He llegado a comprobar que la obra de Thomas Carlyle tiene un provecho semejante al de la negrura cósmica: así como ésta resalta, por contraste, el brillo de las estrellas, casi todo lo que Carlyle escribió hace que lo bueno que han colegido otros filósofos —o, mejor dicho, filósofos que sí lo han sido— suene más incisivo y necesario. Por poner un ejemplo: pensar en Nietzsche a veces es recordar que muchas doctrinas políticas atroces se sostienen sobre malas lecturas de grandes ideas; en cambio, pensar a veces en Carlyle es comprobar que todas las doctrinas políticas alcanzan su paroxismo de barbarie cuando se fundan en lecturas rigurosas de ideas estúpidas.
Lo advirtió Chesterton, lo recordó Bertrand Russell, lo sintetizó Borges: las escasas y fastidiosas virtudes de Carlyle —esto es, un poco de ingenio bufonesco, mucha retórica de relumbrón y una temprana (y por ello aún renqueante) invectiva contra el historicismo— no compensan la catástrofe de sus abundantes imbecilidades. De estas, la más grave es el eslogan de su pensamiento, su cita más citada, la tesis central de De los héroes y el culto a los héroes: “La Historia es la biografía de los Grandes Hombres”.
Dice Carlyle en ese libro pirotécnico que la humanidad se divide en dos grupos: en uno están los Grandes Hombres, valientes, inteligentes y fornidos, pero también exiguos; en el otro están los pequeños hombres, vulgares, débiles, idiotas y, sobre todo, abundantes. Los primeros son los “jefes” de los segundos: son los moldes de la virtud humana y “los forjadores” de cuanto la Humanidad en conjunto ha logrado de más bello y útil. Según esta nomenclatura, la Historia vendría a ser para nuestro “filósofo” algo así como el recuento de la lucha perenne que han emprendido los dominadores para liberar a esa supuesta Humanidad de los fardos que entorpecen su infinito autoperfeccionamiento.
Esos fardos son los pequeños hombres, naturalmente. Y librar a la Humanidad de esos fardos significa —es evidente— aniquilarlos.
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Me pregunto si no estamos viviendo en unos tiempos muy carlyleianos. A esta sospecha me encamina el cotidiano y triste eco de una idea: “Al final, quiero poder decir que estuve en el lado correcto de la historia”. En buena medida esa parece nuestra actual y terrible brújula ético-política: es como si, de un tiempo para acá, viniéramos haciendo lo que hacemos no porque deseemos el bien, sino para que los historiadores futuros reivindiquen lo que hoy hacemos (y que juzgamos como correcto). Quiero decir: ahora parece que hacemos lo que hacemos como una especie de especulación, de inversión ética que rendirá sus intereses en nuestra vanidad futura.
Veamos dos definiciones antagónicas sobre la Historia. El 16 de octubre de 1953, Fidel Castro proclamó: “En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá”. Sesenta y un años después, Peter Thiel —principal ideólogo del autoritarismo trumpista y de eso que ha venido llamándose tecnofascismo— publicó un libro, Zero to One: Notes on Startups, Or How to Build the Future, donde advierte, con un enojoso tono mesiánico: “Today our challenge is to both imagine and create the new technologies that can make the 21st century more peaceful and prosperous than the 20th”.
¿Qué cambió entre la visión de la historia castrista y la de Thiel? Ciertamente, no la significación de la misma palabra Historia. En ambas ocasiones tuvo una misma dirección: la historia es, para ambos, el futuro, y el futuro es, a su vez, sinónimo de victoria: absolución moral por esa misma victoria. No, lo que cambió fueron las razones para tener esperanza en el futuro: Fidel Castro se creía del lado correcto de la Historia, y que esta se dirigía inevitablemente hacia su mejor puerto —ahí donde él mismo ya había echado amarras, al dirigir el asalto al cuartel Moncada—. Peter Thiel, más cínico, nos dice que la Historia solo será correcta si se le obliga a serlo, y al mismo tiempo nos indica cómo hará él, junto con sus amigos tecnócratas, para forzar al porvenir a declararlos vencedores.
El problema que busco señalar aquí es que últimamente venimos pensando más como él que como Castro.
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Todo queremos estar en el lado correcto de la historia: los pequeños hombres y también los hombres minúsculos, imbéciles, que se creen grandes. Así se titula un libro del pequeño hombre que se cree grande Ben Shapiro: El lado correcto de la historia. Y algo similar escribí hace poco, cuando compartí una publicación a favor de Palestina. Todos nos sentimos obligados a pensar “de manera clara qué significa, en definitiva, estar del lado correcto de la historia”… pero casi nadie se pregunta si es cierto que en la Historia hay lados correctos e incorrectos, independientes de la tribuna de los Grandes Hombres. Todos sabemos que la historia la escriben los vencedores… pero pocos se cuestionan en qué medida juzgar la corrección de la historia es validar todo lo que llevó a esos vencedores a la victoria. Repetimos, aquí y allá: “Quiero poder decir que siempre estuve en el lado correcto de la historia”, e ignoramos que lo mismo sería exclamar: “Quiero que gane mi Gran Hombre, el que defiende mi versión de lo que es lo correcto”.
Yo, por lo mientras, tengo algo claro: mientras unos y otros sostienen sus alfileres teleológicos bajo microscopios cada vez más potentes, a los vencedores ya no les importa admitir que, de un tiempo para acá, ChatGPT les escribe su(s) Historia(s).
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¿Qué vencedor estará dispuesto a llamarse a sí mismo “el malo de la historia” o, peor aún, “hombre pequeño”? Me gustaría creer que hacernos esta pregunta bastaría para convencernos de que, en lugar de emplear los pocos sesos que nos quedan en tratar de descubrir cuál es el lado correcto de la historia, sería mejor gastarlos en empezar a cuestionar si es cierto que la historia tiene dos lados. Pero ahora veo que nuestro carlyleanismo contemporáneo es difícil de vencer no porque esté bien arraigado, sino porque no sabemos que está ahí (y no lo sabemos por lo que ya nos dijo Žižek).
Sin embargo, también creo que aún podamos hacer algo para recordarnos que lo correcto es hacer lo correcto por lo que es, y no para poder jactarnos de nuestra altura moral; pero sé que, si tengo razón, el camino será largo y empedrado. Mientras ese trabajo de sanación ética y política —con sus bofes sintácticos, sus traspiés argumentativos y su solanera conceptual, pero trabajo filosófico y humano— aún esté en “veremos”, yo nada más voy a pedirle una cosa a ese mismo Dios que nos ha condenado a vivir bajo el yugo de los Grandes Hombres: que me libre de hacerme amigo de un Gran Hombre, y de estar en el lado de la historia que el Gran Hombre de turno señale como el correcto. Que me libre de estar de acuerdo con un tirano, de querer ser bueno solamente por vanagloria, y de vivir en paz refugiado en el convencimiento de que ya estoy en el lado correcto de la historia, mientras el Gran Hombre sigue alimentando con sangre la gran rueca de su Historia.
☙

