Revista Karandash The Scullery Maid Jean Siméon Chardin

Para pensar cualquier inicio sensible, primero se necesita de la materia. La materia sólida, líquida, fluida, áspera, rugosa; se toca con las manos, resuena en los oídos, llena la boca. Antes del concepto, el contacto.

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Para Gaston Bachelard, la imaginación no es la facultad de reproducir imágenes de la realidad, sino la potencia de formarlas más allá de ella. Una imaginación que no copia, sino que canta. Y esa imaginación —la verdaderamente creadora— parte de la materia. De sus flujos, sus resistencias, sus texturas. La imaginación material implica significaciones que nos revelan el sentido del mundo desde sus sustancias y, en ese sentido, trabaja con lo que se puede tocar, oler, ingerir. Sigue la corriente a las sustancias y es por eso que sus movimientos no son arbitrarios: obedecen a una lógica sensible, se desplazan con la materia, gravitan con y más allá de las cosas.

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Si la imaginación creadora sigue a lo sensible, al hablar de un comienzo o de un “primer sensible”, necesitamos de una materia primera, ya en movimiento y que ya solicita ser imaginada. Una materia que no se contempla desde lejos, sino que se ingiere, que atraviesa el cuerpo y lo prolonga en otro. Que emplaza entre el adentro y el afuera una frontera porosa. Entre todas las sustancias, quizás haya una que condense de manera privilegiada esta potencia: íntima y compartida a la vez, anterior a toda forma y a todo nombre. La leche.

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¿No es acaso el agua nuestra primera materia? ¿Nuestro primer encuentro sensible? Lo lácteo, la sangre, el líquido amniótico: nuestra secreta y vital liquidez. Para la imaginación material que propone Bachelard, todo líquido es en el fondo un agua. Pero si seguimos el hilo hacia el inconsciente, podemos ver la imagen material que la leche implica: el primer sostén material de la vida. Podríamos pensar que la operación se invierte: toda agua es leche. La leche sería entonces el primer sustantivo de las realidades líquidas: el primer sustantivo bucal.

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La imaginación no es la facultad de formar imágenes de la realidad, pues de eso se encargan la percepción y la memoria; es más bien la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad, que la cantan. Muestra de ello es el Himno a la leche del poeta Émile-Auguste Chartier, también conocido como Alain, en el que declara que las primeras digestiones transmiten el lenguaje del amor: el primer ejemplo del beso está en el niño que mama. La leche es el primer alimento. Todas las formas de amor reciben un componente de amor por una madre. De ahí la afirmación de Bachelard: toda agua es leche. En términos de deseo el agua que soñamos beber no es nunca sólo agua. Toda bebida dichosa es leche materna. Y el pecho, la primera mesa compartida.

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Comer o beber es incorporarse al mundo, en el doble sentido de volverse parte de él y de volverlo parte de uno mismo. Antes del lenguaje articulado, antes del nombre, está la boca que abre y recibe. La boca abierta demanda y también acoge.

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Lo que esta boca abierta recibe fue, durante siglos, motivo de disputa: médica, religiosa, política. La medicina y el imaginario europeo intentaron descifrar qué clase de sustancia era la leche: de dónde venía, en qué se convertía, qué parentescos secretos guardaba con otros fluidos del cuerpo.

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El barroco fue la época de las transmutaciones constantes. Todo podía ser otra cosa pues todo era, en el fondo, una mascarada. Y esto valía también para el cuerpo y sus secreciones. La teoría humoral sostenía que los fluidos del cuerpo podían convertirse en otros fluidos. La sangre era leche; las lágrimas, sangre del alma; la leche, sangre blanqueada. Los líquidos constituyentes del cuerpo eran intercambiables porque todos eran, en última instancia, sangre. La leche no era sino “sangre blanqueada”, transformada en su tránsito del útero a los pechos.

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De esa lógica nace una genealogía teológica inesperada: si la sangre puede volverse leche, entonces el cuerpo de Cristo —aquel que en la última cena dice ésta es mi sangre— puede imaginarse también como un cuerpo lactante. No sangre, sino sangre hecha blanca. Un cuerpo feminizado que nutre. En su carta 165, Catalina de Siena describía la sangre de Cristo como un alimento dulce, casi maternal. Te escribo en su sangre preciosa, deseosa de que te alimentes y te nutras del amor de Dios como del seno de una dulce madre. ¡Nadie, de hecho, puede vivir sin esta leche! En estas genealogías teológicas femeninas es la leche y no la sangre lo que hace a la comunidad de fieles.

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La boca que mama aprende a demandar, a recibir y a relacionarse con un otro que cuida. La entrada en la comunidad no comienza solamente en el lenguaje sino también en ese vínculo de alimentación y cuidado que lo precede y lo sostiene. 

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En la eucaristía, la sangre de Cristo no se ofrece como leche sino como vino. Una transmutación distinta. Si seguimos la lógica humoral hasta sus consecuencias, ese vino guarda en su fondo una memoria láctea. La comunión de los fieles bebe, sin saberlo, de una genealogía de la imaginación material más antigua.

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Quizás esto nos permite leer de otro modo una exigencia que Novalis pone en boca de su protagonista: Quiero un vaso de vino o de leche.

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Sangre hecha blanca. Me permito una digresión. La imagen láctea no es, en principio, un elemento visual; pero no por eso no remite a la blancura. El soñador no parte del blanco: llega a él. La leche es primero tibieza, dulzor, envolvimiento. Una noche cálida y feliz. Materia clara que rodea. La blancura viene después, como una cristalización. Y, sin embargo, esa blancura no es origen. Viene de un fondo oscuro.

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El escritor Jacques Audiberti dice: la leche tiene una negrura secreta. La blancura pastosa que percibimos necesita, en el fondo, una pasta negruzca. Pierre Guéguen luego dice:  La leche cuajada tendría sabor a tinta. Esa dialéctica de la imaginación — en la que lo que se oculta sostiene lo que se muestra— es una forma de conocimiento que pretende aprehender la realidad más desde lo que se esconde que desde lo que se exhibe, a diferencia de la razón ilustrada.

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Lacan llamó página en blanco al lugar donde se revela que el sujeto depende de un orden de significantes previo a cualquier expresión. Toda escritura es una inscripción incompleta, atravesada por la falta. Pero esa página —¿no tiene acaso sabor a tinta como la leche cuajada? ¿No guarda también su negrura secreta, su origen lácteo? El primer bucal, la entrada al lenguaje y a la comunidad, ocurre desde el cuidado, desde ese primer otro que sostiene y alimenta.

the_scullery_maid_2014.79.708 Revista Karandash
Jean Siméon Chardin, La fille de cuisine. Óleo sobre tela, c. 1739. (Vía NGA)

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