Revista Karandash Alexandra de Leon Micrographic Design in the Shape of a Labyrinth Vía The Met Museum

1.

Me estaba yo quejando, muy a gusto, del mundial de futbol, cuando sonó el conjuro: Pues sí, pero traerá una derrama económica, fórmula mágica empleada por creyentes del capitalismo, la FIFA, el progreso o la 4T para disolver no sólo las críticas, sino el sufrimiento de donde emanan:

—A mi abuelita la sacaron de su casa ilegalmente: van a convertir su edificio en un Airbnb.

—Pues sí, pero traerá una derrama económica.

—Clara Brugada está haciendo limpieza social: no quiere incomodar a los turistas con el comercio ambulante, con las trabajadores sex…

—Pues sí, pero traerá una derrama económica.

—Los trabajos para mejorar la imagen del metro ocasionan serios problemas a…

—Pues sí, pero traerá una derrama económica.

—La gentrificación…

—Pues sí, pero traerá una derrama económica.

—Los precios se dispararán, las rentas…

—Pues sí, pero traerá una derrama económica.

—Clara Brugada le pide a la ciudadanía quedarse en su casa para que los turistas disfruten de la…

—Pues sí, pero traerá una derrama económica.

—El transporte colapsa…

—Pues sí, pero traerá una derrama económica.

El sacrificio ritual de la clase trabajadora no es suficiente; se requieren palabras mágicas para activar su poder. Tampoco basta el conjuro; se requiere gesto y espectáculo: si la virgen es degollada sin los justos protocolos, se trata de un asesinato y nada más; si se hace correctamente, es un ritual de la abundancia; la sonrisa de la Jefa de Gobierno, ataviada debidamente con la camisa de la Selección, las conferencias suntuosas de la presidenta y los actos solemnes, son necesarios para activar la magia; entonces, el conjuro se posa sobre los cuerpos, transformando su desgracia en un escalón hacia el cambio. No importa si la violencia circula por las calles, una palabra de la presidenta bastará para sanarnos: Les prometo —a los turistas—que su visita será el mejor momento de sus vidas.

2.

Las palabras mágicas del Gobierno se apoyan en distintas formas de la teología: Todo es un proceso, no puede haber cambio de la noche a la mañana… ni AMLO, ni Sheinbaum ni Brugada pidieron esto; son acuerdos previos que no pueden romper. Hay que ver a futuro: todo es parte de su plan. Sólo así cobran sentido los años de sacrificio —¡y los que nos quedan! La jefa de Gobierno pide la comprensión y la solidaridad de la ciudadanía para asegurar la experiencia de les turistas, como si fueran dioses benevolentes a los que hay que rendir tributo para obtener —algún día— sus dádivas. Han sido duros los preparativos, y lo será más la justa mundialista, pero sólo un poco más de sacrificio y verán que todo saldrá bien… sufran un poco más y la Historia les dará su recompensa. O no a nosotres, a los que siguen: No voy a sacrificar el progreso de la mayoría por el bienestar de unos cuantos.

3.

Sufran otro poquito, de aquí a unos años, trabajarán menos, nos dice la presidenta con su reforma laboral que promete llevarnos, gradualmente, a las 40 horas laborales.  La reforma no contempla dos días de descanso, y da libertad a empleadorxs y trabajadorxs, de acuerdo con las necesidades de cada empleo —estipuladas, claro, por ambas partes— de negociar las horas extras, las vacaciones, el descanso… La explotación y el cansancio se transforman, por el mero poder de la palabra, en libertad y progreso: Estamos cumpliendo una demanda histórica. Así también la denuncia de la Organización de las Naciones Unidas se desvanece cuando la presidenta dice: En México no hay desaparición forzada. Las gráficas estadísticas —sucedáneas de las volutas de humo, el vuelo de las aves y la posición de los astros— acompañan al conjuro para efectuar el milagro: México es uno de los países más felices del mundo, dice la presidenta (de los más felices, aunque debajo, dicho sea de paso, de “Israel”). La violencia ha disminuido. El neoliberalismo quedó atrás.

Los conjuros, desde luego, sólo sirven a les creyentes.

4.

“Pero un día, tal vez, el siglo será deleuziano”, profetizó Foucault (1970). Que se haya cumplido su augurio no significa que nos hayamos librado de la tiranía de la representación, ni que hayamos devenido heroínas del amor fati, capaces de contra-efectuar el acontecimiento, ni que hayamos liberado el deseo del psicoanálisis, el capitalismo y el devenir fascista. El mundo es tan deleuziano como marxista, porque la realidad que habitamos es en buena medida como la describe El capital: la acumulación originaria, confinada —para el marxismo optimista de la teleología de las leyes de la historia— a los oscuros tiempos de la Conquista, se actualiza diariamente frente a nuestros ojos en la tragedia de Gaza, las reformas económicas de Milei, la invasión estadounidense en Venezuela y el bloqueo económico a Cuba, pero también en la crisis de la vivienda en México, donde el avance de Airbnb desaloja a la gente de sus hogares para convertirlos en alojamiento turístico.

¿Qué tiene todo esto de deleuziano? Para el filósofo de largas uñas, el sentido de lo que ocurre está dado por el lenguaje: “es lo expresado de la proposición, ese incorporal en la superficie de las cosas, entidad compleja, irreductible, acontecimiento puro que insiste o subsiste en la proposición” (1969). Como palabras mágicas, las proposiciones —emitidas no sólo por jefxs de Estado o por poderoses capitalistas, sino por influencers, adolescentes en charlas de WA, godínez que se quejan del trabajo en el bar al que acuden religiosamente cada quincena, psicólogxs impotentes frente a un sufrimiento cuyas fuentes rebasan la agencia de lxs pacientes— se posan en la superficie de las cosas para transfigurarlas al dotarlas de sentido. Que no haya salida de nuestras circunstancias, que no quede más que pasar la mayor parte de nuestras vidas en trabajos detestables para embriagarnos cada quincena hasta el día de nuestras muertes a sabiendas de que nadie nació por gusto, no hay vida después de la muerte, y de nuestro esfuerzo no quedará nada, eso también es una forma del sentido, forma deplorable, pero sentido al cabo: el sentido de un trabajo de cobranza —donde les godínez amenazan a clientes de algún servicio de televisión por cable con mandarlos a buró de crédito o embargarlos— es producir ganancias al capital y mantener los cuerpos disciplinados mediante la regulación del tiempo y la administración de la miseria. La depresión, la ansiedad y el tedio son esenciales para el funcionamiento de nuestro mundo. No se trata de negar el sentido a la vida porque éste no tenga un carácter edificante: habría que pensar este concepto en la acepción más literal, como cuando decimos “el sentido de las manecillas del reloj” o “¿en qué sentido va esta calle?”. Decimos que la vida no tiene sentido cuando éste nos resulta inconveniente, cuando lo sentimos ajeno: no es nuestro, se nos impone. Pero hay sentido: deplorable, vampírico, asfixiante, dirige nuestros cuerpos a través de los engranajes del Capital. De éste pueden decirse muchas cosas, pero no que su lógica carezca de sentido: todo se dirige a su acumulación, cueste lo que cueste, hasta la vida y la felicidad de lxs capitalistas en el riesgo apocalíptico de la guerra atómica.

5.

El mundo ya es deleuziano porque la potencia del lenguaje para transformar la materialidad de los cuerpos dotándoles de sentido ha cobrado proporciones delirantes. El sentido, entidad incorporal entre las palabras y las cosas, es por el lado de las palabras “lo expresado o expresable de la proposición”; por el de los cuerpos, “el atributo de un estado de cosas” (Deleuze, 1969). ¿Qué tiene de izquierda el Gobierno de Clara Brugada? Que ella misma dice que es de izquierda: “De un lado [el sentido] corresponde al lenguaje en tanto que es expresado por las proposiciones: es lo que se dice de los cuerpos” (Lapoujade, 2010). Brugada no emplea el vocabulario de la derecha —no dice, como el PAN, Dios, patria y familia—, habla de progreso social, utiliza el lenguaje inclusivo. La reforma laboral de Claudia Sheinbaum —aprobada no sólo por congresistas de Morena, sino del PRI y del PAN— no le parecería a nadie particularmente progresista si no la rodearan discursos sobre “la demanda histórica de los trabajadores y las trabajadoras”, si la presidenta no se cansara de repetir primero los pobres, si no insistiera todo el tiempo en criticar los privilegios de la clase empresarial. Si la propuesta viniera de Xóchitl Gálvez, el discurso se centraría, probablemente, en la meritocracia, los derechos de la clase empresarial y las virtudes del trabajo duro. Pero he escuchado a personas de izquierda desestimar las traidoras, mediocres e innobles críticas a la presidenta por no incluir en su reforma los dos días de descanso obligatorios argumentando que eso lo pide gente a la que no le gusta trabajar. Claudia Sheinbaum declaró que la demanda histórica era 40 horas, no dos días de descanso, y aunque sin darle un descarado tinte clasista y meritocrático a su declaración, ha celebrado —con otras palabras, con otro estilo—, que México sea un pueblo tan trabajador. ¿Pero no es deplorable que el sentido de nuestra existencia, y hasta de nuestra identidad nacional, está precisamente en el trabajo?

Imaginemos la reforma laboral, el fracking, las disposiciones para el mundial y las concesiones a la mafia inmobiliaria en un entorno silencioso, sin declaraciones del Gobierno que insista en que los tiempos neoliberales quedaron atrás. ¿Qué queda de los estados de cosas cuando acallamos lo que se dice de ellos? El sentido, ciertamente, no se desvanece: “[El sentido] es inmanente a los cuerpos puesto que les es atribuido. Es lo que se dice de los cuerpos” (Lapoujade, 2016). Lo que se desvanece es ese sentido: en medio del silencio, se escuchan otras voces, otras consignas, otras palabras mágicas. Liberado de la Voz que lo sometía al buen sentido —“la afirmación de que en todas las cosas hay un sentido determinable” (Deleuze, 1969) — como una estatua de piedra súbitamente devuelta a la vida, el acontecimiento (que, para Deleuze, es igual a sentido) nos mira de frente, nos interpela y nos inquieta: nos llama a determinarlo de otros modos—hay tantos posibles—, a dejar que nos lleve en otras direcciones.

6.

La ciudadanía argentina come carne de burro, pero Milei sonríe y declara que su país está mejor que nunca; Trump declara orgulloso que ha hecho a América grande otra vez, aunque el descontento de la población crece. A pesar de la indignación despertada por la cada vez más clara distancia entre las palabras y las cosas, los conjuros siguen siendo efectivos: hay voces que repiten, dentro y fuera de Argentina y Estados Unidos, las palabras de los sicofantes. Aunque los medios de producción y el apartado estatal confieren un poder especial a los conjuros de estas figuras, a éstas no les es posible determinar el sentido de una vez y para siempre: los sionistas no se cansan de decir que las denuncias de genocidio son gestos antisemitas, pero cada vez más voces lanzan el contrahechizo que los convierte en asesinos. ¿Por qué gente con tanto poder como Trump o Netanyahu no se limitan a ejercer la fuerza bruta? ¿Por qué esa obsesión con emitir discursos, con acompañar cada gesto con una declaración? Algo saben estas figuras de la fuerza demoniaca del lenguaje: saben que sin determinar el sentido de las cosas no se puede gobernar; saben que no sólo ellos poseen el lenguaje y, por tanto, el sentido se puede transformar.

No hay bruje tan poderose que pueda domar el lenguaje: el mundial de futbol puede ser fuente de derrama económica o puede ser despojo, y a la jefa de Gobierno le importa que no se le llame despojo; en la eficacia del discurso reside en buena medida la estabilidad del poder: a les poderoses no les basta con hablar, necesitan que otras voces hagan eco de las suyas, convertirlas así en una sola. El sentido no puede determinarse de una vez y para siempre porque el lenguaje da pie a multiplicidad de sentidos múltiple: una forma de la magia consiste en someterlo al buen sentido; la otra, en liberarlo de sus ataduras.

7.

Deleuze nos invita a no ser indignes de lo que nos toca. ¿Qué quiere decir esto de cara al Mundial? Para Brugada equivale a que no arruinemos la experiencia de les turistas, a que les ciudadanes hagamos los sacrificios necesarios para que México esté a la altura de las exigencias del turismo. Pero no ser indignes de lo que nos toca no significa querer lo que nos toca, sino más bien, querer algo en lo que nos toca: el acontecimiento-sentido. “El acontecimiento no es lo que pasa (accidente), es aquello que nos espera y nos llama en lo que nos toca: lo puramente expresado […] no exactamente lo que me toca, sino algo en lo que me toca(Deleuze, 1969). Cuando captamos el acontecimiento como buen sentido, reducido a la pobre determinación impuesta por la palabra dominante, no lo estamos captando como acontecimiento, como lo que nos toca y hace señas, como evento que tendría que forzar un cambio de dirección: “Ahí está el acontecimiento, palpitante, pleno de sentidos, carente de substancia, sin presencia, sin identidad” (López, 2025). Para Deleuze el acontecimiento es lo más cotidiano, lo más anodino: no acontece, como en Heidegger, en la profundidad del Ser, ni se limita a la alta poesía o los grandes eventos epocales; cuando decimos “así es la vida” frente a la noticia de un asesinato, cuando nos dicen “ponte la camiseta” y entonces obedecemos de mala gana, ahí hay un acontecimiento, aunque el buen sentido lo someta para evitar que provoque el cambio de rumbo; cristalizado en la fijeza de la substancia y la identidad, perpetúa el estado de cosas en el que estamos. Deja de palpitar, congelado en un solo y casi siempre deplorable sentido.

8.

Difícil echar para atrás un compromiso decretado desde la noche de los tiempos —en 2018 se otorgó la triple sede del Mundial a México, Estados Unidos y Canadá—; difícil también enfrentarse a las fuerzas materiales de la Policía donde se encarnan las palabras mágicas del Gobierno. Pero este Mundial —así lo han dicho Brugada y Sheinbaum— no es un evento cualquiera: significará un antes y un después para México, como lo han hecho este tipo de eventos en otros países, donde precipitaron la turistificación. Este es el buen sentido marcado por la palabra del Capital, pero algo nos llama y nos hace señas en esto que nos toca: ser dignes de ello es captarlo en tanto acontecimiento, acogerlo de tal forma que las cosas no puedan seguir siendo las mismas, oponernos a la inercia que lo arrastra.

Imaginemos a la ciudadanía atestando el metro y las calles —en auto y a pie— los días de partidos por el mero goce de sabotearlos; imaginemos sonideros espontáneos en las inmediaciones de Airbnbs, mariachis, cuetes, chiles asados, vendimia… Si la jefa de Gobierno quiere que los días de partido las infancias no tengan clases y les adultes hagamos home office, tomemos mejor esos días para hacer la fiesta, tan ruidosa, “naca” y colorida como en México la sabemos hacer: que nadie trabaje ese día; hagamos caso a la jefa de Gobierno y dediquemos toda nuestra energía, todo nuestro tiempo (¡sólo son un par de días!)  a la celebración del Mundial, que las labores productivas se paralicen para dar cabida al acontecimiento: la afición futbolera en las calles tomando cerveza, parejas haciendo el amor en las inmediaciones de los Estadios, el tránsito como nunca se ha visto, la música a todo volumen, todo en rabioso español. Hacer de la rebelión una fiesta sea quizás una forma de reinventar el sentido de la desobediencia civil.

9.

Querer el acontecimiento es, a veces, una mera cuestión de humor: “Atar a las epidemias, las tiranías, las guerras más espantosas la suerte cómica de haber reinado para nada” (Bousquet, 1955). Nada peor, en estos casos, que dejar que las cosas sigan su curso: el Mundial está a la vuelta de la esquina, ¿qué nos queda por hacer? ¿No sería hermoso que todos los esfuerzos, todos los gastos, todos los conjuros invocados para el Mundial al final sean inútiles, que se convierta en ejemplar fracaso para la FIFA y las fuerzas neoliberales que atraviesan a los gobiernos? Ser dignes del acontecimiento mundialista es volverlo una catástrofe para el Gobierno, la FIFA, el Capital.


Textos citados :

Bousquet, Joe. Les Capitales.

Deleuze, Gilles. Logique du sens

Foucault, Michel. “Theatrum philosophicum”.

Lapoujade, David. Los movimientos aberrantes

López, Bily. Trastornar la vida. Ontología, política y lenguaje en Gilles Deleuze.


Revista Karandash Alexandra de Leon Micrographic Design in the Shape of a Labyrinth Vía The Met Museum
Diseño micrográfico con forma de laberinto. Forma parte de un álbum de 26 ejemplos de caligrafía y micrografía, cuya creación se sitúa probablemente en Francia o, tal vez, en Amberes, a principios del siglo XVII. El texto del diseño está escrito en francés con letra cursiva y comienza con las palabras «L’homme prudent (…)». (Vía The Met Museum)

  • Alexandra de León KARANDASH

    Actriz, filósofa y escritora. Entidad transfemenina no binaria, ostenta el título nobiliario de Su Alteza Real Alexandra de García, La Princesa de León, al que renunciará al día siguiente de la revolución comunista, para adoptar el de Princesa Reinante de la dictadura del proletariado.

    Colaboraciones +

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