A Midsummer Night's Dream Samuel Cousins after Sir Edwin Landseer Revista Karandash

Envuelta de un muerto color rojo, giró la cabeza hacia la abertura del árbol y sus ojos se clavaron sobre la lluvia. La fiebre había terminado y el goteo del cielo purificaba el espanto y el terror. El viento arrastró el sonido del duelo y de la muerte y trajo consigo el habitual murmullo de las hojas, que se tunden unas con otras, se amasan y después de un serpenteo algunas caen al suelo. La luz del cielo sigue ofuscada, grisácea. 

Su cuerpo vuelve hacia su cabeza de manera lenta y segura, se sienta sobre sus patas traseras y después de mantener por un breve momento la cabeza erguida, las patas delanteras vuelcan sobre la tierra. Aunque su cuerpo se encuentra en reposo, sus ojos no quieren descansar porque las pisadas y ladridos de perros en su memoria la vuelven a seguir de cerca. Corre de un lado a otro, atraviesa arbustos pequeños, esquiva árboles, ramas y montículos de tierra, tropieza y vuelve a levantarse de inmediato, el tiempo le quema las patas y cada obstáculo se vuelve una llaga en el corazón. Repentinamente acaba su carrera y se detiene. Postrada sobre una piedra, su pecho se revienta en un ciento de pedazos al observar que los sabuesos entraron a la madriguera y han desecho su mundo entero, lo traen de un lado a otro, lanzan, revuelcan por la tierra, afiladas navajas destazan la carne y descuartizan los cuerpos. 

El instinto le hace querer bajar por la colina, pero los perros la escuchan y de inmediato sus miradas se lanzan sobre ella. El espanto le hace retroceder y huye. Sube apresurada, tanto como sus capacidades físicas le permiten, pero los perros siguen el sutil registro que se desprende de su ser. Su cuerpo huyó, mas su pensamiento no puede alcanzarla, este se ha quedado estancado en la imagen de ella junto a sus dos crías descansando frente al agujero de su madriguera. 

La más pequeña de ellas, expresa una duda a su protectora:

–Madre mía, siento un gran alivio cuando estás a nuestro lado, pero cuando sales por alimento me siento con mucho miedo, y al mismo tiempo deseo que nunca te hubieses ido, quisiera saber: ¿es así como debe de sentirse el amor? 

La zorra astuta, que siempre les había hablado con buenas y razonables palabras, le contestó mirándole con gentil gesto:

–Cariño, escucha bien lo que tengo que decirte sobre el amor: tanto el amor como el deseo son afectos contrarios a la voluntad, porque de todas las cosas que consideramos buenas, solamente amamos las que tenemos y poseemos, mientras que deseamos las que nos falta. Cuando salgo a cazar, también deseo estar lo más rápido posible junto a ustedes, sin embargo, cuando la distancia no se vuelve un impedimento cesa este afecto y el amor arde como el sol.   

Su cría, inclinó levemente la cabeza y le respondió:

–He entendido que el amor es un afecto y mientras uno no está junto a la cosa amada, el deseo se introduce en nosotros. Lo que no logro entender es, ¿por qué amamos sólo las cosas que consideramos buenas? Y también, ¿puede surgir primero el deseo y después el amor?

Su progenitora, sonríe de oreja a oreja y le contesta: 

–Me siento muy feliz por la agilidad y agudeza de tu mente, dignas totalmente de nuestra especie. En efecto, ninguna cosa cae bajo nuestro entendimiento si antes no tiene ser efectivo. Tú me conoces y sabes que soy buena para ti, y por tanto me amas como yo a ti; sin embargo, imagina que yo no hubiera estado desde el momento de tu nacimiento, no podrías amarme como lo haces ahora. Probablemente, explorando el mundo y observando a otras especies te darías cuenta de que te hace falta algo, luego entonces podría surgir primero el afecto del deseo. En general, no podríamos amar si antes no se le considerara buena, porque de no ser así no se la amaría ni tampoco desearía. Antes de que se le juzgue buena es preciso que se la considere verdadera; y como existe realmente, antes del conocimiento, es necesario que tenga existencia real porque ante todo, la cosa existe, luego se graba en el entendimiento, más tarde se la juzga buena y, finalmente, se le ama y desea.

La otra cría que hasta el momento no había dicho ninguna palabra, pero que escuchaba atentamente, también preguntó: 

–Madre astuta, yo también te amo a ti con la misma potencia con la que el viento arrastra los árboles en una tormenta. Al igual que mi hermana, quisiera aclarar mi duda respecto al amor: si todas las cosas que amamos y deseamos deben cumplir con tres condiciones, esto es: que exista, que sea verdadera y que sea buena; y si, hasta este momento todo lo que conocemos mi hermana y yo, cumple con estas condiciones, luego ¿debemos amar cualquier cosa a nuestro alrededor? 

–Amor mío, es importante que pongas atención a mis palabras: hasta este momento les he mostrado una pequeña parte de los alrededores de este bosque, pero cuando tengan la edad y capacidad física suficiente, tendrán que salir más allá de lo que reconocen como hogar para conseguir su propio alimento. Cuando suceda esto, se darán cuenta de que la naturaleza puede ser un lugar despiadado. Estarán las especies que temen tu naturaleza y los que quieren reclamarla… 

Por horas explicó esto y otras cosas más sobre la naturaleza, la muerte y el sentido de la vida, hasta que el sol decidió recostarse sobre la tierra. En un tiempo inesperado el recuerdo se desvaneció, cuando sus pisadas cortaron la tierra y sus patas flotaron por el aire. Su cuerpo suspendido en el aire voló al igual que un pájaro por las mañanas.


  • Marlon Amonte Revista KARANDASH

    La voz siempre me ha salido mejor en la escritura porque en persona no sé qué decir. Vivo intermitente entre la actividad filosófica y el estar presente en el mundo. Aunque no me sienta parte de una religión me gusta observar y entender el fenómeno y a las personas que la practican. En el fondo de mi alma, quisiera entender y ser entendido.

    Colaboraciones +

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