1.
Tras muchas vacilaciones, me inscribí al gimnasio de la Alberca Olímpica de Ciudad Universitaria. Se me indicó en la entrada: el vestidor de hombres está bajando las escaleras. ¿Cuántos papeles representé en los pocos minutos de mi estancia en el vestidor?
Escena 1: Un cuerpo extraño irrumpe en ese espacio saturado de testosterona. Con la mirada baja, se quita la falda y la blusa.
Escena 2: Un cuerpo semidesnudo, entre los otros. Sus pectorales delatan a un “varón”.
Escena 3: Un “hombre”, en el vestidor del gimnasio, se pone una falda deportiva y un top.
Escena 4: Sale una chica del vestidor.
Peco, acaso, de narcisismo: tal vez nadie me miraba. Pero yo no dejo de pensar esa mirada, vástago de mi deseo: me mira entrar al recinto; luego, desnudarme; luego, ataviarme con falda deportiva; luego, en las duchas, despojada, otra vez, de los atributos de la feminidad, para salir, otra vez, con falda y blusa. Sin embargo, en mi última clase de natación, cuando nos iban a evaluar, un entrenador me preguntó: ¿Su nombre, señorita? Visiblemente avergonzado, tras tachar mi nombre en la lista, dijo: Perdón, caballero. —No, no: prefiero señorita. Risas, extrañeza: la vergüenza de personas en el metro, quienes antes de la transición me pedían la hora —¿por mi pelo largo? ¿Por el movimiento de mis caderas? ¿Por mi “aura”, por mi “energía? —, para disculparse luego de recibir la respuesta.
2.
Diagnosticada con un trastorno de ansiedad por mi psicoanalista —tras años de sesiones donde mi terapeuta se negaba a etiquetarme—, la pregunta por el vestidor correcto me acosaba. Aun después de un par de visitas al gimnasio, no pude abrir el locker asignado en el número de mi llave; al volver, entre disculpas, me dieron una del vestidor de hombres. ¿Habrán pensado: es una chica de verdad, o acaso, sometides a los protocolos de género de la UNAM: tiene derecho a usar el vestidor acorde a su identidad? Si este último fue el caso, se hace evidente la falta de consenso: el vestidor que se me asigna cambia según quien esté en la entrada.
3.
Acostumbrada al vestidor de hombres, muchas veces me decían cuando llegaba a pedir mi llave: el vestidor está allá. Esto sucedía incluso si llegaba con shorts y camiseta en vez de falda y top. Yo insistía, credencial en mano —Ángel Antonio Trejo García—, en usar el vestidor de hombres, pues el terror a que la centinela del de mujeres, tras mirar el nombre en mi credencial, me mandara otra vez al de varones, me paralizaba; más aún, el del escándalo de los cuerpos femeninos cuando, en el instante en que me despojara de la falda y la blusa me convirtiera en intruso. El mismo instante que en el vestidor de hombres era, a la vez, de aniquilamiento psíquico y de alivio: estaba seguro, imperceptible en ese ambiente saturado de testosterona, como una mantis religiosa que los depredadores confunden con una flor.
Dirán lo que quieran los protocolos de género de la máxima casa de estudios; en la página de Facebook de Deporte UNAM, cuando un cuerpo transfemenino preguntó qué vestidor le correspondía, recibió la respuesta: en el de hombres, pero como hombre.
4.
Descubrí, tras un par de meses, que la Alberca Olímpica de la UNAM tiene un vestidor neutro, un “espacio de cuidado”, donde todo cuerpo puede entrar sin la exigencia de representar un género específico. Cuando pregunté por este espacio en la página de Facebook de Deporte UNAM, las risas no se hicieron esperar: Si tú te sientes incómoda, imagínate a las mujeres obligadas a ver genitales de hombre; si te da ansiedad, tómate un té de tila; si tienes pene, vestidor de hombres, no hay más. Extraño instante de validación: si tú te sientes incómoda… la mujer del comentario reconocía mi incomodidad, pero juzgándola de segunda categoría frente a la de las mujeres “de verdad”. Reconocimiento a medias que me marca como cuerpo sin importancia que se ha de aguantar la incomodidad. Mi tío en un balneario me increpó, triunfal, cuando salía de bañarme: ¿No qué eras mujer? Las mujeres no enseñan las chichis. ¿A poco tu mamá sale así de bañarse? Más tarde: ¿Por qué fumas? Tu madre y Sandy —su nueva esposa— no fuman. Momento de rebeldía: Pero mi abuela, tu madre, y mi tía Erika —su ex— sí fuman; ¿son menos mujeres?
5.
Descreo de la incomodidad como categoría política. Al extranjero que viene a relajarse a las playas de México le incomodan los mariachis; al casero de mi edificio le incomodan lxs bebés y las mascotas. La sola base de “sentirse incómode” no puede ser suficiente para limitar la libertad de les otres, ¿pero no es tal la base del reclamo contra los piropos en la calle? Pero hay de incomodidad a incomodidad: a las mujeres, sin duda, nos incomoda el acoso, pero más allá de la sensación que genera —semejante, hasta cierto punto, a la incomodidad de una pía creyente ante el espectáculo de dos varones que se toman de la mano: simple y llana subjetividad—, el acoso constituye un acto de violencia, un gesto donde nuestros cuerpos son reducidos a cosas: un culito, un agujero, un objeto desechable donde depositar los mecos.
A las mujeres “de verdad” les incomoda un cuerpo trans en los vagones exclusivos, mas la incomodidad no es el criterio que justifica la existencia de estos, sino el riesgo de ser víctimas de violencia de género: los vagones exclusivos no se hicieron para que las mujeres viajen cómodas —cosa, por demás, imposible en el metro de la Ciudad de México—.
Mi primera experiencia de acoso la viví de parte de un cuerpo trans: en el metro, mucho antes de mi transición, una mujer trans arrimó sus genitales contra mis nalgas y puso su mano en mi pene. Porque también hay cuerpos trans, también mujeres “de verdad” que acosan —la igualdad se extiende hasta allá: somos igualmente capaces de hacer mal—, pero estos casos —aislados frente a la estadística de cuerpos cis masculinos que asesinan mujeres, “de verdad” o trans, después de penetrar sus orificios con botellas de vidrio u otros objetos— son magnificados por el discurso heteronormado. Mi segunda experiencia de acoso la viví con un hombre “de verdad”, quien, al salir de un antro en Madrid para buscar cigarros, acariciando mi falda, me dijo: Tú sí pareces mujer; hay otras que están gordas, que no se ven como tú que estás guapa. Experiencia que jamás viví con pantalón, cuando representaba —imperfectamente— lo que se me asignó al nacer.
6.
Una prima —es cierto, mucho antes de mi transición— se quejó una vez de que a los baños de mujeres entraran lesbianas: No me siento segura. La representación tiraniza los cuerpos: no vemos a un cuerpo tal como es —si tal cosa existe—; lo clasificamos siempre de acuerdo con un catálogo de personajes, como un director de casting cuando, para buscar a la actriz idónea para Julieta, verifica si su tez corresponde a la de una chica italiana —aunque no todas las italianas representen esa imagen—.
7.
Yoshi Oida, en El actor invisible, evoca el juego infantil de taparse los ojos para escuchar de sus padres: ¿Dónde está Yoshi? El deseo de ser viste, sin el cual no es posible —han dicho mis maestros de actuación— devenir actriz, es remplazado aquí por el de ser invisible: la actriz, para Oida, busca esa libertad, devenir imperceptible donde una se confunde con el mundo, no en la forma inauténtica del clóset —cambiarme la falda y la blusa antes de llegar al gimnasio, hacer la voz grave al pedir una llave para el vestidor—, sino en la de aquella que se vuelve una con el clima y el agua, cual mantis religiosa a la que no pedirán credenciales, ni la representación perfecta de lo que le tocó al nacer, o de aquello que eligió más tarde en el mercado de identidades.
Cuando el maestro de natación me dijo “señorita”, por un momento dichoso me sentí invisible. Me avergüenza un poco admitir el placer de que —allende la falda y la blusa— mi cuerpo representara, ante los ojos del otro, el papel de mujer. Me avergüenza la fantasía de pensar que mi “aura” corresponda con el “eterno femenino”, que en el fondo —pese a lo que diga mi tío— mi “verdad interior”, mi “esencia”, acaso hasta mi producción hormonal— correspondan con “la verdad eterna de lo que es una mujer”. ¿No hay mujeres “biológicas” cuya representación del género induce a pensar: es varón?
Me repugna vivir en un mundo donde todes, actrices y actores, aspiramos a representar “verazmente” el papel asignado por un anónimo director de escena que decide qué cuerpos valen, y cuáles no. Existe una forma correcta de ser trans, de ser mujer cis, de ser hombre cis, de ser. Si fallamos, nos arrojan al abismo, más terrible que el de la actriz desempleada que, como es morena, no pude aspirar a los papeles protagónicos de los dramas clásicos —europeos—, pues nuestra representación fallida significa que nuestros cuerpos merecen no sólo el escarnio, sino la muerte.
8.
I’m looking for the face I had
before the world was made…
William Butler Yeats evoca un imposible: somos siempre en el mundo, hecho ya cuando nos arrojan en él, pero ¿no es esa la misión de la poesía: instalar en el mundo otras formas de ser, más allá de las reglas de lo posible? No es el rostro, quizás, que tuve antes de la creación del mundo, sino el que opongo, monstruoso, a sus leyes, lo que propone el poema de Yeats: Busco el rostro que tuve / antes de la creación del mundo. Rostro que nos lleva más allá de la representación, allá donde hay mujeres sin vagina y hombres sin miembro, donde el profesor de natación no se inmuta cuando respondo al apelativo señorita, como no se inmutan los padres cuando sus niñes dicen “soy un vaquero” o “soy una princesa” —a menos, claro, que la niña diga lo primero y el niño lo segundo—, sin necesidad de llevar pistola o corona, porque la autoridad de un cuerpo para elegir un papel —la potencia de una voz que dice “soy” —no tiene nada que ver con representar.
No represento, mujer trans, ningún papel preestablecido: elijo un bando —si puede llamarse elección; algo, más bien, eligió en mí—, me muevo, juego, palpito de acuerdo con las coordenadas de un deseo que me desposee y me rebasa, irreductible a las reglas de la orientación sexual, la identidad y la expresión de género.
Fuera del agua, con traje de baño de “hombre”, sigo siendo —lo que quiera que ser signifique— mujer.
☙

