Afirmar que la bibliomanía —o la acumulación obsesiva de libros— es tan vieja como el propio libro acaso no sea decir mucho. Después de todo, la avidez es el defecto más enconado de la humanidad; es, de entrada, la esencia del pecado original. Recordarás, querido lector, que Eva —y el otro— provocaron nuestra expulsión del paraíso por una rudimentaria avidez bibliómana. Pecaron porque querían hacerse de un conocimiento que los rebasaba. Querían abrir los ojos y tener en sus manos el saber del que lo conoce todo. Pero lo único que consiguieron fue descubrir su abyecta desnudez…
Como Eva y el otro, la humanidad es bibliómana en menor o mayor medida: lo mejor de nuestra historia es el recuento de nuestros esfuerzos heroicos —esto es, obstinados y vanos— por acumular el archivo de todo lo cognoscible para, al final y con suerte, llegar a conocerlo. Empezó con un acopio maldito de lo que más nos separa de Dios, y aquí seguimos, tan lejos y tan cerca de…
Quizá no sea mucho decir que el libro fue inventado porque, trágicamente, tenemos un alma bibliómana, o que el mercado editorial y la bibliofilia —entendida no como una desordenada avidez cuantitativa, sino como una afectada predilección cualitativa— son congénitos: ambos aparecieron, cosa curiosa, en el siglo I de nuestra era, en Roma. Lo que sí será digno de mención, en cambio, es que una tercera hermana díscola nació al mismo tiempo que este par: la antibibliofilia. Sobre ella quiero hablar en esta nota.
Ese lujo erudito
Séneca y Luciano de Samósata son los padres de la antibibliofilia. El primero porque advierte, más o menos a la mitad de Sobre la tranquilidad del alma, que si bien todo derroche es insano, lo es de un modo peculiar en el caso de las bibliotecas —esas fastuosas escombreras del vicio del saber, esos cementerios de moscas azules y vanidades grises—. Para empezar, dice Séneca, una biblioteca es un decorado de mal gusto, visto que el mal gusto es la inclinación por lo excesivo. Por eso a todas las bibliotecas —la tuya, querida lectora, y la mía, y la Central, y la del Trinity College— podrían reprochárseles lo que Séneca recriminó a la de Alejandría, cuyos cuarenta mil volúmenes no fueron amasados, asegura, “para la erudición, sino para el espectáculo”.
Que otro alabe ese hermosísimo monumento de la opulencia regia, tal como Tito Livio, quien dice que fue una extraordinaria obra del buen gusto y el celo de los reyes; no fue aquello buen gusto o celo, sino lujo erudito.
—Séneca, Sobre la tranquilidad del alma
La mejor prueba de que aquella biblioteca nació menos por un afán cultural que por un alarde regio está en la célebre —aunque probablemente espuria— Carta de Aristeas, que recoge la declaración de intenciones bibliófilas de Ptolomeo II Filadelfo, heredero del diádoco Ptolomeo Soter y fundador del dichoso recinto. Según la carta, este faraón había encargado a su bibliotecario, Demetrio de Falero, una gran suma de dinero para “reunir, en la medida de lo posible, todos los libros del orbe (οἰκουμένην)”. Es fácil conjeturar qué ansiaba en realidad. Había llegado a la conclusión de que reunir todos los libros del orbe, sin criterio y a costa de lo que fuera —pillaje, saqueo, fraude y de vez en cuando también la compra legítima—, era otra manera de cumplir el sueño de Alejandro Magno: adueñarse del mundo.
Aquel monumento bibliófilo era hermosísimo, quizá hasta el vértigo, pero su desproporción estética, que encubría una grotesca vanagloria militar, no era su mayor problema, de acuerdo con Séneca. En su majestuosidad tiránica, imperial, usurpadora, los demasiados libros de la Biblioteca de Alejandría terminaron instruyendo menos de lo que hastiaban. Su problema de problemas le venía de la endiosada rapacidad ptolomaica: en aquel lugar, la ostentación se confundía con el provecho.
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Unas décadas después, Luciano de Samósata terminó de darle forma a la antibibliofilia cuando ridiculizó a un personaje que en su época era conocido por acaparar libros con una obsesión no menos patológica que incauta. “¿No radicará el asunto —lo enfrenta Luciano— en que quieres mostrar tu dinero y hacer ostentación de él ante todo el mundo, ya que gastas entre tu mucha hacienda en algo que no te sirve para nada?”. Como se ve, no lo enjuiciaba por poseer demasiados libros, sino por no mostrar la mínima intención de estudiarlos y por carecer —paradójicamente—de la cultura necesaria para sacarles provecho.
Su lección no es muy lejana a la de Séneca: la acumulación excesiva de libros no sería tan mala si no propiciara el anquilosamiento de la lectura —y aquí no hay ninguna paradoja—.
Esa mercancía llamada libro
En el siglo I, la naciente industria editorial romana ya era casi la misma que la de hoy, salvo, naturalmente, porque le faltaban la imprenta y el enorme aparato mercadológico de los sellos editoriales modernos. Pero, en cambio, ya pagaba sólo mendrugos a los autores por sus obras. Y ya contaba con jefes editoriales —o, mejor dicho, amos— que, preocupados por el rédito, encargaban a sus esclavos copistas la manufactura bestial de la mercancía. Los amos ejercían también como libreros, y también eran los dueños del canon. Testimonio de lo último son las siguientes líneas de mi adorado Marcial, donde bromea a expensas de Lucano y quizá de sí mismo y hasta de nosotros: “Hay quienes dicen que yo no soy poeta: pero el librero que me vende sí lo cree”.
Además, en esa época, los copistas, como hoy los editores de mesa y los diseñadores, ya eran asechados por Titivillus, el demonio de las erratas que los copistas medievales descubrieron y en vano trataron de conjurar. Por él, los lectores romanos del primer siglo comenzaron a preferir obras de manufactura cada vez más esmerada —mejor papel y una reproducción más escrupulosa: ediciones de lujo—, así como los ejemplares más cercanos al original del autor —o, directamente, manuscritos de su puño y letra: primeras ediciones—. En su afán de disminuir la incidencia de erratas en los libros que compraban, se volvieron bibliófilos; su bibliofilia fue la respuesta a la estrategia que adoptó el libro para volverse repetible siglos antes de su completa industrialización por obra de la imprenta.
Pero no estoy contando todo esto para hacerles pasar un rato ameno, queridas lectoras. Me interesa más bien destacar que, desde el principio, ha habido una vinculación muy estrecha entre la bibliofilia y la industria editorial —sí, esa que luego se transformó en el capitalismo del libro, por aquello de la esclavitud, el absoluto desprecio por los derechos de autor y el monopolio del canon—. Ni las bibliotecas ni las casas romanas de copias de manuscritos del primer siglo —como hoy tampoco los sellos editoriales— producían obras por el buen gusto ni el celo de los reyes; lo suyo era el lujo erudito.
Quiero decir que las obras se escriben para leerse, pero los libros se fabrican para ser comprados. Así fue desde el principio y así lo es hoy. El mercado de esa mercancía llamada libro se ha empeñado siempre en convertirnos en bibliófilos; quiere que desembolsemos fortunas por libros que jamás leeremos, por miedo a arruinar su precioso empaste, y que no dejemos de comprar y de comprar hasta vaciar la cartera y ver cómo se curvan nuestros estantes bajo el angustioso hacinamiento de este lujo erudito.
Nuestra pobre y acalorada bibliofilia
En la misma diatriba contra el bibliófilo ignorante —valga la redundancia—, Luciano vaticinó:
Si el haber adquirido libros fuera señal evidente de que es un hombre culto su propietario, la posesión de ellos sería costosísima y exclusiva de vosotros, los ricos, dado que sería posible comprarlos en el mercado despreciándonos a nosotros, los pobres.
—Luciano de Samósata, “Contra un ignorante que compraba muchos libros”
Hoy que hemos vuelto a creer que comprar libros es una actividad tan elevada como leerlos, su posesión poco a poco regresa a ser exclusiva de ellos.
No sé yo si los 76 millones de libros que fueron vendidos en España en 2025 han sido leídos ya de cabo a rabo, pero en cambio sé que, de los que sí, la mitad fue publicada por uno de los grandes grupos editoriales que ya conocemos: sé, por tanto, que existe un monstruoso oligopolio que amenaza la diversidad editorial.
También sé que la mayoría de las leyes sobre la regulación del precio del libro —como la mexicana, y acaso también la francesa— no protegen al lector, aunque así lo afirmen, sino a los vendedores, pues al establecer un precio único de venta sólo aseguran una competencia comercial menos encarnizada entre distribuidores; pero, al no establecer un tope de precio ni subsidios, no garantizan un acceso más justo a la lectura.
Y tengo bien claro que esa cosa llamada literary chic —la tendencia de la moda aparecida entre este año y el anterior, y que consiste en mezclar una estética preppy con los peores estereotipos atribuidos a la clase intelectual: los lentes de pasta, los sacos de tweed, la torpeza social arrogante…— es la expresión del gran problema alrededor del cual flota la pregunta sobre el porvenir del libro: su paulatino aburguesamiento.
He aquí una síntesis del problema. Entre el libro y el lector, sólo uno puede ser el intonso. Y un libro intonso, como recordarán, queridos lectores, es la antítesis de este libro dispendioso, de tapa dura, con relieve y cantos arabescos, que complementa mi invernal atavío dark academy, en esta sofocante mañana bajo el sol de Anáhuac.
Ver arder otra vez la Biblioteca de Alejandría
No sé si a ustedes les preocupa el porvenir del libro, temido lector, terrible lectora. A mí no. Estoy seguro de que tiene un vasto porvenir; sé que no desaparecerá porque se está transformando con éxito para adaptarse a las recientes exigencias del mercado. Pocas mercancías son tan proteicas como él. Y tan originarias y originales: así lo sugiere Marshall McLuhan en La galaxia Gutenberg (“La invención de la tipografía confirmó y extendió…”), al advertir que el libro fue el primer producto industrial producido en masa.
Lo que puede irse en unos años, en todo caso, es la lectura (de libros). Y también el escritor (quiero decir, humano). Y el códice (el libro físico, vaya, con el formato empastado que le conocemos; los dueños de las IA están empeñados en destruirlo: compran bibliotecas enteras para alimentar sus modelos de lenguaje y luego trituran los libros, como si quisieran ver arder de nuevo la ramplona, pero grandiosa Biblioteca de Alejandría).
Y también podrían esfumarse las bibliotecas (o, acaso, dejarán de ser los viejos centros de estudio y de resguardo de colecciones para convertirse en ágoras estruendosas y en foros musicales adornados con libros; ¿tú sabes, queridx lector.x, de una biblioteca mexicana donde todavía manden callar a quien hable en voz alta? Yo no). Y seguramente también desaparecerá la literatura (aquí tengo en mente estas bellas y punzantes preguntas de Maurice Blanchot: “¿Toca el arte a su fin? ¿Desfallece la poesía por haberse mirado a sí misma de frente, así como muere el que vio a Dios?”). Y hasta dejará de existir la escritura. Pero no el libro.
Los burgueses para los que se publican las ediciones de lujo que hoy abarrotan las librerías, y que poco a poco están matando nuestra querida y económica tapa blanda, se van a encargar de darle una extraña sobrevida. Para ellos seguirán produciéndose los libros: los coleccionarán, los usarán como mesitas de centro, como decorado de sus grandes salas o como props para sus reels, y, sobre todo, los transformarán en pienso —la broma es deliberada, a la vez que melancólica— para alimentar sus IA. Y es este escenario, precisamente, lo que está dejando sin porvenir a todo lo otro: las cosas para las que Luciano y Séneca usaban los libros, y que seguramente tú, que lees esto, también sabes apreciar. Las cosas por las que el libro fue necesario durante tantos, tantos siglos: el archivo y la creación de sentido.
Un mortal entre inmortales
Leo un panfleto de 2025 y me llevo las manos al rostro: “Sorpresa. En España, más allá de lo que digan ciertos influencers, la gente está leyendo más que nunca… la industria editorial está a punto de alcanzar un récord de facturación: más de 3.100 millones de euros.” Me llevo las manos al rostro de vergüenza, porque conozco la tormenta de estudios que han detectado una mengua reciente y severa en la capacidad humana de atención, lo que ha provocado, a su vez, una crisis de comprensión lectora casi mundial. Y también porque sé que el descenso paulatino en el número de estudiantes interesados en cursar una carrera de Letras es otro fenómeno bien repartido por todo el orbe. Y porque leí hace algunos meses que ni siquiera el 5% de todos los libros que se publican cada año vende más de 100 ejemplares.
Me imagino lo que Luciano habría escrito si hubiera vivido lo suficiente para conocer los desatinos de aquel periodista que, basado en un estudio de tendencias de consumo de un país, cree poder estimar su vigor lector. Le diría que su deducción no es menos obtusa que la del hombre que no sabe que el ave encerrada en la jaula no canta de amor, sino de rabia. Y al final lanzaría una sentencia similar a la que usó para fustigar al ignorante que compraba muchos libros, pero que no los usaba para afinar el seso: “Si los libros llevan a la producción de semejantes sujetos, hay que alejarse lo más posible de ellos”.
Pero en fin, aquí te pregunto: ¿vale la pena imaginar formas para construirle un nuevo porvenir a lo que ya no lo tiene? ¿O es mejor emplear esa energía intelectual y anímica en inventarle buenos reemplazos? Quizá ni lo uno ni lo otro.
Quizá lo mejor sea lo más sencillo: comprar libros —si baratos, mejor—, comprar todos los libros, y leerlos todos. Leerlo todo. Leerlo todo pronto. Leerlo todo pronto con alguien. Leerlo todo pronto al mismo tiempo y con mucha gente. Descargar libros. Pedir libros en préstamo. Prestar libros. Leernos. Y garabatearlo todo. Y citarlo. Y comentarlo. Y llorarlo. Y reunir aún más libros para recomenzar el rito y, con suerte, arrebatárselos a esa bestia llamada Anthropic (y compañía). Leer, como pedían Séneca y Luciano, aunque eso ya sea cosa de otro siglo. Leer, y darle la bienvenida a lo que viene. Sí, pero ¿a qué hora…?
Esa es la cuestión sobre el porvenir del libro: empezar a cuestionar las cuestiones que le apuntan al pecho. El libro es lo de menos, quiero decir.
☙

Citados indirectamente, en orden de aparición: Flavio Josefo, Irene Vallejo, Jacques Derrida, Benedict Anderson, Carlos Oliva Mendoza, Roland Barthes, Fernando Vallejo.
