Sofía Maravilla, Te Po (The Long Night), Paul Gauguin, Revista Karandash

El Spleen y el Ideal son las principales categorías estéticas del poeta Charles Baudelaire. El Spleen deriva de la gravidez de la materia, y el Ideal es la aspiración trascendente a la cual se inclina el alma, prisionera de la carne. El Spleen se revela como una conciencia de muerte que paraliza, que somete a quien la padece; sin embargo, su aparición supone la existencia del Ideal, sin el cual el Spleen sería insostenible para nuestra condición finita. De esta hibridación surge la intuición de la Belleza, que para Baudelaire es similar a la concepción de lo sublime burkiano: es aquello que avasalla, que es inconmensurable y de lo cual sólo se puede tener una intuición, pues su verdadera contemplación, de índole divina, es fulminante. Por ello, cualquier sustrato material que nos permita “pensar” lo bello no será sino sólo una parte de lo avasallante, algo que ya ha pasado por la necesaria mutilación que la torna asequible al hombre. Allí se revela, por una parte, el Ideal al que se tiende, al de la Belleza en su plenitud; pero al mismo tiempo se revela el hastío en que la gravidez de lo corpóreo la somete.

Dice Baudelaire en El pintor de la vida moderna (su tratado estético por excelencia) que

lo bello está hecho de un elemento eterno, invariable, cuya cantidad es excesivamente difícil de determinar, y de un elemento relativo, circunstancial, que será, si se quiere, por alternativa o simultáneamente, la época, la moda, la moral, la pasión. Sin ese segundo elemento, que es como la envoltura divertida, centelleante, aperitiva del dulce divino, el primer elemento sería indigerible e inapreciable, no adaptado y no apropiado a la naturaleza humana. Desafío a que se descubra una muestra cualquiera de belleza que no contenga esos dos elementos.

Corresponde al tiempo de Baudelaire el auge de lo que podríamos llamar, casi con ironía, el  “espíritu mercantil de la sociedad moderna”. Por ello, es imperativo examinar la dimensión estética de las mercancías, esos habitáculos del valor-fetiche extrapolado directamente desde el objeto religioso. Las mercancías fungirán como un cuerpo donde se inscriba la expansión espiritual, pues como bien señala Agamben en Estancias (en un texto que dedica a Baudelaire):

La mercancía había dejado de ser un objeto inocente, cuyo goce y cuyo sentido se agotaban en su uso práctico, para cargarse de aquella inquietante ambigüedad a la que debía aludir Marx hablando de su «carácter de fetiche», de sus «sutilezas metafísicas» y de sus «argucias teológicas».

La vestimenta encontrará uno de los lugares más preciados dentro de esta constelación de mercancías divinizadas, pues quien la consume no sólo tiene una experiencia de lo bello como una resonancia, sino que él mismo participa de ese Ideal. Así, la vestimenta se transfigura en la expresión de la espiritualidad propiamente moderna; es, de hecho, la hipóstasis de la Belleza que caracteriza a esta época. A través de la vestimenta la humanidad exacerba el artificio como virtud ocultando su propia naturaleza, permitiendo concebirse a sí misma como una pieza artística codiciada por el público que le contempla.

Un dandi llamado Charles Baudelaire
(Imagen libre de derechos).

Dice Baudelaire que “la idea que el hombre se hace de lo bello se imprime en toda su compostura; arruga o estira su traje, redondea o ajusta su movimiento, e incluso penetra sutilmente los rasgos de su rostro. El hombre acaba por parecerse a lo que querría ser”. Ante este panorama, surge un personaje que retrata la forma misma en que Baudelaire se relacionaba con ese ideal de belleza: nos referimos al dandi, “aquel que no tiene más profesión que la elegancia”, y que se ha revestido de ilusiones para ocultar la densa realidad que palpita debajo de sus artificios y, así, contrarrestar no solo los males que le vienen desde el exterior, sino también los que brotan desde las cavernas que lo conforman. El dandi es consciente de su perpetua exclusión, de la invisibilización de su genio, sabe que los grandes hombres sólo ven la luz a pesar de las naciones, compuestas por las masas y los respectivos imbéciles que las gobiernan.    

Según Enzo Traverso (Melancolía de izquierda), el dandi

es el tipo de hombre elegante que se aparta del mundo burgués triunfante a través de la exhibición ostentosa de un lujo y un estilo correspondientes a una era pasada, la de la nobleza, de cuyos privilegios y recursos ya no dispone, y menos aún de su conciencia política. Pero comparte definitivamente su estilo y su gusto.

Sin embargo, el dandi de Baudelaire entraña una ética cercana a la del artista, quien desde el romanticismo no solamente creará un mundo, sino que también definirá una actitud. Como señala Camus en El hombre rebelde: este artista dandi “se convierte entonces en modelo, pues se propone a sí mismo como ejemplo, ya que el arte es su moral”. 

El dandi es la superación del simple paseante: mientras que éste último se deja engullir por las ilusiones con las cuales es bombardeado, el dandi resiste frente a este despilfarro; su cuerpo es un escudo, no permite que las mercancías le definan como al miserable que anhela poseer para sentirse elevado, para participar casi misericordiosamente de las ilusiones modernas. Conserva su esencia magnánima y, no obstante, se sirve de las propias mercancías para manifestar la superioridad de la cual es portador. Él mismo es una ilusión: “El dandi debe aspirar a ser sublime ininterrumpidamente, debe vivir y morir delante de un espejo”, escribe Baudelaire en su diario.

Siempre el espejo será un símbolo de la introspección, más allá de los adornos sobrios que configuran la presencia del dandi: éste tiene como fin espiritual alimentar la superioridad de su alma, ahondar en ella como en su contemplación en el reflejo; el dandi, hastiado del exterior, encuentra un punto de fuga en el abismo que conforma la psique humana.

Dice Baudelaire:

El dandismo no es siquiera, como muchas personas poco reflexivas parecen creer, un gusto desmesurado por el vestido y por la elegancia material. Esas cosas no son para el perfecto dandi más que un símbolo de la superioridad aristocrática de su espíritu. A sus ojos, prendados ante todo de la distinción, la perfección del vestido consiste en la simplicidad absoluta, que es en efecto la mejor manera de distinguirse. ¿Qué es pues esta pasión que, convertida en doctrina, ha formado una casta tan altiva? Es, ante todo, la necesidad ardiente de hacerse una originalidad, contenida en los límites exteriores de las conveniencias. Es una especie de culto de sí mismo; es el placer de sorprender y la satisfacción orgullosa de no sorprenderse nunca. Un dandi puede ser un hombre hastiado, puede ser un hombre doliente; pero, en este último caso, sonreirá como el lacedemonio bajo la mordedura del zorro.

Para Sartre —quien parece no escatimar esfuerzos por destrozar la suntuosidad del poeta—, Baudelaire “es dandi por miedo a sí mismo, se quiere inútil, y sin duda, no sirve; pero tampoco perjudica; y la clase en el poder preferirá siempre un dandi a un revolucionario”. Parece ser que Sartre pierde de vista que, para el poeta, asumir el dandismo es por sí mismo un acto de posicionamiento político, pues es un paria adoptando ademanes aristocráticos, que se subleva contra una democratización de la miseria y contra el régimen del deseo que supone un consumo desmedido como único bálsamo frente al Spleen. Baudelaire aspira, a través del dandismo, a la indiferencia del estímulo propuesto por el régimen estético del burgués.    

Diremos con Camus que “El dandy es por función un opositor”. Se yergue como representante de la espiritualidad intelectual, y su glorificación de lo artificial se liga indiscerniblemente al significante satánico, que no sólo le otorga la facultad soberana de erigirse contra su propia naturaleza, sino que también le exacerba el gusto por lo perverso en su carácter dual cárnico/espiritual. Pues al mismo tiempo que le concede la grandeza de espíritu a través de la intoxicación y los goces umbrosos de la carne en los prostíbulos donde la monstruosidad y la enfermedad rebosa, también funge como confesor de conspiradores, guardián del saber profundo, instructor de las destrezas prometeicas y protector de los inexorables y los empedernidos (según nos indica Benjamin en sus Iluminaciones). Por tanto, su máxima singularidad no estriba en la elegancia del buen vestir: esto es sólo el símbolo de lo que Baudelaire denomina “aristocracia espiritual”, esa contraparte maldita de la masa. Y aquí conviene citar largamente a Baudelaire:

Se hagan llamar refinados, increíbles, bellos, leones o dandis, todos proceden de un mismo origen; todos participan del mismo carácter de oposición y de rebeldía; todos son representantes de lo que hay de mejor en el orgullo humano, de esa necesidad, demasiado rara entre los de hoy, de combatir y destruir la trivialidad. De ahí nace, en los dandis, esa actitud altanera de casta provocadora, incluso en su frialdad. El dandismo aparece sobre todo en las épocas transitorias en las que la democracia no es todavía todopoderosa, en las que la aristocracia sólo está parcialmente vacilante y envilecida. En la confusión de esas épocas algunos hombres desclasados, hastiados, desocupados, pero todos ricos en fuerza natural, pueden concebir el proyecto de fundar una especie nueva de aristocracia, tanto más difícil de romper cuanto que estará basada en las facultades más preciosas, las más indestructibles, y en los dones celestes que el trabajo y el dinero no pueden conferir. (…) Pero, ¡ay! la marea creciente de la democracia, que invade todo y que nivela todo, ahoga día a día a esos últimos representantes del orgullo humano y derrama odas de olvido sobre las huellas de esos prodigiosos mirmidones.

La dedicación a la autoimagen es uno de los temas centrales en El pintor de la vida moderna, donde Baudelaire hace un recorrido exhaustivo por la elegancia en los ropajes femeninos o los uniformes del ejército que destilan esa apariencia ordenada, esa estabilidad prometida por la modernidad. Estos encomios a la belleza pasajera son mucho más siniestros de lo que se puede pensar en primera instancia, pues son, dice Berman, los deslumbrantes exteriores que encubren una oscura vida interior, absolutamente angustiada, hastiada, pero que decide creer en los espectáculos modernos, padecer “fe” ciega en el porvenir manifiesto, dado que el presente se encuentra infestado de mercancías, de fetiches, de todo lo que encubre el hastío del París postrevolucionario.

Baudelaire nos comunica en El salón de 1846 que la moda estaba definida por el traje negro, esa “piel del héroe moderno”, como lo llama el poeta que testimonia la igualdad, pero que definitivamente disfraza una realidad más amarga:   

¿No es el traje necesario de nuestra época, sufriente y llevando incluso sobre los hombros negros y magros el símbolo de un duelo perpetuo? Observen que el traje negro y el redingote no sólo tienen su belleza política, que es la expresión de la igualdad universal, sino también su belleza poética, que es la expresión del alma pública; un inmenso desfile de enterradores, enterradores políticos, enterradores enamorados, enterradores burgueses. Todos nosotros celebramos algún entierro” (Del heroísmo de la vida moderna). 

Aunado a esta moda sepulcral, viene también el secreto pavor a la muerte. Éste puede verse en las figuras que habitan la antípoda del dandi: los vagabundos y los ancianos. Era aun peor si ambas coincidían en un mismo cuerpo, como puede observarse en el poema “Los siete viejos”, donde Baudelaire habla del encuentro con una horda de vagabundos, donde su sola imagen, que es la imagen del desperdicio humano, es una afrenta para el dandi, a pesar de su compartido hastío. Pero si tanto le incomoda su presencia, es porque ese vagabundo anciano representa aquello hacia lo que arrastra la vida, con olor putrescente del tedio: la miseria de espectro transgrede la vanagloria del dandi, ofende su aparente riqueza y despreocupación puesto que el mundo se le revela en su más hórrido aspecto: como la indigencia ontológica que desvela también la precariedad que posee la mismísima razón y su mundo ilusorio.

¡Frente a ella triunfa la locura, que se multiplica, se eterniza, e irónicamente marcha entre las calles de la razón instrumental, desbordándose en los excesos que se materializan como terrores sociales, como vicios llamados asesinato, prostitución, miseria infecciosa a la vista aburguesada! Ese hombre que se le aparece es el producto de una sociedad que ha perdido su preciado espíritu es lo único que permea, lo que se expande como la sífilis a pesar del mercurio. Y el dandi se encuentra atormentado por esa amenaza; por ello tal vez es que se justifique su frialdad ante las fatalidades del mundo.  

El ideal del dandismo es casi tan alto como el de la poesía misma. Encarna el artificio, la posibilidad de creación y re-significación de un orden imperante del mundo, sublevando los propios significados otorgados por quienes lo gobiernan. La imagen del dandi interroga la idea de la democracia cuando ésta supone la miseria universal, el deterioro de la singularidad y el auge de una política de masas que ahoga el pensamiento solitario y prodigioso. Como señala el propio poeta, “el dandismo es el último destello del heroísmo en la decadencia (…) es un sol poniente; como el astro que declina, el dandismo es soberbio, sin calor y lleno de melancolía”.

☙


La primera versión de este texto fue presentado en el Coloquio Moda y Filosofía, celebrado entre el 18 y el 19 de septiembre en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


Citados directa e indirectamente, en orden de aparición: Baudelaire, Giorgio Agamben, Enzo Traverso, Albert Camus, Walter Benjamin y Marshall Berman. 


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