a lo utilitario.

Fotografía del autor.

Mientras que nuestra vida digital intenta desesperadamente domesticar el humo (como la pieza Aire de París de Marcel Duchamp), queriendo que cada experiencia efímera rinda al ego o a la métrica, el humo de la shisha nace muerto, se disipa sin dejar rastro, y en ese desprecio por la permanencia es donde la simulación de lo perfecto encuentra su mayor enemigo, pues no hay tiempo para desmontar nada, la misma materia lo hace, y la contemplación no es domesticada, sino que simplemente sucede.

Me encontraba en un espacio donde la arena y el humo definían el cotidiano, no de manera simbólica, sino en lo Real. La arquitectura convive con eso: la fantasía del lugar turístico como un gran resort encuentra aquí una resistencia, no de manera ideológica, sino puramente Real. Lo más común, cuando uno llega de vacaciones esperando el trato de turista, es la falsa amabilidad de comercial que te hace sentir especial mientras te vacían los bolsillos. Esperamos el decorado, la escenografía diseñada para que el visitante no tenga que enfrentarse con nada incómodo. Pero aquí ocurre lo contrario. Las pirámides de Guiza (una de las zonas turísticas más visitadas del planeta) no protegen de lo Real: lo concentran. Lo más visitado es también lo más impredecible.

Caminar por Nazlet El-Samman en Guiza no es desplazarse por una foto perfecta creada por IA, sino atravesar tensiones donde la historia antigua convive con una cotidianidad que no le da tiempo de disfrazarse. Lo que en otros contextos se oculta con paredes de tablarroca, por acto fallido del poder, no se oculta. En ese sentido, Egipto es profundamente artístico en su capacidad de mostrar lo Real: esa fuerza que desestabiliza y desmantela lo que creemos que es la realidad. No hay una curaduría de diseño, de la experiencia big mall, es ver lo que sostiene a un país, como si el render fallara al vender la casa y, en lugar de mostrar las superficies pulcras, mostrara la varilla después de un incendio.

En el mismo Egipto existe la curaduría de la plaza Tahrir después de la revolución egipcia en la primavera árabe, modificada para borrar toda conexión simbólica con aquellos años, pero aquí vuelve a fallar, porque el mismo nombre de la plaza significa “libertad”; entonces el ocultamiento solo hace que la cicatriz se vea más grande, que parezca que todo está construido para darle foco, como si la primavera árabe fuera lo infraleve en ese nuevo pavimento, y en el obelisco como falo impotente.

He visto la violencia de los pobres escribiendo de izquierda a derecha las palabras de Allah para poder robar, como si incluso lo sagrado e idealizado pudiera ser instrumentalizado por la necesidad, no era un tiktok, era la vida real. He visto niños devolviéndome una caricatura de mí mismo, frente a un gato blanco bebé que agonizaba tras ser pisado por camellos exhaustos. La necesidad ensaya monstruosidad.

Pero actualmente la inteligencia artificial convertiría el sufrimiento infantil en un beat para bailar, y nadie sabrá exactamente en qué momento dejó de ser algo terrible para convertirse en ritmo. Ese es el presente: una coreografía perfecta sobre la barbarie. Los jóvenes arrancan carteles de políticos como si en el desgarro del papel se pudiera comenzar de nuevo. Como si la superficie y el diseño del mundo fueran lo único que realmente se puede herir sin consecuencias, porque nace siendo basura visual que ya fue pensada para ese fin. La fortaleza del camello: todos los días demostrando de qué se trata la existencia. Azotado persistir sin épica.

La idea de “experiencia local” deja de sostenerse, porque al intentar narrar las imágenes siempre se les traiciona. Hay incongruencia. Y en esa incongruencia me reflejo, porque me es familiar: el caos conviviendo con el oro, la belleza contaminada por la violencia, la vida atravesada por la precariedad. El mundo es mundo, la sangre es sangre, y la impotencia es mi privilegio de turista. Uno puede observar, escribir, teorizar. Puede incluso encontrar la belleza en lo más terrible. Pero esa distancia es una ficción que se sostiene solo mientras uno pueda renunciar.

La simulación es orden, domesticación, una prótesis del poder que domestica el espacio. Sin embargo, en El Cairo esa simulación parece nacer sin brillo. Es lo que falla en la simulación, la imposibilidad del “crimen perfecto”. Entras a un centro comercial impecable, el Diseño con “D” de Dios, pero ese espacio vive bajo una presión casi invisible: la del entorno que lo rodea. La arena es la victoria de la materia sobre la falsa vitrina. Es el recordatorio de que todo intento de control está condenado a desgastarse. Los edificios coloniales no pelean con la arena; la incorporan como una piel.

A diferencia del Burj Khalifa en Dubái, donde para mantener sus vidrios limpios la domesticación (fallida) nos recuerda que se necesitan cientos de cuerpos suspendidos en el aire, explotados, tratados como objetos para mantener el brillo del edificio, mientras el turista desde su balcón solo ve la simulación de que se domestica a la arena, cuando en realidad lo domesticado es el cuerpo del trabajador.

Fotografía del autor

Al haber vivido con parosmia durante dos años, mi relación con el olfato ha sido distinta y agradezco saber diferenciar hedor a mierda de unos buenos tacos, pero en Nazlet El-Samman la mierda en el aire nocturno es de caballos y camellos abusados durante el día. En Nazlet El-Samman recuerdo que siempre huele así, no importa si estás en Guiza, en Nápoles, en Francia, Dubái o en México. Cambian los nombres, pero la mierda siempre es mierda. Las especies son intercambiables. Hoy son caballos, camellos; mañana, cuerpos humanos sometidos a otras formas de explotación y violencia. Hay algo profundamente democrático en esa degradación: nadie queda completamente fuera de ella, eso es nuestro orden.

Bajo esa democracia, mi propio “extraño bucle” comenzó a desestabilizarse. Douglas Hofstadter sugiere que el yo no es más que una actuación que se sostiene a sí misma para crear la ilusión de su existencia. Con el paso de los meses, mi rostro (leído como local) me expulsó del escenario turístico. El sistema dejó de verme como el espectador protegido y me devoró como parte del performance; ahora mi piel ya no sentía la diferencia de estar cubierta de arena a no estarlo, pero deseaba regresar.

Ahí apareció una contradicción que me avergüenza: mientras mi razón celebraba la victoria de lo real sobre la simulación, mi cuerpo suplicaba por la mentira. Deseaba de manera infantil recuperar mi “papel”. Quería volver a acceder a esa falsa amabilidad del resort, a ese simulacro donde uno es rey por un día para olvidar que será mendigo el resto del año, a diferencia del rico que busca, a como dé lugar, experiencias donde pueda experimentar de manera segura e higiénica lo local, la suciedad y la falta del otro (el pobre). Esa necesidad de mentira no es otra cosa que mi paranoia ante la disolución. Entendí que mi “mexicanidad” o mi estatus de “artista en residencia” no eran certezas internas, sino concesiones del sistema. Cuando ese espejo se rompe y el egipcio me mira y ve a otro egipcio, me quita el pedestal y me arroja al cotidiano. Ser “nadie” en Guiza fue ver cara a cara cómo soy siempre un cómico devenir-Bloom.

Preferimos la esclavitud del simulacro a la libertad del anonimato. Fuera del resort, bajo el sol que no distingue entre el vendedor de llaveros y el poeta, el “extraño bucle” se queda sin retroalimentación. Si nadie me actúa como “el otro”, dejo de ser “yo”. Mi insistencia en mi origen latino no era nostalgia, era un intento de conservar una identidad que se estaba borrando bajo el ruido de la arena. Es la paradoja del privilegio: uno admira la “resistencia de lo Real” siempre y cuando tenga el pasaporte en mano para refugiarse en lo falso cuando lo Real se vuelve insoportable. Nuestros valores en Occidente: defender la causa Palestina mientras se come una Big Mac, desear Ramadan Mubarak en una bolsa de Starbucks, en mi caso cocinar y bañarse con gas proveniente de Israel. Defender la identidad es, al final, defender una prótesis. A pesar de admirar a TIQQUN y fantasear con no ser domesticado, con mantener esa confusión eterna con el sistema para no ser captado, mi experiencia del día a día me recordaba que esa misma fantasía es también lo que más me aterra.

En algún punto, la experiencia deja de ser solo externa. Buscaba un lugar donde la violencia no lo devorara todo, pero esa expectativa está muerta en el mundo actual. Egipto mastica, México traga. Ambos desaparecen en esta obsesión de volver al mundo un gran mall creado arriba de cuerpos humanos, desplazados, desaparecidos. En ese contexto, la metáfora del humo adquiere una fuerza poética distinta. Ya no es solo una imagen del desapego, sino una forma de entender el poder de la fragilidad de todo lo que creemos fijo, de cuestionar esa forma de desear desde la retención alcohólica siempre con un fin: tomo para olvidar, tomo para divertirme, tomo para relajarme.

Fotografía del autor.

La vida ocurre en esa tensión constante: el no hacer nada, ahora, más que nunca, es necesario. Vivir en Egipto es aceptar que la simulación se rompe, que el polvo vuelve, que la mierda apesta, que la muerte es segura, que la vida incomoda. Pero también es descubrir, en medio de todo eso, la comunidad de sentido: tal vez la de un “comité invisible”. Y eso me parece más vivo que mantener nuestra supuesta personalidad como una obra de Jeff Koons: sin rayones, perfecta, pero aislada y brutalmente cursi.

El humo de la shisha sigue circulando: en su devenir, nos hace fantasear que el aire tiene forma. No construye nada duradero; crea algo en el instante: contemplación completamente inútil contrapuesta con el mantra, que escuché varias veces decir a egipcios: “No problem, no problem, everything is good”. Palabras bellas, pero en el fondo terribles, porque me recordaban la indiferencia en la que vivo entre placeres inmediatos. México no es un lugar: es compulsión a la repetición. El espectro del eco. Y Egipto no es Egipto, es la madre del mundo, es mi espejo. Entiendo entonces por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá. Como decía Charly García: como si el desplazamiento fuera solo una excusa para reconocer lo que ya estaba ocurriendo en otro idioma.

Y se me queda una imagen completamente horrible: si en Egipto el polvo de la arena lo cubre todo, en México el polvo de los cadáveres humanos cubre nuestras casas, porque eso es lo Real. Y nosotros, en lugar de rendirnos ante ello, sencillamente lo ignoramos para tomar el metro, ir a la oficina y, si tenemos suerte, regresar a casa, ante la simulación de un país donde nunca pasa nada. El juego de la simulación teorizado por Baudrillard se explica a la perfección con el capítulo aguas frescas del Chavo del 8, donde las aguas son de algo, parecen de otra cosa y su sabor es otro. México es un cementerio que parece país pero se siente como resort para el extranjero.

Por eso me cuesta trabajo posicionarme de manera clara, porque en mi propio país el suicidio no sería, como en Egipto, protesta ni algo escandaloso, sino forma del estatus quo. El cuerpo ha dejado de tener valor, el desaparecer y ser invisible es parte del engranaje del poder, son metáforas que me hacen cuestionar cómo sería habitarlas de manera honesta en la realidad de mi contexto donde, a diferencia de Egipto, no hay Ley (temor a Allah) y el crimen es nuestro look. Si en el mundo actual la elección solo es inundación o incendio, como dice Leonor Silvestri, el camino que nos queda es morir con dignidad; el problema es responder desde el cuerpo: ¿qué mierda es eso?

☙


  • Xuan Hergon KARANDASH

    Compositor, diseñador, director de escena y performer, actualmente en residencia en El Cairo, buscando el decibel imposible donde un zaghrouta se convierte en tinnitus.

    Colaboraciones +

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