Mi nombre es Leonardo Espejel Delfino y soy originario del Estado de Texcoco. Nunca he escrito para una revista física o electrónica, tan sólo en mi diario personal. Estas serán mis primeras palabras dirigidas al público.
Trabajo cargando y descargando libros para una librería en el centro, de ahí que suela encontrarme con portadas y títulos de libros de diversos. Aunque no me considero un ávido lector, y mucho menos escritor, tengo el hábito de la lectura desde muy temprana edad. No me gusta leer sobre un solo tema: mi atención está repartida entre libros de historia, cuentos, novelas, filosofía, etc. La selección del tema que suelo abordar suele variar de acuerdo con mi estado emocional, o bien porque los libros tienen una portada con una ilustración o palabras llamativas.
En alguna ocasión descargué una caja con un peso considerable. Aunque estoy habituado a cargar pesado, en ese mes no había recibido un cargamento con un volumen tan grande. Dado que llevo algunos años trabajando en el mismo lugar, conozco y me relaciono con las y los vendedores del establecimiento, y tuve la oportunidad de observar el contenido de la caja. Dentro de ella, se encontraba la obra de Robert Graves La diosa blanca, en la que se inspira la columna “El hijo del bosque”.
El libro tiene una portada sumamente llamativa, es de pasta dura y lleva un título intrigante, tres de los elementos necesarios para convencerme de llevarlo a casa e integrarlo a mi colección. Aunque la extensión y el grosor del libro pueden percibirse imponentes para otras personas, lo cierto es que a mí nunca me ha interesado ese tipo de singularidades, tan sólo lo ya mencionado líneas arriba. En cuanto al contenido de la obra, el propio autor realiza una advertencia pertinente en el prólogo: “Pero es justo advertir a los lectores de que este sigue siendo un libro muy difícil, así como muy extraño, y que deben evitarlo quienes posean una mente distraída, cansada y rígidamente científica”. Oportuna es esta advertencia, pues aunque mi mente no tiene esas propiedades, puedo corroborar la dificultad y extrañeza de los temas y las deducciones a las que llega Robert Graves.
Leyendo la primera parte de la columna, y realizando un ejercicio comparativo entre la escritura y la profundidad del texto de Graves y la del autor de la columna, comprendo que existen muchos pseudo-escritores que nunca llegarán a sobresalir, y son pocos los genios –tomando prestada la idea de Nietzsche– que llegarán a crear algo realmente autentico en tanto que, como expresa Nietzsche, “El genio sabe algo acerca de la esencia eterna del arte tan sólo en la medida en que, en su acto de procreación artística, se fusiona con aquel artista primordial del mundo; pues cuando se halla en aquel estado es, de manera maravillosa, igual que la desazonante imagen del cuento, que puede volver los ojos y mirarse a sí misma; ahora él es a la vez sujeto y objeto, a la vez poeta, actor y espectador”.
Muchos dirán que hay que ser muy cauteloso con las ideas de Nietzsche, otros –seguramente lo que se creen más eruditos– dirán que interpretar a un autor a partir de un solo fragmento o aforismo es una mala práctica. Yo creo que ambas posturas tienen un poco de razón; pero solo algo es cierto: las palabras de Friedrich Nietzsche podrían considerarse singulares, así como las de otros autores de obras importantes dentro de lo que se denomina arte.
Volviendo al tema, considero que la columna encuentra un refugio intelectual poco visitado por lectores dada la dificultad de su lectura. Un refugio y un salvavidas dentro del cual, como el ratón en la historia, tiene miedo a que lo descubran en su fragilidad. No quiero que se malentienda esto, porque mostrarse indefenso no está mal; por el contrario, considero que es una acto de valentía. Pero esconderse en el abismo de la intelectualidad profunda e inalcanzable es una actividad que resulta egoísta. Aunque comprendo en qué sentido la obra de Robert Graves fue una inspiración para la columna, no encontré en ninguna parte una vocación de la “Diosa Luna, o Musa, la Madre de Todo Viviente, el antiguo poder del terror y la lujuria –la araña hembra o la abeja reina cuyo brazo significa muerte…”. Al menos no en el sentido verdadero.
Al leer la columna no se erizaron los pelos, los ojos no se humedecieron, la garganta no se contrajo, la piel no hormigueó y ni un escalofrió recorrió la espina dorsal. En cambio, encontré referencias que caminaban por el texto de manera distraída y sin ningún rumbo y sinsentido. Probablemente, la razón de los filósofos volvió a hacer de las suyas.
No dudo que el redactor de la columna haya puesto atención a las advertencias del autor, pero sí puedo poner en duda su capacidad creativa e inventiva para producir una referencia genuina y verdadera de la Triple Diosa.
Espero que estas palabras no se vuelquen por el barranco de la discordia y el resentimiento, sino que construyan un camino en el que se vuelva transitable el pensamiento y las ideas.
☙

