Siempre me ha costado trabajo llevar a término el consejo obligado de muchos colegas filósofos: debes acotar. A veces era renuente a él porque pensaba que, si aprovechaba el máximo número de páginas solicitado, el mundo entero podía caber en un texto. Ahora pienso que es un buen ejercicio escribir poco sobre lo mucho que hay, y encuentro una gran forma para ello: el ensayo breve.
Me gusta pensar que el ensayo, como estilo de escritura y práctica, es uno de los grandes inventos de la humanidad. Claramente no rivaliza con el invento de la escritura o del libro, pero representa una oportunidad infinita para descubrir el mundo y guiarse en él. Sé que muchos filósofos no compartirían la idea de que el ensayo –actividad que comienza y termina con dudas– sea la más apropiada para su disciplina. No obstante, viene a la mente que el método experimental, la costumbre de ensayar, comenzó gracias a la mezcla del escepticismo y de la curiosidad.
Esta maravillosa amalgama ha llevado a más de uno a preguntarse: “¿Y qué tal si…?”. No dejo de pensar que la filosofía se ha construido por el impulso de muchos seres humanos, a lo largo de la historia, de hacerse esta pregunta. Sin embargo, embarcarse en el reino de la incertidumbre no implica hacer por hacer, sino iniciar un camino a partir de una duda profunda. Ante un abismo como este, uno debe prepararse lo más que se pueda, a través de la historia del pensamiento.
Ocurre como cuando uno cruza el camino sin voltear a ver a ambos lados, o cuando se está en el bosque y no se ve la naturaleza alrededor: no puede pensarse el presente si no se voltea a ver qué ha sucedido en otras épocas. Pero no es conveniente quedarse en el pasado o en el presente, porque el tiempo no perdona y nos arrastra con un movimiento que siempre dirige hacia el futuro. Uno no creería lo que puede encontrarse en ese pasado y que tiene resonancias en la actualidad. Me impresiona que Rousseau haya mencionado al conde de Buffon para quejarse de que la humanidad siempre provoca la disminución de los bosques y de la fertilidad de la tierra, que Georges Bataille haya ensayado sobre la estructura psicológica del fascismo o que Luciano de Samosata se haya burlado de los mismos excesos que presenciamos cada día.
Echar un vistazo a otras épocas no puede ser más que fructífero… si uno sabe dónde y qué observar. Dirigir la mirada para buscar en los lugares correctos es una de mis grandes pasiones: ¿por qué siempre estudiar a los mismos pensadores si existe una cantidad inabarcable de otros que también han ofrecido afirmaciones interesantes y útiles? Es necesario pensar que el canon es un mero invento y que nunca ha existido tal cosa, abrir la mente y recuperar temas y pensadores que están ahí, pero que aún no han sido redescubiertos. Quisiera que muchos ensayaran con las ideas, pero más específicamente con lo que ellas les permiten hacer en el mundo; que tuvieran en sus estudios una inscripción semejante a la del oráculo de Delfos que dijera: Prueba y error, inténtelo de nuevo.
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