Mientras Anne Rice cosechaba éxitos con sus homoeróticas crónicas vampíricas y el sida se convertía en el gran estigma para la comunidad gay, una joven Poppy Z. Brite (Kentucky, 1967) publicaba una de las novelas más crudas sobre el amor homosexual: The exquisite corpse, joya decadente, de ambiente finisecular que, al explorar los límites más perturbadores de la humanidad, funciona como una alegoría de cómo lo diferente es lo monstruoso a los ojos del mundo. Este año, The exquisite corpse (traducido gloriosamente como El arte más íntimo) cumple su tercera década desde su nacimiento entre las sombras, convirtiéndose en un clásico de culto. Hasta hace poco era de difícil acceso, al menos para quien escribe estas líneas, pues le tomó nada menos que 11 años hacerse de su propio ejemplar, y además de segunda mano.
El libro narra la historia de Andrew, un gentleman inglés y asesino serial necrófilo, que escapa de prisión y huye hacia el barrio francés de Nueva Orleans, donde se encuentra con Jay. Andrew perfila a este apuesto joven —inspirado en Jeffrey Dahmer— como su próxima víctima; no obstante, Jay es también un acérrimo devoto de la carnicería, pero con un apunte más escalofriante: su gran pasión radica en el canibalismo necrófago. Paralelo a ello, se desenvuelve la historia amorosa de Tran, un hermoso efebo que trata de escapar de su abusiva, pero pasional relación con Lucas, bastante mayor que él. Enfermo de sida, Lucas se encarga de escupir su odio hacia la heterosexualidad a través de un programa de radio clandestino; cree que la falta de atención a su situación se debe al privilegio institucional y económico del cual goza la familia tradicional (y no se equivoca demasiado). La trama se complica cuando el trágico cuarteto se ve involucrado en la concreción de sus deseos y, fatídicamente, se ven marcados por el sino del canibalismo.
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Al leer a Brite me cuestiono por qué El arte más íntimo no ha sido rescatado de las sombras del tiempo, por qué nadie ha caído en la tentación de adaptarla en Netflix con un elenco multicultural o, al menos, a una aventurada cinta de soft gore (qué oxímoron) que bien podría estar producida por A24. ¿Se deberá a la crudeza y minuciosidad de detalles al momento de describir las torturas? ¿O acaso el prejuicio de la depravación sobre ciertos tipos de vida que retrata Brite pesaría demasiado en nuestro políticamente correcto Occidente? Lo cierto es que Poppy —quien, por cierto, aparece desnuda en la portada de la edición al español; entonces sobrevivía como desnudista y actualmente vive como un hombre trans gay llamado Billy Martin— en reiteradas ocasiones escribió sobre la disforia corporal que vivió en los noventa. Así, no es de sorprender que sus terribles personajes sean alegorías de la desesperación e inmensa incomunicabilidad de habitar un cuerpo ajeno en un mundo que te observa como paria.
El arte más íntimo está colmado de imágenes ampliamente descriptivas, de cuidadosas exploraciones en las mentes de los asesinos. La prosa de Brite demuestra que el horror más corpóreo puede hibridarse con la ternura. Sus personajes son monstruos enamorados y dolientes, heridos por un deseo insaciable que sólo puede calmarse con la experiencia límite de la muerte, hasta que la idealidad de la concesión mortuoria comienza a pudrirse en la habitación.
Así lo describe Andrew, el protagonista, quien siente una especial predilección por los jovencitos: “La mutilación grave o el desmembramiento no me deleitaban; lo que me atraía era el susurro tenue y el tajo de la cuchilla.” Para Andrew el asesinato es una forma de amor efímero, a la vez que desgarrado y eterno. En el dolor que produce la muerte no encuentra placer, pero sí la develación de un vínculo que hermana al todo más allá de la muerte. Aunque no se enorgullece de su manera de ser, de forma estoica se ha asumido como construido en esa heterogeneidad límite. Esto lo diferencia de Jay, quien, al pertenecer a una de las familias más antiguas y poderosas de Nueva Orleans, se permite llevar una vida ociosa que sacia con gustos similares a los de Andrew, pero con el matiz exacerbado de su gusto por la tortura.
Así, mientras el fin de Andrew es la muerte misma, el de Jay es el placer cruento deliberado hasta la muerte, como un lujo en la promesa lenta y agobiante del erotismo íntimamente ligado al sufrimiento, que lo hace consciente de su propia muerte, de lo cerca que está de dicho linde, y de lo ínfima que resulta la vida frente a ese gran abismo abierto al que, sin embargo, se niega a llegar porque ha sido manipulado por mano del hombre.

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Hay un aspecto más siniestro de la crueldad. Quien la ejerce se confirma a sí mismo como un dios, pues de su mano depende la vida del otro, y en ese martirio hay una dimensión mucho más grotesca: aquel a quien martirizo está siendo testigo de mi crueldad, de mi existencia. Se ha convertido, a fuerza de tortura, al otro en un apóstol y mártir personal. Así, los procesos de fetichización a que Jay somete a sus víctimas son complejos: involucran una expiación de la vida, que posteriormente le convertirá en un cadáver —es decir, en el sobrante y la fatalidad de la existencia—. Pero sólo entonces dicho “objeto”, el cadáver, tendrá para este asesino un valor. Poppy concederá al lector una descripción pormenorizada, con fluidos, olores y texturas, de la ritualidad meticulosa en el desmembramiento de un cadáver.
Tran, un adolescente homosexual de 19 años de origen vietnamita y conocido de Jay, lleva una vida desenfadada, oculta de los designios familiares, que sólo exigen la discreción de sus placeres. Es un personaje fresco e inocente, la esperable víctima de los amores desenfrenados de Jay. O de Compton. O de su exnovio posesivo diez años mayor, Luke, quien le llama amorosamente “mi laberinto intestinal”, clamando el deseo que le provocan los placeres anales experimentados con la juventud del vietnamita. El tortuoso amor no correspondido de Luke le hace hermanar su imagen con el consumo desmedido de heroína, por lo que se encuentra triplemente infectado: por el sida, la heroína y Tran.
Los momentos de amargura se ven reflejados en cada uno de los personajes; desde el desamor traicionado que vive Tran en su juventud, hasta las cavilaciones profundas que embargan a Luke cada vez que piensa en la canibalización de las células que le destruyen por su enfermedad. Claramente, el gran eje de gravitación es la profunda desolación que afronta la magnífica pareja asesina formada por Andrew y Jay, en cuyo encuentro comienza el descenso a los avernos, en la supuesta concepción de monstruosidad y diferencia, en la carencia de un igual encerrado en la finitud austera de lo humano. Quizá la falla ontológica radica en que, precisamente, nadie hay como él, o ellos. ¿Cuál abismo más insubsanable que el del super-hombre sujeto a las instancias del hombre?
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El arte más íntimo se manifiesta como una obra literaria que metaforiza, en su forma más brutal, la búsqueda constante de ese igual que completa el vacío de quien se siente en la paradoja del absoluto. Es la historia de un tórrido romance que puede ser el desenfreno de cualquiera, la santificación caníbal del deseo que invade la carne en su ansiedad por entregarse al acto sexual para comprenderse en la máxima posesión. Si un rasgo caracteriza a ambos, como exacerbación de la soledad humana hambrienta de amor, es la imposibilidad de poseer sin asesinar; pero, al descubrirse mutuamente en la carne del otro, también han develado el anhelo por perpetuarse en la inmanencia del eros. En el caso específico de estos amantes, tal anhelo se disloca en sus límites con la muerte, y lo que fuera el abismo de dos seres incomunicados es, en esta paradoja, lo que les une en plétora extática que desencadena el final alucinante de esta obra que se mantiene en la divina tiniebla, esperando a ser encontrada por aquellos que se arriesguen a los más grotescos de los festines. ☙


Sofía Maravilla
Filósofa necRomántica y teóloga obscena. Católica divergente. Slytherin.

