Revista Karandash Alexandra de Leon Micrographic Design in the Shape of a Labyrinth Vía The Met Museum

La felicidad es una categoría de esclavos.
Slavoj Žižek

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Consejos para hacer un doctorado en Yale:

  1. Lleva una agenda.
  2. No te sobrecargues de trabajo; es importante equilibrar la vida social, el descanso, la lectura, los hobbies.
  3. Y estar un rato con la familia.
  4. Y cuidar tu alimentación.

Dentro de estos consejos no se contempla, por supuesto, el hecho de que, para hacer un doctorado —no digamos ya en Yale, sino en México; no digamos ya un doctorado, sino la prepa—, hay personas que tienen que trabajar. No regresé a una segunda clase con la maestra de Yale; a lo mejor me perdí otros puntos relativos al bienestar del doctorante, como acostarse con muchas personas (el sexo, a diferencia del amor, tan demandante, es bueno para la salud), ir al gimnasio, de viaje, a terapia, cuidar el aspecto personal, hacer yoga y cultivar la espiritualidad: entre cuarenta y cincuenta minutos para cada cosa. Si se organiza una, para todo hay tiempo.

Tal prodigio de perfección y equilibrio —si es que existe—, o tiene mucho dinero o será uno de esos académicos mediocres cuyos papers no lee ni su abuela.

Una cosa no necesariamente excluye a la otra

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Una maestra de Psicología en la prepa nos dijo que, si el cristianismo había pegado tanto, fue porque las consignas de Cristo (“ama a tu prójimo igual que a ti mismo”, “al César lo que es del César”, “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”) son criterios de salud mental. Pero Jesucristo era un revoltoso que repudiaba las jerarquías, se juntaba con prostitutas y con mendigos y no le temía a la violencia. Se entiende que lo hayan crucificado cuando uno recuerda el episodio con los mercaderes en el templo, que es como si yo fuera a un centro comercial o a un restaurante donde sólo hablan inglés a destruir la mercancía, cantar proclamas marxistas y agredir a los turistas por gentrificar mi país.

En nuestro siglo no haría falta crucificarlo. Nadie se tomaría en serio a alguien que prefiere andar de alborotador en vez de hacer algo útil con su carisma, su poder y la influencia de papá: dar cursos de superación personal, hacer negocio con la venta de milagros o fundar una secta que lo hiciera rico y se extendiera por el Imperio. Hoy, que la Psicología clínica ha remplazado a la Ética (así como la corrección política y la cultura de la cancelación a la Política), los criterios de salud mental —dormir tus ocho horas, no saltarte ninguna comida, ni estresarte, ni descuidar tu salud, ni tus hobbies, ni tu vida social, ni que te gane el resentimiento, y si te enojas, sacarlo de forma sana— construyen el ideal humano de un sujeto de la clase alta que dispone de tiempo, dinero y seguridad para seguir los consejos de mi maestra de Yale.

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El privilegio siempre ha existido; lo novedoso de nuestros tiempos es la vehemencia con que se niega. Angelina Jolie, cuando ganó el Oscar, reconoció, con humildad, las ventajas que le tocaron, y habló de la existencia de gente más talentosa “que podría hacer mejores filmes y discursos que yo, pero que está en un campo de refugiados”.

 “Tal vez pongas tu pie en la puerta, pero todavía tienes tu pie en la puerta. Hay mucho trabajo que viene después de eso”, declaró la hija de Johny Depp, indignada por la viralización del término nepo baby, “los hijos del nepotismo”, que acceden al mundo del cine —o de las letras, de la academia, de la política, etc.— saltándose las dificultades que pasa la plebe.

Nadie niega la existencia de nepo babies con talento. Nadie niega, tampoco, que haya que aprovechar las ventajas que le brinda a una la suerte, ni que sea más o menos normal y esperado que las profesiones —en especial cuando son, potencialmente, fuente de autorrealización y no meramente empleos— se hereden. La vida es horrible para todo mundo: los ricos también sufren, y no es imposible que una jornalera sea más feliz que el rey de Inglaterra. Pero si a alguna nieta de Su Majestad le da una enfermedad incurable, tendrá los mejores doctores para atenderla; a la hija de la jornalera a lo mejor ni llegan a diagnosticarla. Supongamos que a ambas las atienden y ambas se mueren: la familia real británica no caerá en una deuda impagable, ni tendrán que pedir prestado para enterrar a la difunta. La muerte de alguien cercano, entre más lejos te encuentres del doctorado en Yale, no sólo es triste, sino excesivamente cara.

El problema con la salud mental no es que la gente vaya a psicoterapia, sino la psicologización de conflictos políticos y sociales. El hecho de que alguien privilegiado tenga problemas emocionales no desmiente su privilegio. La felicidad (o la ausencia de ella), como horizonte de una psicología light que nos invita a conformarnos con lo que nos toca, sirve para relativizar toda demanda ético-política, pues es indudable que, a su manera, todo mundo sufre y la tiene difícil: los nepo babies, por ejemplo, sufren la eterna comparación con sus padres, pero la hija de una familia de la clase obrera que lucha para dedicarse al arte o a la academia tiene problemas para pagar la renta. La salud mental, en nuestro siglo, es otra versión laica de la ciudad de Dios: sin importar si la carga de una es ser nepo baby y nunca estar a la altura del apellido familiar, o tener que elegir entre la comida y los libros de la escuela para dedicarse, como decía mi abuelo, a una carrera de ricos —“y nosotros no somos ricos” —, nos ofrece no solo la redención, sino la justificación de este mundo —pues si en medio de tanta injusticia y desigualdad la felicidad depende de una—, entonces no tiene sentido hacer la revolución.

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No me interesa si la salud mental es posible, sino si el ideal que propone es deseable: ética, política y ontológicamente. La salud mental, ataviada con la dignidad de la neurociencia —con el preciso lenguaje de las hormonas y los neurotransmisores— se ha convertido para mi generación —que desconfía de la religión y el Estado— en nuestra ideología…

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Revista Karandash Alexandra de Leon Micrographic Design in the Shape of a Labyrinth Vía The Met Museum
Diseño micrográfico con forma de laberinto. Forma parte de un álbum de 26 ejemplos de caligrafía y micrografía, cuya creación se sitúa probablemente en Francia o, tal vez, en Amberes, a principios del siglo XVII. El texto del diseño está escrito en francés con letra cursiva y comienza con las palabras «L’homme prudent (…)». (Vía The Met Museum)

  • Alexandra de León KARANDASH

    Actriz, filósofa y escritora. Entidad transfemenina no binaria, ostenta el título nobiliario de Su Alteza Real Alexandra de García, La Princesa de León, al que renunciará al día siguiente de la revolución comunista, para adoptar el de Princesa Reinante de la dictadura del proletariado.

    Colaboraciones +

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