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A lo largo de mi vida he constatado cómo gran parte de mis compañeras y amigas hablan de su menstruación como algo fastidioso y desagradable. Así era cuando estudiaba la secundaria, pero lo mismo ahora con mis compañeras profesoras. Hace no mucho escuché decir a una amiguita, que ya está en el sexto piso, que algo bueno tenía que traer la vejez, y eso era no menstruar más.

Yo nunca he considerado a mi propia menstruación como algo molesto. Es y ya. Aunque estoy bien consciente de que probablemente es porque nunca he sufrido de menstruación dolorosa, como la experimentan tantísimas mujeres. Eso sí, uno de mis recuerdos más bochornosos es aquella vez a los 13 años, en la secundaria, cuando manché la estúpida falda blanca de deportes de la estúpida escuela privada de monjas y sólo para niñas a la que tuve el infortunio de que me mandaran. También recuerdo vívidamente cómo, en la prepa, la profesora de la materia de Derecho —quizá una de las más fachas que tuve a lo largo de mi trayectoria escolar— entraba al salón de clases molestísima diciéndonos que “olía a pescado”, asumiendo que el olor a pescado era muy desagradable, y que se debía a que algunas o varias de nosotras las adolescentes estudiantes estábamos en nuestro periodo menstrual. Nos decía que cuando estábamos en “esos días”, debíamos lavar al menos tres veces al día “la zona afectada”. Así que después de todo, supongo que yo misma también relaciono mi menstruación con sentimientos densos y no agradables. 

Por supuesto, no es culpa de la menstruación. En esa sangrita sagrada fluye el misterio de la vida misma. El problema está en la sociedad patriarcal que contiene nuestros cuerpos menstruantes. Los feminismos recientes han integrado este tema en sus narrativas y su agenda, exigiendo justicia menstrual. Sin embargo, es posible rastrear reflexiones pioneras y valiosas desde épocas previas. Quiero dedicar este escrito a revisar someramente los análisis sobre la representación social en torno a la menstruación que hizo Alaíde Foppa, una de las pensadoras latinoamericanas más relevantes de los feminismos de la década de 1970.

Alaíde Foppa (1913-1980) fue hija de un escritor teatral italo-argentino, y de una pianista guatemalteca. Crece como una niña culta y privilegiada, educada en España, Suiza, Francia, Buenos Aires, Bélgica e Italia. Obtiene su doctorado en Filosofía en La Sorbona, en París. Migra a Guatemala, el país de su mamá, en 1943. Se casa con Alfonso Solórzano, fundador del Partido Guatemalteco del Trabajo, con quien tendrá 5 hijxs. La familia se exilia en México en 1954 debido al golpe militar en Guatemala. Su casa fue el centro de reunión de los intelectuales guatemaltecos asilados en México.

El 19 de diciembre de 1980, en pleno centro en la Ciudad de Guatemala, Alaíde es secuestrada por el Ejército. Durante los tres días siguientes es torturada hasta la muerte. Su cuerpo permanece desaparecido, así como el de dos de sus hijos guerrilleros también asesinados por el Ejército guatemalteco.

En nuestro país, Alaíde fue maestra en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM, donde participa en la fundación de la licenciatura en Letras Italianas. En la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales crea e imparte el primer curso de Sociología de la Mujer. Tiene un programa en Radio Universidad, “Foro de la Mujer” (1972), que constituyó un espacio fundamental para denunciar el genocidio maya en Guatemala. Funda fem —así en minúscula y con punto al final: fem., para evocar la idea de la entrada de un diccionario; algo así como que el eje de la publicación era dar cuenta de qué es el feminismo—, una de las revistas más relevantes de los feminismos latinoamericanos de la década de 1970. El pensamiento de Alaíde se desarrolla a través de formatos de escritura no académicos como la poesía, la palabra radial y los artículos, fantásticos y muy sustanciosos de entre 2 y 5 cuartillas publicados en su revista.

En términos de circuitos intelectuales, Alaíde nos remite entonces al de lxs exiliadxs latinoamericanxs en México de la década de 1950 en adelante, por un lado, y por el otro, al de las revistas feministas de la década de 1970, ya que fem. forma parte del contexto del neofeminismo mexicano setentero y de su giro corporal.

En el contexto del agotamiento del modelo desarrollista en México, el movimiento estudiantil de 1968 propició la organización del descontento femenino (Ana Lau, “Cuerpo y política: la batalla por despenalizar el aborto” en Un fantasma recorre el siglo. Luchas feministas en México 1910-2010), a raíz de lo cual florece el que se ha dado en llamar “neofeminismo mexicano”, para referir a la diferencia con el feminismo de principios del siglo XX, que buscaba la igualdad entre mujeres y hombres. El grueso de las militantes tenía un perfil de “mujeres urbanas de clase media universitaria, profesionistas, periodistas que rompían con los esquemas tradicionales de lo que se esperaba de una ‘buena’ mujer”.

Esta nueva fase de efervescencia de los movimientos feministas tuvo un giro corporal, ya que esta generación puso en el centro al cuerpo femenino: serán reivindicaciones centrales la maternidad voluntaria, la erradicación de la violencia de género contra las mujeres y la reivindicación del placer sexual femenino. Emblemáticos de esto resultan los lemas de aquella generación: “Mi cuerpo es mío”, “Dueñas de nuestros cuerpos, dueños de nuestras vidas” y, por supuesto, “Lo personal es político”.

En aquella fase, en el feminismo mexicano y latinoamericano resultaron de gran relevancia las revistas feministas. En México destacaron dos en particular, La Revuelta, de 1975 y fem., de 1976. En sus artículos en fem., Alaíde se propone reconstruir la historia del feminismo, así como informar sobre la actualidad del movimiento en México y América Latina.

En un artículo de 1976 controvierte la afirmación de Freud de que la anatomía es destino bajo el contestatario título de “Anatomía no es destino”. En él encontramos importantes pinceladas de una sociología feminista del cuerpo (o análisis del cuerpo desde una sociología feminista) porque explora la experiencia del cuerpo femenino, que es una experiencia impuesta desde los sistemas de opresión patriarcales. La autora reconoce que durante milenios las mujeres hemos sido consideradas y valorizadas en función de nuestro cuerpo y nuestro sexo. “En todos los casos, los ataques van dirigidos al cuerpo, al sexo: por falta o por exceso”. Así que explorar las experiencias de vida de las mujeres necesariamente nos conduce a una sociología del cuerpo.

Las mujeres hemos sido consideradas y valorizadas en función de nuestro cuerpo, y nuestro cuerpo y sus fluidos han sido vistos como algo impuro y sucio, como de un carácter pecaminoso y vergonzoso. Nuestra pensadora plantea que la experiencia de vida de las mujeres se halla marcada por la presencia o ausencia de la sangre, representada como algo doloroso, ignominioso e impuro, idea que viene desde la Biblia: “El semen masculino siempre fue visto como un elemento precioso, mientras que la sangre de la mujer se consideró, todavía se considera, algo sucio” y “pesan todavía sobre las mujeres las antiguas maldiciones”. “La menstruación es algo que no es de buen gusto mencionar; en todos los idiomas se han inventado metáforas para referirse al hecho (…) mientras se celebra casi siempre la iniciación sexual del adolescente. La sangre de la mujer es, evidentemente, una vergüenza”.

Nuestras sociedades sostienen una representación de la sangre como algo terriblemente doloroso, lo que prepara a las adolescentes para que su experiencia de esta resulte traumática, como lo muestra Alaíde reproduciendo el testimonio de la escritora italiana Armanda Guiducci, quien en su libro La manzana y la serpiente recuerda su “reacción de niña en el momento de descubrir la sangre que escurre entre sus piernas”. Como señala Foppa, “muchas mujeres podrán reconocerse en ella, ya que vivieron dolorosamente ese momento”. Armanda Guiducci recuerda haber gritado desesperada: “¡Estoy herida, mamá! ¡Auxilio, estoy herida!”. Agrega: “Permanecí inmóvil, como alguien que ha sido atacada a traición, y observaba con terror indecible. Miraba fijamente la sangre lenta, inexorable, que escurría hacia las rodillas, rozándome de tibieza. Me incliné y vi la taza blanca manchada de viva sangre oscura. Estaba herida de muerte. Pero ¿por quién y por qué?”.

Portada de la revista fem. Vol. 9, No. 35, Agosto-septiembre 1984. Óleo de Julia Giménez Cacho. (Tomada de Archivos Históricos del Feminismo)

En su recorrido por la experiencia del cuerpo femenino en “Anatomía no es destino”, Alaíde nos advierte de que el siguiente momento que nuestras sociedades consideran definitorio en la trayectoria de las mujeres es la maternidad, la cual también se representa asociada a la sangre sufriente por el parto. Señala que, en efecto, hay sangre en la menstruación y en el parto, “pero lo que la imaginación de los hombres le ha agregado es el concepto de impureza”. Aunque reconoce que “la maternidad sí ha sido exaltada por el género humano. (…) Pero en la historia, pronto dejó de ser un privilegio, y se volvió una condena”, como la señala la “sentencia bíblica: Parirás hijos con dolor”.

De esta manera, Foppa des-naturaliza y des-esencializa el instinto maternal, al denunciar que la sociedad convierte a la maternidad en “una condena”, con lo que identifica aquello que Silvia Federici nos ha enseñado magistralmente en Calibán y la bruja: “Al negarles a las mujeres el control sobre sus cuerpos, el Estado las privó de la condición fundamental de su integridad física y psicológica, degradando la maternidad a la condición de trabajo forzado, además de confinar a las mujeres al trabajo reproductivo de una manera desconocida en sociedades anteriores”. Las mujeres, explica Alaíde Foppa, dedican su tiempo de vida a “cocinar, lavar platos, barrer…y volver a empezar, añorando a los hijos que se van, reprochándoles el abandono, echando en cara el sacrificio de tantas cosas que no se realizaron”. Con esto, afín a la tónica del neofeminismo setentero, Foppa des-romantiza a la maternidad.

El recorrido de Alaíde llega hasta la menopausia, punto en el que habla de la “angustia ante la vejez”. “La menstruación es una vergüenza, la maternidad es una condena, pero la menopausia es casi la muerte (la mujer ya no sirve, se acabó)”.

Las tres, la menstruación, la maternidad y la menopausia son vistas como males. “La vida de la mujer transcurre según estos conceptos que van de lo sagrado a lo popular, (…) entre la vergüenza y el vacío, con una breve estación en que (…) se exalta momentáneamente su condición de madre” cuando se convierte en productora de obreros, soldados y consumidores. Es así que la experiencia de vida de las mujeres está marcada por su corporalidad y va de la vergonzosa impureza al vaciamiento.

Nuestra autora advierte que todo esto ocurre con cierto grado de complicidad de las propias mujeres. Llega con ello a planteamientos que recuerdan a la noción de violencia simbólica, que se refiere a una relación social jerarquizada en que la persona que ocupa la posición dominada se aprehende a sí misma tal como lo hace quien ocupa la posición dominante, como cuando afirma que “La mujer, por su parte, aceptó el papel que se le asignaba y, consciente de que su cuerpo era lo único importante que poseía, no pudo menos que dedicarle toda su atención (…) estuvo por lo tanto casi siempre dispuesta a ser de uno u otro modo objeto sexual”. Más adelante añade: “Se habla hoy mucho de la mujer objeto sexual, (…) se habla de la mujer usada, manipulada por la publicidad, el cine, las revistas, la pornografía… Hay que admitir, sin embargo, que la mujer se presta a representar ese papel, en mayor o menor medida (…) Pero, ¿no es explicable y natural que la mujer acepte ese papel con gusto y hasta lo actúe con obstinación, cuando se le ha dicho siempre que lo que vale en ella es su belleza, su atractivo sexual y su juventud, una fugaz temporada de su cuerpo? De ahí la angustia ante la vejez (…) ¿Cómo no ha de tratar ella de valorizar al máximo lo poco o lo breve que tiene?”.

Alaíde Foppa es pionera del activismo menstrual y de los estudios críticos de la menstruación, que como señala Olga Sabido recuperando a Bobel, investigan qué “sistemas de poder y conocimiento” subyacen a la construcción social de la menstruación y a quienes benefician o no. Foppa se aproxima al tema de la menstruación desde el enfoque que contemporáneamente se ha dado en llamar del embodiment, es decir, desde los significados que se atribuyen a la experiencia corpórea de la menstruación, así como sus implicaciones afectivas en clave de género.

Así que en fem., en esos artículos de 3, 4, 5 cuartillas encontramos, entre otros muchos elementos, un rico análisis sociológico del cuerpo, que dialoga con propuestas sociológicas contemporáneas, como las de Olga Sabido y Adriana García, que han hecho investigaciones sobre la vivencia de la menstruación durante la pandemia. Las investigadoras mexicanas y Alaíde coinciden en que la menstruación es vivida con vergüenza por las mujeres, no por “un pudor o sensibilidad inherente”, sino por una relación social de poder que es constitutiva de la experiencia cotidiana de las mujeres. También coinciden en que el secreto es una clave para entender la experiencia de la menstruación.

De Alaíde, me gusta que teorizó pero también accionó, me gusta lo poco convencional de los formatos en los que creó sociología; me gusta que fue socióloga, pero también filósofa, periodista y poeta; me gusta que fue maestra en mi facultad; me gusta que fue peregrina; me gusta que fue valiente y habló de la menstruación; me gusta porque es tremendamente actual.

Recordar la palabra de Alaíde Foppa es importante porque las mujeres todavía nos debemos representaciones más dignas sobre nuestra propia menstruación.


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