We shall not cease from exploration
And the end of all our exploring
Will be to arrive where we started
And know the place for the first time.
Through the unknown, unremembered gate
When the last of earth left to discover
Is that which was the beginning;
At the source of the longest river
The voice of the hidden waterfall
And the children in the apple-treeT. S. Eliot
Hay algo dulce en recordar. Tal vez esa sea una motivación de las reminiscencias que leemos en los “orígenes de la filosofía”: esa remembranza constitutiva del no retorno y del anhelo por un espacio de comienzo.
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El libro Potencia de la dulzura, escrito por la psicoanalista y filósofa francesa Anne Dufourmantelle, fue publicado de manera póstuma en 2021. La apuesta es intentar bordear la posibilidad de un imaginario capaz de volver sensible el concepto. Y uno en particular: la dulzura.
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La palabra francesa douceur tiene un rango más amplio que el término “dulce” o “dulzura” en castellano. Puede referirse al gusto azucarado y a lo agradable de los sentidos en general. Alude a las “delicias”, dulces y saladas. También, refiere a la suavidad, lo suave; se entrelaza con cierta calma. Tiene algo de ternura, de cuidado, incluso de indulgencia hacia la fragilidad de las cosas. La dulzura se opone y, a la vez, es con la dureza y la rigidez. Recordemos la consistencia y el sabor de un caramelo.
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No es casual que muchos de los registros lingüísticos de la dulzura pasen por la discreción de los sentidos: el tacto y el olfato. Lo dulce en el lenguaje no es sólo azúcar. Shakespeare escribió que una rosa olería igual de dulce con cualquier otro nombre, mientras que Thomas Hood gustaba del olor de las hierbas dulces en la mañana. Lo dulce circula entre los sentidos: lo que se gusta puede olerse, lo que se huele puede sentirse como una atmósfera o como una temporalidad.
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La dulzura no es solamente expresión estética, ni ornato o gesto romántico. Va más allá de un cupcake o un jabón de skincare de moda. Tampoco es el boom de los perfumes gourmand que evocan olores de vainilla, crema, caramelo y otras dulces delicias. Respecto a ellos la periodista Rona Berg publicó un repostaje en el que describe esos olores como «comidas reconfortantes olfativas, saturadas de la memoria aromática de la infancia, impregnadas de los olores dulces de la cocina de la madre». Más allá de la pregunta acerca de la dulzura capturada por el capital, la asociación de Berg se acerca a una intuición de Dufourmantelle al preguntarse si no es precisamente la infancia la que guarda el enigma de la dulzura.
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La infancia es la torsión del tiempo. Nos asedia desde el futuro de un pasado inacabado. Esta temporalidad expone, vulnera. No se sobrevive a la infancia sin dulzura, escribió Doufurmantelle. Ese retorno al cuidado implica, de algún modo, elegir la vida una segunda vez.
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La dulzura es una marca del paso del tiempo en la experiencia de los sentidos. Olfato y reminiscencia afectiva es una de sus expresiones. Basta recordar la escena de la magdalena (¡otra delicia dulce!) de Proust. Esta abre una puerta involuntaria hacia el pasado. Lo que emerge en esa escena es la nostalgia.
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En una pequeña entrada de blog dedicada a la idea de nostalgia, Svetlana Boym mencionó que esta parece, a primera vista, un anhelo por un lugar. Sin embargo, es un deseo de otro tiempo, el tiempo de la infancia, el tiempo de los sueños. Anacrónico, dispar, roto, el tiempo de la nostalgia no es el cronológico. El nostálgico desea borrar la historia y volverla una mitología privada, un espacio cuyo recorrido niega la irreversibilidad. La nostalgia quiere regresar a ese «otro tiempo», negar la historia. La dulzura, en cambio, experimenta un tiempo fuera del tiempo, un cuerpo anterior al cuerpo.
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Boym distinguió dos formas de nostalgia: la restaurativa y la reflexiva. La primera intenta reconstruir, a toda costa, el hogar perdido; volver a un origen puro; restaurar una supuesta verdad anterior a la historia, un hogar mítico transhistórico: la patria originaria. No se concibe a sí misma como nostalgia, sino como verdad absoluta que no puede ponerse en duda. Conviene demorarse un poco en esta forma del recuerdo, sobre todo hoy, cuando ciertos proyectos políticos movilizan justamente esa promesa de retorno. Lemas como Make America Great Again funcionan como pequeñas máquinas nostálgicas: convocan un pasado idealizado y prometen su restauración, aun cuando esa operación se sostenga en exclusiones, fronteras endurecidas u operaciones genocidas hacia miles y miles de personas. Esta nostalgia de la dureza sigue una sola trama.
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La segunda nostalgia, la reflexiva, se demora en el propio anhelo, en la falta. No pretende restaurar el pasado sino pensar desde sus fragmentos, aceptar sus ambivalencias; pone en duda la verdad absoluta pues sólo la conoce mediante fragmentos de memoria. Ama los detalles. Plantea un desafío creativo de apertura a una singularidad no eximida de ese pasado.
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La dulzura aparece como sensación: confianza, apertura, reconocimiento del otro, una forma de comprensión afectiva. La dulzura materializa el pensamiento. Como sensación pertenece al orden de lo sensible; pero al mismo tiempo abre un espacio de inteligibilidad en la relación con el otro. Comprende sintiendo. En la escritura de Anne Dufourmantelle la dulzura aparece como esa experiencia en la que ambos registros se entrelazan. La dulzura, figura de un «primer sensible», vuelve a nosotros como memoria involuntaria, una búsqueda por la experiencia de un comienzo. Evoca el festín sensible del paraíso perdido para pasar a otra escena.
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No hay dulzura sin falta. La dulzura es con la vulnerabilidad. La potencia de la dulzura consiste en la temporalidad de un comienzo; en generar el espacio en el que algo pueda decirse por primera vez. No cura la herida, la apalabra.
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La dulzura introduce una cualidad particular en el tiempo: expande la resonancia del instante. En el lenguaje del psicoanálisis podríamos decirlo así: cada uno llega con su argumento, con el ruido que ha construido para no entrar en contacto con la vida. A eso lo llamamos neurosis. Pero basta con modificar ligeramente la relación con el tiempo para que algo se transmita. No es un gesto voluntario. Es más bien una atmósfera. La dulzura tiene que ver con esa otra percepción del tiempo no gobernada por la aceleración. Con una modalidad del instante que no es velocidad ni lentitud.
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Quizá por eso haya que arriesgarse a la dulzura: aceptar lo terrible sin renunciar a que en el recuerdo habite otro comienzo, uno latente. No siempre es dulce vivir, pero la existencia llama a la dulzura.
☙

Jean Siméon Chardin, La fille de cuisine. Óleo sobre tela, c. 1739. (Vía NGA)