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Conozco muchas personas —no todas ellas idiotas— con un miedo atroz a que las cancelen en redes sociales. Esto, aunque comprensible, delata una cobardía moral: a nadie le importa ser virtuoso, sino políticamente correcto. La ética de las redes sociales es una ética de la apariencia: importa más parecer decente que serlo. La comunidad ya no importa, sino las relaciones públicas, procurar que la crítica no ofenda a nadie —ósea, que no sea crítica— y restringir la expansión de nuestra personalidad para evitar conflictos innecesarios que nos generen estrés, lo que ha remplazado a la culpa como sentimiento moral dominante.
El miedo a ser cancelado elimina el coraje del acto ético. Hacer lo que una cree correcto puede acarrear el oprobio social. El instinto de autopreservación elimina los elementos potencialmente subversivos de nuestra personalidad, como el pensamiento crítico y la inconformidad. El antiguo ideal de la virtud cede lugar al de la salud mental: ser empática, buena onda, agradecida y satisfecha con la vida.
La empatía, en estricto sentido, es ponerse en los zapatos del otro para comprender, hasta cierto punto, por qué hace lo que hace. Pero uno puede hacer eso y, de todas maneras, criticarlo: puede tener empatía por un imbécil nepo baby y, de todas maneras, considerarlo imbécil.
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Quienes no somos nepo babies sabemos que una carrera artística o académica o científica no se consigue si una se apega a los criterios de la salud mental. Dudo que nada que valga la pena se logre durmiendo ocho horas, sin descuidar el gym, el yoga, los ligues y la terapia. Los criterios de la salud mental son incompatibles con el arte, la ciencia y la filosofía, cuya pasión absorbente perturba el delicado equilibrio que anhela la ideología buena onda de la burguesía: la inmovilidad del ser perfecto e idéntico a sí mismo. La inmovilidad de la muerte.
La razón secreta del cosmos, decía Heráclito —la tensión del arco y la lira—, está en el conflicto. De ahí nace el arte: cuando la escritora se pelea con sus demonios; de ahí, el conocimiento, cuando la filósofa y la científica luchan con las teorías existente; de ahí, la pasión amorosa, cuando el encuentro con alguien inesperado transforma nuestra visión del mundo. De ahí, las revoluciones, cuando uno está dispuesto a sacrificar todo, hasta la felicidad personal, por una lucha colectiva, único sitio de la auténtica Política.
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Las juventudes del siglo XXI estamos tristes, hacemos memes, escuchamos rolas de sexo y vamos a terapia. O no vamos, pero sabemos que deberíamos ir, y nos sentimos culpables si no vamos. Fantaseamos con que el mundo sería mejor si nuestros padres hubieran ido a terapia, o si nuestro ligue fuera a terapia, o si los vatos con masculinidad tóxica fueran a terapia, o si lxs ineptxs en el poder en turno fueran a terapia.
Aceptamos vínculos donde “no somos nada, no hay etiquetas, ni responsabilidades” —pero nos usan por sexo y por contención afectiva, como a un cajero automático o una botella de cerveza—, quizás porque, después de todo, aceptamos esas cosas en la vida laboral, que tanto determina de nuestra existencia: el último contrato que firmé especifica que “esto no implica una relación laboral, por lo que no se es acreedor a los derechos y prestaciones especificados por la ley”. ¿Por qué se comportan, entonces, como mis jefes, y esperan que yo me comporte como su empleada si no somos nada?
Aunque la terapia puede contribuir a afrontar problemas políticos, su objetivo no es resolverlos: reducir la ansiedad que una siente ante el ascenso de la ultraderecha o las desapariciones en México a un complejo de Edipo no resuelto o a una baja producción de serotonina (aunque claro, una cosa no excluye a la otra) no sólo es ofensivo, sino completamente imbécil. Pero el complejo de Edipo se puede trabajar en el diván, y el problema de los neurotransmisores se equilibra (hasta cierto punto) en la farmacia: las causas políticas y económicas del malestar psíquico son difíciles de atender.
El mismo Foucault, que tanto criticó al psicoanálisis, sucumbió más de una vez a la tentación individualista: decía que hasta el esclavo es libre, pues puede por lo menos decidir si suicidarse, asesinar a su amo o someterse. ¿No es esta una caricatura del psicoanálisis más neoliberal, donde las víctimas de violación en el fondo lo deseaban y la explotación laboral es reducida a la libertad del patrón para dirigir su empresa a su gusto y la del asalariado para aceptar someterse o morirse de hambre?
Tal vez lxs analistas, en su afán de ayudar (víctimas del furor curandis que denunciaba Freud), y Foucault, desesperado por encontrar estrategias de resistencia frente a un biopoder ineludible, se refugian en la libertad individual —destitución subjetiva en Lacan, cura sui foucaultiana— frente a la impotencia que produce la idea de circunstancias radicales cuya solución no está en el diván, ni en el escritorio, ni en la configuración estética de la existencia, como la del esclavo encadenado de Foucault, las pacientes víctimas de violación o las personas despojadas de su vivienda, de su patria o de su familia por el poder económico.
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Slavoj Žižek, en la introducción a Cómo leer a Lacan, señala la diferencia lacaniana en la concepción de los cuadros clínicos en contraste con otras corrientes del psicoanálisis:
«En la concepción de Lacan, formaciones patológicas como las neurosis, las psicosis y las perversiones tienen la dignidad de posturas filosóficas fundamentales respecto de la realidad. Cuando sufro de una neurosis obsesiva, esta «enfermedad» tiñe mi entera relación con la realidad y define la estructura global de mi personalidad».
A veces me pregunto si la negligencia de las autoridades para garantizar un transporte digno a la clase trabajadora no será una estrategia deliberada para enfermarnos mentalmente y, de esa manera, evitar la acción revolucionaria: el burn out, la ansiedad y la depresión son útiles (hasta cierto punto) para las dinámicas del capitalismo. Una compañera psicóloga del Call Center donde trabajé me dijo una vez que, en las pruebas psicométricas, cuando detectan que el candidato está deprimido lo contratan más fácil, porque no tiene energías para otra cosa que dedicarse a su trabajo: no va a distraerse en chismes con sus colegas y mucho menos se le va a ocurrir formar un sindicato.
Pero si un cuadro depresivo es conveniente para estos trabajos, otro tipo de trastornos no. Si las estructuras clínicas tienen, además de potencial autodestructivo y valor de uso para el sistema económico, una dignidad filosófica, entonces podemos emplearlas, también, como armas contra el sistema que las produce. En Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina, Freud refiere la historia de una paciente que, como resultado del análisis, dejó a su marido: el marido, dice Freud, estaba furioso, pues había llevado a su esposa a terapia para que Freud “le curara la frigidez”.
Para Freud, el análisis había sido un éxito: la histeria de la paciente se había revelado en análisis como la respuesta de su cuerpo a un matrimonio infeliz. Sus síntomas eran no solo la causa de su sufrimiento, sino una forma inconsciente de rebelarse. Así, escuchando su malestar, la paciente pudo modificar su situación. De semejante concepción del síntoma, el psicoanálisis pasa a considerar que no existe, propiamente, la salud mental: la cultura es intrínsecamente neurótica y el síntoma se origina en el malestar cultural. Ya es un avance terapéutico dejar una relación abusiva o poner límites en el trabajo, ¿pero no es mejor y más bello pensar que la paciente se levante del diván para hacer la revolución?
La ansiedad, la angustia, la histeria y la depresión alguna verdad poseen. El sujeto feliz, con su tan preciada salud mental, no se cuestiona: se adapta. Yo puedo ser feliz en un trabajo que me explota si ese trabajo, dentro de lo que cabe, me gusta, pero mi felicidad no elimina la explotación, del mismo modo que el hecho de que el príncipe Harry de Inglaterra haya sufrido mucho en la vida no elimina el hecho de que su privilegio se sostenga en la opresión y la desigualdad. Pero algunxs psicoanalistas sostienen que ése es el principio de realidad: la paciente que del diván pase a la barricada sería, muy probablemente, acusada por su analista de rebelarse contra la autoridad por un rencor infantil contra el padre, y encima hacerlo en colectivo en vez de asumirse adulta, e independiente, en vez de adaptarse a la realidad.
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La organización Let’s do something es “un esfuerzo global para estimular, apoyar y empoderar a los ciudadanos israelíes” ante la catástrofe del conflicto con Palestina. Se encarga, entre otras cosas, de organizar actividades para el alivio del trastorno de estrés postraumático de los soldados israelíes, para restaurar su habilidad de “sanar, prosperar y bailar otra vez” tras vivir el trauma de asesinar niñes y torturar prisioneres. El discurso de la salud mental convierte a los genocidas en víctimas de la guerra, pues ésta les priva de su felicidad, lo mismo que a los sionistas que no participan activamente en la ocupación, pero viven traumatizados por el derrumbe de su autoimagen, por el desprecio del mundo que se atreve a acusarlos de colonos sin que les importen sus sentimientos.
¿Quién tiene derecho a la felicidad? ¿Qué costo tiene mantener el discurso de la psicología clínica dominante? Hay más cosas en la vida que la salud mental, y esta no puede reducirse al equívoco anhelo de ser felices en medio de la devastación del mundo y el sacrificio de cuerpos sin importancia, precio a pagar por el privilegio de unos cuántos para ocuparse, únicamente, de ser felices. La felicidad es importante, pero la Ética, la Política y la Psicología, si está dispuesta a salir la trampa de la salud mental, no pueden reducirse a este problema.
En esta vida no basta con ser feliz.
☙
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