Carrefour de l'Epine

I

¿Qué corazón avaro
cuenta el metal
de los instantes?

Xavier Villaurrutia

¿Cuándo habrá sido nuestro primer encuentro con el instante? 

¿Cuándo será el último?

¿Acaso importa? 

¡Entreguémonos a su visita!

¡Alegrémonos con su arribo! 

¡Agradezcamos!

Nada más

hay.

…

«¿Cuándo habrá sido mi primer encuentro con el instante?»

Así aparece escrito en mi último diario, una sola línea al abrir de par en par la mitad del cuaderno. Todo lo demás yace en blanco. Una pregunta. Ninguna respuesta. Una pregunta reciente, aunque su asedio viene de más atrás. No sé cuánto atrás. Ahí estuvo, rodeada de la neblina del alma; ahí sigue, ahora despejada en la hoja. Me mira. Yo no la miro. No me atrevo. O no me atrevo siempre. Depende del día, la situación, la hora, los pendientes. A veces depende del ánimo al levantarme de la cama. Hoy es uno de esos días en que me atrevo a mirarla. Pero ¿a responderla? Es inevitable la respuesta al mirarla. Por eso no la miraba. Hoy me atrevo. Nos vemos mutuamente. Sólo hoy, no sé mañana. Contesto, pero no escribo nada. Así ha sido desde hace meses. Por eso permanece intacta la cuestión. Y la respuesta siempre está alterada, tergiversada, desperdigada. La respuesta nunca es la misma. Hoy quiero responder, aquí, fuera del diario. Y conservar todavía ese diario de una sola línea, que nunca ha sido una línea solitaria.  

…

Recuerdo cuando apareciste aquel día, cuando ya anochecía en la biblioteca de la Facultad. Me gustaba mucho moverme entre los estantes llenos de libros —todavía lo hago, aunque con menos frecuencia. Algo entre sus filas me reconfortaba y alentaba a seguir. Existía el buscador digital, pero me resistía. Quería conocer por mí mismo el laberinto. Quería grabarme las secciones, las divisiones, los lugares que ocupaban cada novela, tratado, poemario, compilación, ensayo… Quería hacer mío algo que nunca podía llegar a serlo. Eso también me agradaba. No tenía mucho dinero para comprar mis propios libros, así que acudía con rapidez a los sitios de la biblioteca, ya impresos en mí, al final de clases, a principios de semana. Uno se volvía acaparador para escapar de los acaparadores. 

Recuerdo cuando apareciste. Sí, estabas esperándome, y yo a ti. Entreví dentro de una lista bibliográfica del curso de Estética un título extraño y envolvente, casi un trabalenguas: La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica. Reproducir, reproductivo, reproductor, reproducción, pero ¿reproductibilidad? Como sea, nunca vimos este ensayo en clase. Me desilusioné. Pero eso nunca me ha detenido. 

Fui a la biblioteca, a buscarlo, y a partir de entonces jamás escapó de mi memoria la famosa sección PT del anaquel, «el pasaje de Walter Benjamin». Me introduje y entonces me acerqué a ti, nos aproximamos más. Quedé asombrado al hojear el libro anhelado. No entendí casi nada. Pase de uno a otro texto, hasta llegar a las famosas Tesis sobre la historia, hasta dar con la célebre tesis VI, hasta chocar con la incendiaria afirmación de que hacer historia «significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro». Me estremecí, sentí cómo el peligro impregnaba todo de golpe. Un relámpago. Conocí el jetzeit, el tiempo-ahora, el ahora del ahora en su radical fugacidad, en su singular manera de pisar, de pasar y hacer de lo que pasa algo pasado, en su doble rostro catastrófico y salvador. Conocí el instante mesiánico. O más bien, lo reconocí. Ya nos habían presentado. Tan sólo quedó un rato en el olvido.

Hay instantes que salvan.

…

Un instante te lleva a otro.

Ahora estoy en la preparatoria. Mi último año. La época del renacimiento, como suelo decirme a mí mismo. Me muevo entre clases con un ánimo desbordante. Quiero ser filósofo, me empiezo a preparar para ello —si es que algo así es posible. Sin embargo, lo que más leo es literatura, y Julio Cortázar se vuelve mi confidente. Quiero ser un cronopio, y una amiga cronopio me dice que no puedo, que no me va. ¡Tú eres una fama!, me recalca. Ni hablar. No le hago caso. Soy un cronopio. Actúo como tal.

Consigo mi libro, que aún conservo con mucho cariño, Historia de cronopios y famas. Leo las instrucciones, y aprendo a darle cuerda a un reloj que no tengo; aprendo a subir una escalera, que tampoco poseo; aprendo a llorar, con lágrimas que no son mías. 

Consigo mi Rayuela en una librería de viejo, cerca de mi pueblo, otro libro que sigue conmigo, y comienzo a saltar de un capítulo a otro, pero nunca llego a la cima —si alguien ha llegado, avíseme qué hay al final del avioncito argentino. 

Un instante es una edad de oro.

Como dice Marcel Proust en no recuerdo qué parte de En búsqueda del tiempo perdido: «los verdaderos paraísos son los paraísos que hemos perdido». 

Un instante es un pequeño paraíso perdido.

En fin, regreso a la preparatoria. Leo a Cortázar, Borges, J. E. Pacheco, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez —¡qué fortuna es tener literatura iberoamericana al final del bachillerato! También veo películas conmovedoras para un joven con propensión a la ilusión inmediata. Otra vez camino hacia ti, nos volvemos íntimos, en la película recién estrenada en cines de Medianoche en París del impopular Woody Allen. Ahí reconozco el nocturno velo del instante. 

Un instante habita entre las 00:00 y las 00:00:01 horas.

Nos volvemos más cercanos, sin embargo, con La sociedad de los poetas muertos de Peter Weir. Un internado juvenil, la mano dura de la adultez como gobierno y la llegada de un nuevo maestro de literatura lo cambia todo. Las palabras del profesor Keating brotan desde dentro de mí, empujan desde mi propia pasión por la literatura, y se aclaran a sí mismas con dos simples y a la vez misteriosas palabras:

Carpe diem

En la misma película traducen la sentencia latina: “aprovecha el día”. Keating la introduce con un fragmento del poema A las vírgenes, para que aprovechen el tiempo de Robert Herrick, que invita a “tomar las rosas mientras se pueda”; la remata alentando el espíritu de los jóvenes para que hagan de sus vidas algo extraordinario; y la complementa constantemente, a lo largo de la historia, con alusiones a Walt Whitman. ¿Quién es ese poeta? 

¿Quién puede ser tan irrespetuoso con su propia juventud como para no tomarse en serio las palabras de Keating? 

…

Pese al cautivador impulso romántico en el fondo, me es insuficiente lo dicho acerca del Carpe diem en la película. ¿Qué quiere decir “aprovechar el día”? Me pongo a investigar. Uno de los hilos me conduce al literato Quinto Horacio Flaco, mejor conocido como Horacio, al que se atribuye la expresión. Voy a la biblioteca y lo busco. Encuentro felizmente sus Odas, me siento en una de las mesas, abro el libro y me detengo en la onceava oda del primer libro, en los últimos versos:

Sé sabia, filtra el vino

y, siendo breve la vida,

corta la esperanza larga.

Mientras estamos hablando,

habrá escapado envidiosa la edad:

aprovecha el día,

fiando lo menos posible

en el que ha de venir.

¡Maravilloso! Una canción a la brevedad de la vida, para habitarla con epicúrea sabiduría, para introducirnos en los recovecos del placer que nos es posible, que nos es dado, y que podemos esperarlo, aprovecharlo, cosecharlo, capturarlo con nuestra entrega total. 

Carpe diem es la esperanza del momento, la habitación plena del aquí y el ahora, la saturación del tiempo en una gota, el advenimiento de lo oportuno, un punto de emergencia y convergencia de las oportunidades.

… 

Carpe diem es el intento de tomar entre las manos el instante y, a la vez, es el día fructífero, el momento del florecimiento vital, la madurez del tiempo que podemos disfrutar. 

El hallazgo de Horacio es inolvidable, pero tampoco es suficiente para saciar mi curiosidad. Por eso me dirijo de nuevo a los estantes de libros de mi biblioteca, en búsqueda de Walt Whitman. No obstante, antes de dar con él, me retiene otro misterioso libro de pasta dura color café, empolvado, nadie puede sacarlo. Es el único ejemplar. Lo interesante es el título que mis ojos atisban antes que mi consciencia. La fuerza de su llamamiento dilata mi futura cita con Hojas de hierba de Whitman, pero vale la pena.

La obra se llama El libro de los instantes (1933) de un tal Xavier Pidal. Con excepción de una breve biografía, el resto del libro parece un rompecabezas de piezas que no embonan del todo, que no quieren concordar entre sí, que se separan con la necesaria distancia como para no destruir la obra en su totalidad. Al picotearlo, aparece de pronto:

Una flor abre,

la mariposa juega.

El haiku atrapa.

☙


Citados directa e indirectamente, en orden de aparición: Xavier Villaurrutia, Walter Benjamin, J. Cortázar, Marcel Proust, J. L. Borges, J. E. Pacheco, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Woody Allen, Peter Weir, Robert Herrick, Walt Whitman, Horacio, Xavier Pidal


  • Jali Karandash

    Filósofo de formación, literato por deformación. Filosofo a través de la literatura, y juego literariamente con la filosofía. Amigo del Círculo de Jena. Inquieto por anhelo de absoluto.

    Colaboraciones +

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