Danger 1883/1887 Winslow Homer

He sentido a menudo que esas épocas en que puedes trabajar o hacer el amor con gran energía ocurren cuando tus motivos mejores y peores trabajan en cooperación por una vez.
Norman Mailer

Henry Miller, otro artista irreverente, describe la beatitud como un estado en el que el creador y lo creado no se distinguen; para él es imposible realizar esta separación porque todo es un conjunto vivo. La obra artística no es un objeto dado que resguarda las actitudes vitales de su autor. Si bien la obra puede ser reinterpretada, en su seno guarda aquella potencia de la volición que le permite interpelar a otra subjetividad. Para el escritor neoyorquino, si una novela puede conmovernos, se debe a que contiene en sí el pulso de la vida, en la que el autor, la obra y el lector se entrelazan a tal punto que posibilitan una dimensión distinta: el tiempo no es individual, adquiere un sentido espiritual, la pulsión de un solo significado, un solo sentido de belleza. Miller creía que era congruente encontrar belleza y divinidad en las pasiones más bajas del hombre, con lo cual rompió las barreras lingüísticas y sociales de su tiempo.

A esta misma idea se suma la frase de Norman Mailer con la cual se inició este ensayo, quién sólo podía escribir y fornicar como se debía si lo mejor y lo peor de su personalidad convergían. El escritor, en tanto participa de una de las vocaciones más arcaicas que existen, es un ser que no puede dejar a un lado sus instintos y pulsiones; en todo caso, es un animal o un ser letrado que busca aminorar su animalidad, su finitud biológica y temporal con un recurso que ha sobrevivido a generaciones. La plenitud en la escritura, por más contradictoria o insuficiente que parezca, es preferible a un dictado lineal, sin caídas.

La doble escritura es la conciencia de lo que decide expresarse y silenciarse, asumiendo ambas perspectivas como parte de una misma obra. Responsabilizarse de lo que la obra desea defender y de aquello de lo que huye es la doble escritura, un acto que se desdobla para reconocerse en sus cimas y en sus sombras. Ver al hombre en la obra, observar la mano que escribe, desde dónde y en qué condiciones lo hace, es elemental en una época en donde se prefiere el artificio a la realidad.

Asumir lo eterno de la palabra junto con las inquietudes de nuestro tiempo es un gesto de reconciliación, de plenitud ideológica. Esto no puede lograrse sin cierta dosis de dolor y placer, sin la ambición ególatra y la entrega requerida por la vocación de la palabra, dualidad que Pasolini versificó para todos sus lectores: no hay plan de un verdugo que no sea sugerido por la mirada de la víctima.

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  • Frida López (México, 1995). Escritora y gestora cultural. Creyente del movimiento que genera la palabra y de la expresión a través del movimiento. Cursa estudios de doctorado en filosofía por la UNAM, autora del poemario Cualquier punto puede ser altura y varios artículos de difusión; además cuenta con una certificación en ashtanga yoga. Practicante de cuerpo y mente.

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