Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida.
Georges Bataille, El erotismo
El Eros es la sublimación de las posibilidades de la carne, pero también una violenta reminiscencia que añora animalidad: llama al instinto al encuentro de otro cuerpo; anhela reunir su discontinuidad sufriente con una que prometa, con el mismo delirio de disolución en otro, la pervivencia de su sangre a través de los siglos venideros, aun cuando esta sobrevivencia sólo sea un simulacro de la imagen aglomerada de abstracciones que denominamos humanidad.
El Simposio platónico ofrece las visiones más tajantes que han dejado huella en la tradición erótica de Occidente: el encomio que se hace a la diosa Afrodita, develando su ambigua naturaleza, a la vez terrena y urania; el siempre entrañable discurso aristofánico a propósito de los seres absolutos cercenados por su insolencia contra los dioses, condenados a la perpetua búsqueda de su otra mitad, jadeantes y, ya desde allí, limitados por un deseo inconfesable; la disertación de Sócrates evocando a Diotima, que despoja al amante de aquello que busca en el amado.
Estos discursos del Eros continúan bifurcándonos. Sin embargo, en esta ocasión hay una imagen mucho más enigmática que me gustaría conjurar: el Eros teogónico, ese titán arcano que motivó a Gea a extraer de sí misma la figura de Urano, a separar lo etéreo de lo ctónico. Fue también la fuerza de Eros la que orilló al hombre a desbordarse de su propia contención, a crear el mundo aunque otros eros divino, el de Prometeo, le alumbrara en la noche primera.
Conjuro al eros titánico para dimensionar la índole de este humano padecer que, en el intersticio que le abisma de lo orgánico, produce aquello inefable que identificamos con lo sagrado. ¿Cómo puede el hombre no sufrir el eros cuando éste se le desborda siendo, desde su primera imagen, una imagen titánica? ¿Cómo puede un titán ser limitado a la endeble razón que dieran al pobre hombre sus hijos olímpicos?
Ante todo, el erotismo transgrede los límites de lo que se considera meramente natural y permite al sujeto, a través del ámbito de la imaginación, desplegar las posibilidades de su cuerpo relacionadas con la complacencia desinteresada. El erotismo libra a la creatura del yugo de su metafísico tirano y le instaura en el lugar que éste ocupaba; pero también toma su alma, su conciencia dolorida, y allí construye el espacio donde la creatura puede ejercer su libertad, primero de su pensamiento, después de sus límites y desbordamientos, de su placer y su dolor en tensión.
Es en ese disfrute y padecimiento de las potencialidades de su cuerpo donde el erotismo cobra la vida del sujeto. En primera instancia, se aferra al cínico placer individual para después pasar a una sublimación que rebasa las delimitaciones del placer sólo corpóreo. Siendo arrastrado por una fuerza colectiva que le excede y de la que, sin embargo, procede, el sujeto se des-centraliza y deviene una erotización en conjunto, que genera un erotismo que calificaríamos como sagrado: en tanto que el sujeto ha sido movido de su núcleo individualista, se “abre” con ayuda de la erotización, rebasa las limitaciones impuestas por la construcción del mundo donde está injerto y participa de la apertura del otro, de la transgresión que ya no es sólo corpórea sino también espiritual.
Lo humano, definido por la muerte, mantiene dos tipos específicos de relaciones con la erotización: es capaz de significarla, y es también capaz de regocijarse por ella y en ella. Por ello, la crueldad, antes que la razón, es el patrimonio absoluto de lo humano, la afirmación incondicional del deseo: “Podemos decir del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte”, dice Bataille en El erotismo. Tal sentencia colinda con la filosofía sadista, según la cual el sádico necesita afirmarse como el autor del placer y del dolor de su amante, incapaz de alcanzar él mismo su condición carnal. Es decir, el sádico necesita de la apertura de su víctima, frente a la cual se impone. Como Simone de Beauvoir afirma en su ensayo El Marqués de Sade, también la agresión es una forma de dar-placer, de erguirse como tirano y poseer la carne del otro. En el fin coital, se llega a la tensión máxima del sadista y masoquista: la de aquel que es apertura y habitación para el otro, y la del que entra en el cuerpo del sometido e instaura su propio juego de dominio, creando una ilusión aparente de identidad, pero siendo siempre diferenciado por el rol dominador, frente a la sumisión del otro.
El sadista se afirma a sí mismo, pero no logra concretarse en aquella figura que roza las posturas de Beauvoir y de Bataille: la posibilidad de hacerse-carne y ser-conciencia al mismo tiempo, de difuminar las limitaciones que les hacen parecernos, en el proyecto racional, abismos insondables desde sus respectivas trincheras.
No se trata, pues, de des-humanizar ni de cosificar a través del sadismo. Este sentido que se le ha dado usualmente a la contemplación y delectación en el sufrimiento ajeno es por demás desviado y maniqueo, además de síntoma obsceno, desde mi punto de vista, de la moral maquinal expuesta en los días presentes. El sadismo erótico no trata de privar de valor la vida del otro; el regocijo del dolor consiste, más bien, en que aquel que someto es exactamente igual a mí, aunque en el juego sadista sea necesaria la diferenciación de nuestros cuerpos individuados donde cada deseo se manifieste en diversa potencialidad. La relación sadista se da entre humanos, entre conciencias, y no en el burdo simulacro desespiritualizado que aniquila a quien ya no considero mi semejante.
La carne es una exceso donde puede encontrarse un punto de resistencia que permita el despliegue del eros y, por tanto, del potencial del humano que deviene animal soberano. Es el Eros una fuerza que nace en los resquicios inexplorados de cada individuo: transmuta al más mundano en el más sublime y permite la elevación de la carne a las dimensiones del pensamiento. La psique, herida por él, es capaz de sangrar para trazar los caminos que la guíen a la trascendencia. El Eros es violencia en su esencia más íntima, una imposición irrevocable y embriagadora que seduce al ser sediento de aquello que lo motiva a explorar los confines de la vida misma.
¿Puede la psique calmar el deseo por aquello que la haga sentir infinita? ¿Acaso el cuerpo merma por voluntad propia el calambre provocado por un clamor de la materia ansiosa de otras texturas que le conviden al deleite doloroso por no poseer las mismas ambrosías? Este carácter irrevocable y tantas veces atormentado es aquel que hace del Eros una naturaleza titánica oculta en los confines de lo humano: altera las pasiones y las pone en juego en los espacios del espíritu, devuelve al hombre racional al estado más puro de su existencia donde el miedo y la fascinación confluían en un solo aliento agitado, y lo hace devenir gentil animal entregado a su impulso creacional.
El Eros es creación, es destrucción pero sólo en tanto que es un nido de gestación para el exorcismo de una vida que se desgarra de nuestra propia carne.
El cuerpo amante es aquel que se permite descubrirse como divino, experimentarse como infinito en la contemplación de los propios barrancos espirituales de donde fue llamado el eros, ese íntimo resquicio que hermana al humano con los movimientos del universo: el que ama ha devenido-dios, porque encontró en su cuerpo y en su alma la vena oculta que lo hace parte de la eternidad, criatura de la noche primigenia, martirizada en su búsqueda eviterna por develar aquello que sea digno de su apuesta a lo indecible.
☙

