Crazy Quilt with Animals Florence Elizabeth Marvin Art Institute of Chicago

Sobre la imposibilidad de escribir un discurso de graduación –y despedida– o hacer, decir y representar ante un público institucional el vacío que me eviscera la totalidad de los amores

…I don’t feel bad about letting you go
I just feel sad about letting you know
[…]
I saw two shooting stars last night
I wished on them but they were only satellites
Is it wrong to wish on space hardware
I wish, I wish, I wish you’d care…

Billy Bragg, “A New England”

Varios –demasiados– años atrás me alimenté todas las hambres con narrativas de ciencia ficción (el género literario y no las promesas idealistas por si cabe aclarar que el mérito es pura ilusión –cacofonía liberal, suena el Himno a la alegría, al menos no es el Cielito lindo en una tribuna, “sí se puede”–). Entre todo lo leído, entre los escombros de la era Thatcher-Reagan y la crudeza animista de las distopías, me encontré (o me encontró) un brutal cuento del escritor cubano Yoss: “El performance de la muerte”.

Moy, el protagonista, es un artista descreído del arte en su segunda oportunidad tras la fama y los excesos. Su última obra es vanguardia cultural desplegada en varios planetas, aunque para él sólo representa la posibilidad económica del escape hacia una vida mejor. El performance consiste en una obra fastuosa (muy Wagner) donde, mientras recita una oda a la muerte del artista, un artefacto construido por él mismo le sodomiza y destroza el cuerpo entre pirotecnia, evisceraciones y un par de maquinarias con referentes a Edgar Alan Poe que nadie en la audiencia extraterrestre entiende o siquiera conoce.

Moy –o su cuerpo en toda materia– queda plasmado en un lienzo (muy a lo Jackson Pollock, sanguinolenta obra –inferencia avant garde–) colocado en el suelo antes del espectáculo y que se ofrece en subasta a pujantes multimillonarios. Contrario a las perversiones andywarholeanas, el performance debiera ser una experiencia (sí, la fenomenología bla, bla, bla) única, la obra definitiva, un absoluto –inserte meme del Pato Lucas: “Este es un truco que sólo puede hacerse una vez”–… Salvo que, Moy, nuestro artista, transfiere su consciencia (con la sc freudiana) a un cuerpo clonado y nuevo que espera, impoluto, tras bambalinas –en el backstage ocurre la traición, y el agente artístico de Moy en el cuento se llama Tutambienbruto… Yoss es un genio–.

El Pato Lucas y Andy Warhol caben perfectamente juntos por sus crímenes contra La Estética, y porque representan (y no interpretan) el bajo y la batería en la canción póstuma del Punk allá arriba en el epígrafe.

Aunque el cuento gira en torno a este evento, su narrativa va de muchas más cosas –colonialismo, capitalismo salvaje, cof cof–, innecesarias para lo que quiero representar (ja).

El cuento vino a mi recuerdo mientras mascullaba ideas para el discurso de graduación que tengo… debo, ¿quiero? El discurso de graduación que DESEO escribir para mi grupo de Filosofía y Literatura que concluye sus estudios de bachillerato. Y el cuento vino a mí y yo regresé al texto buscando, la verdad (como confesión de intenciones, no La Verdad), consuelo por empatía hacia el personaje y tal vez una justificación cínica que me diera ventaja emocional por sobre los oyentes del discurso –hacerlos llorar con una sonrisa en el rostro, pues–. Porque, al “final” (qué espeluznante palabra, con todas esas imágenes que trae a mi mente), sólo es una ceremonia, unos cuantos minutos que difícilmente alcanzarán alguna trascendencia, aunque queden registrados sus ecos en videos verticales 4k apple®, samsung®  y huawei®.

Pero no quiero eso.

Lo que deseo es (viene una retahíla de lugares comunes y melodrama) sacarme el corazón con una mano y que lo vean latir, desgarrarme las vestiduras hasta el hueso, perder la visión como Edipo, que el monstruo que soy reciba un nombre de su creador, golpear con furia un ataúd desde dentro, que los molinos me partan el cuello, que caigan por fin los misiles prometidos en los 80, dejar de empujar la piedra y que me aplaste, que colapse la realidad cuántica, reviente el universo y escapar de la mazmorra donde habito con un pozo y un péndulo.

Simplista y llano (que no simple y llanamente), me quiero matar, pero no quiero morir.

Y no puedo escribir nada –o no quieres–.

Debo estar siendo un pesado (confieso mi preferencia por el peso sobre la levedad, –¿Teresa o Sabina? Dialéctica de la representación en la obra de Milan Kundera… Ojalá hubiéramos tenido esa clase, si tan sólo pudiera tener una clase más con ellos, una más–) tanto por alejarme del punto (o no llegar) como por el trastabilleo de mi redacción como si me habitaran (lo hacen) otras voces que quieren reventar la poca coherencia que me queda –o tal vez queremos apoderarnos de la infantil sensación de control que ansías poseer por medio de la palabra, porque, se habla en lenguas: dices que amas dar clases pero sólo te gusta hablar por 50 minutos y tener la razón, no por poseerla (poseer a la razón suena sexual, y las esculturas de Athena siempre te han gustado, anda, toma un premio, perrito del barril), sino porque, al ser poseído por el lenguaje, eres como Moy, el PERSONAJE del cuento; una voz fantasmagórica ocupa la pneuma del cadáver habitado que, en los silencios, tienes que mantener insuflado de realidad, de la presencia…

El párrafo anterior es pura paja (en la mayoría de sus acepciones hispanohablantes).

Escribir sobre escribir es un truco. A algún maestro de escritura se le ocurrió cinco minutos antes de clase y, en un fogonazo de inspiración, cobró su paga impulsando a los pupilos a ser creativos (eufemismo para “no preparé nada, a ver que se me ocurre”) ante otro leit motiv de la infertilidad literaria: la página en blanco.

Este texto tampoco interpela a la hoja vacía, el cursor titilante o la grabadora de silencios. No lo hace ya que interpelar significa exigir a una persona o institución que dé explicaciones o rinda cuentas sobre sus actos y decires. La página en blanco no puede rendir cuentas, dar explicaciones, comunicar ni hacer sentir pues contiene nada, es un vacío.

Y nunca nadie en ninguna época ha reflexionado sobre la nada y el vacío.

El que escribe bebe un sorbo al café, o tal vez un trago de whisky. Enciende otro cigarrillo (en las acotaciones de un guion se escribe cigarrillo, no cigarro –ay, los hispanistas–). Lejana, desde una ventana, se escucha la grabación de la camioneta que compra colchones y todas las ilusiones puestas en objetos muertos. Comienza a llover.

Nota para iluminación y musicalización: Sexy y vulgar romanticismo kitsch en una buhardilla.

A la palabra Kitsch le falta una Z para escribirse igual
que Nietzsche, pero no te diluyas en la alcantarilla dionisiaca
sin un salvoconducto apolíneo en este ensayo.
Sería una tragedia Kitzsch.

Tendría que escribir un poema. La nada y el vacío le pertenecen a los filósofos y a los poetas aunque, con los primeros, al dedicar tanto análisis en páginas y páginas, al escribir sobradamente ensayos, ponencias y libros que rebosan de conceptos, he llegado a convencerme de que, en lugar de teorizar sobre la nada y el vacío, han intentado destruirlos llenando con filas interminables de palabras algo que no puede ser llenado.

Claro que podemos describirlos, en vano me parece, porque entre hablar y hablar y algunas veces gritar en desperatio sobre lo que son, olvidamos el silencio que sutilmente recuerda el no ser ni estar. Los poetas sí saben aproximarse al borde con la tragedia humana del lenguaje. Antes mencionaba(mos) la hipótesis del lenguaje como una posesión (no importa si demoníaca o angelical, al fin ambas son invasivas) del cuerpo animal, biológico, material. Somos estos seres mínimos que nos arrastramos apenas desde océanos primordiales en búsqueda de no sabemos qué por pura obediencia biológica para, de pronto, ser poseídos por entidades que resuenan poderosas como truenos, volcanes o ciclones (¿estamos poseídos por los titanes? Y si es así, ¿nuestra misión es retomar el control arrebatado por los dioses?).

Pero no puedo escribir un poema, al menos no uno como el que pretendo. Parafraseando (muuuy libremente) a Jacques Lacan, el sentido de las palabras viene del vacío; las palabras que nombran la realidad orbitan un agujero negro y mientras más próximas están a la nada, más certeras son. –O sea que la nada es certeza, si consentimos la idea… Ya encarrerados, digamos de una vez que verdad y vacío son lo mismo, por puro equilibrio poético–.

Representar el estado emocional de forma metatextual es un accidente. El camino está lleno de baches –pero qué esperabas al descender al infierno–.

Me rehúso a afirmar que la muerte es el primer motor aristotélico, principalmente porque me causa horror y vértigo que así sea y, en una realidad más egoísta, porque la clase de filosofía de dos semestres se compactaría a una sesión de cinco minutos: Buenos días; anoten por favor. Todos nos vamos a morir, intenten disfrutar el trayecto, si viajan en tranvía eviten atropellar personas o, al menos, mantengan el número de víctimas bajo. Examen final mañana, doy puntos extra si leen a Camus… Si quieren… O no. Ahórrense ese tiempo. Da igual.

Habrán de disculpar ya no el tour de force, salto al vacío, ocurrencia o simple estulticia (dirán algunos, pero al menos conozco la palabra estulticia) de mi deus ex machina. No salté de los modernos a los clásicos para deconstruir, reconstruir o destruir el constructo, no soy taaaan posmo, aunque me gusten las cacofonías. Al menos no salté de una meseta para echar raíces.

La realidad aquí es la desesperanza e imposibilidad para representar (ay, al fin el tema principal) y las ganas de reírme que tengo de mí mismo en esfuerzo fútil. Intento observar desde afuera y dejar pasar los pensamientos que me agobian. Tampoco las filosofías orientales me funcionan. Me estorba la occidentalidad ilustrada (y fría como sonrisa anglicana en invierno). Lo único cierto aquí, donde soy yo y el lenguaje que me posee, es que no encuentro goce en mi existencia al acercarse la fecha en que perderé a mi grupo. Reconozco el egoísmo en mí, me amarga y enfurece. Reconozco todo el dolor en las contracciones de mi tórax y lo tensa que ha estado mi mandíbula. Acepto que nada de lo que pueda expresar, escribir, biendecir o maldecir sea capaz de representar mínimamente lo que siento, y (es que ese es el problema: me es imposible racionalizar estas emociones –Dionisio le está pegando una paliza bárbara a Apolo–) es con la razón que debo escribir un simple, sencillo y diminuto discurso de graduación para 17 personas.

Sí, hay más público; las familias y amigos, las autoridades del colegio, mis compañeros de trabajo… meh.

No puedo escribir un poema. No es un impedimento académico; no es que no entienda la estructura, el ritmo y la musicalidad, es que no soy un poeta. (En este paréntesis quiero expresar que no que creo, sino que estoy convencido de que, si los humanos perdimos la animalidad y la inocencia con el lenguaje porque estamos poseídos por titanes, los poetas están poseídos por Lucifer y, los más grandes, por Metatrón).

Pero mi pesar –y pensar–  es el Leviatán en agonía, desangrado por 17 arpones certeros del capitán Ahab. En esta versión, el Pequod se aleja con sus velas infladas hacia el nuevo mundo mientras el viejo y el mar enfrentan sus propias tempestades.

Las metáforas judeocristianas tampoco me funcionan, mucha culpa –not my cup of tea, murmura Oscar Wilde–. Los idealismos me estrellan contra el melodrama (género literario moderno) que es el contrario perfecto de la comedia (género literario clásico) ya que, mientras en el primero recorremos la aventura desde las emociones hacia una construcción de la razón, en el segundo partimos de la razón hacia la comprensión de las emociones. ¿La respuesta estará en el materialismo de la comedia?

–Coup d’etat al ego–.

Los Clásicos entonces, y antes una confesión: En “El performance de la muerte”, el cuento de Yoss, Moy pareciera ser muy cuidadoso de asegurar cada detalle para que su transferencia de consciencia sea exitosa, lo que significa la supervivencia. Una lectura cuidadosa lleva a la conclusión opuesta; inconscientemente va descuidando y acelerando el proceso, en sus deseos velados pareciera que quiere que la maquinaria falle, que llegue ya el verdadero acto y cese lo performativo, que la obra no se quede en el discurso y sea total, absoluta (sí, Wagner de nuevo) –pero no estamos insinuando terminar con nuestra vida en medio de un discurso, ¿verdad?–

Depende de para quién esté performando. Cada año escolar que termina me encuentro exhausto, consumido. Cada verano me pregunto cuánto tiempo más podré soportar esto. Y algunos me dicen que es porque no tengo hijos y vuelco demasiado en los alumnos, otros me hablan del duelo y que es normal, que ya pasará. Últimamente se me ha dicho que se nota que amo mi trabajo, que soy un profesor natural, que amo dar clases. Y está bien, para algunos soy un ciudadano ejemplar que se dedica a un trabajo noble y mal pagado, otros posiblemente ven un reflejo de sus relaciones interpersonales (o como desearían que estas fueran) en cómo me relaciono con los alumnos y probablemente las autoridades de la escuela me perciban como un buen empleado que se compromete con su trabajo.

Y estas son algunas de las representaciones que perciben de mí. Son su realidad y no la mía. Todas son falsas o, en su defecto, lejanas a la realidad. Y esto lo entendí apenas en este ciclo escolar, lo estoy entendiendo mientras escribo esta misma frase y creo que lo seguiré entendiendo durante un tiempo, en estas vacaciones que son como un funeral donde sigo golpeando el ataúd desde dentro porque no estoy listo para morirme.

La representación más falsa de mí es que me gusta mi trabajo. No, nunca ha sido así; hay actividades que disfruto hacer y he encontrado la suerte de que paguen dinero por algunas de ellas. Pero no pueden desviar mi amor; no amo instituciones ni amo la condición social y cultural de la maquinaria del trabajo. Amo a mis alumnos, y lo que hago y dejo de hacer siempre es por ellos. Para desgracia de lo que quiero decir aquí, la palabra amor es culturalmente una cursilería, un concepto abusado, comercializado, manipulado y muy mal representado; moneda de cambio y extorsión en los peores casos, sensiblero y vulgar en su uso cotidiano. Es un concepto que se ha quedado sin nombre y sólo tiene valor en el acto. El amor está des-representado.

El que escribe piensa en darse un toque y repetir la palabra amor tantas veces como sea necesario para disociar significado de significante y crear un agujero negro semántico que se trague todo el universo alvrg.

En un guion para cine o tv NUNCA se indica lo que está pensando un personaje pues es casi imposible representarlo; a ver dónde contratas a un actor capaz de mostrar con gestos una idea compleja o si lo resuelves con una chafa voz en off.

Si esto es un ensayo, ¿tenía que haber escrito una hipótesis al principio? –y pusiste la conclusión en el título– (ups).

La mejor comedia, leída o visionada, es la que te invita a reír de ti mismo. Reírte de los otros es, cuando menos, problemático. Ahora puedo reír porque he borrado, al menos por un rato, todo significante de la palabra maldita y cursi. Sin embargo, su significado sigue intacto y poderoso. He vuelto del exilio humano en los símbolos para tomar mi forma animal, primitiva. Regreso a la caverna habiendo olvidado el exterior y me convierto en célula primigenia; un flagelo para nadar, un estomodeo para comer y un estigma para detectar la luz. Millones de años pasan y ahora, desde afuera del charco, miro mi reflejo en el agua. Explosión cognitiva, dendritas electrificadas creciendo, y soy yo el del rostro que palpo con mi mano y soy yo, pero no, el que se palpa el rostro en el reflejo.

En la pared de la caverna dibujo una silueta de mí; él es el mito. Crece la conciencia y con ella el dolor; ya no estoy a gusto tan sólo (y tan solo) con la presencia. El volcán, el ciclón, el trueno… los titanes no me fuerzan, piden permiso para entrar y los gruñidos, las convulsiones guturales, se han transformado en dibujos de mi silueta y en mí –nosotros– mítico; estos dibujos viajan por el aire, y ahora le pido a él que cuide el fuego y le muestro a ella cómo ahuyentar a los lobos y escucho a estos que han crecido tanto y volvieron de la cacería y celebramos todos que tenemos comida alrededor de la fogata.

Uno pregunta qué es el fuego y quiero decir lo que creo pero ella se me adelanta y lo describe mejor y aprendo a callar a veces y escuchar más y el fuego es algo vivo es lo que nos mantiene unidos los más jóvenes son ramas verdes y otros más grandes arden y dan calor y los que hemos estado más lunas tenemos cabello blanco como la ceniza en los carbones aún encendidos en la fogata y aprendemos que todos los fuegos algún día se apagarán pero tal vez las estrellas sean fogatas lejanas donde podremos arder de nuevo.

Ahora, la presencia no es insoportable.

Si esto fuera un cuento, uno bonito, estarías a punto de leer que ya sé qué escribiré para el discurso. No lo sé aún, podría comenzar con…

–Ya cállate, Mauricio  –grita Adriana desde el fondo del salón porque no puedo parar de hablar.

Ah, sí. Casi lo olvido entre mis notas; Hipótesis: La representación es una traición necesaria para sustituir la cosa con signos asequibles y manejables.

☙

Florence Elizabeth Marvin, Crazy Quilt with Animals, Colcha de estilo «crazy» (patchwork irregular) con bordados; tejidos y cintas de seda, algodón, lana y fibras metálicas (en ligamentos tafetán, sarga, satén, terciopelo y tejidos estampados); hilos de bordar de seda, algodón y metal; aplicaciones bordadas en relieve, cuentas de vidrio y lentejuelas metálicas, 1886. (Vía Art Institute of Chicago)

  • Mauricio Absalón KARANDASH

    He publicado varios cuentos en las revistas digitales Forjadores, Axxon y Sci-Fi Terror (donde fui coeditor), la mayoría ya liberados de derechos por lo que también los presenté en mi viejo sitio. Tuve la oportunidad de escribir guiones para cortometrajes para exámenes finales de alumnos del CEA. He publicado cuentos impresos en las antologías: Fantasiofrenia II, Después del azar y Antología de SOGEM. Me desempeñé como docente de narrativa en la escuela de escritores de SOGEM del año 2014 hasta el 2017. Actualmente doy una clase que he diseñado a partir de conjugar Literatura, Filosofía e Historia del arte. Es un proyecto que ha dado buenos resultados y que tuve la fortuna de que me aceptaran experimentarlo en la escuela donde trabajo. Además, en cuanto a creación artística, he sido videógrafo documental y participé como escenógrafo digital con las compañías Teatro desde la grieta y Lumbrada teatro. Ah, y diseño juegos de mesa y rol, narrativos principalmente.

    Colaboraciones +

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