Revista Karandash The Scullery Maid Jean Siméon Chardin

Con los llenos y los huecos de la verdad. 
Jules Supervielle

Afloramiento

El pasado 13 de mayo del año en curso (2026), en el marco del Festival El Aleph, el grupo de investigación Arte+Ciencia realizó la actividad “Diálogos con la roca. Escucha acuerpada y experimentación demorada del entorno volcánico” en el Espacio Escultórico de Ciudad Universitaria. Ahí se abrieron diálogos y ejercicios de escucha, una aproximación sensorial e histórica a un entorno volcánico.

La actividad propuso una demora sensible en el basalto. Un juego de temperaturas, humedades, ritmos de respiración y demora en la escucha; una invitación a acercarse al paisaje con todos los sentidos, sin jerarquía. Un acercamiento a los suelos del pedregal desde sus materiales, pensando el suelo y la roca, no como un paisaje inerte, sino más bien como un archivo vivo donde se cruzan la historia del planeta con las transformaciones del presente, atravesados por las tensiones que suponen los procesos de urbanización de la Ciudad de México.

El gesto de pensar la roca como algo no inerte y pasivo, sino como el locus de relaciones e historias que producen efectos. En el proceso de caminata, tacto y escucha por la roca, empecé a darle vueltas a la pregunta sobre el lugar de lo sensible en el pensamiento. Es decir, en cómo la experiencia sensible y la demora son lo que posibilitan las categorías de pensamiento, que no surgen en abstracto. En la libreta que iba cargando hice un apunte, subrayado en mis notas: la piedra, la porosidad y el tecnosuelo. Junto a ella, una pregunta: ¿Se podría hacer una genealogía de la porosidad como categoría sensible y de las formas de pensamiento que hace posible?

Tefra

En 1925, Adorno y Benjamin visitaron Nápoles acompañados de la activista teatral Asja Lācis, el marxista Sohn Rethel y Siegfried Kracuer. Nápoles, tierra basáltica cuya ciudad convive, literalmente, con las lavas del Vesubio, permitió a Lācis, en interlocución cercana con Benjamin, pensar la categoría de “lo poroso” en el ensayo “Nápoles”, publicado ese mismo año. La porosidad es la clave del paso por Nápoles, estructura la ciudad como material de construcción, como paisaje, pero también en la vida social de los habitantes de la ciudad. El concepto de porosidad no se queda en esa crónica de juventud. Se convierte, en forma de constelación, en un ideal estructural que los escritos de Adorno, y su filosofía, llevan en su misma construcción.

Diaclasa

La teoría adorniana de la materialidad dialéctica suele explicarse desde el movimiento de la no-identidad. Para Adorno, todo concepto pretende capturar por completo el objeto al que nombra: identificarlo consigo mismo, agotarlo en su definición. Pero el objeto siempre excede al concepto que lo piensa; algo de él queda fuera, sin subsumirse. Ese resto no conceptualizado es, para Adorno, el lugar de la verdad: no en la identidad entre pensamiento y cosa, sino en lo que se resiste a esa identificación. Pensar dialécticamente es, entonces, permanecer fiel a ese exceso, a esa falla entre el concepto y lo que nombra.

La extensión del ideal de la coincidencia de sí consigo mismo sustrae la vida al olvido del mundo. El encuentro se desplaza en una economía de deudas que erosiona la posibilidad del riesgo, ese andar que es la puesta en acto de otra forma de vida. Horadar los relatos que desactivan las intuiciones que llevan al extravío es cultivar la porosidad, ya activada desde siempre, como condición de existencia.

*

La teoría adorniana de la no-identidad suele contarse desde una genealogía intelectual. Se parte de Hegel, de Marx, de la crítica al pensamiento de la identidad. El recorrido es conocido: todo concepto pretende coincidir plenamente con aquello que nombra, pero el objeto siempre excede esa captura. Algo permanece fuera de la definición. Para Adorno, ese resto —lo que no termina de subsumirse al concepto— es precisamente el lugar donde insiste la verdad. Pero me pregunto si los escritos sobre Nápoles no nos dejan pensar que esa historia puede contarse también de otra manera. No sólo desde una genealogía de textos, sino desde una experiencia sensible. Me interesa pensar que el movimiento mismo de la no-identidad aparece antes de sistematizarse filosóficamente. No como concepto, sino como experiencia de encuentro con una materia.

Más que preguntarnos qué autores condujeron a Adorno hasta la no-identidad, podríamos preguntarnos qué experiencias sensibles hicieron imaginable ese pensamiento.

*

La experiencia de la porosidad. Estos cortos escritos sobre la piedra volcánica y su relación con la ciudad de Nápoles muestran que el germen de lo que ahí se desarrollará no está sólo en la crítica de la economía política: está también en la experiencia sensible y táctil de una piedra. Benjamin y Lācis, en sus recorridos por la ciudad, pasaban la mano por las paredes de las casas simplemente para sentir lo poroso. El concepto de lo poroso como categoría de pensamiento surge de la experiencia táctil, visual y sonora de la estancia en Nápoles, una demora en lo sensible. 

*

Adorno plantea una fuerza que, en su materialidad, se resiste a los conceptos humanos y sus esfuerzos por aprehenderla como totalidad.

*

Esto implica una forma de espacialidad. Las oposiciones y jerarquías que generalmente estructuran la vida urbana se difuminaban en Nápoles: lugar de principios antitéticos y prácticas que se transformaban rápidamente en sus opuestos. Lo privado y lo público dejan de funcionar como esferas claramente separadas. La calle entra en las casas; las escaleras salen nuevamente a la calle; los rellanos funcionan como escenarios. La vida doméstica se representa hacia afuera y la ciudad penetra constantemente los interiores. No es que la piedra determine la arquitectura ni que la arquitectura imite a la piedra. Más bien, ambas participan de una misma lógica material en la que la porosidad empieza a nombrar una forma de existencia.

*

La distinción social que la vida napolitana deshace es, por un lado, la separación tajante entre lo profano y lo sagrado y, por otro, la de lo público de lo privado. La invasión de lo privado en lo público y de la calle en el espacio doméstico convierte la vivienda en escenario. La materialidad no configura únicamente el paisaje, sino la vida social entera en el que la existencia adquiere un carácter teatral en tanto que siempre acontece en un espacio compartido, expuesto a la improvisación. La porosidad evita lo definitivo.

*

La arquitectura es porosa como lo es la piedra. Se evita lo definitivo, lo acuñado. Ninguna situación parece estar pensada, tal como es, para siempre; ninguna figura impone que haya de ser así y no de otra manera.

*

La no-identidad adorniana y la porosidad propuesta por Benjamin y Lācis circulan en torno a una ausencia.

*

La porosidad deja pensar el hueco como algo que no es una carencia. El hueco no es un defecto. Los vacíos de la piedra permiten que algo circule. Ninguna situación parece concebida para permanecer exactamente igual a sí misma. Benjamin escribe que siempre debe haber espacio para una nueva ocurrencia. 

Lo poroso aparece como una resistencia a “lo liso” de la modernidad realista. Es ese “no lleno” de lo poroso que da lugar a la improvisación de la vida, a lo no-idéntico de la modernidad. Algo que sucede porque había lugar para que sucediera. Así, la porosidad se vuelve la “ley inagotable de la vida”: La porosidad es así ley inagotable de esta vida que redescubrimos sin cesar. Digamos que una pizca de domingo se encuentra escondida dentro de cada día de la semana, y una de día laborable, escondida en el domingo.

*

La porosidad también produce una temporalidad específica. Benjamin observa que en Nápoles cuesta distinguir entre los días de fiesta y los días de trabajo; entre el domingo y el lunes; entre el ocio y la actividad. Lo poroso nombra, en ese sentido, una experiencia del tiempo distinta de la moderna. Esta última se caracteriza por la clausura del presente sobre sí. En el fondo, opera una fantasía de identidad que tiende a reproducir incesantemente lo idéntico. El presente se convierte en su propia medida, mientras el pasado y el futuro quedan reorganizados como simples variaciones de él. El tiempo se petrifica y, con ello, se clausura la posibilidad de otras formas de mundo. La diferencia sólo parece admitirse para ser absorbida.

*

Pensar lo poroso no sólo como la descripción de una piedra volcánica o de una ciudad, sino como una categoría sensible del pensamiento. Una categoría que deja ver que, donde todo coincide perfectamente consigo mismo, la vida encuentra poco espacio para aparecer.  

Cabe entonces pensar lo poroso no sólo como descripción de un paisaje, sino como categoría directamente relacionada con el principio material y dialéctico de la no-identidad. ¿No es lo poroso la categoría sensible que, desde sus propios huecos, desde lo que en ella falta, deja florecer la vida, el cambio? Un lugar en el que nace lo inesperado: Tal porosidad se debe, ante todo, a la intensa pasión de improvisar. Siempre ha de haber espacio y ocasión para una nueva ocurrencia. Lo poroso no es un defecto de la piedra ni un desorden de la ciudad: es la condición misma de que algo nuevo pueda suceder. Donde no hay hueco, hay poco lugar para la ocurrencia.

*

Intemperismo

Vuelvo al Pedregal de Ciudad Universitaria. Es 13 de mayo y ha llovido durante la noche. La roca volcánica aparece cubierta de musgo y líquenes. Ahí conviven el musgo y el cactus; lo más desértico junto a lo boscoso, zonas extremadamente secas al lado de otras donde la humedad permanece durante días, sin que una condición termine por resolverse en la otra. Me pongo a pensar si no podríamos pensar el Pedregal como un ecosistema barroco. No sólo por su exuberancia, sino porque se resiste a organizarse alrededor de un único principio. Como en Nápoles de Benjamin y Lācis, aquí la vida parece sostenerse en una pasión por la improvisación en la que siempre queda espacio para una nueva ocurrencia. Nada permanece siendo exactamente lo mismo. Nada termina de imponerse como definitivo.

Benjamin escribe que la porosidad contradice los valores de una modernidad realista, empeñada en compartimentar los espacios, las funciones y las formas de vida. Quizá por eso la porosidad sea mucho más que una propiedad de la piedra: es así ley inagotable de esta vida que redescubrimos sin cesar.

Pienso, con eso, en otra materialidad. A mediados del siglo XX, buena parte del Pedregal desapareció bajo el concreto y el asfalto. La roca volcánica se convirtió en suelo sellado: una superficie diseñada precisamente para impedir el intercambio inherente a lo poroso. Si seguimos la tesis del viaje a Nápoles, sellar un suelo no consiste únicamente en cubrirlo; también inaugura un tipo de relación sensible distinta que aspira a la continuidad, a la superficie lisa, al cierre. Quizá por eso la pregunta por la porosidad rebasa el problema ecológico. No se trata únicamente de cuánto suelo volcánico perdimos, sino de qué formas de vida, humana y no, se vuelven posibles —o imposibles— cuando el mundo se alisa.

*

Me quedo pensando: si la porosidad es esta ley inagotable de la vida: ¿Qué formas de improvisación sobreviven sobre un suelo sellado? ¿Qué grietas, provenientes de la composición histórica-natural, persisten en el ejercicio material, sensible y metafísico obsesionado con las superficies lisas y las identidades completas?


Descubre más desde KARANDASH

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo