La traición de las imágenes es la obra pictórica por excelencia para hablar sobre representación. Mediante un comentario surrealista, Ceci n’est pas une pipe, Magritte introduce una reflexión sobre la representación y su relación con la realidad; claramente no vemos una pipa, sino algo que se le asemeja. “Esto no es una pipa”, dice el texto que acompaña la imagen, señalando una obvia aunque oculta verdad: no estamos ante una pipa, no podemos poner ahí tabaco y fumar… Pero ¿es al menos la representación de una pipa? La representación es un concepto central para algunas teorías del arte (Carroll, N., Philosophy of Art), y Magritte lo presenta muy bien.
Escritura
Lo que lees ahora es, en su dimensión más fundamental, una serie de manchas negras sobre el brillo de una pantalla blanca, píxeles y luz. En un momento de cientificismo reduccionista, podemos inclinarnos a pensar que aquí no hay nada más que una distribución de luz que golpea tus pupilas. Pero en algún punto, las manchas adquieren significado y sentido en la consciencia. Todos estos símbolos representan algo, son sobre algo. Si escribo la palabra “perro”, la uso para representar y llamar tu atención sobre aquel animal. No ves solo manchas; lees.
Palabras
Algo análogo ocurre con la palabra hablada; el texto escrito y la conversación no difieren en un nivel fundamental, pese a tanta reflexión acerca de las virtudes del diálogo sobre la escritura (o a la inversa, dependiendo de a quién le preguntes). Tal vez no sea la manera más emocionante de ver la vida, pero cuando hablamos con alguien, lo que hacemos es enviarle una serie de sonidos: vibraciones del aire que chocan en sus oídos y se transportan desde el nervio auditivo hasta una zona del cerebro donde son convertidas en impulsos eléctricos.
Pero, de nuevo, esos sonidos no son solo eso: representan cosas, las palabras son sobre algo. Si me escuchas gritar “¡Un perro!”, los más distintos sentimientos e imágenes se evocarán en tu mente.
Representación
Lo común en ambos casos —el arte y el lenguaje— es que se articulan en torno a la representación: aquella propiedad que tienen algunas entidades de ser acerca de algo más. Nuestro lenguaje, hablado o escrito, es acerca de algo, especialmente acerca de objetos en el mundo. Y aunque Magritte insista en que su pintura no es una pipa, sí es acerca de una pipa (y el texto que la acompaña trata, a su vez, de la relación que la pintura tiene con su objeto que representa: una representación acerca de otra ¿meta-representación?).
El concepto de representación es crucial en buena parte de nuestra vida y cognición. Por ello, se ha convertido en uno de los conceptos centrales de la filosofía. Algunas preguntas inevitables surgen: ¿De dónde viene la representación? ¿Cuáles son las condiciones—necesarias y suficientes—para que un objeto represente a otro? Y, particularmente, ¿cómo es que objetos físicos como ondas de sonido o manchas de tinta sobre un papel adquieren la capacidad de representar, de ser sobre algo más?
La pintura de Magritte representa una pipa porque se parece a ella. Pero esto no es ni suficiente ni necesario para representar. Por un lado, imagina que derramo mi café sobre mi cuaderno y, por azar, el resultado es la silueta de la Virgen de Guadalupe. ¿Es eso una representación de la Virgen o un feliz accidente que se le parece? (Putnam, Reason, Truth and History). Todo indica que, además del parecido, se requiere cierta intención y propósitos comunicativos para representar. Magritte representa una pipa no solo porque su pintura se asemeja a la silueta de una pipa, sino porque tiene la intención de hacerlo. Ni yo, ni la fuerza de gravedad buscamos representar a la Virgen de Guadalupe cuando tiro mi café por accidente.
De hecho, la similitud no es una condición ni siquiera necesaria. Las palabras nunca se asemejan a su referente, a aquello que representan. “Perro” no necesita ladrar, o tener cuatro patas para representar a los perros y, de hecho, podemos usar palabras para representar entidades abstractas— “amor”, “democracia”, “uno”— o entidades inexistentes— “Hamlet”, “Narnia”, “Vulcano” o “La estrella de la muerte”.
Representación derivada
Parece que en todos los casos mencionados, tanto en la palabra hablada o escrita, como en las imágenes pictóricas, nuestros acuerdos juegan un papel central. Podríamos pensar que “perro” representa a los perros porque en algún momento de nuestra historia cultural lo hemos acordado, quizá implícita e indirectamente a través de nuestras propias prácticas. La capacidad de estos fenómenos físicos de representar deriva de nuestros acuerdos y prácticas.
Representación originaria
Pero ¿de dónde vienen fundamentalmente esos acuerdos? Para muchos, las entidades representacionales originarias son, precisamente, nuestros estados mentales. Si otras representaciones dependen de nuestros acuerdos, en ello se juegan creencias, deseos, intenciones; la mente no necesita un acuerdo previo para representar, la mente genera representación por sí misma. (Searle, J. Intentionality: An Essay in the Philosophy of Mind)
La mayor parte de nuestra vida mental opera representando cosas en el mundo: memoria, percepción, imaginación, creencias, deseos, miedos… A diferencia de la palabra, que es inerte hasta que alguien la lee o la escucha, un estado mental —como el deseo de beber un café o el recuerdo del olor de la lluvia sobre la tierra— parece apuntar y representar al mundo por sí mismo.
Esta idea está en los orígenes de las ciencias cognitivas, al menos en su versión estándar (Fodor, J. Psychosemantics). Para esta disciplina, la cognición es procesamiento computacional sobre representaciones mentales. Brentano (Psychology From an Empirical Standpoint), de hecho, se inmortalizó en la historia de la filosofía por sostener que la representación es la marca de lo mental.
Sin embargo, la pregunta es persistente: ¿cómo es que la mente tiene capacidad de representar? Para muchos la mente no es más que la activación de patrones cerebrales y corporales, electricidad y neurotransmisores, sí, en un cuerpo situado en cierto ambiente, pero ¿cómo es que la materia adquiere la capacidad de representar el mundo? ¿O es la mente algo más que materia?
Representar mal
Por otro lado, representamos en nuestra mente, pero no siempre lo hacemos bien. Todos hemos sido víctimas de la mala memoria, recordar algo con la fidelidad que lo vivimos no es la norma. La percepción tampoco es infalible, percibir a media noche una silueta humana donde solo hay una silla inerte, o confundir una bolsa de basura con un gato en la oscuridad son situaciones comunes. ¿Cómo damos cuenta del error? El problema está en que cualquier teoría de la representación tiene que suponer que hay maneras correctas e incorrectas de hacer las cosas, pero ¿cómo puede el cerebro equivocarse? ¿De dónde viene la normatividad si todo lo que parece haber a nivel cerebral son chispazos de energía eléctrica, transmisión de químicos? La naturaleza no sabe de errores, solo de hechos. (Dretske, F. Misrepresentation; Millikan, R. Biosemantics) ¿O existe algo como representación fundamental en el mundo? (Brandom, Making It Explicit)
Entender la representación no es un ejercicio académico ocioso, se trata de uno de los conceptos centrales en la filosofía. La representación permea nuestra relación con el arte y la palabra, pero es también lo que nos permite vincularnos con el mundo en el que vivimos; percibirlo, recordarlo e imaginar posibilidades distintas. Entender la representación es entender las relaciones entre mente, lenguaje y mundo.
☙

Litografía en rojo y violeta intenso sobre papel secante, 1919. (Vía NGA)
Citados, en orden de aparición
Carroll, Noël (2012). Philosophy of Art: A Contemporary Introduction. New York: Routledge.
Putnam, Hilary. (1981). Reason, Truth and History. New York: Cambridge University Press.
Searle, John R. (1983). Intentionality: An Essay in the Philosophy of Mind. New York: Cambridge University Press.
Fodor, Jerry A. (1987). Psychosemantics: The Problem of Meaning in the Philosophy of Mind. MIT Press. Edited by Margaret A. Boden.
Brentano, Franz (1874). Psychology From an Empirical Standpoint. Routledge.
Dretske, Fred (1986). Misrepresentation. In Radu J. Bogdan, Belief: Form, Content, and Function. New York: Oxford University Press. pp. 17–36.
Millikan, Ruth Garrett (1989). Biosemantics. Journal of Philosophy 86 (6):281-97.
Brandom, Robert (1994). Making It Explicit: Reasoning, Representing, and Discursive Commitment. Cambridge: Harvard University Press.
