Una de las enemistades más largas y profundas que tengo es con una edición de Записки из подполья (Zapiski iz podpol’ia) de Dostoyevski. Esta edición, que cautiva mi tiempo y mis pasiones, traduce aquel título como Memorias del subsuelo. La primera objeción que merece es la más literal: записки (zapiski) son los apuntes que una hace de los libros que lee, las clases que toma, los recados que se dejan sobre una pila de folios; запискu son las hojitas que pasábamos en la escuela por debajo de las mesas con mensajes urgentes, pero no importantes.
La segunda razón de mi hostilidad es una que se justifica en el contenido de la obra y la propuesta del hombre del subsuelo. Él no escribió sus memorias, y al traductor de esta edición –bella, por lo demás– se le olvidó. Las memorias suponen orden, retrospectiva y una voluntad de coherencia para afirmar algo; los apuntes son fragmentarios, contradictorios, caprichosos y, lo más importante, no buscan explicar nada a nadie.
La primera parte de los Apuntes del subsuelo es una oposición directa contra la escritura sistemática de los filósofos europeos o europeizados que escribían imitando el estilo de Hegel: sistemático, colosal y objetivo. Estos apuntes suponen una condición inestable y precaria del discurso: son un pensamiento en construcción que se corrige, se niega y se exacerba a sí mismo.
Virginia Woolf –sí, ya sé que una escritora dijo que no hay que leerla porque era blanca y privilegiada, pero bueno, a algunas sigue diciéndonos cosas, ¿ok?– lanzó como un lamento la afirmación de que la mayoría de las mujeres no podemos escribir ni leer obras amplias, porque el ángel del hogar nos impide disponer de nuestro tiempo. Y bueno, he de confesar que ahora leo libros cortos, escribo meros apuntes y no todos pasan a letra de molde porque mi búsqueda por verdades universales cesó, o quizá nunca inició…
Mis apuntes verán la luz en este espacio: las notas que manchan los márgenes de mis libros, las libretas que no he dejado de llenar desde hace años, las notitas desperdigadas y la escritura fragmentaria que nació en salones de clases, horas de comida, trayectos de metro o tiempo robado compondrán esta columna que no busca explicar nada, pero quiere decir mucho.

