En alguna ocasión escuché que, durante su estancia en París, Julio Cortázar se reunía con algunos conocidos suyos para realizar distintos juegos en torno a la escritura. Juegos como los que hace un niño que toma lo lúdico no sólo como verdadero, sino como verdaderamente existente y que, al mismo tiempo, considera frívolas actividades como bañarse, comer o recoger su cuarto. Qué difícil es aceptar que en ciertas ocasiones yo mismo me he convencido de que lo imaginado es irracional e irreal, y de que las palabras deben ser siempre precisas y contundentes; ¡qué terrible en verdad! No quiero buscar responsables, porque será fácil encontrar culpable al tiempo y a la sociedad. Me responsabilizo a mí mismo por entender y no actuar.

Jugar con enunciados y entre las palabras parece fácil, pero también implica conocer las reglas: los efectos de una coma, un punto final y la diferencia entre silabas tónicas y átonas. Es de suma importancia conocer el sonido o entender que un párrafo debe contener un número máximo de oraciones. Es decir, que no se puede sobrepoblar la página con uno solo. Pero ¿por qué existen personas renombradas dentro de la literatura como Marcel Proust quien, desde su cama y sin salir por mucho tiempo de su apartamento, escribió su obra magna, En busca del tiempo perdido, con párrafos enormes sin reparar en la vista, atención y retención del lector?

Vivir una vida sobrepensado y observando con ojos despejados me ha ayudado a entender ideas complejas –y me encanta, no lo negaré–, pero al mismo tiempo la escritura se ha vuelto un mundo complejo en el que me siento presionado por no cometer errores. ¿Qué dirían mis lectores si no sé determinar un hiato, un complemento circunstancial o una oración compuesta? Y lo peor ¿qué pasaría si descubrieran que tengo algunos heterónimos a los que cualquier regla ortográfica les importa poco menos que nada? Una de las razones por las cuales no les importan las reglas es que, dentro de su propia manera de ser en el mundo, buscan estar despojados de la terrible atención y admiración de la sociedad. En pocas palabras, pueden y quieren expresarse como les venga en gana porque lo que no se expresa, se marchita por dentro. Sin duda alguna, con la mano en el corazón, espero que el veneno del deseo de ser admirado nunca cambie la forma de ser de quien se sienta identificado con estas palabras.

Tiziano, El amor profano y sagrado, c.15145. Óleo sobre lienzo. «El niño que mete la mano en el sarcófago es Lutero, o sea, el Diablo. De la figura vestida se ha dicho que representa la Gloria en el momento de anunciar que todas las ambiciones humanas caben en una jofaina; pero está mal pintada y mueve a pensar en un artificio de jazmines o un relámpago de sémola.» (Julio Cortázar, «Instrucciones para entender tres pinturas famosas» en Historias de cronopios y de famas).

  • Marlon Amonte Revista KARANDASH

    La voz siempre me ha salido mejor en la escritura porque en persona no sé qué decir. Vivo intermitente entre la actividad filosófica y el estar presente en el mundo. Aunque no me sienta parte de una religión me gusta observar y entender el fenómeno y a las personas que la practican. En el fondo de mi alma, quisiera entender y ser entendido.

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