He sentido a menudo que esas épocas en que puedes trabajar o hacer el amor con gran energía ocurren cuando tus motivos mejores y peores trabajan en cooperación por una vez.
Norman Mailer
El poeta, crítico de arte y cineasta Pier Paolo Pasolini pensaba que la verdadera belleza tiene poco que ver con lo estético. La definió como plenitud expresiva, como plenitud ideológica: una obra es bella por su capacidad de apelar a la conciencia de personas con distintas convicciones.
Más que un control de daños, una obra literaria es como la lente de una cámara profesional nos permite tomar distancia y acercarnos a los grandes problemas de nuestro tiempo. Pasolini, con formación marxista y de convicciones cristianas (además de su homosexualidad, por si alguien quiere descalificarlo por parecerle conservador), defendió el carácter épico-religioso de la creación artística. El arte para él es un intento por salvar, según la época, aquello que parece desfallecer. Y, para salvarlo, la obra de arte tiene que expresarse en todas las direcciones mediante personajes o situaciones que sean afines a la época y otras que exploren lo contrario.
Pasolini estuvo interesado, principalmente, en aquellas mentalidades ajenas al liberalismo burgués como los proletarios y marginados que, debido a su pobreza, no tenían acceso a las tribulaciones del individualismo existencial. Es decir, el hambre y la carencia de referentes para explicar la explotación cada vez más sofisticada que padecen los excluidos constituyen todo un mundo de dolor y de esperanza muy distinto al de quienes se asumen como parte del círculo intelectual. El hambre a secas, la aspiración bruta y el sacrificio sin cálculos son las primeras indagaciones de su trayectoria fílmica.
La vida de Pasolini es un ejemplo del vuelco que ha tomado el mundo del arte: los creadores contemporáneos, demasiado seguros de que sus convicciones y experiencias vitales son las correctas, las imponen como tendencias al resto de la población. La plenitud ideológica se marchita con creadores que son incapaces de tomar riesgos y elecciones que verdaderamente desnuden su alma ante el resto. Pasolini se preocupó por entender el amor y la desgracia ajenas a su condición de intelectual aburguesado, mientras que hoy, dependiendo del grupo literario al que se pertenezca, se insisten en narrativas que cada vez se concentran más en sí mismas.
Henry Miller, otro artista irreverente, describe la beatitud como un estado en el que el creador y lo creado no se distinguen; para él es imposible realizar esta separación porque todo es un conjunto vivo. La obra artística no es un objeto dado que resguarda las actitudes vitales de su autor. Si bien la obra puede ser reinterpretada, en su seno guarda aquella potencia de la volición que le permite interpelar a otra subjetividad. Para el escritor neoyorquino, si una novela puede conmovernos, se debe a que contiene en sí el pulso de la vida, en la que el autor, la obra y el lector se entrelazan a tal punto que posibilitan una dimensión distinta: el tiempo no es individual, adquiere un sentido espiritual, la pulsión de un solo significado, un solo sentido de belleza. Miller creía que era congruente encontrar belleza y divinidad en las pasiones más bajas del hombre, con lo cual rompió las barreras lingüísticas y sociales de su tiempo.
A esta misma idea se suma la frase de Norman Mailer con la cual se inició este ensayo, quién sólo podía escribir y fornicar como se debía si lo mejor y lo peor de su personalidad convergían. El escritor, en tanto participa de una de las vocaciones más arcaicas que existen, es un ser que no puede dejar a un lado sus instintos y pulsiones; en todo caso, es un animal o un ser letrado que busca aminorar su animalidad, su finitud biológica y temporal con un recurso que ha sobrevivido a generaciones. La plenitud en la escritura, por más contradictoria o insuficiente que parezca, es preferible a un dictado lineal, sin caídas.
La doble escritura es la conciencia de lo que decide expresarse y silenciarse, asumiendo ambas perspectivas como parte de una misma obra. Responsabilizarse de lo que la obra desea defender y de aquello de lo que huye es la doble escritura, un acto que se desdobla para reconocerse en sus cimas y en sus sombras. Ver al hombre en la obra, observar la mano que escribe, desde dónde y en qué condiciones lo hace, es elemental en una época en donde se prefiere el artificio a la realidad.
Asumir lo eterno de la palabra junto con las inquietudes de nuestro tiempo es un gesto de reconciliación, de plenitud ideológica. Esto no puede lograrse sin cierta dosis de dolor y placer, sin la ambición ególatra y la entrega requerida por la vocación de la palabra, dualidad que Pasolini versificó para todos sus lectores: no hay plan de un verdugo que no sea sugerido por la mirada de la víctima.
☙
